Kapuscinski, ética e independencia
06.10.06 @ 16:21:04. Archivado en Comunicación
Cuando al gran Ryszard Kapuscinski (Pinsk, 1932) le preguntaron hace unos años sobre cómo le parecía que debían ser las relaciones entre el periodista con el poder, el escritor polaco respondió que aunque lo ideal es ser lo más independiente posible, la vida está muy lejos de ser ideal.
Ahora, cuando su nombre se baraja para el Premio Nobel de Literatura –la próxima semana, el jueves, se conocerá la identidad del afortunado– recuerdo sus francas palabras al respecto: “El periodista se ve sometido a muchas y distintas presiones para que escriba lo que su jefe quiere que escriba”.
Kapuscinski entiende que esta profesión es una lucha constante entre nuestro propio sueño, nuestra voluntad de ser completamente independientes y las situaciones reales en que nos encontramos, que nos obligan a ser, en cambio, dependientes de los intereses, puntos de vista, expectativas de nuestros editores. Se cuestionaba el autor de obras como El Sha sobre la existencia de países con censura donde hay que luchar para escribir, en la medida de lo posible, lo que uno pretende transmitir y aquellos otros en los que, existiendo libertad de expresión, los intereses de la cabecera para la que se trabaja son los que marcan la pauta al periodista. Se trata, para Kapuscinski, de una profesión, la del periodismo, que requiere una lucha continua y un estado de alerta constante. La conquista de cada pedacito de nuestra independencia, subraya, exige una batalla.
Contaba otro de mis predilectos, Manu Leguineche, que alcanzar la independencia es difícil en los tiempos que corren, casi tanto como alcanzar la verdad. Y añadía que hubo un tiempo en que el periodista estuvo demasiado cerca de los políticos, a riesgo de abrasarse con ellos. Citando a Steiner, cuando decía: “Nos abandonamos a la superficie lisa de las cosas… El lenguaje ha perdido su aptitud real para lo verdadero”.
Y luego está la vertiente ética. Janet Cooke, recuerda el sublime reportero vasco, era una redactora de The Washington Post a la que pillaron con las manos en la masa tras concederle el ansiado Pulitzer. Su historia, publicada al comienzo de la década de los ochenta del pasado siglo acerca de un niño negro, heroinómano de tercera generación, e incrustado en un ghetto, le valió el mencionado reconocimiento. Todo resultó falso de solemnidad. Perdón una y mil veces se pidió desde el vilipendiado Post de Woodward y Bernstein –caso Watergate– comandado por el timonel Bradlee.
La prensa siempre ha ocupado y preocupado al poder desde tiempo inmemorial. Por eso la mejor forma de atajar sus ataques es controlándola. “Cuatro periódicos hostiles son más temibles que mil bayonetas” dijo Napoleón. Y, a lo mejor, hasta tenía sus razones para asegurarlo.
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Manuel Segura
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