Paradojas en la T4
02.01.07 @ 17:42:21. Archivado en Terrorismo
La noche previa a que ETA reventara el aparcamiento de la T4, en Barajas, me encontraba cenando en un restaurante con un grupo de inmigrantes ecuatorianos y bolivianos. Son gente que se dedica a trabajar en el sector de la construcción, son por tanto obreros y su oficio –dice la estadística– es de los que tiene mayor demanda en nuestro país.
Jonathan nació en Ecuador, tiene 18 años, una novia, un coche nuevo por el que le piden un potosí por asegurárselo y una chispa tremendamente recurrente. Lleva un lustro en España, a la que llegó con su familia, y ya es un ciudadano más de esta nación de acogida. Así, al menos, lo considera él.
Diego Armando Estacio Sivisapa y Carlos Alonso Palate, las dos víctimas cobradas casi con triste certeza por la bestialidad con que los violentos quisieron despedir el año del alto el fuego, siguen desaparecidos aún. Sería más que un milagro, que precisaría la conjunción de casi todo el Santoral, que los rastreadores y los perros los hallaran con vida transcurridas tantas horas desde que se cometiera tamaña salvajada. También eran ecuatorianos, como Jonathan, e incluso uno de ellos pretendía pasar la Nochevieja en Murcia, desde donde escribo y donde residen los compatriotas con los que la otra noche cenaba. La explosión de la furgoneta de la muerte les sorprendió mientras dormían, sumidos en un intenso sueño del que, lamentablemente, nunca despertarán.
El terrorismo nunca ha hecho distingos de edad, raza o procedencia. Su zarpazo indiscriminado igual segaba la vida de una niña que jugueteaba con su muñeca, que la de alguien que pasaba circunstancialmente por allí. Los golpes aleatorios de estos salvajes tienen eso; el que menos se lo espera…
Los familiares de los dos jóvenes desaparecidos deambulan estos días por las inmediaciones de la T4, insomnes y con la mirada perdida, acompañados de autoridades y policías. Eso ocurre mientras otros ciudadanos se llegan hasta esa terminal para, presos de la curiosidad, inmortalizar con las cámaras de sus móviles el rostro más brutal del horror humano. Paradojas de la vida. Ya hubo legión de gentes que en Madrid también fotografiaban otros hierros retorcidos, los del calcinado Windsor, si bien en aquella ocasión no hubo que lamentar muertes. Ahora todo indica que las habrá. Y sorprende que mientras unos pasean su dolor junto al amasijo de hierro y cemento en el que se ha convertido el aparcamiento aeroportuario, otros dediquen el día de asueto a visitar el lugar, como el que va a El Corte Inglés a pasar el rato, a ver el género y a no comprar nada. Paradójico resulta ese contraste.
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*** Enlace con LA VIROLA HERMENÉUTICA
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Manuel Segura
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