Cuando un libro puede leerse online

Y de regalo… un relato

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Ya tenemos la segunda edición de Relatos de absurdo contenido,  que se puede adquirir en papel  (9,99 €) o descargarlo por 7,99 (pincha aquí) . Ya sabes que por eso de «libro comprado, escritor alimentado», pues si lo compras. Gracias

Os dejo con un relato para animaros 😉

El comandante

No sabía muy bien por qué, pero siempre quiso ser piloto de aviación. Desde pequeño le atraía la aeronáutica y en su casa aún guardaba toda una colección de aviones de juguete que iban desde los primeros que empezaron a surcar los cielos hasta los más modernos.

Un problema en la vista le había impedido realizar los cursos de formación; sin embargo, él, con casi 50 años, se sentía comandante, aunque a nadie se lo decía para que no lo tomaran por loco. Desgraciadamente, sabía que en la sociedad en que vivía, contar las ilusiones, aunque fueran inalcanzables, era sinónimo de incomprensión, y por eso solía permanecer callado, como si no estuviera en este mundo, ausente; pero él, a su manera, hacía realidad su sueño.

Cuando llegaba a casa, se sentaba tranquilamente en una silla, sobre una mesa colocaba varios avioncitos a la altura de los ojos y con una potente lupa escrutaba hasta los más mínimos detalles: las formas de las hélices, de las alas, los timones, las cabinas, los mandos, los trenes de aterrizaje, las ruedas… eran reproducciones tan fieles, tan auténticas, tan extremadamente exactas que en ocasiones pensaba que, si pudiera volverse muy pequeñito, se introduciría en ellos y volaría. Eran pensamientos que iban y venían; luego retornaba a la realidad, a lo que era su trabajo: técnico en mantenimiento de ascensores.

Su quehacer diario nada tenía que ver con las aeronaves, pero cuando arreglaba una avería, imaginaba que los cables y chips del cuadro eléctrico del elevador eran las entrañas del motor de un Boeing o de un Airbus. Incluso a veces, cuando tenía que probar si el aparato funcionaba correctamente y accionaba alguna clavija para ponerlo en marcha, el sonido que producía era un sonoro y seco clic que identificaba con las comprobaciones del instrumental de vuelo para iniciar el despegue.

A su modo era feliz y, para seguir sintiendo esa pasión que tenía por volar, había alquilado un piso cerca de una gasolinera. No solo era por el olor a combustible, que le hacía creer que estaba en una pista de un aeropuerto a la espera de llenar los tanques de queroseno, sino también para acercarse al surtidor y, al ver como repostaba un coche, los números que marcaban los litros… 5, 20, 37, 50, 60… para él eran los pies que marcaba el altímetro y le indicaba cómo iba el ascenso.

En ocasiones, cuando en la estación de servicio se detenía un camión de gran tonelaje, lo que no sucedía habitualmente, bajaba inmediatamente de casa y disfrutaba viendo cómo llegaba a una altura de 300 y 400 metros que él multiplicaba por veinte. Entonces, de forma inconsciente, levantaba la cabeza, se ajustaba la corbata y miraba el cielo azulado sintiendo lo que era volar. Además, para darle un mayor realismo, para sentirse un auténtico comandante, solía llevar trocitos de algodón en los bolsillos, creaba diversas formas y figuras, las dejaba caer al suelo y, según descendían suavemente, las observaba al igual que si fueran nubes mientras su aeronave cortaba el firmamento.

Nadie conocía su secreto, pero mientras pilotaba irradiaba felicidad al escuchar el ruido de los motores de los automóviles que pasaban frente a la gasolinera y que para él eran los de su avión. Se sentía libre, con una paz infinita, y si por cualquier circunstancia no circulaban turismos y había un silencio absoluto, él, convencido de que había algún problema en el rotor, imaginariamente consultaba los datos del vuelo: altitud, velocidad, inclinación, temperatura… y en voz baja, sin que nadie lo oyera, informaba a la tripulación y al pasaje de lo que estaba sucediendo en tanto se ponía en contacto con la torre de control más próxima.

Nunca, pero nunca, había tenido un incidente y todos sus vuelos eran un ejemplo de suavidad tanto en el despegue como en el aterrizaje, y a veces hasta soñaba que daba charlas y conferencias sobre la profesión de comandante, la responsabilidad que suponía que de él dependieran cientos de vidas y cómo actuar en caso de una situación de emergencia.

Si tenía tiempo solía cambiar de gasolinera, iba a otras de la ciudad y de esta forma creía que se trataba de un vuelo transcontinental y que estaba en otro aeropuerto para hacer una escala técnica. Cuando esto sucedía, nada más llegar a la estación de servicio, con paso firme y decidido iba directamente a los lavabos y saludaba a los empleados, que para él era el personal de tierra. Hasta en más de una ocasión preguntaba si cambiaría el tiempo, para así estar al tanto de las posibles alteraciones meteorológicas y adoptar las medidas que consideraba oportunas para una mayor seguridad.

Muchas tardes las pasaba así, planificando viajes, rutas, pensando en alternativas ante posible eventualidades, memorizando los diversos protocolos y estudiando los nuevos avances de la navegación aérea. Por la noche, cuando se acostaba, tenía en su mesilla unos veinte relojes de diferentes tamaños dispuestos en arco frente a sus ojos. Cada uno de ellos marcaba distintas horas y, al apagar la luz, las manecillas fluorescentes resplandecían y creía que se trataba de un vuelo nocturno con todo el instrumental encendido al alcance de la vista. Había adquirido tal destreza y maña que, tumbado en cama y con una sola mano, era capaz de mover las agujas para modificar las características del vuelo.

Normalmente, tras una media hora tocando las manecillas se quedaba profundamente dormido hasta que la luz del día entraba por la ventana y la claridad le despertaba. Entonces miraba instintivamente los controles, se frotaba los ojos, bostezaba, se desperezaba, hacía que se ajustaba la corbata y para sí mismo confirmaba lo que siempre había pensado: los pilotos automáticos casi nunca fallan, pero el factor humano es imprescindible y para eso, él estaba allí.

……………..

 

 

 

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Los franceses, la comida y el sexo

El próximo día 4 de junio voy a Francia a una boda que, por lo que ya me previnieron, dura dos días; es decir, que comes-bailas-duermes, comes-bailas-duermes, y supongo que después, al final, duermes de todo lo que comes-bailas, porque si no es así…

Desconozco como son las celebraciones de las bodas en el país vecino, pero lo que sí sé es cómo son las comidas de los franceses, inaguantables, desesperantes, y siguiendo un ceremonial que hay que seguir paso a paso. Cuando te invitan a una comida, en plan bien, en una casa, lo primero que te ofrecerán los anfitriones antes de sentarte a la mesa será un aperitivo a base de cacahuetes, galletitas, pistachos y otros frutos propios de las gallináceas, mientras te tomas una copilla, más o menos dulce, de sabor indescriptible pero agradable.

Después, pasados unos quince o veinte minutos, te sentarás a la mesa, habrá dos primeros platos y, de repente, como si fuera un paréntesis en la vida gastronómica, el mundo se para, se detiene, y llega la pasión de los franceses: los quesos. Entonces, en la mesa colocarán unas impresionantes fuentes y con una cursilería de narices, con unos suaves movimientos que más que un comensal pareces un cirujano cardiovascular, con un tenedorcillo irás cogiendo de los diferentes tipos mientras hablan y hablan de dónde proceden y de las diferencias entre unos y otros: si uno es más pastoso y si el otro es menos cremoso, si aquél es más fuerte y el otro más suave.

Luego, después de casi una hora, sí, una hora, porque una comida que se precie dura entre cuatro y cinco, las bandejas desaparecerán y se seguirá con la comida, los postres, el café y copas. Que eres fumador… Pues si en la casa son de la liga antitabaco (no fumar puede producirles este aburrimiento, te dan ganas de poner en la entrada de la vivienda), aunque los acabes de conocer puedes levantarte (ellos no lo consideran de mala educación), ir a una ventana y fumar un cigarrillo.

¿Y de qué hablan los franceses, además de los quesos, de los vinos, que es otra de sus pasiones y de, obviamente, el champagne? Pues no me diga por qué, pero no hay conversación en la que no salga a relucir el sexo, siempre el sexo, y da lo mismo que te invite el ministro de asuntos exteriores que un tornero fresador.

Los franceses están obsesionados por el sexo y lo peor que puedes hacer en una comida es decir la frase tan típica y española de: «Es que este niño es clavadito al padre». Anda, di eso por listillo y descubrirás que el pequeño no es del «clavadito padre», sino de la «desclavadita madre», que a su vez se divorció del íntimo amigo del «clavadito padre», que todos dicen que es el verdadero padre, pero que tampoco está claro porque, por entonces, se cree que la «desclavadita madre» mantenía una doble relación con otro que sí, que dicen que es el «clavadito padre»: vamos, una melé.

Y si habrá un mosqueo generalizado entre los franceses en todo lo que son las relaciones humanas, que cuando a una casa llega la factura telefónica, en ella figuran todos los números adonde se ha llamado excepto los tres últimos dígitos. Dicen ellos que es para preservar la intimidad y que eso ocurre en todos los países; sí hombre sí, en todos, clavadito.

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De verdad, no seas tan tonto como yo

Yo sabía que esto de quedar con alguien para dar un paseo es normal, lo que no sabía que lo que era tan trascendental es dónde quedabas. Y esto te lo digo porque hace unos días quedé con un buen amigo y diseñador, Manuel Agrafojo, y tras hablar cinco minutos por teléfono me dice: «Pues nada, en cinco minutos estoy allí». Y como eso de «en cinco minutos» nos encanta a todos y es más español que la tortilla de patata, pues yo que contesto: «Pues en cinco minutos estaré allí»

¿Y donde es allí?. Tú imagínate una amplia avenida de dos carriles en ambas direcciones y una rotonda; pero una rotonda del capón, como La Maestranza pero con coches dando vueltas. Pues allí y justo en un semáforo espero al colega porque la idea era que pasaba en el vehículo, paraba y me subía.

Pues allí estaba yo esperando en un semáforo, en La Coruña, lloviendo a mares, más que mares, y con un viento que el paraguas se doblaba como… ¿sabes la llama de la estatua de La Libertad? Pues así pero sin fuego. Y con el vendaval que casi me volaba el pelo, cojo de paraguas, lo recompongo casi a patadas mientras oigo  los coches pasar «ñiuuummm. ñiummm,  ñiummmm».

Y de repente… silencio, los automóviles que se paran, yo pegado al poste del semáforo, el muñequito que se pone verde y los dos conductores de la primera fila que me hacen señas de que puedo pasar. Entonces, yo que disimulo y ellos que tocan la bocina para indicarme que puedo pasar, y yo que no paso y ellos toca que te toca el claxon como si fuera la primera vez que había visto un paso de peatones. Y a todo esto un viento, una lluvia…

Total, que pasan esos primeros coches y nuevamente «ñiummm, ñiummm, ñiummm» y pienso: «Si no llega el colega Agrafojo…». Y en efecto, el Agrafojo que no llega pero quien lo hace es otra tanda de automóviles que se detienen en el semáforo de la megarrotonda. Yo allí solo y otra vez que me hacen señales para que cruce el paso de peatones, que tocan la bocina, que no paran de tocar y… y si te soy sincero, yo a esas alturas yo ya solo veía los limpiaparabrisas de los vehículos haciendo «flaaps flaaps» y deseaba que dos de ellos me pasaran por delante y por detrás desde el pelo hasta los pies y escurrieran todo el agua y lo recogieran en un depósito como un deshumificador. Y entonces, pues los coches que pasan, el Agrafojo que no llega y «¡noooo, otra tanda!».

El problema

Y aquí viene el problema, ¿Qué haría un ser normal empapado hasta los calcetines? Pues un ser normal estaría molesto, enfadado, mosqueado y cabreado.Pues yo no; yo, imbécil Guisande, que veo que vienen otros coches y ya me empiezo a reír pensando otra vez en la mima situación y deseando ya tener un traje de neopreno, con aletas y dos bombonas, no de oxígeno, sino de humo de tabaco, una de rubio y otra de negro por si quiero variar.

Y tras «cinco minutos» llega Agrafojo, abre la puerta del coche, subo y me dice «¿Tomamos un café?» y yo, tititritando digo «sí, sí, sí, sí, caf, caf, café» que aunque lo dije tres veces solo quería uno solo, y me quedé con el punto del solo, no del café, sino que la próxima vez que quiera dar un paseo voy eso, solo, pero solo solo o busco sitio donde quedar pero en una rotonda junto aún semáforo… ni de coña.

PD._  Artículo dedicado a mi buen amigo el diseñador Manuel Agrafojo

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PP – PSOE ¿qué escándalos se ocultan desde Franco?

aznar_gonzalez_gettySi ellos hablaran… pero a lo mejor un día tendrán que hablar

A mí no me extraña nada de lo que está sucediendo en este país, porque cuando dos partidos teóricamente enfrentados llegan a plantearse,  y ocultamente siguen planteándose, la posibilidad de unirse da que pensar dos cosas: O es que durante años hicieron el paripé a los españoles, o tienen pánico a que un nuevo Gobierno saque a la luz lo que no está escrito en el mundo de los chanchullos y la corrupción.

Y me da que es más por esto que por otra cosa por lo que hay un frente común hacia otros grupos políticos que puedan llegar a gobernar España o que al menos entren en el Ejecutivo y puedan influir; pues no hay que olvidar que desde que murió Franco, en el 75, prácticamente en este país (desde el 82) solo ha habido PP y PSOE. Y si ambas formaciones están inmersas en los escándalos que hoy conocemos ¿en cuántos otros no estarán y que ocultan? Ese es el gran temor que tienen sus dirigentes, los «barones – reyezuelos», no sus militantes de base, repito, no sus militantes de base, que también están hartos de ellos.

A mí no me da miedo que gobiernen otros partidos, y especialmente si es gente joven, con otras ideas; y no me da miedo por una razón: porque por muy mal que lo hagan dudo que lleguemos a esta situación y porque si un día esto va a peor siempre estará la ciudadanía para salir a la calle. ¿Por qué ese miedo a que gobiernen otros? ¿es que no hemos oído siempre que lo democrático es la alternancia? ¿es que solo es democrática la alternancia cuando quienes se alternan son PP y PSOE?

¿A qué vienen esas críticas furibundas de que si otras formaciones están relacionadas con Irán cuando los propios ministros del PP y PSOE han mantenido siempre contactos con ese país para facilitar los negocios de empresas españolas y hasta hace poco el Rey iba a a hacer una visita a esa dictadura que es Arabia Saudí?

Es cierto que hay grupos políticos en los que gran parte de sus simpatías, o el voto, es fruto de miles y miles de personas que están hastiadas de lo que hay ahora y no por afinidad ideológica, porque lo que hay ahora es una corrupción generalizada ¿Por qué no darles la posibilidad a otros de dejarlos a ver qué hacen o que compartiendo gobierno puedan influir? ¿es que se acaba el mundo?

Es posible que se acabe el mundo; pero no para el ciudadano de a pie, sino para muchos actuales dirigentes de primera y segunda fila, los «baroncillos», que están viviendo a costa del resto de los españoles en empresas públicas o de corruptelas que todavía desconocemos, a esos, a esos sí que se les puede acabar el mundo.
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LIBROS DE MANUEL GUISANDE (los puedes pedir en tu librería más cercana)

  1. Relatos de absurdo contenido 2015 (Ediciones Ellago)
  2. En tu línea 2015 (Edi Cumio, foto y poemas desenfadados)
  3. Al fondo a la derecha  2013 (Edi. Cumio. Artículos de humor)
  4. Rodribico  2010 (Edi Baia. Colección de 5 cuentos infantiles, castellano, portugués y gallego)
  5. Exposición (vídeo, adelanto)  En tu línea
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¿Posible alianza PP-PSOE para ocultar la basura?

Creer en el futuro de este país no es fácil porque quienes van a dirigirlo, sean quienes sean, han de estar afiliados a los partidos, sí o sí (800.000 el PP, 210.000 PODEMOS, 200.000 el PSOE, 36.000 IU y 25.000 CS) con lo cual unos 49 millones de españoles no pintamos nada, y supongo que entre 49 millones algún tipo válido habrá, pero si no estás afiliado… pues no cuentas. 

Conclusión, que esto más que política es como la agricultura, y si tenemos buena una cosecha de afiliados… bien, pero si nos toca una banda de lelos, pues así irá España y, lógicamente, así no funciona un país, aunque en esto, hay que reconocerlo, PODEMOS ha colocado a algunos independientes en sus listas, que algo es algo y se agradece.

Y si esto lo traduces a la política local… peor, menos afiliados, menos donde elegir. Y claro, como están en Madrid entre que si se junta unos y otros… pues a uno, que ve la película desde la distancia por no estar afiliado, le da la sensación de que el PP quiere a toda costa juntarse con quien sea, no vaya a ser que gobiernen otros y descubran todavía más basura de la que hay, que ya es difícil.

Y a esos vividores que llaman «barones» del PSOE, supercolocados los tíos, pues también les encantaría una gran coalición con el PP porque igual los echan de donde están apoltronados y se descubran más escándalos y muchos (del PP y PSOE) terminen donde deberían terminar y pronto, ante un tribunal y si son culpables… encarcelados.

Y ante esto, solo queda que las bases de los partidos de izquierdas (los de derechas nunca pidieron acabar con los escándalos de sus dirigentes y así están como están) no caigan en la trampa y reaccionen ante sus «barones» que son mas bien «reyezuelos» porque peor que como estamos… imposible. Y tan imposible que ya no se oye la palabra “mileurista” porque lo hay que son esclavos.

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LIBROS DE MANUEL GUISANDE (los puedes pedir en tu librería más cercana)

  1. Relatos de absurdo contenido 2015 (Ediciones Ellago)
  2. En tu línea 2015 (Edi Cumio, foto y poemas desenfadados)
  3. Al fondo a la derecha  2013 (Edi. Cumio. Artículos de humor)
  4. Rodribico  2010 (Edi Baia. Colección de 5 cuentos infantiles, castellano, portugués y gallego)
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Las Navidades y esos viajecitos en tren

Vamos a ver; el viaje fue desde Palencia a La Coruña, en tren, pero si me dicen que en vez de un tren era el bingo… te lo juro que me lo creería. Ya en el andén todo el personal desquiciado buscando el coche, que si el 3 está adelante, que no que atrás, que yo no veo el número, que este parece que es pero la luz…. y al final, entre los nervios de que no lo encuentro y que a ver si va a salir… todo dios en manada en los vagones, que má que viajeros parecíamos refugiados

Y ya en el ferrocarril: «El asiento 5A ¿dónde es?», me dice un señor. Entonces miro el billete, y con una alegría que ya te puedes imaginar vamos por el pasillo tropezando con todo, y al llegar, pues que el 5A está ocupado por una señora que le está dando una dentellada a un bocadillo de jamón, que ganas me dio de preguntarle si el bocata venía con el asiento.

Y entre que estaba dándole al diente, tapada con unos abrigos, en su regazo unas bolsas con mandarinas y había algunos sitios vacíos, le dije al hombre: «Siéntese aquí, es igual». ¿Igual?, joé igual. Menudo cristo al llegar cerca de León, en Reliegos, cantidad de gente que sube y que si este es mi plaza, que no se moleste, que entonces ya me pongo aquí, que total para 20 kilómetros…

Pero no adelantemos acontecimientos porque tras colocar al señor en su sitio me dice: «Y podía subirme esta bolsa de mano ahí arriba…». Mira, yo en mi vida he cogido muchas bolsas, pero muchas, pero al agarrarla a punto estuve de decirle: «Oiga, me enseña sus manos, porque es usted un prodigio, es que esta bolsa, bien bien pesa 5.000… 7.000 kilos» Y tras hacer un esfuerzo que me dejé el higadillo, allá fue la maleta en plan parábola que casi me llevo una cabeza por delante.

Y como las cosas son así, en el esfuerzo, a mí que se me caen el móvil, que justo en ese momento suena y como harto de musiquitas iguales tengo grabada la de la Lotería de Navidad, sí esa de «44.555… mil euros…, 37.985, mil euros, 78.5441… mil euros» pues el personal que flipaba como si hubiera retrocedido en el tiempo al 22 de diciembre.

Y en esas estábamos todos acomodándonos donde no nos correspondía, viendo números de asientos y coches, subiendo maletas, cuando de repente aparece una chica superelegante vendiendo periódicos. Te lo juro que fue verla y ganas me dieron de decirle: «Pero mira hija, con el bacalao que tenemos aquí ¿de verdad crees que alguien va a leer un periódico?».

Y entonces oigo a uno que dice: «Las mantecadas son típicas de esta zona, de Astorga ¿no?» y a punto estuve de decirle: «Sí chaval, sí; de Astorga y de este vagón, que ves la mantecada que tenemos todos, que llevamos diez minutos de viaje y aun no sabemos dónde ponernos…».

Y al final, tras caso seis horas llegué a La Coruña, que fue bajar y ver el letrero de la ciudad y no me lo creía, y cuando ya iba a salir de los andenes, en eso que giro la cabeza, veo los vagones y me digo: «La línea férrea… la línea férrea… lo de férrea no sé, pero lo de línea lo sacaron del bingo fijo. ¡Dios qué viaje, qué número!».

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Dos relatos para pasar el tiempo

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Ya tenemos nuevo libro: ese objeto desconocido que no necesita pilas, ni internet, ni wiffi y que también se puede leer aunque no te lo creas, pero hay prueba de ello. Además es de los mejores regalos que puedes hacer porque pasa de generación en generación y ya no te digo si se lo dedicas a una persona que aprecias…

Pues el nuevo libro, Relatos de absurdo contenido, (al final de este texto puedes leer dos de ellos) va de eso; de historias locas, surrealistas; pero el surrealismo no es escribir sin ton ni son, sino que dentro de ese descerebre de palabras y frases unidas, cada relato tiene una lógica que quizás nunca te habías percatado de ella pero que existe cuando ves la vida desde otra perspectiva, de otra forma.

¿Y qué vas a encontrar en Relatos de absurdo contenido? Pues todo tipo de historias: desde unas que son humorísticas hasta otras que te harán meditar, pero la mayoría (al menos esa es mi pretensión) espero que te entretengan y que pases un buen rato. Solo eso, nada más.

Y como todo libro tiene una portada, porque si no no es libro; en esta ocasión la ha realizado Manuel Agrafojo, un auténtico crack del diseño (ver su página pinchando en su nombre), que ha captado perfectamente, con esa madeja de colores, las diversas ideas extrañas que se me ocurren y que se entrelazan pero que hacen un todo en mi cerebro.

Presentación, jueves, 10 de diciembre

Obviamente habrá una presentación, que tendrá lugar el día 10 de diciembre, jueves, a las ocho de la tarde, en la librería Arenas (La Coruña), y serán mis amigos Pinto & Chinto, geniales caricaturistas de La Voz de Galicia, quienes la harán, lo cual me ilusiona enormemente después de tantos años trabajando juntos en ese gran periódico que es La Voz.

En fin, que ya tenemos nuevo libro (Ellago Ediciones), pero mejor sería decir tenéis, si los adquirís en algunas de estas librerías por el módico precio de 12 euros, que para regalar por Navidad… un chollo ;).

 

 

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER GALLEGO

No sé si era de Cuenca, de Teruel o quizás de Jaén, no lo recuerdo bien; pero por razones que nunca explicó, quería ser gallego. Era como una obsesión, tal vez influenciado por eso que decían de las meigas, el esoterismo y las tradiciones mitológicas y ancestrales… Quizás fuera por eso, pero a ciencia cierta no lo puedo asegurar. Lo cierto era que su abuelo había nacido en Betanzos, una hermosa villa cercana a A Coruña, y que su padre le había hablado muchas veces de Galicia.

Un día, hojeando varios volúmenes en una librería, encontró uno que se titulaba Relatos de absurdo contenido; lo abrió, y en una página leyó: «Ser gallego no es una cuestión de nacer o no en Galicia; ser gallego es un concepto, una creencia, y casi cualquiera puede ser gallego. Es más, un gallego puede sentirse gallego un día, al siguiente turco para volver nuevamente a ser gallego y a la semana de Kazajistán. Todo depende de su sentimiento».

Entusiasmado por lo que acababa de leer, prosiguió con la lectura: «Galicia es como un centro de operaciones, al igual que la Nasa, desde donde se controlan los viajes espaciales, y los gallegos son los astronautas que viajan por todos los confines. El gallego —se decía en el libro— no tiene una tierra propiamente dicha. Si vive en Japón, por ejemplo, él está en Galicia; y lo mismo sucede si habita en Australia o en la India. Prueba de ello es que, si te invita a comer y abre la nevera, tendrá siempre, sea el lugar que sea, su botella de ribeiro, sus mejillones, su pulpo… Galicia realmente no existe, es una sensación, es algo tan interno que es una cuestión puramente metafísica». Se alegró, anotó el correo electrónico del autor y le escribió una carta en la que le decía que deseaba hablar con él para que le explicara más en detalle lo que significaba «ser gallego».

Unos días más tarde recibió la contestación y ambos quedaron en verse en Betanzos, adonde se había ido a vivir hacía poco tiempo. Durante la conversación no pudo indicar por qué quería ser gallego, pero que le atraía esa gente que lo mismo residía en un país que en otro, que se adaptaba a cualquier circunstancia, que ante la adversidad ponía buena cara y que siempre estaban felices.

El escritor le aclaró algunos conceptos que no comprendía y otros como que las palabras bo y home son parte importante del léxico gallego y que, prácticamente, no se necesitan otras para comunicarse y entenderse. Le puso varios ejemplos, insistiendo en que esos vocablos no eran lo esencial, sino que se trataban de una seña de identidad externa, nada más. La clave, lo fundamental, lo que determinaba ser gallego estaba en el interior de uno mismo. Quedó bastante convencido de lo que escuchó, y antes de irse le comentó que iba a hacer varios viajes por Europa y que a su regreso quedaría con él para charlar nuevamente, pues le había parecido muy interesante todo lo que le había comentado.

Casi medio año después volvieron a verse en la misma localidad y entablaron una animada conversación en la que él de vez en cuando intercalaba bo y home; pero el escritor notó que cuando las pronunciaba estaban forzadas, un poco fuera de contexto, dichas en momentos en que no eran exactamente los apropiados. Él lo miró fijamente y le dijo al cabo de dos horas: «¿Sabes?, me siento gallego». «Y lo eres», contestó el escritor. «Lo dices por lo de bo y home, ¿no?», añadió mientras sorbía un vino tinto. «No, no; eres gallego, pero no por bo y home, lo eres por algo muy, pero que muy especial, que es la esencia del gallego», añadió el literato. «¿Cuál?», dijo sorprendido. El escritor soltó un bo e inmediatamente respondió: «Porque no hay dios que te entienda».

 

EL ENFERMO

 

Estaba destrozado, las listas de espera en la Seguridad Social era tan largas que ya no sabía qué hacer para curar sus frecuentes dolores estomacales, que   le producían insoportables retortijones. La cita con el especialista la tenía para dentro de tres meses y cada vez que pensaba en ello, automáticamente comenzaba a sentirse mal; pero un día, viendo la televisión, se dio cuenta de que en el ciclismo estaba la solución. No es que creyera que haciendo deporte se pondría bien, y aunque así fuera, no estaba dispuesto a hacer ninguna actividad, a realizar un esfuerzo que fuera ir más lejos que andar al estanco a por tabaco. Cualquier tratamiento lo aceptaba, como si tuviera que tomar 20 o 140 pastillas diarias, pero moverse, hacer ejercicio a sus 50 años… ni de broma.

Un día a media tarde, viendo la Vuelta Ciclista a España se percató de cómo los periodistas que retransmitían la prueba, en ocasiones, comentaban que tal o cual corredor se acercaba al coche médico para que lo atendieran. Cuando esto sucedía, por el televisor veía que el deportista se agarraba a la puerta del vehículo, no pedaleaba y era llevado tranquilamente mientras un auxiliar sanitario sacaba el cuerpo por la ventanilla y le ponía un vendaje o le suministraba algún líquido en alguna parte del cuerpo, según fuera el percance que hubiera tenido.

Sin pensárselo dos veces, acudió a una tienda de deportes, compró una bicicleta de carreras y toda la equipación, incluido un aerodinámico casco de colores con visera muy oscura, lo que le alegró enormemente. Miró en Google y comprobó que la salida de la etapa del día siguiente era en Vilamayor del Condado, a tan solo 80 kilómetros de donde vivía. Analizó las diferentes rutas para llegar a la localidad y allá se fue en su turismo, vestido de ciclista y con la bici en un anclaje sobre el techo de su R-5, que parecía de posguerra.

Nada más llegar sabía que lo único que tenía que hacer era localizar el coche médico, subirse a su Orbea Avant, ponerse el casco que le cubría prácticamente todo el rostro, acudir al punto de partida y, una vez iniciada la etapa, ir al vehículo y explicarle al doctor que tenía un fuerte dolor estomacal. No habían pasado ni cinco minutos desde que los ciclistas se habían puesto en marcha cuando se arrimó al turismo y consiguió agarrarse a duras penas a la puerta. Sudoroso por el esfuerzo realizado, casi no tenía aliento para decirles a los ocupantes que padecía intensos ardores, que no era un dolor continuo, sino más bien esporádico, como punzadas. El facultativo pidió a su ayudante unas pastillas y le indicó las dosis que tenía que tomar. Tras guardarlas en el maillot, disimuladamente dejó que el coche siguiera su ritmo, paró en un lado de la carretera, se echó en un descampado entre unos arbustos y, ya más tranquilo, sacó el bidón con agua e ingirió los medicamentos.

Días más tarde, en casa, las molestias habían remitido, y una semana después desaparecido; pero al mes volvieron de nuevo, aunque con menor intensidad. Entró nuevamente en Google, comprobó que la siguiente etapa comenzaba en Burgos e hizo lo mismo que en Vilamayor del Condado: se acercó al coche y explicó su dolor, a la vez que comentaba que hacía unos días le habían dado unas medicinas pero que… El facultativo habló con su ayudante y le entregó otras distintas advirtiéndole de que eran más fuertes. ¡Y que si eran! Increíblemente con ese nuevo tratamiento se encontraba genial, ni un síntoma.

Dos meses sin padecer malestar alguno le pareció milagroso, por lo que inmediatamente averiguó quién era el especialista. Se llamaba Mario Angelo Franelli, italiano, nacido en la Toscana, con una dilatada trayectoria profesional en el ámbito de la medicina deportiva, concretamente en el ciclismo profesional de ruta en carretera. Averiguó también que era el médico oficial de las carreras más importantes que se celebraban en Europa y que en muchas ocasiones sus servicios eran solicitados también por los organizadores de otros países, especialmente de Sudamérica.

En aquel momento decidió que el tal Mario Angelo Franelli sería su médico de cabecera, y que si lo fue, vamos que si lo fue; durante años, sin que nadie lo sospechara, se hacía revisiones periódicas. Para ello, lo único que tenía que hacer era acudir a las carreras que fijaba el calendario ciclista, buscar la etapa, presentarse con la misma indumentaria que la de algún equipo participante y siempre con ese casco que impedía que alguien pudiera ver que no se trataba de un jovenzuelo. De esta forma, además de a la Vuelta Ciclista España, en ocasiones acudía al Tour o al Giro, e incluso a pruebas que tenían lugar en otros continentes. Como le decían sus amigos: «Estás genial, le has dado un giro a tu vida…». «¿Un Giro?, y seis o siete también», pensaba él.

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Izq, modelito «portícambiodecolor».  Dcha, modelo «esaquí» o «sisoyyo»

La primera vez que vi un escaparate de ropa de mujer en los Emiratos Arabes me dije: «joé con la moda, avanzadas están aquí», y al fijarme en algún traje, en concreto en el negro de la foto, me cuestioné, «será para orientar al hombre de la casa». Y así estaba de feliz en mi habitual ignorancia hasta que viendo que todas iban muy tapadas pregunté cómo era posible que viera aquella ropa en las tiendas y no en la calle.

¡Ay Guisandiño, lo que aún te queda por viajar! Pues resulta que esa ropa… en efecto, la compran las emiratíes; pero no para lucir en parques y jardines, sino en casa, para su marido. Es decir, que tú, que te llamas Alhalail Al-Quapepe, llegas a casa, ves a tu mujer con un precioso traje negro y eso significa que vais de fiesta a la cocina, por ejemplo; y si las ves que lleva así como un escotazo, el modelo es de color crema y lleva sombrero… pues que vais de cóctel al balcón interior de la vivienda o a dar una vuelta por el pasillo.

Y supongo, pues que habrá de todo: vestidos para un picnic sobre una alfombra verde frente al televisor con sonidos de la naturaleza; bikinis sexy para el baño; pantalones para hacer footing alrededor de la nevera; indumentaria estilo Nadal mientras fríes huevos con sartenes tipo raqueta… una juerga y una sorpresa cada día que llegas al domicilio conyugular, porque supongo que tal como están, pues es entrar, y eso, a la conyugular.

Y supongo también, que ya puestos, para dar ambiente al vestuario y que todo vaya en consonancia y armonía, pues un día entras en casa y tu mujer te dice toda acalorada con una maleta en la mano: «¡Ay Alhalail Al-Quapepe!, vengo de Europa, de un viaje por la Cerdeña, y traigo un cansancio, pero un cansancio…». Y tú, que vives en el surrealismo puro, respondes: «pues yo vengo de Ginebra, y aunque no dejan me voy a pegar un lingotazo Dalialhalmiña mía…».

Vamos; esa es la sociedad perfecta que yo siempre soñé y en la que me encantaría vivir: realidad en la calle y pura imaginación en casa, como yo, que aún no tengo muy claro ahora mismo, que son las dos de la mañana, si seguir escribiendo, coger un vuelo para Gana o meterme en la cama.

PD.- ¿Queréis que siga escribiendo sobre los Emiratos o pongo punto y final a la serie? Se agradecería una respuesta

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¿Son felices quienes viven en los Emiratos Arabes?

Impresiones de un recorrido por los Emiratos Arabes (III)

Escribir sobre una sociedad cuando solo has estado once días, es en exceso atrevido y como es atrevido, pues es lo mío; pero si quien lee esto y tiene otra perspectiva y quiere dar su opinión… encantado, así aprendemos más.

Pero vayamos a algunos datos por eso de informar y hacer como que sabes. Los Emiratos Árabes tienen una extensión similar a tres veces Galicia y, según la revista Forbes, de los 9,5 millones de habitantes, el 83% son extranjeros de 150 nacionalidades. Conclusión, un bacalao, una melé de lenguas…. como para ligar está el asunto.

Como digo, estos son los datos de la revistilla esa en la que se olvida que también estoy yo, que estuve unos días y aunque solo fueron once dejé huella; y dejé mi huella porque, o soy muy susceptible, cuando salí de los emiratos, todos los que estaban delante de mí estuvieron algún tiempo parados en la aduana.

A mí no, a mí me despacharon en segundos, y aunque no entiendo el árabe, para mí que dijeron: «Menos mal que se va. A ese, ni pararlo, ¡¡¡ pero ni pararloooooo !!!, y Alfallí, contrólame al pavo ese que se me meta en el avión y que no me salga de él, no vaya a ser que se quede, que este la lía». En fin, una percepción personal.

El caso es que allí cada cual tiene su cultura, respeta las normas de un Corán suave y todos hablan inglés como idioma común porque lo han aprendido. Y esto es una gran ventaja, que lo han aprendido, porque cuando vas, por ejemplo a Londres, hablan a tal velocidad que no entiendes nada; pero en los emiratos, entre que el inglés no es perfecto y que vocalizan bien para que todos se entiendan… pues una ventaja esto de la comunicación verbal, que dicen los técnicos, a la vez que le añaden «transversal», que hoy, o dices «transversalidad» o no eres nadie.

Analizándote con la mirada

Pero el emiratí, el auténtico, el que va con kandura o dishdasha, que es esa prenda larga blanca tipo bata, no necesita hablar para conocerte. El emiratí se guía más con el corazón que con la razón; te analiza con la mirada y más que ojos parece que tiene rayos láser. Te enfoca, te escruta y, sin decir nada, te tiene calao, para bien o mal pero te tiene calao.

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Locos por el fútbol, pero entre gol y gol, cada mirada… con el basquet no probé

Mira, un día me presentaron a un alto cargo, y tras darle la mano me miraba tan fijamente, pero tanto, que hasta pensé «a que tiene ojos de cristal…», a la vez que me decía: «con tanto dineral, y el pobre… sin poder ver». Ni parpadeaba, y tan petrificada tenía su mirada en mí que cavilé: «a que a va ser que quiere ver algo que esta detrás de mí y lo estoy estorbando…». Y a punto estuve (como cuando haces con los recién nacidos con una cerilla encendida para ver si la siguen con los ojos) pasarle por la cara un pozo de petróleo en llamas a ver si reaccionaba. Nada.

Se les ve contentos

Estudiar te estudian, pero también es cierto que cuando hablas con ellos es gente enrollada. Yo no sé si es porque vienen de las tribus nómadas y cada encuentro en el desierto debía ser una fiesta; pero el caso es que los emiratís son muy hospitalarios y siempre están sonrientes. ¿Y solo ellos porque están forrados? Pues no, en mi estancia pude comprobar que casi todos los que viven allí (pese a las diferencias sociales y económicas, que las hay) son felices porque lo que ganan les sirve para vivir ellos y sus familias, bien estén en cualquier ciudad de los emiratos o en sus países de origen.

¿Y cómo lo comprobé? Pues no solo viéndolos, sino por esa manía que tiene uno con tratar con quien se me ponga delante; desde la mano derecha de un ministro, hasta el portero de un edificio, un camarero, un ejecutivo o el que limpia los zapatos, me da lo mismo porque soy de los que piensa que todos, absolutamente todos, tenemos algo interesante que contar.

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Aquí con un camarero egipcio. A la derecha con Khalid Ghanem Al-Omari, mano derecha del príncipe de Ajman, haciendo derrapadas en un 4×4  por el desierto

Y lo que necesitan es…

¿Y entonces los ciudadanos son felices, están contentos?, ¿es que no vi nada así que me hiciera sospechar y que me dejara pensativo? Pues sí, a mí me da que, no sé si muchos o pocos de los megaforrados, ya no buscan hacer negocios, que les da lo mismo mil que 300.000, un coche que una fábrica automovilística y que lo que anhelan es lo que al final desea todo ser humano, viva en los emiratos, en Pekín o en Aranda del Duero, algo que no se puede comprar con dinero: un amigo.

Un amigo que no esté interesado en lo que tienes o dejas de tener; un amigo con el que puedas compartir todo, tristezas, alegrías…; un amigo leal que no te traicione; un amigo con el que te diviertas, te rías y disfrutes de la vida; y por ahora, que yo sepa, las efigies de las monedas y billetes no hablan ni te entienden, y cuantas más efigies tienes, más las ves y más lo sabes y compruebas.

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Las excentricidades de algunos emiratís

(Viaje a Dubai III)

Tener excentricidades cuando se tiene dinero, pues qué quieres que te diga, no está mal; es más, está muy bien, que al menos le das al coco y te sales de lo cotidiano, y si eres árabe, pues mejor, que no vas a estar todo el día con el Corán, no salir a la calle a tomarte una cañita porque está prohibido ni coquetear con una mujer porque te caen tropecientos años comiendo dátiles.

Eso no es vida, aunque luego en casa, de puertas para adentro, y para afuera, cuando viajan a Europa, todo sea una fiesta del copón y a tomar viento las ideologías y las creencias, que creer sí, pero no tanto. Por eso, esas frikadas emiratís tienen su gracia y son comprensibles, sobre todo cuando las haces con tu pasta.

Lo malo es lo que sucede en España, cuando arruinados como estamos, con tu money y el mío, a un iluminado se le ocurre hacerlas, como es el caso de una pista seca de esquí en una pedanía vallisoletana, Villavieja del Cerro, con menos de 100 habitantes, que costó 12 millones de euros y lleva ocho años sin usarse, que ya se sabe que los Alpes suizos, Chamonix y Villavieja del Cerro… igualito el asunto.

Pues en esto de las extravagancias y del dicurrir, los emiratís tienen las suyas, y hasta los que controlan el Libro Guinnes han abierto una oficina en Dubai porque es tal cantidad de ocurrencias que no dan abasto para llenar páginas y páginas de novedades. Y en este viaje por los 7 emiratos, un día acabé en medio de un desierto en el museo del jeque Hamad Bin Hamdan Al-Nahyan, que tiene más de 400 coches, y lo primero que me encontré fue este vehículo / bola del mundo, que con el tamaño de las ruedas ya te puedes imaginar el resto.

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Y en ese mismo lugar también estaba una impresionante casa con ruedas a todo lujo y un Mercedes con unos meganeumáticos, que ya me dirás para qué quieres todo esto, que tiene que ser la reoca repiroca ir de finde con un trailer de cuatro ejes por las carreteras y tú atrás, en la bola del mundo, sacando unas veces la cabeza por una ventana en Senegal y otras en Villalpando o en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real).

Y mientras sacas la testa o sesera, si es que te queda algo de ella, todo el personal mirándote y tú en plan… «¡¡¡ sube joé, que aquí cabemos todosssss !!!». «¡¡¡ Que síííííííííí, que soy el jeque Alalhalguisande y no vamos de copeooooooo yujjjuuuuuuu!!! ¡¡¡¡ subeeeeee !!!!». Y así de jaima en jaima, con burka o con pijaima, total estás de fiesta…

casa

coche

Y en otro lugar en el que estuve, en el Emirato de Ajman, junto con Khalid Ghanem Al Omari, mano derecha del emir y un tipo supersimpático, pero que muy simpático, pues en la casa del mandamás (un apasionado de los caballos que tiene más de 170 y una impresionante sala con trofeos) me encontré esta moto / caballo.

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Yo no sé si la utiliza, porque estaba limpia requetelimpia, o igual lo que le mola es ver como una patrulla de indios o afganos tiene como única misión en la vida conseguir desgastarla a ritmo de bayeta, pero allí estaba la moto / caballo en una de las muchas salas de recepción de autoridades.

Y así es y se escribe la historia: unos con estas cosas, que son como ensoñaciones, y otros… pues ilusionados con un sellito de euro y medio que encontré en un rastrillo y… pero la felicidad siempre estará más en cómo mires la vida que en lo que tengas, salvo que lo que tengas sea una jaima y estés en pijaima. Eso deber ser… placer de dioses 😉

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