Siempre nos quedará Brasil. Pero esta vez buena parte de Sao Paolo corrió el riesgo de desaparecer. De hecho nadie sabrá jamás cuanta personas han sido arrolladas por el fango, el agua. En las rieras que bajan de las montañas hasta Copacabana malviven en sus barracas miles de personas que, en su mayoría no están censadas en ningún registro. Mueren sin haber vivido, sin haber estado, sin haber ocupado un lugar alguno, han pasado por el mundo sin pasar. La última vez que estuve en la ciudad más bella del mundo, Río de Janeiro, mirando la ciudad desde el Corcovado y el pan de Azúcar, todas las favelas que escalaban por las rieras hasta lo más alto, dije a quienes estaban conmigo: “Todos esos habitantes son carne de crecidas, de lluvias torrenciales, de aluviones de agua y barro. Así fue.
Jueves, 31 de mayo
Manuel Mandianes
Faustino Vilabrille Linares
Francisco Baena Calvo
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Jose Luis Cortés
Pedro Tarquis
Antonio Aradillas
Juan Fernandez Krohn
Universidad Pontificia Comillas
Asoc. Humanismo sin Credos