¿Sabes cómo somos los gallegos?

Ser gallego no es nacer en Galicia, es una filosofía de vida, compleja, eso sí, pero una filosofía como el budismo pero en color verde campo, botella también vale, incluso casi mejor.

Aunque seas de Huesca, Ruiz de los Caballeros o de Argamasilla de Alba, si quieres ser gallego… puedes serlo; hombre, hay que practicar, pero factible es, no te desanimes.

Te dejo aquí un relato del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende 2ª parte (editorialmarazul@yahoo.com) que es independiente del primer volumen; es decir, que puedes leer un relato de la primera parte, dos del segundo… no hay continuidad. Espero que te guste y, obviamente, más que lo compres porque… libro comprado… escritor alimentado.
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¿Es posible conocer al gallego?

No, conocer al gallego es imposible; intentos en la historia de la humanidad los ha habido, millones, pero todos han concluido en estrepitosos fracasos y algún que otro suicidio. ¿Y a qué se debe ello?, ¿qué peculiaridad tiene tan es- pecial el gallego que no es posible conocerlo?, ¿es más fácil, quizás, conocer a un miembro de la tribu Gungulungú de la zona de África Central, según entras a mano derecha?

Pues sí, saber cómo es un individuo de la tribu Gungulungú resulta mucho más fácil. Tu vas al clan, te pasas allí unos días y descubres que un gu ngulungú se levanta por la mañana en taparrabos, coge una lanza, va de caza, vuelve con un antílope, lo come a dentellada limpia… y a sobar, y el resto del día se dedica a afilar la punta de la lanza. Como los afiladores de Ourense pero en pelotas.

Bueno, también es posible que mientras asan al animal salten alrededor de él o den gritos en plan «hululu-hululu-hululu»; pero vamos, que eso viene a ser cuando el gallego dice: «¡¡¡¡Ei carballeira!!!!» o un asturiano «¡¡¡Patria que- ridaaaaaá!!!», nada que digas tú, «qué misterio». Un chillido y nada más, pues como cuando te pisan un pie, por ejemplo.

Al gallego no lo puedes conocer porque no lo puedes entender, y mejor que te dediques a saber cómo los egipcios construyeron las pirámides que es más fácil, y digo «cómo» y no «para qué», que eso está claro para qué las construyeron: para hacerles fotos. Y también, si quieres, pues vete con una palita de la playa y excava por la zona del Machu Picchu a ver si encuentras una ciudad perdida o pica en un paso de peatones de tu pueblo, que igual ahí está la Atlántida, oye, que a lo mejor… pero conocer a un gallego…

La ventaja de no poder conocerlo es que es un entretenimiento, como una especie de reto, un desafío. Tú oyes a un ruso y está claro, no lo entiendes porque ni idea de ruso; y lo mismo sucede con un eslavo, un sueco o un afgano, salvo que seas perro.

Sin embargo con el gallego estás en esa línea tan fina y delicada llena de dudas que te hace pensar: «Para mí que el gallego es, pero tal vez…», y esto, a diferencia del ruso, del eslavo, del sueco o del afgano, te activa la mente, te diviertes, y como es un asunto así como individual, de interioridad existencial, pues que no mareas a la familia, que no sabes tú lo que agradece que pases el tiempo con algo y no des la vara, ni te lo imaginas.

Al gallego nunca lo entenderás ni lo conocerás porque pertenece a otra realidad, a otro concepto de la vida, a otra dimensión, más cerca de lo etéreo que de lo real, de lo volátil que de lo constatable. Como una especie de brisa que habla. Y aunque para él todo está más que claro y lo que dice es evidente, pues para el resto de pobladores del planeta Tierra, no.

Tú vas en coche y le preguntas a un gallego auténtico que va por el arcén con su azada que por dónde se va a un pueblo, pongamos Arzúa, y te dice: «Vai ben, por alá»; pero ese «por alá…», como que es muy genérico, demasiado abstracto, porque el «por alá» puede ser de frente, a la derecha, a la izquierda o incluso que ya has llegado, que se han dado casos.

Y estoy segurísimo, pero segurísimo, que cuando emprendes la marcha y a cien o doscientos metros giras a la izquierda, el gallego que te ha dado la explicación y que ve la maniobra, piensa: «Istos son parvos…, lles digo por alá e se meten por alí». Y tiene razón, porque es tan diferente «por alá» que «por alí».

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Insólito, políticos a pie de obra

Ver políticos a pie de obra, en la calle, no es normal, y menos cuando no hay elecciones de por medio; por eso hace unos días, cuando estaba impartiendo un taller de Cómo se escribe un cuento infantil, en Osorno (Palencia), de poco más de 1.300 habitantes, me extrañó que tras la actividad, el vicepresidente de la Diputación de Palencia, Luis Calderón, y la diputada de Cultura, Carmen Fernández, me llamaran y pidieran disculpas por no asistir ya que tenían que acudir a INTUR, la Feria del Turismo en Valladolid.

Claro, tú recibes la llamada y, acostumbrado a tanto gualtrapa, piensas que no puede ser… pues era: ¡¡Joé!!, ¡¡¡el vicepresidente de la Diputación y la diputada!!!, para flipar. Hombre, yo que soy de Santiago de Compostela, pues estoy ya muy hecho a los milagros, que yo por la Puerta Santa habré pasado como mil o siete mil veces; a Santi, el apóstol, ya lo trato de tú, y lo que es Jubileos… pues así a ojo habré ganado, yo que sé, dos mil… tres mil millones…, pero esto de que te llame ex profeso el vicepresidente de la Diputación y la diputada, le pasa a otro, sin mi bagaje eclesiástico, y allí se queda petrificado como una figuriña del Renacimiento.

También es cierto que pensé: «A lo mejor no tienen nada que hacer y quieren ver si los gallegos existimos de verdad», que hay gente que tiene dudas; pero cuando tras hablar tanto con ellos dijeron que no podían porque tenían que acudir a Valladolid… pues a mí como si es a Salamanca, Chipiona o a Jeréz de la Frontera, y piensas: «¡¡¡Pero de dónde salió este político, que tiene el saber estar y la educación de llamarte y pedir disculpas…!!!».

Y entonces, aunque sigues pensando que la mayoría de ellos sólo salen a la calle para pedir el voto, pues te das cuenta que hay otros que en una tarde fría de invierno del copón, abrigados hasta las orejas, pues si no pueden acudir, están ahí, al pie del cañón y, en este caso, pues esta rara avis se llama Luis Calderón. Un ejemplo a seguir.

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Un país sin solución

Estos días se va a cumplir un año en el que decidí autoexiliarme intelectualmente de este país, y digo intelectualmente por decir algo, que yo soy como tú, una persona normal que ve el televisor o lee un periódico y no deja de sorprenderse de la cantidad de sinvergüenzas de guante blanco que hay mientras el ciudadano de a pie las pasa, las pasamos, canutas.

En este año hay quienes me han enviado correos para decirme que siga denunciando los desmanes de muchos de nuestros dirigentes; agradezco esos e-mails, pero lo de este país no tiene solución, es literalmente imposible, porque no hablamos de una transición de una dictadura a una democracia, sino de un transacción; solo hay que ver ilustres apellidos de algunos gerifaltes, especialmente de la banca, para percatarse de quienes están detrás de todo este tinglado son los descendientes del «atado y bien atado» que ponen y quitan a su antojo a presidentes que utilizan como títeres y si alguno sale raro ya se encargarán de tumbarlo.

Menos solucionar lo que hay que solucionar, que es la Vivienda; la Sanidad; la Educación; y el Trabajo y, si no lo hay, una cantidad aunque sea mínima para vivir, lo demás, pero absolutamente todo lo demás, son cortinas de humo mientras unos se hacen más ricos y otros cada día más pobres.

Una sociedad en la que las personas no pueden vivir dignamente no es una sociedad; será un grupo de gente que subsiste, seres humanos que se buscan la vida legal o ilegalmente porque tienen que comer o una banda; pero una sociedad entendida como un grupo de individuos que se rige bajos unas normas igual para todos y con un mínimo para llevar una vida decente… no.

Que el sueldo medio de un alto ejecutivo sea anualmente de 800.000 euros y el de un simple trabajador de poco más de 10.000, casi ochenta veces más, ni es éticamente aceptable ni justo cuando el que cobra 10.000 no es que quiera grandes lujos, sino algo tan elemental como es, por el simple hecho de haber nacido, poder vivir.

Supongo que tendrán que pasar muchas generaciones, pero muchas, para que nos demos cuenta que solo hay una vida, efímera, como un suspiro; que hay medios materiales para que todo el planeta viva en armonía y olvidar para siempre la frase que dijo Plauto 200 años AC: «el hombre es para el hombre un lobo». Se trata simplemente de evolucionar.

Mientras tanto, comienzo mi segundo año de autoexilio dedicándome a mis libros, a mis cursos, a mis exposiciones, a todo lo que sea creativo, que es lo único que realmente me llena y me satisface con la dificultad económica que conlleva dedicar tu vida a intentar hacer felices a los demás con mi trabajo; seguro que en este segundo año habrá o se crearán artificialmente miles de noticias con las que nos lavarán el cerebro para entretenernos y no pensar en lo fundamental: Un ciudadano, una vida digna.

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Tenía que ocurrir, rozando la tarjeta dorada de Renfe

RENFE

Yo sabía que iba a ocurrir, que el día menos pensado, muy gallego esta efemérides de no pensar, iba a suceder…. y sucedió. Resulta que al cumplir sesenta años, que suena así como a prefiambre, pues que Renfe te da una tarjeta dorada y te descuenta un 40% en cada viaje.

Vamos,  que si tú vas de A Coruña a Vigo y antes te costaba 18 euros, pues ahora te sale a en 11.  Y sabiendo esto, este día 30, que es mi cumple, me voy directo a la ventanilla más cerca de Renfeciña y pido treinta viajes de ida y vuelta en litera a Barcelona y dejo el alquiler del piso y a vivir en el tren,  que me sale más rentable y a olvidarme del agua, de la calefacción, del IBI, de la luz… un chollo, lo tiene claro conmigo Unión Fenosa.

O sea; que yo cojo un A Coruña-Barcelona, que son 14 horas del ala y no precisamente del AVE ese, y en un mes ya sé que desayuno en la estación de partida, como en Tordesillas y ceno en Barcelona con un bocata por el medio en algún apeadero. Que me canso del mismo trayecto…. pues un A Coruña-Algeciras también tiene lo suyo, unas 13 horitas de marras, será ahora por trayectos… bo

Claro que esto me llevó a pensar: ¿y qué hago yo 14 horas en el tren, si por ejemplo voy a Barcelona o 13 si es a Algeciras?, ¿me aburriré?, ¿me resultará insoportable? Entonces en lo que primero que pensé es en lo que veo todos los días, en la ilegalidad, en la corrupción. Hablo con el revisor, hacemos un convenio marco y lo sustituyo unos días al mes pues a cambio de unas monedillas, unas comidas por la cara en el bar del tren o… yo que sé, vendo vías al peso, seguro que algo hay.

También pensé en una especie de lotería entre los viajeros yendo por los pasillos, y al final, pues un premio; por ejemplo, coche 3 asiento 14-B, y luego ya, pero en plan intelectual, pero por hacer algo, que con esto ya se sabe que no se gana dinero, pues contar relatos, explicar cómo se escriben cuentos infantiles, guiones de teatro, de cortometrajes… que malo será que no caiga una propinilla. Suelo dar tanta pena…

Estoy tan animado con esto de la tarjeta dorada y los sesenta años que hasta me da pena que no sean ochenta o noventa porque yo creo con esas edades los bordas. Te metes en un tren sin billete ni tarjeta dorada ni plateada ni gaitas y a ver quién es el guapo que te echa del tren… o vas a dejar por ahí tirado en una estación cualquiera a un “viejecillo”… por dios, nunca tal se oyera.

Yo pensaba que esto de cumplir años era un rollo, pues no, es lo mejor de la vida; vas a una panadería y oyes a uno: «atienda al señor», que la primera vez incluso miras para atrás para saber quién es, pero no hay nadie, y resulta que el señor, no el Señor Señor, que ese está en los cielos,  el señor con minúsculas eres tú, tócate lo bemoles.

De verdad que tengo una ilusión de llegar a los noventa y pasar de todo, todavía más, que solo pensarlo, te lo juro que cada día me autoengaño y creo que si duermo tres siestas… pues que son tres días, una ganas, pero unas ganas… y si ocupamos entre varios tres vagones… ni me imagino doscientos pavos con noventa tacos en el tren.

¡¡Jefeeee!!, que hay que parar que se están acabando las bombas de oxígeno; ¡¡jefeeee!!, que tenemos que dar un paseo que nos los recomendó el médico; ¡¡jefeeee!!, que hoy es el día de las analiticas y tenemos que ir a un ambulatorio; ¡¡jefeeee!!… que este se confundió y que va para Segovia no a Barcelona; ¡¡jefeee!!…. joé, esto sí que sería vivir.

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CV. Manuel Guisande

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El problema es Franco; trabajo, vivienda, sanidad y educación… no

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Supongo que eso es lo que hacen las dictaduras, las pseudodemocracias bien organizadas o los que no tienen capacidad para resolver los problemas reales de un país: trabajo, educación, sanidad y vivienda; y entonces los dirigentes buscan formas de entretener al personal y esta temporada toca la exhumación de los restos de Franco, un problema de Estado, por lo visto.

Y mientras nuestros políticos de salón con sus buenos sueldos y prebendas discuten, y los medios de comunicación los usan como voceros, miles de españoles viven con trabajos propios de la Edad Media en un país en el que hay un millón de hogares sin ingresos que sobreviven gracias a la ayuda de padres o abuelos; se ocultan las estadísticas de suicidios por desahucios o falta de recursos; se reducen las inversiones en Educación para hacernos más ignorantes y manipulables, y también en I+D para conseguir lo que desean los países fuertes de Europa: que seamos mano de obra barata y dócil.

Y en tanto nuestros hijos los formamos en España y esperamos de ellos que levanten el país con su capacidad y con el esfuerzo que a todos nos supone mejorar las universidades, el resultado es que otros países se aprovechan de su talento.

Médicos recién licenciados, ingenieros, investigadores, arquitectos y científicos huyen de este país con dirigentes mediocres que solo se preocupan si su partido sube o no en la intención de voto para tener poder: una variante del síndrome de Diógenes. El problema… Franco; trabajo, vivienda, sanidad y educación parece que no. Esto no lo arregla ni una revolución porque los revolucionarios ya se han acomodado.

 

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Solo la Educación acabará con la desigualdad entre hombres y mujeres

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Normalmente, cuando vas a escuchar a un economista que va a hablar de la desigualdad salarial entre el hombre y la mujer, así como del futuro que nos espera, pues te imaginas eso: que el conferenciante dará datos y más datos sobre el empleo, sobre las diferencias de sueldos, sobre el PIB, el IRPF y, a lo mejor, si se tercia, algo sobre los bosquimanos, por eso del contraste y darle un toque de gracia al asunto, que falta le hace.

Pero lo que no te imaginas es, como sucedió en el Club Financiero de A Coruña, en una conferencia pronunciada por el más que simpático economista José Carlos Díez (el de la pizarra de la sexta TV) que tras diversas preguntas de los allí congregados, terminara diciendo que muchos de los problemas sociales y económicos actuales se resuelven con tres palabras: Educación, Educación y Educación.

Y en efecto; es la educación,  comprender que las mujeres y los hombres somos iguales con nuestras diferencias y que cuando una mujer trabajadora está embarazada no es un problema, sino una alegría porque viene uno más a unirse en esta aventura que es la vida, lo que precisa esta sociedad.

Porque con la educación nos empapamos también de sensibilidad, y así podemos entender que nadie ha elegido una determinada casa para nacer, una familia, un hogar, sino que es el puro azar lo que determina que uno acabe o no en un ámbito social y económico y, por tanto, con más o menos posibilidades de futuro.

Y cuando podemos llegar a concebir eso, cuando asimilamos que en gran parte el protagonista de nuestra existencia es la suerte, la casualidad, es cuando nos resulta más fácil compartir, ceder y no ser egoísta y a entender que ese que ves que está a tu lado y que pasa necesidades pudiste ser tú.

Con la educación y no de otra forma es como se puede a llegar a tener una visión más global de todo lo que nos rodea, y que hemos venido a este mundo a ser felices y que medios hay para ello si también hay un reparto más equitativo, más justo, y olvidamos un poco el «yo, yo y yo».

Porque cuando se llega a sentir e interiorizar lo efímero que somos y que solamente uno es feliz viendo a los demás felices es cuando realmente el ser humano ha llegado un punto sublime de evolución; pero por ahora, en esta sociedad de Iphonprimitivos, para alcanzarlo, como bien decía José Carlos Díez  solo se necesitan tres cosas: Educación, Educación y Educación.

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“¿Cómo somos los gallegos?, depende” Premio Fernando Arenas Quintela  de Literatura y Ensayo 2017-2018.

Lo puedes adquirir en Amazón y en las librerías: Arenas, Couceiro, Avir, Lume, Cascanueces, Inoa y Sisarga (A Coruña); Biblos (Betanzos); Follas Novas, Ler y Gallaecia (Santiago); Trama y La Voz de la Verdad (Lugo); Central librera (Ferrol); Librouro (Vigo), Cronopios y Metáfora (Pontevedra); Porta da Vila (Viveiro).

FOTO SOLO PORTADA GALLEGOS

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Lo del alcalde coruñés, impresentable

En la política hay dirigentes que saben, otros que no saben y preguntan, y algunos que no alcanzan, que no dan más de sí y entonces les suele quedar cara de tonto, de parvo que decimos en Galicia. Dónde se puede encuadrar al alcalde Xulio Ferreiro no me compete, pero despedir a un trabajador del Ayuntamiento que estaba de baja laboral, es impresentable e impropio de una persona con un mínimo de humanidad.

Bastante tiene el pobre hombre con estar enfermo, que como cualquier ser humano estará triste y deprimido, cuando además (y eso me consta) le gusta lo que hace y tiene ganas de volver a la actividad, como para que venga su jefe, el alcalde, y lo envíe a la puta calle.

Iba a decir que a un alcalde lo primero que se le puede pedir es que sepa gobernar y que sea un buen gestor porque, al fin y a la postre, un Ayuntamiento viene a ser como una empresa; pero por lo visto a algunos hay que empezar por exigirles lo más básico: sensibilidad, algo que ni se estudia ni se aprende, sino que es consustancial con la persona, si se es persona.

Y ante esto cabe preguntarse: ¿Qué pensarán a partir de ahora los coruñeses cuando se reúnan con él? ¿qué confianza se puede tener en un dirigente que le envía una carta de despido a un trabajador enfermo? ¿qué sensibilidad puede tener ante los problemas que sufre el ciudadano de a pie si a un trabajador lo fulmina de forma tan traumática? ¿no podía esperar a que se hubiera recuperado?

Yo me imagino que el despido no fue en un momento de ofuscación, porque si fue así, mal lo tenemos los coruñeses con un alcalde que actuara a arrebatos; y si lo hizo de forma tranquila, meditada y pausada, me recuerda a alguno que firmaba sentencias.

Incapaces o de escasa talla intelectual como para dirigir el futuro de la ciudad tiene el alcalde varios en su gobierno, como (al menos para mí, en lo que más conozco, y es una simple opinión) el concejal de Cultura, José Manuel Sande, que en su currículo dice entre otras cosas que tiene «una larga trayectoria como escritor» y así, a falta de otros datos, no hay dios que encuentre un libro suyo, por lo que espero que conteste a este artículo para que diga los títulos, comprarlos y, obviamente, entonces desdecirme y pedir disculpas.

O como su segundo de abordo, Xulio Vázquez López, «educador social y animador social», como así se autodefine, del que se desconoce actividad cultura relevante salvo colaborar con ONGs, lo cual es muy loable, pero como te lo diría, neniño, en A Coruña hay 250.000 habitantes.

Pero los de estos dos jóvenes aprendices, que manejan en la concejalía varios millones de euros, que nunca imaginaron estar en esos puestos y así les va, tiene solución porque tanto José Manuel Sande como Xulio Vázquez siempre podrán ser sustituidos; sin embargo, lo que no puede ser sustituida a cierta edad es una forma de ser, de entender  la vida.

Yo al alcalde Xulio Ferreiro, tras su acción de despedir a un trabajador que estaba de baja, no le deseo nada, ni bueno ni malo, porque él, con su manera tan mezquina de actuar está y es eso: nada.

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Las nochebuenas las carga el diablo

¿Estáis seguros que esto de la Nochebuena es una cena para celebrar lo del niño Dios, el del pesebre? porque yo no tengo muy claro si el niño ese está ya hartito de tanta celebración o que el diablo aprovecha que estamos en casa todos juntos para hacer de las suyas, porque tío, no es normal, no-es-nor-mal, que una cena termine con 3 heridos. Uno porque se cortó al abrir una lata de aceitunas, otro porque también se pegó un cacho tajo al coger una copa que se cayó al suelo, y yo al cortar un pequeño tomatito… y le llaman Nochebuena… tela.

Y es que en Nochebuena siempre pasa igual. Lo celebráis 4,8, 188 o 4.788… y todo dios en la cocina menos el niño Dios, que aún no ha nacido, que si no… pues también él, la mula, el buey… ¡¡¡Mira que no hay casa!!!, ¡¡¡mira que no hay casa… !!! pues no, todos en la cocina, sin tener ni idea y diciendo lo mismo: ¿Ayudo en algo?

Yo eso de «ayudo en algo» lo dije por decir, lo dije… pues por eso, por lo que es, por tradición; y al principio estuve por decir que me encargaba de abrir las botellas de champan, pero como vi que ya se me había adelantado uno, el «ayudo en algo» fue tan bajito que realmente fue un susurro, pero por lo visto mi familia tiene un oído de carallo e incluso algunas dotes telepáticas, ya que fue decir «ayu… » y ya me encasquetaron un tomate para cortarlo en rodajas.

Un tomate en rodajas…

Así que lo primero que hice fue averiguar dónde estaba el betadine; luego (sin que nadie se diera cuenta) comprobé si tenía el móvil cargado por si había que llamar a urgencias y, después, flipante, miré mi mano y tenía ¡¡¡¡un cuchillo!!!!

Ni que fuera magia; si saber cómo tenía en mi mano el instrumento segador, cortador, aniquilador, descuartizador, y empecé, pero no a cortar, sino a pensar: «¿Qué hago con el cuchillo en la mano izquierda si no soy zurdo»?, por lo que lo cambié de mano y me dije: «vamos bien».

Y oye, parecerá una tontería, pero eso me animó que no veas, y cavilé: «¿cómo se corta un tomate?, y lo más importante ¿y en rodajas?, ¿tiene que ser en rodajas o lo de rodajas lo han dicho así en plan orientación?, ¿pregunto o me cayo?, ¿y rodajas por qué lado del tomate?, ¿el tomate tiene lados? ¿hay un lado izquierdo y otro derecho?, ¿hay parte de adelante y parte de atrás?

Mira si estaba concentrado con lo del tomate que alguien me dijo: »¿una copita?», y contesté que no, pero por suerte aún no estaba totalmente absorto y cuando en la lejanía ya escuchaba «coooopiiittaaaaaa, coooopppiiitpitaaaaaa», reaccioné y grité: «sísísísííííi, sísísííííí…». ¡¡¡Dios que susto!!!

El tomate, en mi mano

Y tras el sobresalto, volví al tema del tomate porque no era fácil. Yo lo miraba, lo remiraba, pensaba por donde atacarle, me senté, incluso encendí un cigarrillo, crucé las piernas, una bocanada, otra y umm ummm no le veía yo por donde entrarle, no le veía. Entonces, mentalmente, me acordé de los cocineros esos de la tele, que ponen la mano sobre él y, luego, sassss, sasss, sasss, rodaja y rodaja, que como es la tele, no sé si sola corta una y las demás son repeticiones, que las montan en posproducción y él comenta la jugada en playback porque son tan, tan, tan, iguales la rodajitas….

Así que cogí el tomate y no duró ni un minuto, estaba tan por la labor que lo aprisioné de tal forma para que no se escapara que los deshice, pero cuando digo deshacerlo es deshacerlo, exprimido igualito que un limón. Y pensé: «pena que no lo pidieran triturado, porque está que ni bordado», pero como lo querían en rodajas…

Así que pedí otro, a la vez que una voz decía: «¿¡¡¡ya está cortado uno!!!?». «¡¡¡Estoy en elloooo!!!», contesté, mientras giré el cuello y los miré por si me había equivocado de familia, o es que no saben que soy un inútil, iba a yo a cortar ahora un tomate a ritmo de cocinero…

A ello con el tomate

Con el segundo tomate ya todo fue mejor, pero mucho mejor; pero no para cortar, sino para cogerlo, porque lo hice con una suavidad, con una tranquilidad… colocándolo perfectamente sobre una superficie de madera que le llaman tabla; pero claro, como no tenía un láser que me indicara por dónde había que cortar… pues no sé que hice que se me desvió, como así hacia la derecha ¿sabes?, y en vez de una rodaja me salió un cacho trozo tipo queso triangular… por lo que pedí un tercer tomate, a ver si a la tercera…

Y a la tercera no fallé. Me corté. Todos que si me duele, que si fue mucho, que si poco… y yo no sé si es que nunca se habían cortado, que no sabían que decir o me quieren mucho, pero más de una hora bien a gusto hablaron de mi dedo. Yo no decía nada, de vez en cuando miraba mi dedo, vendado como si fuera un helado de nata, y callaba.

Un parto en casa

Y a las doce, por lo visto, nació el niño del pesebre… yo sinceramente lo vi igual que a las once, pero allí todos dijeron que nació y por no contrariar… El caso es que lo miré así, de reojo, como retándolo, en plan «y por ti, así mi dedo, por tiiii… ».

El chaval, oye, ni se inmutó, una frialdad… y pensar que toda la fiesta era porque había nacido y que por esa fiestecita de las narices estaba yo así, con el dedo… pues me acerqué a él, le pegué una patada al buey y a la mula, fijé mi mirada en sus ojos y le dije. «Mira niñito, el próximo año, si tengo que venir, vengo; pero vengo después del parto ¿sabes?, que me duele el dedo a horrores». Oye, ni mu; joé con el chaval.

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He decidido exiliarme intelectualmente de España

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Supongo que me costará, que habrá momentos en los que tendré muchas ganas de ponerme ante el ordenador para denunciar situaciones que ocurren en este mi querido país que se llama España y que está siendo saqueada y vapuleada por sinvergüenzas; pero ha llegado un momento que he decidido exiliarme intelectualmente. No puedo más.

Lo de este país es insoportable. Hemos llegado a la locura de aguantar a radicales nazis que matan a un ser humano por llevar unos tirantes con la bandera española; unos políticos ladrones a los que nadie les mete mano, como mucho un año o dos en prisión y a la calle,  o a que todavía sigamos esperando el juicio de Urdangarin mientras este elemento vive de puta madre en Suiza con escoltas que pagamos todos.

Y así podría seguir la lista. Como el insultante dinero que ganan los bancos a los que todos los españoles rescatamos (nos deben 42.000 millones de euros) y aún encima tienen la desfachatez de cobrar comisiones por tener una tarjeta, o paraísos fiscales que son legales para que los ricos paguen menos impuestos en perjuicio de nuestro país.

La auténtica esclavitud en la que viven millones de españoles ganando menos de 800 euros al mes mientras otros multiplican por diez o veinte ese sueldo; a que hayamos llegado al extremo de que unos pasen frío en invierno y otros tenga cuatro o cinco casas con todas las comodidades, o a que los niños se mareen en los colegios porque no pueden comer tres veces al día y que estén rozando la desnutrición.

Hasta nos han quitado nuestra alegría, enfrentándonos unos con otros, para que nos odiemos y ellos vivan de ese odio, cuando siempre ha sido una felicidad recorrer este país porque en todos los sitios eras bienvenido.

Aquí ni dios se preocupa de lo esencial: Educación, sanidad y trabajo.  Dicho de otra manera: una vida digna. Aquí, a estos impresentables de políticos que tenemos todo les da lo mismo; el asunto es pensar en «yo yo y yo» y lo de servir al ciudadano… como si te mueres. Y la única esperanza, las bases de esos partidos, los jóvenes que pueden cambiar este país, calladas como putas por unas migajas.

Yo no sé si soy de una época pasada o futura; pero de esta, no. Aquí no se puede opinar porque hay auténticos bárbaros que ante lo que dices solo te responden con insultos y no hay contraste de pareces para avanzar entre todos y tener más cultura; aquí  los partidos políticos te encasillan por decir lo que piensas y te conviertes en enemigo; aquí la intelectualidad no dice nada porque vive de subvenciones, y la mayoría de mis colegas periodistas son voceros de partidos políticos, francotiradores de las palabras.

Me exilio hasta que esta pseudodemocracia cambie. Aquí nadie da valor a algo tan simple como salir a la calle. Ya me gustaría que todos estos crápulas pasaran quince días como estuve yo en Monterrey (México) prácticamente en cerrado en un apartamento porque cuando salías a pasear lo hacías con pánico. No sabemos lo que tenemos, lo que están destrozando.

Me exilio, escribiré artículos de humor de vez en cuando y sé que me va a costar no denunciar injusticias porque ante ellas me hierve la sangre, pero luchar contra molinos de vientos siempre fue un imposible. Disculpa que haya utilizado la palabra «intelectualmente» porque la realidad es que soy un simple ciudadano como tú. Nada más.

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los niños… igual de maravillosos en todas partes

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Los niños, esos chavalines que tienen cuatro, siete o doce años son igual de maravillosos en todas partes y da lo mismo donde estés que actuarán de la misma forma, de la mis manera.

Todos son clavaditos, como los que conocí en Dubai, cuando  junto con el fotógrafo Antonio Amboade presentamos la exposición En tu línea para los siete Emiratos Árabes; con los que hablé en Monterrey (México); los galleguiños que veo todos los días o los que conocí recientemente en Palencia, para los cuales la Diputación Provincial y el Ayuntamiento es un ejemplo a seguir por las innumerables y atractivas actividades que organizan para ellos.

Te presentan uno, y como tenga cinco o seis años se quedará impresionado cuando alguien le diga que eres escritor, porque para ellos como que las letras aparecen así porque sí en los libros. Y es normal, ellos abren uno, y allí están letras, las palabras,  ¡¡ cómo no van a estar !!. Qué va a haber ¿chipirones, gambas, quizás pimientos del piquillo?; pues no, letras.

Y si hablas con uno de cuatro años y le preguntas si antes de nacer ya sabía caminar… mirándote con sus ojillos que están como en otro mundo, y bajando la cabeza, te dirá que sí; vamos que el pequeñajo salía todas los días del vientre materno y se pegaban unas maratones del copón. Y lo mismo corría que nadaba o que ya saltaba con pértiga o hacia surf. Ellos dicen «sí», «no», «papá», «mamá»… para qué quieren saber más….

Y si son ya mayorcitos, de ocho o nueve, te mirarán en plan «a ver este tío de qué va» y, cuando les das confianza, lo mismo te cuentan un chiste, te invitan a jugar (porque te consideran su colega) o desean que te vayas porque eres un plasta.

Los niños tienen eso: una sinceridad abrumadora, una naturalidad y espontaneidad envidiable y si se empatan contigo se empatan, y si no… que venga otro «pero no como este»; bueno, «pero no como este» no suelen decir, más bien dicen «¡¡ Ja !!», que es más claro y hasta lo entienden en el sureste africano.

Yo os lo juro que a algunos de mi edad los metía nada más nacer en una incubadora tamaño XXXL y que no salieran de allí en toda su vida: todo  son dramas. Que si esto, que si lo otro, que si aquello… y ya no hablemos del tema de la salud… que me duele aquí, que si la cervicales, que si el brazo, que si la espalda… de verdad que a veces te encuentras con alguno que te da ganas de decirle que lo invitas a un poleo y ponerle polonio 128 es poco. Unas ganas de que desaparezca o hacerlo desaparecer… que bonita es la magia ¿verdad?

Tratar con niños es lo mejor que uno puede hacer; aprendes, te ríes, te llenan de alegría, disfrutas de su sano surrealismo y ves en ellos, en sus ojos, la ilusión, el futuro. Por eso, todo, absolutamente todo lo que hagamos por ellos siempre será poco. Siempre pero siempre, un fuerte abrazo colegas.

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