Diario nihilista de un antropólogo

Navidad franciscana

30.12.13 | 19:32. Archivado en Meditación, Fiestas/calendario

Al mirar al cielo todos vemos las mismas estrellas pero nos sugieren cosas diferentes; puede que todos vivamos en la misma realidad pero la veamos de manera diferente. Las cosas cambian y uno mismo cambia también. Hay demasiados cambios en nuestra vida como para que pensemos que podemos predecirlo y arreglarlo todo. La persona es una máscara; solamente es por completo transparente el vacío. Lo sagrado, tal como muchos lo entendieron a lo largo de la historia, no es transparente; más bien traza una borrosidad misteriosa. La encarnación puso al alcance de los sencillos lo incomprensible de Dios que, a lo largo de la historia, inspiró páginas inspiradísimas y de altura vertiginosa. Hay que descubrir, descifrar para desvelar el misterio divino.

El mayor obstáculo del conocimiento y del amor es el ego, hay que vaciarse para amar al otro. Jesús, Dios, dejó que el tiempo se incorporase a su vida; es como si Dios bajase y abandonase la trascendencia del cielo, inaccesible a la razón, para plantar su tienda entre nosotros. Como dice San Pablo (Filipenses, 2, 7), en el pesebre está el debilitamiento, la humillación, el anonadamiento de Dios. Para verlo hay que contemplar en silencio lo que allí ocurre. El cristiano no puede más ni menos que dejarse ganar por el acontecimiento que es la encarnación. No es Dios quien me lleva a los otros, son los otros quienes me llevan a Dios; es decir, “lo que hacéis con uno de éstos conmigo lo hacéis”.

Jesús es un ser humano que va creciendo a medida que lo vas conociendo. Jesús es la visibilidad que oculta el misterio, la trascendencia. Hasta los no creyentes ven que ha sido la personalidad más fascinante de la historia; no buscó la fama ni vivió de ella; más bien se escondió y se retiró al desierto aunque, cuando tuvo que hacerlo, dijo lo que tenía de decir a la luz del día y mandó a los suyos que lo dijeran desde los tejados. Son los creyentes quienes tienen que demostrar que creen en él. Ser cristiano no es conocer a Jesús histórica ni teológicamente sino convivir con su persona, pensar como él, ser solidarios como él. Los cristianos no seguimos un dogma, aunque creamos en ellos, ni una doctrina, aunque la tengamos, sino a una persona que piensa, que es humana y divina a la vez. “La Iglesia es un hogar, no una aduana”, dice Francisco y tiene que ser flexible, gran virtud para desenvolverse en esta sociedad líquida, y humilde que es una gran virtud evangélica y necesaria para estar abiertos a los acontecimientos.

El que piensa que lo conoce todo de Jesús es que no se conoce a sí mismo. El ser humano es una realidad en construcción por lo tanto nadie puede conocer a nadie cabalmente. La comunidad de los cristianos no es una comunidad de marca o de equipo de fútbol. La Iglesia está formada por un nosotros que persigue la salvación y una acción común a favor, especialmente, del otro más necesitado. El cristiano no puede dedicarse a llenar el vacío que deja la pérdida de la vida pública con intimidades y cosas privadas, como el narcisista que vive de excitaciones afectivas de índole subjetiva, no está abierto a experiencias aunque tenga muchas vivencias. El cristiano sale a fuera, a encontrar al otro, parte integrante de sí mismo, y a pesar de ignorar muchas cosas sobre él constituye con él una profunda relación de amor. El cristiano es un peregrino, la peregrinación es un suceso narrativo, un camino rico en semántica. La vida del cristiano es un umbral, siempre en tránsito hacia otro lugar, en camino hacia el futuro.

El camino está lleno de misterio, incertidumbres, inseguridades, de curaciones y milagros, éxitos y fracasos, engaños y desengaños, de sorpresas encarnadas en el otro y en uno mismo, de vacíos, de esplendor; abunda en recovecos, meandros; está cargado de significaciones. El bien y el mal, la luz de la razón y tinieblas de lo irracional se pertenecen mutuamente. A los acumuladores y procesadores de datos les falta misterio, encanto. El cristiano, como cualquier ser humano debe aceptar con honestidad esta composición antitética del hombre como acepta el hecho de la injusticia estructural del mundo actual. Es uno de los signos e los tiempos.

Tal vez la esencia de la revelación se pueda reducir a la caridad que los cristianos encarnarán de manera diferenciada siguiendo los signos de los tiempos de su época. El único límite, al mismo tiempo que criterio, a la actuación del cristiano, es la caridad. En palabras de Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. El anuncio, la encarnación, es el horizonte: la verdad acontece como anuncio. La caridad es la traducción al lenguaje de nuestros días de todos los principios metafísicos que gobernaban hasta ahora las disquisiciones teológicas. Pensar de otra manera puede conllevar el peligro tan frecuente en la historia de las religiones de rendir culto idolátrico a lo que no es Dios sino cultura, política o negocio. No puede ser el derecho quien ponga límite a la caridad sino ésta a aquel. La peregrinación es una transición hacía otro lugar, hasta correr el riesgo de una espiritualidad sin centro que pone en cuestión toda posibilidad teórica de distinguir de antemano todo lenguaje metafórico o lenguaje propio.

El saber del monje encerrado en su monasterio sin contacto con el mundo líquido que cambia de la noche a la mañana, y del intelectual, significaba el distanciamiento absoluto de las representaciones que provienen directamente de la existencia, exige la puesta entre paréntesis de la toma de postura existencial. La gente de hoy piensa poco en Dios como estructura última y fundamento de todas las cosas; tiene delante la estructura contingente de todas las cosas, la historicidad, caducidad y la finitud de nuestro existir, los cambios, y los tsunamis que devoran y tragan pueblos enteros.

La sociedad de la transparencia elimina todos los rituales y ceremonias en cuanto no son operacionales porque son un impedimento para la aceleración de los ciclos, de la ganancia, de la información, pero son fundamentales para el conocimiento, para la experiencia, la vivencia. El ritual es una acción que consta de formas de expresión exteriorizadas, que actúan en la comunidad, no en el individuo exclusivamente. Los que participan de él son expresivos, sin ser exhibicionistas ni desnudarse. Todos son síntomas de la identidad de la gente de nuestros días, de hoy

Un acontecimiento es algo dado en lo que ocurre, no es algo presente, sino algo que busca darse; nunca está presente, acabado o formado; nos convocan y nos llevan hacia el futuro, llamándonos. Poder y misterio no coinciden, el poder no camina con el otro sino que lo posee, lo domina, lo tiene. Nada más pequeño que un niño en un pesebre. Hay acontecimientos pequeños, difíciles de explicar, que pueden causar verdaderas revoluciones y cambiar la existencia y la vida de una persona y hasta de la humanidad entera. “Las cosas simples de la vida ahora me parecen extraordinarias; beber un vaso de agua, pasear, abrir una ventana”, dijo alguien al ser liberado después de meses secuestrado.

Por la incertidumbre y la inseguridad de todas las cosas, el hombre de hoy adopta una postura irónica frente al mundo actual y siente nostalgia de otro mundo no distinto pero mejor. La Navidad otorga a las cosas claridad y brillo divinos. El fundamento de la belleza es el misterio. El disfrute de estos placeres trascendentes requiere reflexión, contemplación, meditación. “Hay muchos signos de que, en nuestros días, como siempre, acontece Dios”, me dijo alguien. El hombre tiene necesidad de entender qué le pasa a él y a la humanidad y Jesús es la clave para muchos. “La esperanza es ese temple en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”, escribió Gomá. Los abrazos a “guiñapos humanos”, a cuerpos desfigurados, su piedad con los emigrantes, son un mensaje corto, rápido y contagioso porque corresponden y son la expresión de la vida, son auténticas narraciones. Son imágenes llenas de valor, de impacto, llenas de complejidad pero inequívocas; una ruptura total, manifiesta, casi insultante con el lujo, el refinamiento. Los gestos de Francisco hacen de él un personaje seductor con toda la ambigüedad y complejidad, desconcertante porque no que no es unívoco sino rico en símbolos y sentidos. Francisco lo sabe y lo siente. Es la Navidad franciscana.


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