Maradona, el resucitado
30.05.06 @ 14:39:14. Archivado en Deportes
Hay un diálogo desternillante en la película El hijo de la novia en el que un personaje que se hace pasar por sacerdote espeta a otro más o menos esto con el edulcorado acento argentino: “Fíjate; primero lo aclamaron, lo ensalzaron, lo encumbraron… y luego lo hundieron, lo humillaron, lo vilipendiaron…”. Contesta el otro: “¿A Jesucristo, padre?”. “No, boludo, a Maradona”, le responde el falso cura.
Diego Armando Maradona lo ha sido todo en el mundo del fútbol. Dentro y fuera de él. Y lo ha sido para bien y para mal. Surgió desde lo más profundo, desde un barrio marginal de la Argentina gobernada por individuos de bota acharolada para subir al cenit, arriba del todo. El Diego encandiló a todos los que amamos este deporte y que algunos no entienden que levante las pasiones que provoca. Contemplar en un estadio una jugada, un regate, una pared, una vaselina, un disparo del 10 argentino de todos los tiempos era como escuchar una sinfonía a la orilla de un placentero lago centroeuropeo. Maradona fue la poesía en el fútbol, la mística y también la consagración. Quizás por ello hasta nació una iglesia maradoniana.
En su explosión en el Mundial de México 86, allí donde otro 10 se consagró años antes –el grandísimo Pelé en 1970-, empotró dos goles a la Inglaterra de entonces, aquella que les había barrido con deshonor en las Malvinas, y que pasaron a la historia: el de la mano de Dios y el del regate interminable que desembocó en un tiro certero ante el que poco o nada pudo hacer el gran Peter Shilton. Con el camino expedito y en una final desequilibrante, Argentina doblegó a la todopoderosa Alemania de Lothar Matthaeus, Rummenigge, Schumacher y Voeller, alcanzando la gloria.
Hay quien dice que el largo peregrinar de Maradona por la Italia napolitana constituyó un punto de inflexión irreversible para el astro del balón. En el Calcio, con el Nápoles, levantó un equipo que ganó dos veces la Liga, una la Copa y otra la de la UEFA. Pero su magia se fue apagando conforme se apoderaba de él otra pasión inconfesable que a punto estuvo de truncar su vida. Diego tocó el suelo y hasta llegó a estar en coma hace sólo un par de años. Asegura que la mano de su hija, asida a la camilla en la que deliraba, fue su salvadora: “Papá, no te mueras; no me puedes hacer esto”, dice que oyó decir a la niña.
Este lunes vimos por televisión a un hombre supuestamente recuperado que ha vuelto a nuestro país para comentar el Mundial de Alemania para una cadena -Cuatro-. Su memoria respecto a los goles que en su dilatada carrera profesional ha marcado es más que sorprendente. Reconocía instantáneamente ante el monitor las canchas, los compañeros y los rivales con una precisión de reloj suizo, como los dos ejemplares que portaba en sendas muñecas –uno con la hora argentina y otro con la del país en el que se encuentra-. Ha perdido 60 kilos de los 125 que llegó a pesar. Dice que su norte y su guía son sus hijas. Que su ex mujer “no le da bola” pero que si el tiempo volviera atrás y la encontrara en cualquier esquina, con 15 años primaverales, se enamoraría otra vez de Claudia. Y uno no sabe si en sus 46 años de existencia habrá leído a Stendhal, pero a buen seguro que compartirá que el amor es una flor que hay que tener el coraje de ir a recoger incluso al borde de un amenazante precipicio. Como el que él mismo conoció.
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Manuel Segura
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