Cosas que ocurren entre mexicanos

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Hace unos días, aquí en Monterrey (México), a unos doscientos metros de donde duermo hubo una balacera. Eso de la balacera, leído así, suena a baile, como a una danza melosa, incluso empalagosa de una pareja que se da arrumacos a los sones de una orquesta. Pues no.

Una balacera es una ensalada de tiros a diestro y siniestro, un «a que yo más», un, en plan local, «la chingaste». Unos que desenfundan, otros que hacen lo mismo y, ¡hala!, un bacalao de disparos y que dios reparta suerte.

Pues ni así me desperté, solo al día siguiente, al leer el diario Milenio, me enteré de ello; vamos, que ni se comentó el asunto, como si fuera lo más normal.

Si me llego a despertar no sé muy bien qué haría, sin contar el número de heridos, recoger fiambres no puedo porque no tengo fuerzas, pero sí hacerme con alguno de los casquillos como recuerdo. Incluso a lo mejor, en un arrebato, ir al lugar y hablar con los delincuentes en plan «pero hombre, que no son horas, que no son horas…».

Pero estoy seguro de que si hablara con ellos me dirían «oye güey, que si son horas manito, que son ocho de currele, llevamos seis y aún nos quedan dos na más… y duerma tranquilo compadre, que esto es entre nosotros…».

Y claro, si tú oyes eso de «esto es entre nosotros», te da como un no sé qué haber interrumpido la refriega, una falta de cortesía y… pues oye, que los animas, que solo en la calzada hay cuatro millones de casquillos y que por los cálculos que has hecho, otros tres millones bien entran, y que nada, que disculpen y que sigan a lo suyo y eso, que perdonen por infringir la ley de Protección de Datos, que yo no digo nada.

Y creo que en el fondo tendrían razón, porque aquí en Monterrrey parece que todo está muy ordenado con dos turnos de trabajo: el de mañana, en el que están los que viven; y el de la noche, que están los a ver quien vive. Y eso, como que te da tranquilidad ¿no?. Pues no.

 

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Un honor que no merezco

tec-3Uno de los edificios del Instituto Tecnológico de Monterrey

Pues sí, que la vida tiene estas cosas, este 7 de febrero, el martes, me voy a Monterrey (México), y me voy… iba a decir «escopetao», pero teniendo en cuenta que en los últimos veinte años asesinaron a 125 periodistas, sin contar palizas y amenazas, que no hay estadística que la aguante… casi mejor solo digo «voy» que las palabras, a veces, las carga el diablo.

El asunto es que estaré medio mes invitado por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (vídeo del TEC), la mejor universidad privada del país hermano y la séptima de toda Latinoamérica, (según el QS University Rankings: Latin America 2016) todo un referente allí y también en España.

Y, claro, pues uno no solo lo piensa, sino que está seguro que es un honor que no merezco, y como siempre que vas a otro país (como sucedió en septiembre de hace dos años con la exposición En tu línea a los Emiratos Árabes), pues también es una responsabilidad porque de alguna manera, suceda lo que suceda, no dirán «este Guisande… », sino «este español… » y sin quererlo es como si representaras a tu país, un orgullo.

Y las cosas son… pues curiosas, impensables; conoces hace unos meses a alguien del TEC a través de facebook, en concreto a la directora del Departamento de Comunicación y Periodismo, Ana Cecilia Torres, resulta que le gusta lo que escribes, los cursos que realizas y las propuestas creativas y… pues que te invitan, y como te invitan…. pues coges de avión mariló y que sea lo que dios quiera.

Y así estoy estos días, repasando los temas, pronunciándolos en alto para acostumbrar a escuchar mi voz y para que ocurra lo que siempre me ocurre, que termino perdiendo los folios donde van los temas y una hora antes, en cualquier papelucho pongo unas ideas y a improvisar

Y ya que aquí en Galicia estoy harto de tanto mamoneo, de la Cultura partidista, la verdad que estoy supercontento, superilusionado, superalegre, con las pilas más que puestas y tengo una ganas de llegar a Monterrey que voy… iba a decir «embalao», pero esta palabreja, «embalao», yendo a México… tampoco es muy apropiada, verdad… casi no.

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Mi ultimo libro: Tonterías escritas en momentos de estupidez 

Lo podéis encargar en editorialmarazul@yahoo.com, (10 €),  o encontrar en las siguientes librerías gallegas por orden alfabético.

Librerías: A Coruña Arenas. 981 22 24 42 / Betanzos. Biblos. 981771 816 Ferrol Central librería. 981 35 09 56 / Lalín.  Alvarellos. 986 78 00 66 / Lugo, Biblos. 982 22 42 01 / Monforte de Lemos.  Agrasar.    982 40 45 42 / O Barco de Valdeorras. Librería Murciego. 988 32 17 57 / Ourense. Tanco. 988 232 331 / Pontevedra. Cronopios. 986 10 34 44 / Ribeira.  Mirás.  981 87 12 14 / Santiago. Follas Novas. 981 59 44 06 / Vigo. Librouro. 986 22 63 17 /  Vilagarcia de Arousa Librería Vidal. 986 50 61 77 / Viveiro.  Porta da Vila.  982 551 274 /

 

 

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Cuando eso de vender se lleva en la sangre

vendedor

Yo no he visto cosa igual que los vendedores, pero los auténticos, los que eso de empaquetarte algo lo llevan en la sangre; de verdad que son unos cracs. Hace unos días, aquí en el mercado del pueblo, en plena calle, fui a hacer unas gestiones y pasé por un puesto de quesos, que a mí como si era de anchoas, y de repente oigo una voz:«¡¡¡Oiga, usted!!!!!».

Me giro, y con un queso en la mano me encuentro a un tipo que me dice: «¡¡¡¡que están a 5 euroooooos!!!». A mí como si estuvieran a uno o en el Ibex 35, y como me quedé mirándolo, responde el fulano: «¡¡¡¡venga, que se lo dejo en 4…!!!!».

Ya me dirás a mí, que aún notaba el sabor del café cortado que acababa de tomar, qué me importaba el queso, pues ni que me hipnotizara, oye, me acerco… y ya solo a medio metro ya tenía el queso en la bolsa, ya me lo estaba dando con la mano derecha y con la izquierda extendida para recibir los 4 euracos.

Hombre, uno suele estar lelo por temporadas y reaccionar unas tres o cuatro veces al año, y como me pilló en el subidón del café le dije: «no, gracias; luego paso», como le pude decir «es que salgo pa Japón». 

Pues ya me había olvidado del asunto queseril, cuando regreso de las gestiones (bueno, si tenéis curiosidad la gestión era ir a por una bombilla, tema apasionante) y oigo una voz: «¡¡¡Usted!!!! ¡¡¡que están aquí los quesos!!!».

«¡¡¡Dios santo!!! otra vez el marrón ese de los quesos», pensé mientras encendía un cigarrillo y me acercaba. Y fue llegar, y coge el tío y me dice «¡¡hala!!, tome estos dos que son 7 euros, que ya no me queda nada, que me voy».

Vamos a ver, yo en otra situación le diría:  «no, gracias, s i a mí el queso…», pero el tío ese… entre que sonreía en todo momento, entre que tenía una labia alucinante y que te ponía la bolsa en la mano… pues anestesiado estaba.

Así, que atontado le digo: «bueno, vale, 7 euros», y cuando le doy un billete de 10 dice: «no tendrá 7 justos, es que…» y metiendo la mano en un bolsillo como si fuera un tahúr… «pues nada, que no tengo cambio, llévese este otro y arreglao, que se lo dejo todo en 10».

Ni tiempo me dio a decir ni que sí ni que no. De repente me vi con una bolsa con tres quesos y sin 10 euros caminando para casa, y mientras aún flipaba con lo que había sucedido, todo en menos de cinco minutos, me decía: «joé, menos mal que son quesos, que llegan a ser pisos, y estoy yo aquí con tres escrituras cuatro hipotecas y el cobrador del frac». Menudo crack el tío.

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Rozando la inmortalidad, ayer logré otra hazaña

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Yo comprendo que lo de Edison y la bombillita esa tiene su mérito, relativo, pero lo tiene, igual que Marconi y la Radio. No lo niego, pero estos chavales, sinceramente, no creo que lleguen a mi altura en lo que se refiere a proezas que marcan y marcarán la Historia Contemporánea y el devenir de los tiempos.

Y es que, y no me duelen prendas, yo, Manuel Guisande, son ya cuatro las gestas conseguidas, a saber: pelar un huevo cocido con cuchillo y tenedor, que se requiere una destreza fuera de lo normal; superar a Felix Baumgartner, que se tiró desde una altura de 39.045 metros, lo que es incomparable con lo mío, que fue escribir artículo sin respirar, sin oxígeno y sin sherpas, para lo que precisé varios años de agotador entrenamiento; y, por último, en vez de arrancar la lechuga, la cebolla y el tomate de la huerta para llevar a la mesa… ir con el vinagre, el aceite y la sal a la zona verde y tomar allí in situ una ensalada. Impresionante estas hombradas se miren por donde se miren.

¿Y cuál ha sido mi última hazaña? Ocurrió ayer, justo ayer a las nueve y cinco minutos (GMT) ni uno más ni uno menos. A esa hora, después de una buena ducha me dispuse a afeitarme. Así que cogí la espuma, me la eché en la cara, y con la maquinilla empecé a rasurarme.

Fue solamente bajar el artilugio manual por un lado y sentí un placer, pero de tal magnitud que resultaba difícil de asimilar. Entonces limpié parte del vaho del espejo y comprobé que seguía teniendo pelillos en el rostro e inmediatamente miré la maquinilla y… en efecto, me había olvidado de quitar la funda de la cuchilla.

Hasta aquí normal, digamos que fue un despiste; por lo que retiré el plastiquillo y me afeité como siempre. Y aquí amigos míos, viene lo que marca un antes y un después de la Humanidad y que lo pueden hacer también las mujeres porque creo que en situaciones límite se afeitan las piernas.

Tras estar perfectamente rasurado pensé: Si con barba de tres días en la cara disfrute tanto ¿cómo será la sensación perfectamente trasquilado? Así que entonces cogí otra vez la espuma, me la eché en la cara, puse el protector al aparato cortante y… es que me emociono y perdonad si hay alguna falta hortografia en el testo, fue algo indescriptible.

Bajé el aparatillo  por la piel a toda velocidad, desde la mejilla izquierda a la derecha pasando por la barbilla y haciendo un giro hacia arriba (como el logo de nike) y fue el éxtasis total. ¡Qué gustazoooo!.

Entonces, ya más tranquilo, pensé en los hombres que realmente han hecho historia y qué relación podría haber entre ellos y solamente encontré dos: Cristóbal Colón y Manuel Guisande porque a ambos nos une algo que es como una señal del más allá, un designio de Dios.

Cristobalín descubrió América en 1492; yo esta epopeya la hice ayer, en el 2016 ¿Y hay algo en común? ¡Vamos que si lo hay! Mirad: el 2016, el 2 significa eso, que somos 2, Colón y yo; y el 16, del año 2016, está más que claro, si sumas los dígitos de la fecha del descubrimiento, 1492, te da 16. Increíble. Colón, yo, y nadie más. Es que lo sabía.

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Cuando un libro puede leerse online

Y de regalo… un relato

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Ya tenemos la segunda edición de Relatos de absurdo contenido,  que se puede adquirir en papel  (9,99 €) o descargarlo por 7,99 (pincha aquí) . Ya sabes que por eso de «libro comprado, escritor alimentado», pues si lo compras. Gracias

Os dejo con un relato para animaros 😉

El comandante

No sabía muy bien por qué, pero siempre quiso ser piloto de aviación. Desde pequeño le atraía la aeronáutica y en su casa aún guardaba toda una colección de aviones de juguete que iban desde los primeros que empezaron a surcar los cielos hasta los más modernos.

Un problema en la vista le había impedido realizar los cursos de formación; sin embargo, él, con casi 50 años, se sentía comandante, aunque a nadie se lo decía para que no lo tomaran por loco. Desgraciadamente, sabía que en la sociedad en que vivía, contar las ilusiones, aunque fueran inalcanzables, era sinónimo de incomprensión, y por eso solía permanecer callado, como si no estuviera en este mundo, ausente; pero él, a su manera, hacía realidad su sueño.

Cuando llegaba a casa, se sentaba tranquilamente en una silla, sobre una mesa colocaba varios avioncitos a la altura de los ojos y con una potente lupa escrutaba hasta los más mínimos detalles: las formas de las hélices, de las alas, los timones, las cabinas, los mandos, los trenes de aterrizaje, las ruedas… eran reproducciones tan fieles, tan auténticas, tan extremadamente exactas que en ocasiones pensaba que, si pudiera volverse muy pequeñito, se introduciría en ellos y volaría. Eran pensamientos que iban y venían; luego retornaba a la realidad, a lo que era su trabajo: técnico en mantenimiento de ascensores.

Su quehacer diario nada tenía que ver con las aeronaves, pero cuando arreglaba una avería, imaginaba que los cables y chips del cuadro eléctrico del elevador eran las entrañas del motor de un Boeing o de un Airbus. Incluso a veces, cuando tenía que probar si el aparato funcionaba correctamente y accionaba alguna clavija para ponerlo en marcha, el sonido que producía era un sonoro y seco clic que identificaba con las comprobaciones del instrumental de vuelo para iniciar el despegue.

A su modo era feliz y, para seguir sintiendo esa pasión que tenía por volar, había alquilado un piso cerca de una gasolinera. No solo era por el olor a combustible, que le hacía creer que estaba en una pista de un aeropuerto a la espera de llenar los tanques de queroseno, sino también para acercarse al surtidor y, al ver como repostaba un coche, los números que marcaban los litros… 5, 20, 37, 50, 60… para él eran los pies que marcaba el altímetro y le indicaba cómo iba el ascenso.

En ocasiones, cuando en la estación de servicio se detenía un camión de gran tonelaje, lo que no sucedía habitualmente, bajaba inmediatamente de casa y disfrutaba viendo cómo llegaba a una altura de 300 y 400 metros que él multiplicaba por veinte. Entonces, de forma inconsciente, levantaba la cabeza, se ajustaba la corbata y miraba el cielo azulado sintiendo lo que era volar. Además, para darle un mayor realismo, para sentirse un auténtico comandante, solía llevar trocitos de algodón en los bolsillos, creaba diversas formas y figuras, las dejaba caer al suelo y, según descendían suavemente, las observaba al igual que si fueran nubes mientras su aeronave cortaba el firmamento.

Nadie conocía su secreto, pero mientras pilotaba irradiaba felicidad al escuchar el ruido de los motores de los automóviles que pasaban frente a la gasolinera y que para él eran los de su avión. Se sentía libre, con una paz infinita, y si por cualquier circunstancia no circulaban turismos y había un silencio absoluto, él, convencido de que había algún problema en el rotor, imaginariamente consultaba los datos del vuelo: altitud, velocidad, inclinación, temperatura… y en voz baja, sin que nadie lo oyera, informaba a la tripulación y al pasaje de lo que estaba sucediendo en tanto se ponía en contacto con la torre de control más próxima.

Nunca, pero nunca, había tenido un incidente y todos sus vuelos eran un ejemplo de suavidad tanto en el despegue como en el aterrizaje, y a veces hasta soñaba que daba charlas y conferencias sobre la profesión de comandante, la responsabilidad que suponía que de él dependieran cientos de vidas y cómo actuar en caso de una situación de emergencia.

Si tenía tiempo solía cambiar de gasolinera, iba a otras de la ciudad y de esta forma creía que se trataba de un vuelo transcontinental y que estaba en otro aeropuerto para hacer una escala técnica. Cuando esto sucedía, nada más llegar a la estación de servicio, con paso firme y decidido iba directamente a los lavabos y saludaba a los empleados, que para él era el personal de tierra. Hasta en más de una ocasión preguntaba si cambiaría el tiempo, para así estar al tanto de las posibles alteraciones meteorológicas y adoptar las medidas que consideraba oportunas para una mayor seguridad.

Muchas tardes las pasaba así, planificando viajes, rutas, pensando en alternativas ante posible eventualidades, memorizando los diversos protocolos y estudiando los nuevos avances de la navegación aérea. Por la noche, cuando se acostaba, tenía en su mesilla unos veinte relojes de diferentes tamaños dispuestos en arco frente a sus ojos. Cada uno de ellos marcaba distintas horas y, al apagar la luz, las manecillas fluorescentes resplandecían y creía que se trataba de un vuelo nocturno con todo el instrumental encendido al alcance de la vista. Había adquirido tal destreza y maña que, tumbado en cama y con una sola mano, era capaz de mover las agujas para modificar las características del vuelo.

Normalmente, tras una media hora tocando las manecillas se quedaba profundamente dormido hasta que la luz del día entraba por la ventana y la claridad le despertaba. Entonces miraba instintivamente los controles, se frotaba los ojos, bostezaba, se desperezaba, hacía que se ajustaba la corbata y para sí mismo confirmaba lo que siempre había pensado: los pilotos automáticos casi nunca fallan, pero el factor humano es imprescindible y para eso, él estaba allí.

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Los franceses, la comida y el sexo

El próximo día 4 de junio voy a Francia a una boda que, por lo que ya me previnieron, dura dos días; es decir, que comes-bailas-duermes, comes-bailas-duermes, y supongo que después, al final, duermes de todo lo que comes-bailas, porque si no es así…

Desconozco como son las celebraciones de las bodas en el país vecino, pero lo que sí sé es cómo son las comidas de los franceses, inaguantables, desesperantes, y siguiendo un ceremonial que hay que seguir paso a paso. Cuando te invitan a una comida, en plan bien, en una casa, lo primero que te ofrecerán los anfitriones antes de sentarte a la mesa será un aperitivo a base de cacahuetes, galletitas, pistachos y otros frutos propios de las gallináceas, mientras te tomas una copilla, más o menos dulce, de sabor indescriptible pero agradable.

Después, pasados unos quince o veinte minutos, te sentarás a la mesa, habrá dos primeros platos y, de repente, como si fuera un paréntesis en la vida gastronómica, el mundo se para, se detiene, y llega la pasión de los franceses: los quesos. Entonces, en la mesa colocarán unas impresionantes fuentes y con una cursilería de narices, con unos suaves movimientos que más que un comensal pareces un cirujano cardiovascular, con un tenedorcillo irás cogiendo de los diferentes tipos mientras hablan y hablan de dónde proceden y de las diferencias entre unos y otros: si uno es más pastoso y si el otro es menos cremoso, si aquél es más fuerte y el otro más suave.

Luego, después de casi una hora, sí, una hora, porque una comida que se precie dura entre cuatro y cinco, las bandejas desaparecerán y se seguirá con la comida, los postres, el café y copas. Que eres fumador… Pues si en la casa son de la liga antitabaco (no fumar puede producirles este aburrimiento, te dan ganas de poner en la entrada de la vivienda), aunque los acabes de conocer puedes levantarte (ellos no lo consideran de mala educación), ir a una ventana y fumar un cigarrillo.

¿Y de qué hablan los franceses, además de los quesos, de los vinos, que es otra de sus pasiones y de, obviamente, el champagne? Pues no me diga por qué, pero no hay conversación en la que no salga a relucir el sexo, siempre el sexo, y da lo mismo que te invite el ministro de asuntos exteriores que un tornero fresador.

Los franceses están obsesionados por el sexo y lo peor que puedes hacer en una comida es decir la frase tan típica y española de: «Es que este niño es clavadito al padre». Anda, di eso por listillo y descubrirás que el pequeño no es del «clavadito padre», sino de la «desclavadita madre», que a su vez se divorció del íntimo amigo del «clavadito padre», que todos dicen que es el verdadero padre, pero que tampoco está claro porque, por entonces, se cree que la «desclavadita madre» mantenía una doble relación con otro que sí, que dicen que es el «clavadito padre»: vamos, una melé.

Y si habrá un mosqueo generalizado entre los franceses en todo lo que son las relaciones humanas, que cuando a una casa llega la factura telefónica, en ella figuran todos los números adonde se ha llamado excepto los tres últimos dígitos. Dicen ellos que es para preservar la intimidad y que eso ocurre en todos los países; sí hombre sí, en todos, clavadito.

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De verdad, no seas tan tonto como yo

Yo sabía que esto de quedar con alguien para dar un paseo es normal, lo que no sabía que lo que era tan trascendental es dónde quedabas. Y esto te lo digo porque hace unos días quedé con un buen amigo y diseñador, Manuel Agrafojo, y tras hablar cinco minutos por teléfono me dice: «Pues nada, en cinco minutos estoy allí». Y como eso de «en cinco minutos» nos encanta a todos y es más español que la tortilla de patata, pues yo que contesto: «Pues en cinco minutos estaré allí»

¿Y donde es allí?. Tú imagínate una amplia avenida de dos carriles en ambas direcciones y una rotonda; pero una rotonda del capón, como La Maestranza pero con coches dando vueltas. Pues allí y justo en un semáforo espero al colega porque la idea era que pasaba en el vehículo, paraba y me subía.

Pues allí estaba yo esperando en un semáforo, en La Coruña, lloviendo a mares, más que mares, y con un viento que el paraguas se doblaba como… ¿sabes la llama de la estatua de La Libertad? Pues así pero sin fuego. Y con el vendaval que casi me volaba el pelo, cojo de paraguas, lo recompongo casi a patadas mientras oigo  los coches pasar «ñiuuummm. ñiummm,  ñiummmm».

Y de repente… silencio, los automóviles que se paran, yo pegado al poste del semáforo, el muñequito que se pone verde y los dos conductores de la primera fila que me hacen señas de que puedo pasar. Entonces, yo que disimulo y ellos que tocan la bocina para indicarme que puedo pasar, y yo que no paso y ellos toca que te toca el claxon como si fuera la primera vez que había visto un paso de peatones. Y a todo esto un viento, una lluvia…

Total, que pasan esos primeros coches y nuevamente «ñiummm, ñiummm, ñiummm» y pienso: «Si no llega el colega Agrafojo…». Y en efecto, el Agrafojo que no llega pero quien lo hace es otra tanda de automóviles que se detienen en el semáforo de la megarrotonda. Yo allí solo y otra vez que me hacen señales para que cruce el paso de peatones, que tocan la bocina, que no paran de tocar y… y si te soy sincero, yo a esas alturas yo ya solo veía los limpiaparabrisas de los vehículos haciendo «flaaps flaaps» y deseaba que dos de ellos me pasaran por delante y por detrás desde el pelo hasta los pies y escurrieran todo el agua y lo recogieran en un depósito como un deshumificador. Y entonces, pues los coches que pasan, el Agrafojo que no llega y «¡noooo, otra tanda!».

El problema

Y aquí viene el problema, ¿Qué haría un ser normal empapado hasta los calcetines? Pues un ser normal estaría molesto, enfadado, mosqueado y cabreado.Pues yo no; yo, imbécil Guisande, que veo que vienen otros coches y ya me empiezo a reír pensando otra vez en la mima situación y deseando ya tener un traje de neopreno, con aletas y dos bombonas, no de oxígeno, sino de humo de tabaco, una de rubio y otra de negro por si quiero variar.

Y tras «cinco minutos» llega Agrafojo, abre la puerta del coche, subo y me dice «¿Tomamos un café?» y yo, tititritando digo «sí, sí, sí, sí, caf, caf, café» que aunque lo dije tres veces solo quería uno solo, y me quedé con el punto del solo, no del café, sino que la próxima vez que quiera dar un paseo voy eso, solo, pero solo solo o busco sitio donde quedar pero en una rotonda junto aún semáforo… ni de coña.

PD._  Artículo dedicado a mi buen amigo el diseñador Manuel Agrafojo

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PP – PSOE ¿qué escándalos se ocultan desde Franco?

aznar_gonzalez_gettySi ellos hablaran… pero a lo mejor un día tendrán que hablar

A mí no me extraña nada de lo que está sucediendo en este país, porque cuando dos partidos teóricamente enfrentados llegan a plantearse,  y ocultamente siguen planteándose, la posibilidad de unirse da que pensar dos cosas: O es que durante años hicieron el paripé a los españoles, o tienen pánico a que un nuevo Gobierno saque a la luz lo que no está escrito en el mundo de los chanchullos y la corrupción.

Y me da que es más por esto que por otra cosa por lo que hay un frente común hacia otros grupos políticos que puedan llegar a gobernar España o que al menos entren en el Ejecutivo y puedan influir; pues no hay que olvidar que desde que murió Franco, en el 75, prácticamente en este país (desde el 82) solo ha habido PP y PSOE. Y si ambas formaciones están inmersas en los escándalos que hoy conocemos ¿en cuántos otros no estarán y que ocultan? Ese es el gran temor que tienen sus dirigentes, los «barones – reyezuelos», no sus militantes de base, repito, no sus militantes de base, que también están hartos de ellos.

A mí no me da miedo que gobiernen otros partidos, y especialmente si es gente joven, con otras ideas; y no me da miedo por una razón: porque por muy mal que lo hagan dudo que lleguemos a esta situación y porque si un día esto va a peor siempre estará la ciudadanía para salir a la calle. ¿Por qué ese miedo a que gobiernen otros? ¿es que no hemos oído siempre que lo democrático es la alternancia? ¿es que solo es democrática la alternancia cuando quienes se alternan son PP y PSOE?

¿A qué vienen esas críticas furibundas de que si otras formaciones están relacionadas con Irán cuando los propios ministros del PP y PSOE han mantenido siempre contactos con ese país para facilitar los negocios de empresas españolas y hasta hace poco el Rey iba a a hacer una visita a esa dictadura que es Arabia Saudí?

Es cierto que hay grupos políticos en los que gran parte de sus simpatías, o el voto, es fruto de miles y miles de personas que están hastiadas de lo que hay ahora y no por afinidad ideológica, porque lo que hay ahora es una corrupción generalizada ¿Por qué no darles la posibilidad a otros de dejarlos a ver qué hacen o que compartiendo gobierno puedan influir? ¿es que se acaba el mundo?

Es posible que se acabe el mundo; pero no para el ciudadano de a pie, sino para muchos actuales dirigentes de primera y segunda fila, los «baroncillos», que están viviendo a costa del resto de los españoles en empresas públicas o de corruptelas que todavía desconocemos, a esos, a esos sí que se les puede acabar el mundo.
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LIBROS DE MANUEL GUISANDE (los puedes pedir en tu librería más cercana)

  1. Relatos de absurdo contenido 2015 (Ediciones Ellago)
  2. En tu línea 2015 (Edi Cumio, foto y poemas desenfadados)
  3. Al fondo a la derecha  2013 (Edi. Cumio. Artículos de humor)
  4. Rodribico  2010 (Edi Baia. Colección de 5 cuentos infantiles, castellano, portugués y gallego)
  5. Exposición (vídeo, adelanto)  En tu línea
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¿Posible alianza PP-PSOE para ocultar la basura?

Creer en el futuro de este país no es fácil porque quienes van a dirigirlo, sean quienes sean, han de estar afiliados a los partidos, sí o sí (800.000 el PP, 210.000 PODEMOS, 200.000 el PSOE, 36.000 IU y 25.000 CS) con lo cual unos 49 millones de españoles no pintamos nada, y supongo que entre 49 millones algún tipo válido habrá, pero si no estás afiliado… pues no cuentas. 

Conclusión, que esto más que política es como la agricultura, y si tenemos buena una cosecha de afiliados… bien, pero si nos toca una banda de lelos, pues así irá España y, lógicamente, así no funciona un país, aunque en esto, hay que reconocerlo, PODEMOS ha colocado a algunos independientes en sus listas, que algo es algo y se agradece.

Y si esto lo traduces a la política local… peor, menos afiliados, menos donde elegir. Y claro, como están en Madrid entre que si se junta unos y otros… pues a uno, que ve la película desde la distancia por no estar afiliado, le da la sensación de que el PP quiere a toda costa juntarse con quien sea, no vaya a ser que gobiernen otros y descubran todavía más basura de la que hay, que ya es difícil.

Y a esos vividores que llaman «barones» del PSOE, supercolocados los tíos, pues también les encantaría una gran coalición con el PP porque igual los echan de donde están apoltronados y se descubran más escándalos y muchos (del PP y PSOE) terminen donde deberían terminar y pronto, ante un tribunal y si son culpables… encarcelados.

Y ante esto, solo queda que las bases de los partidos de izquierdas (los de derechas nunca pidieron acabar con los escándalos de sus dirigentes y así están como están) no caigan en la trampa y reaccionen ante sus «barones» que son mas bien «reyezuelos» porque peor que como estamos… imposible. Y tan imposible que ya no se oye la palabra “mileurista” porque lo hay que son esclavos.

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Las Navidades y esos viajecitos en tren

Vamos a ver; el viaje fue desde Palencia a La Coruña, en tren, pero si me dicen que en vez de un tren era el bingo… te lo juro que me lo creería. Ya en el andén todo el personal desquiciado buscando el coche, que si el 3 está adelante, que no que atrás, que yo no veo el número, que este parece que es pero la luz…. y al final, entre los nervios de que no lo encuentro y que a ver si va a salir… todo dios en manada en los vagones, que má que viajeros parecíamos refugiados

Y ya en el ferrocarril: «El asiento 5A ¿dónde es?», me dice un señor. Entonces miro el billete, y con una alegría que ya te puedes imaginar vamos por el pasillo tropezando con todo, y al llegar, pues que el 5A está ocupado por una señora que le está dando una dentellada a un bocadillo de jamón, que ganas me dio de preguntarle si el bocata venía con el asiento.

Y entre que estaba dándole al diente, tapada con unos abrigos, en su regazo unas bolsas con mandarinas y había algunos sitios vacíos, le dije al hombre: «Siéntese aquí, es igual». ¿Igual?, joé igual. Menudo cristo al llegar cerca de León, en Reliegos, cantidad de gente que sube y que si este es mi plaza, que no se moleste, que entonces ya me pongo aquí, que total para 20 kilómetros…

Pero no adelantemos acontecimientos porque tras colocar al señor en su sitio me dice: «Y podía subirme esta bolsa de mano ahí arriba…». Mira, yo en mi vida he cogido muchas bolsas, pero muchas, pero al agarrarla a punto estuve de decirle: «Oiga, me enseña sus manos, porque es usted un prodigio, es que esta bolsa, bien bien pesa 5.000… 7.000 kilos» Y tras hacer un esfuerzo que me dejé el higadillo, allá fue la maleta en plan parábola que casi me llevo una cabeza por delante.

Y como las cosas son así, en el esfuerzo, a mí que se me caen el móvil, que justo en ese momento suena y como harto de musiquitas iguales tengo grabada la de la Lotería de Navidad, sí esa de «44.555… mil euros…, 37.985, mil euros, 78.5441… mil euros» pues el personal que flipaba como si hubiera retrocedido en el tiempo al 22 de diciembre.

Y en esas estábamos todos acomodándonos donde no nos correspondía, viendo números de asientos y coches, subiendo maletas, cuando de repente aparece una chica superelegante vendiendo periódicos. Te lo juro que fue verla y ganas me dieron de decirle: «Pero mira hija, con el bacalao que tenemos aquí ¿de verdad crees que alguien va a leer un periódico?».

Y entonces oigo a uno que dice: «Las mantecadas son típicas de esta zona, de Astorga ¿no?» y a punto estuve de decirle: «Sí chaval, sí; de Astorga y de este vagón, que ves la mantecada que tenemos todos, que llevamos diez minutos de viaje y aun no sabemos dónde ponernos…».

Y al final, tras caso seis horas llegué a La Coruña, que fue bajar y ver el letrero de la ciudad y no me lo creía, y cuando ya iba a salir de los andenes, en eso que giro la cabeza, veo los vagones y me digo: «La línea férrea… la línea férrea… lo de férrea no sé, pero lo de línea lo sacaron del bingo fijo. ¡Dios qué viaje, qué número!».

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  1. Relatos de absurdo contenido (Ediciones Ellago)
  2. Rodribico (Edi Baia. Colección de 5 cuentos infantiles, castellano, portugués y gallego)
  3. Al fondo a la derecha (Edi. Cumio. Artículos de humor)
  4. En tu línea (Edi Cumio)
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