Diario nihilista de un antropólogo

San Antón y el rural

El rural es mucho más tradicional que el urbanita, pero a medida que la modernidad y las nuevas tecnologías lo invaden todo, los límites entre el rural y el urbanita se van difuminando y perdiendo vigor a una velocidad hasta desconocida. Con todo, en el rural, el que trata de emprender un camino en solitario, apartándose de la tradición y de lo que hace todo el mundo es inmediatamente

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El labriego y el legislador

Al rural le resulta muy difícil comprender como alguien puede sentirse bien dentro de una multitud que fluye. El urbanita oscila de lo serio a lo jocoso sin problema de transición, y avanza o retrocede en sus pensamientos a grandes zancadas. Ser rural es una manera de ver el mundo, una filosofía de vida, una cultura, y como tal, muy difícil de descubrir y más aún de

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Qué descansada vida...

Los labriegos andan plantando ajos, pensamientos, hierba luisa, romeo para que las huertas no sean sólo hermosas sino también lugares perfumados al mismo tiempo que jardines para abejas; podan manzanos, ciruelos, perales, y otros árboles. Las podas las queman en los hornos de los patios, antaño útiles indispensables, hoy partes de conjuntos monumentales como los

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La rareza de los árboles

Puesto que la rareza confiere un valor especial a las cosas, los que dictan normas sobre el rural sin conocerlo no entienden, por ejemplo, que los rurales quieran cortar algunos árboles que ni dan fruto ni sirven para madera ni embellecen nada. Para los rurales los arboles son un fruto de la naturaleza que, como otros, a veces, son un estorbo; para los urbanitas son un bien

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Única esperanza

El graznido, el canto y el piar de los pájaros, la canción del río, el zumbido del viento, los truenos no son ruidos sino el habla co9nmovedora de la naturaleza, y el carro, el arado, la azada no son cosas decorativas de museo sino útiles. Muchos enviados para hacer estudios, y políticos que hacen leyes sin conocer el mundo rural sobre el mundo rural creen que conocen un pueblo y

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Los montañeses

11.01.19 | 19:53. Archivado en Antropología social, Meditación

Casi todas las poblaciones rurales de Galicia están envueltas por una masa boscosa, extensa y densa. Para los pueblecitos de la parroquia de Aguís, esta masa es un misterio profundo cuando de noche, a la luz de la luna, se adivinan las montañas imponentes, objetos fantásticos, que los cobijan. A primera vista, las montañas aparecen como algo inmutable pero los que aquí habitan, sienten

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Conchiña y Pepe, de Aguis

Vamos llenando nuestro capacho de pequeñas cosas, tal vez, nos producen tanto placer como una gran catedral, las obras maestras de un museo, porque hacen removerse nuestro interior. Lo que leemos, lo que vemos en un museo, acumula conocimientos, son pasado, lo que vivimos se convierte en experiencia. Sólo lo que queda y permanece nos hace más

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El sueño que me sueña

No es necesario pedir con Don Miguel: “vuélveme a la edad aquella/ en que vivir es soñar” porque yo sueño el sueño y me siento soñado por cada niño y disfruto de los recuerdos, “recuerdo de los días benditos que fueron”, que olvidados siguen existiendo, tal vez, en lo más hondo. La hermosura de sus sueños me hace perder el hilo de mi sueño y me dejo llevar por sus miradas

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Epifanías de Dios

El nacimiento del sol o el atardecer entre tonos dorados en la montaña clavan al viajero para que calle y mire con temblor; son momentos que hacen crecer el alma, dan fuerzas para ser tu ser, invitan a hacer plegarias y hurtan de la vida cotidiana. El caminante siente como si un rumor se elevara desde el valle arañando la falda del monte hasta el cielo y, si en el valle hay valle, se siente náufrago en un mundo de insondable hondura. El viajero encuentra esa porción de sí mismo que está escondida y los árboles, los peñascos, las nubes dejan de ser nombres vacíos para ser expresiones de la belleza del universo, dones graciosos de la vida, epifanías de lo Otro, de Dios.


Como todos los años

He pasado la última tarde de este año escuchando el audible crecimiento de los árboles en la montaña, desde la cima se veía un follaje de columnas de humo buscando el cielo. Bajando admiré el techo de rocas sobre el valle, el baile de espùma del Río Eiroá y la bulla de los pájaros buscando refugio. Y pensé: el tiempo, “huidiza sombra de la aguja”, es un avaro de acontecimientos nuevos que nos hurta el placer de usar como nuevo lo ya usado y quiere privarnos del arte de llenar palabras viejas de contenidos nuevos. No te prometas ni prometas a otros más de lo que puedes dar. Los planes no cumplidos gorjean como pájaros tardíos y abrasan como las criminales heladas de mayo. Como todos los años, te deseo un prospeo y feliz año nuevo


Una mujer sabia

El trajín de estos días se mete en todos los rincones gateando como un gazapo, deshilacha y estruja el tiempo, insonoriza eternos bronces y despierta el sonido de otros recientes, convierte perdidas en ganancias y ganancias en pérdidas. La simpleza de la simple verdad es que no existe guarida contra el paso del tiempo ni más vida que la vida donde la vida mora y que lo que es no es más que la fuerza de una flor. La vida, campos luminosos y calmos o tenebrosa y profunda densidad, se hace oír, con confusas voces y difusos ecos, unas veces, y, otras, con voces henchidas de ternura. Y aquella mujer sabia, su madre, “guardaba todas estas cosas en su corazón”.


Único y mudo comentario

20.12.18 | 22:13. Archivado en Antropología social, Meditación

Desde el Cebreiro he visto, hundido en la penumbra, el valle abovedado por las nubes densas de este atardecer otoñal. Las luces, como estrellas de una fabulosa constelación que se arrastraba por el valle, eran el único y mudo comentario a aquel vasto espectáculo capaz de arrastrar al olvido los recuerdos de las miserias propias y ajenas que la garra del tiempo, “sangriento tirano de pies alados”, imprime en la memoria, azanca de dicha pero también de dolor. Cuando descendía, el armazón del oscuro campanario me trajo la nostalgia de las campanas, viejas y familiares como la voz de la abuela, que antaño subían hasta la cima que yo iba dejando a mi espalda y hoy calladas por falta de manos que acaricien su melena.


Sábado, 19 de enero

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