Miguel Espinosa, el eremita que fue
03.04.07 @ 14:01:17. Archivado en Cultura
Antes de ayer se cumplieron 25 años de la desaparición de uno de los escritores murcianos que más proyección hubiera alcanzado en el mundo de las letras de no cruzarse un infarto de miocardio en su existir. Miguel Espinosa Gironés (1926-1982) fue alguien que sin dárselas de dandy mundano, ni saltimbanqui interestelar, escribió algunas de las mejores páginas de la literatura que se pariera en este sureste español. Son muchos los que, todavía a lo largo de estos años, se preguntan cómo un escritor que nunca salió de España pudo albergar en su mochila personal un bagaje tan vasto como enriquecedor de todo cuanto aconteció a su alrededor.
Una biografía escrita en 1991 por ese gran poeta y también murciano que es Eloy Sánchez Rosillo -premio Adonais cuando aún no alcanzaba la treintena- me descubre al ser fascinante sumido en su propias contradicciones, sus dudas existenciales y su lucha por la supervivencia.
Sorprende que en la redacción de su Escuela de Mandarines, quizá su producción más emblemática, invirtiera dos décadas, desde el inicio de su escritura hasta la publicación en 1974. Por aquella obra obtendría un año después el premio Ciudad de Barcelona.
Impacta la capacidad intelectual de un hombre que malvivió, en la más amplia acepción del término, en parte de su existencia. La mentada biografía nos descubre a un jefe de sección de la recién abierta Galerías Preciados en su ciudad provinciana. En el puesto, mediados los sesenta, duró apenas una semana según nos cuentan.
Mientras producía literatura en la noche tranquila y sosegada, Espinosa tenía que buscar ya de día el sustento de su familia con representaciones comerciales. Las letras no daban para vivir, y para evitar las otras -las de los bancos- el escritor tenía que ingeniárselas.
Especial nostalgia me trae saber que el mítico Café Santos, junto a la Platería murciana, fue lugar y fuente constante de inspiración del autor de La fea burguesía. Aquel, ya desaparecido, era un establecimiento con la solera propia de quienes lo habitaban, con camareros correctamente ataviados y churros con chocolate que sabían a eso.
“Cipriano Castillejo se halla entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años de edad; ha alcanzado esa época de la existencia en que los hombres empiezan a derrumbarse física y psíquicamente”.
Sánchez Rosillo llamó a Espinosa eremita. Sus Reflexiones sobre Norteamérica deslumbraron hasta al entonces poderoso Manuel Fraga Iribarne, quien incluso abriría algunas puertas al escritor. También se relacionó con el viejo profesor Enrique Tierno Galván, que le prologó ese mismo libro.
Un primero de abril de 1982, a Miguel Espinosa se le rompió el corazón que algunos años atrás ya le había preavisado. Fue mientras participaba en una reunión profesional, que no literaria. Cuando por primera vez se vio tentado por la parca dejó escrito que quería que lo incinerasen. Como en Murcia aún no se estilaba esa costumbre sus restos fueron trasladados al cementerio madrileño de La Almudena. Tal día como hoy, hace ya 25 años, sus músculos y sus huesos se convirtieron en ceniza. La prensa local apenas menciona estos días la efeméride de su muerte; si acaso, una breve reseña de cuatro líneas en una especie de sección de recuerdos. "Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris"…
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*** Enlace con LA VIROLA HERMENÉUTICA
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Manuel Segura
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