Hacer negocios con un gallego… la repera mariló

Artículo del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende

Lo de hacer negocios con un gallego tiene su aquel, porque si es tan inteligente como desconfiado cuando le hablas, no te digo nada si lo que quieres es comprarle algo de su propiedad: una casa, una tierra, una vaca… dos vacas…

Tú quieres comprarle una casa en la aldea a un gallego, y la primera pregunta que te hace es ¿e logo?»; y tras el «¿e logo?», la segunda, «¿e por que eiquí?». La primera es fácil de contestar, porque solo tienes que decir que eres un ser humano y prefieres vivir en el campo que en la ciudad; pero la segunda ya es más compleja, ya que si le dices que te ha traído una persona a la que le sonaba que vendían una casa y que no sabes ni dónde estás…

Y es que el gallego piensa de todo menos en lo que tiene que pensar: que la deseas para eso, para vivir, que por eso se llama casa y cualquier diccionario del mundo, si lees la definición, lo pone meridianamente claro. Por ejemplo, la Real Academia Española, «Casa: Edificio para habitar»; la Académie Française, «Maison: Bâtiment construit pour servir d`habitation aux personnes»; la Royal Academy of English, «House: A building in wich people live»; y en árabe, me imagino que algo así tipo pestañitas: «´`´`; ;_ ,,,“ `_,; ». O sea; ca-sa, vi-vir.

Pues para el gallego no, para el diccionario mental del gallego, el asunto de la compra de una casa empieza con el «¿e logo?» y luego surgen otras variantes concomitantes que no las dice, pero que no se le van de la cabeza: «¿E se pon un club de chicas?, ¿e se despois vén xente eiquí?».

A ver, que un matrimonio quiera comprar una casa para hacer un club de alterne teniendo dos hijos de cinco y siete años y otro que viene en camino… pues complicado, salvo que el antro esté integrado por exenfermeras del Materno Infantil que se hayan puesto el mundo por montera, lo cual como que no, y que los clientes sean pediatras, que lo dudo.

Como también dudo que alguien pudiera encontrar el club en este lugar que parece como el triángulo de las Bermudas porque no hay forma de sintonizar ni la radio, pero bueno, todo es posible. Y que venga gente… pues vendrá, porque salvo que los López Castro, que son los que quieren la casa, estén fugados de la Justicia, se supone que tendrán amigos y que los visitarán algún día. Tampoco es que vengan excursiones; pero un coche o dos de vez en cuando…

Y entre que el gallego  no es muy dado a vender y que los López Castro han decidido irse a vivir al campo y les ha gustado la casilla, pues no creas que el asunto termina en entregar un dinero, ir al notario y cambiar la propiedad, ¡ya quisieras tú!

Comprar una casa en una aldea es más difícil que hacerte socio del Jimmy`z de Montecarlo o entrar por la cara en el Palacio de La Zarzuela. El gallego, antes de vendértela te dará largas con una sola finalidad:

Saber quién y cómo eres, y no te hará un análisis de sangre para conocer tu grupo sanguíneo y el ADN porque la aldea es como es, que si pudiera… entubado estarías allí unos días antes de firmar la escritura con la boca. Y lo curioso del gallego es cuando después de vendértela te pregunta: «Entón a quere pra vivir eiquí, ¿non?», y piensas: «No, casi la voy a vaciar y voy a jugar al tenis».

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El libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende», Premio Fernando Arenas Quintela 2o17 se puede adquirir en, por ahora:

Arenas, Couceiro, Avir, Lume, Cascanueces, Inoa y Sisarga (A Coruña); Biblos (Betanzos) Follas Novas, Ler y Gallaecia (Santiago);  Trama  y La Voz de la Verdad (Lugo); Central librera (Ferrol); Librouro (Vigo), Porta da Vila (Viveiro). Próximamente en Pontevedra, Ourense, Sanxenxo, Cangas, y Foz y hasta el día 10 de agosto en la Feria del Libro de A Coruña caseta 21 (Arenas).

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Los másters, el gran negocio de unos cuantos

Quizás sea un poco raro, pero a mí realmente me extraña mucho que un país, al que el día de Fin de Año le tienen que poner en la televisión los numeritos con las doce campanadas porque es incapaz de diferenciarlas de los famosos cuartos, ahora resulte que es imprescindible que nuestros hijos estudien un máster.

Es como si España no se hubiera desarrollado desde décadas sin esos «estudios especiales» y no contásemos con especialistas suficientemente preparados en todos los campos que cualquiera pueda imaginar, bien sea la medicina, la ciencia o la tecnología.

Pues por lo visto es necesario un máster tanto o igual como los zapatos o vestirse; y cierto es que está más cerca de esto (de los zapatos y de vestirse) como un bien de consumo al igual que el Iphone 4.700, que otra cosa.

A mí lo que me da es que tras ellos se esconde un auténtico chollo, un negocio para unos pocos y que al hacerlos «imprescindibles» las familias se las ven y se las desean para poder pagarlos y, en muchos casos, que haya quien no pueda realizarlos y así discriminar una vez más (que es como funciona el sistema) a la sociedad: ricos y pobres.

Y es que además, tener un máster no te asegura estar más capacitado que otro (ya que solo se trata de conocimientos) y estos se pueden adquirir en el trabajo diario; pero claro, así, en con un empleo, en vez de pagar se cobra y eso no es plan para unos cuantos. Lo que sí es cierto, y en esto estamos todos de acuerdo, es que los máster dan más créditos, sí, pero al banco. Sinceramente, de mamoneos y estos singulares robos, cada día estoy más harto.

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Amancio Ortega y las donaciones a la sanidad pública

En algunas ocasiones he criticado a Amancio Ortega por no invertir en España en los momentos más duros de la crisis y que es mejor estar en el número 1 en la lista de Agradecimientos que en la de Forbes o, dicho de otra manera: que es mejor ser recordado como persona (con todo lo que ella implica) que no como multimillonario.

Pero esto no viene a cuento ahora; ahora lo que importa es que el señor Amancio Ortega ha dado de su bolsillo casi 350 millones de euros a la sanidad pública para la renovación de los equipos de diagnóstico y tratamiento del cáncer y hay quien se manifiesta en contra alegando que es como dar limosna y que debería ser el Estado (todos) quien los adquiriera.

O algunos de este país viven agilipollados, no han salido de casa, son insensibles o no tienen esta enfermedad y hablan con una frialdad desde una tribuna que da pánico, porque en EE. UU y otros países es normal este tipo de acciones.

Y lo que ha hecho Amancio Ortega es, se quiera o no, un acto de generosidad por una razón: porque con  esos aparatos van a ayudar a la gente, y por otra cuestión, porque cada uno con su dinero hace lo que le viene en gana.

Ojalá que el señor Amancio Ortega siga con este tipo de donaciones para el bien de todos; desde luego que para mí no será limosna, será un motivo de agradecérselo, y presiento que el empresario va a comenzar una auténtica escalada para llegar al número 1 de la lista de Agradecimientos. Tiempo al tiempo.</s

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Yo nunca podría ser un asesino en serie

No hay como la Semana Santa para reencontrarse uno consigo mismo y descubrirse interiormente. Yo, por ejemplo, estos días pasados me he dado cuenta de que nunca podría ser un asesino en serie.

Supongo que será de cuando hice sucesos en el periódico La Voz de Galicia lo que hace que me atraigan todas las investigaciones policiales; pero por mucho que lo deseo he llegado a una conclusión: asesino en serie… imposible, y mira que me gustaría, pero no puede ser, ¡qué le vamos a hacer…!

Policía sí, pero, en confianza, creo que solo el que se pone los guantes, el que coge con unas pincitas chiquirritinas elllas una cosilla que encuentra en la alfombra, la mete en una bolsita de plástico y piensa: «¡Hala!, pal listillo ese del microscopio».

Hombre, en esto de ser asesino en serie, podría quizás darte un empujoncito en un acantilado y poco más; pero aún así… llevarte a un barranco, con los friolero que soy y donde suele hacer un pelete… o me queda cerca de casa y llevo una alargadera con una manta eléctrica… o no.

Y lo de los disparos… eso totalmente descartado, desde que fui una vez a las Fallas de Valencia tengo un rechazo a los ruidos… y a bocajarro menos, esperar a bostezar para disparar… ¡qué paciencia!.

Lo único que me queda, pensándolo bien, es el veneno; pero tampoco le veo yo trazas porque no tengo mucha memoria y cuando acabara con el frasco pues me olvidaría de la marca, y como hay que seguir matando…

Claro que me queda la posibilidad de ir a la Policía y preguntar «Mire, ¿me podría decir de qué marca es el veneno que tiene el fiambre?»; pero claro, o la Policía es muy tonta o levantaría sospechas, porque ya me dirás tú qué pensaría un agente que le viene uno de la calle a preguntar por la clase de veneno.

Además, como yo soy muy así: o sea, gallego, le diría: «¿Pero está seguro?, ¿y el frasco de qué color es? ¡Ah!, dijo Venenil ¿no? Y mire, Venenil qué es ¿con B o con V? ¿y no tendrá usted por ahí…?». De verdad, o el pavo es muy tonto o me atrapan.

Y luego hay otro problema, la víctima, sí, la víctima; porque si envenenas a una, la siguiente tiene que ser más o menos igual; es decir que si te cargas a una mujer rubia, de pelo rizado y ojos azules…. pues no sé tú, pero yo a la semana ya no estaría seguro si era rubia, si tenía el pelo rizado o si tenía los ojos azules y rasgados como una japonesa o saltones como una del kurdistán, una falta de memoria tengo… Y claro te puedes olvidar de cosas, pero un asesino en serie de eso… ¡¡por favor, por favor!!

Y es una pena, porque yo siempre pensé que tenía madera, que tenía así como algún algo especial para eso, cualidades, si quieres llamarlo; pero tras ver tantas investigaciones policiales, me da que lo mejor es que siga siendo lo que soy, tonto, porque eso, tonto… lo bordo.

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Cosas que ocurren entre mexicanos

benz

Hace unos días, aquí en Monterrey (México), a unos doscientos metros de donde duermo hubo una balacera. Eso de la balacera, leído así, suena a baile, como a una danza melosa, incluso empalagosa de una pareja que se da arrumacos a los sones de una orquesta. Pues no.

Una balacera es una ensalada de tiros a diestro y siniestro, un «a que yo más», un, en plan local, «la chingaste». Unos que desenfundan, otros que hacen lo mismo y, ¡hala!, un bacalao de disparos y que dios reparta suerte.

Pues ni así me desperté, solo al día siguiente, al leer el diario Milenio, me enteré de ello; vamos, que ni se comentó el asunto, como si fuera lo más normal.

Si me llego a despertar no sé muy bien qué haría, sin contar el número de heridos, recoger fiambres no puedo porque no tengo fuerzas, pero sí hacerme con alguno de los casquillos como recuerdo. Incluso a lo mejor, en un arrebato, ir al lugar y hablar con los delincuentes en plan «pero hombre, que no son horas, que no son horas…».

Pero estoy seguro de que si hablara con ellos me dirían «oye güey, que si son horas manito, que son ocho de currele, llevamos seis y aún nos quedan dos na más… y duerma tranquilo compadre, que esto es entre nosotros…».

Y claro, si tú oyes eso de «esto es entre nosotros», te da como un no sé qué haber interrumpido la refriega, una falta de cortesía y… pues oye, que los animas, que solo en la calzada hay cuatro millones de casquillos y que por los cálculos que has hecho, otros tres millones bien entran, y que nada, que disculpen y que sigan a lo suyo y eso, que perdonen por infringir la ley de Protección de Datos, que yo no digo nada.

Y creo que en el fondo tendrían razón, porque aquí en Monterrrey parece que todo está muy ordenado con dos turnos de trabajo: el de mañana, en el que están los que viven; y el de la noche, que están los a ver quien vive. Y eso, como que te da tranquilidad ¿no?. Pues no.

 

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Un honor que no merezco

tec-3Uno de los edificios del Instituto Tecnológico de Monterrey

Pues sí, que la vida tiene estas cosas, este 7 de febrero, el martes, me voy a Monterrey (México), y me voy… iba a decir «escopetao», pero teniendo en cuenta que en los últimos veinte años asesinaron a 125 periodistas, sin contar palizas y amenazas, que no hay estadística que la aguante… casi mejor solo digo «voy» que las palabras, a veces, las carga el diablo.

El asunto es que estaré medio mes invitado por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (vídeo del TEC), la mejor universidad privada del país hermano y la séptima de toda Latinoamérica, (según el QS University Rankings: Latin America 2016) todo un referente allí y también en España.

Y, claro, pues uno no solo lo piensa, sino que está seguro que es un honor que no merezco, y como siempre que vas a otro país (como sucedió en septiembre de hace dos años con la exposición En tu línea a los Emiratos Árabes), pues también es una responsabilidad porque de alguna manera, suceda lo que suceda, no dirán «este Guisande… », sino «este español… » y sin quererlo es como si representaras a tu país, un orgullo.

Y las cosas son… pues curiosas, impensables; conoces hace unos meses a alguien del TEC a través de facebook, en concreto a la directora del Departamento de Comunicación y Periodismo, Ana Cecilia Torres, resulta que le gusta lo que escribes, los cursos que realizas y las propuestas creativas y… pues que te invitan, y como te invitan…. pues coges de avión mariló y que sea lo que dios quiera.

Y así estoy estos días, repasando los temas, pronunciándolos en alto para acostumbrar a escuchar mi voz y para que ocurra lo que siempre me ocurre, que termino perdiendo los folios donde van los temas y una hora antes, en cualquier papelucho pongo unas ideas y a improvisar

Y ya que aquí en Galicia estoy harto de tanto mamoneo, de la Cultura partidista, la verdad que estoy supercontento, superilusionado, superalegre, con las pilas más que puestas y tengo una ganas de llegar a Monterrey que voy… iba a decir «embalao», pero esta palabreja, «embalao», yendo a México… tampoco es muy apropiada, verdad… casi no.

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Cuando eso de vender se lleva en la sangre

vendedor

Yo no he visto cosa igual que los vendedores, pero los auténticos, los que eso de empaquetarte algo lo llevan en la sangre; de verdad que son unos cracs. Hace unos días, aquí en el mercado del pueblo, en plena calle, fui a hacer unas gestiones y pasé por un puesto de quesos, que a mí como si era de anchoas, y de repente oigo una voz:«¡¡¡Oiga, usted!!!!!».

Me giro, y con un queso en la mano me encuentro a un tipo que me dice: «¡¡¡¡que están a 5 euroooooos!!!». A mí como si estuvieran a uno o en el Ibex 35, y como me quedé mirándolo, responde el fulano: «¡¡¡¡venga, que se lo dejo en 4…!!!!».

Ya me dirás a mí, que aún notaba el sabor del café cortado que acababa de tomar, qué me importaba el queso, pues ni que me hipnotizara, oye, me acerco… y ya solo a medio metro ya tenía el queso en la bolsa, ya me lo estaba dando con la mano derecha y con la izquierda extendida para recibir los 4 euracos.

Hombre, uno suele estar lelo por temporadas y reaccionar unas tres o cuatro veces al año, y como me pilló en el subidón del café le dije: «no, gracias; luego paso», como le pude decir «es que salgo pa Japón». 

Pues ya me había olvidado del asunto queseril, cuando regreso de las gestiones (bueno, si tenéis curiosidad la gestión era ir a por una bombilla, tema apasionante) y oigo una voz: «¡¡¡Usted!!!! ¡¡¡que están aquí los quesos!!!».

«¡¡¡Dios santo!!! otra vez el marrón ese de los quesos», pensé mientras encendía un cigarrillo y me acercaba. Y fue llegar, y coge el tío y me dice «¡¡hala!!, tome estos dos que son 7 euros, que ya no me queda nada, que me voy».

Vamos a ver, yo en otra situación le diría:  «no, gracias, s i a mí el queso…», pero el tío ese… entre que sonreía en todo momento, entre que tenía una labia alucinante y que te ponía la bolsa en la mano… pues anestesiado estaba.

Así, que atontado le digo: «bueno, vale, 7 euros», y cuando le doy un billete de 10 dice: «no tendrá 7 justos, es que…» y metiendo la mano en un bolsillo como si fuera un tahúr… «pues nada, que no tengo cambio, llévese este otro y arreglao, que se lo dejo todo en 10».

Ni tiempo me dio a decir ni que sí ni que no. De repente me vi con una bolsa con tres quesos y sin 10 euros caminando para casa, y mientras aún flipaba con lo que había sucedido, todo en menos de cinco minutos, me decía: «joé, menos mal que son quesos, que llegan a ser pisos, y estoy yo aquí con tres escrituras cuatro hipotecas y el cobrador del frac». Menudo crack el tío.

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Rozando la inmortalidad, ayer logré otra hazaña

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Yo comprendo que lo de Edison y la bombillita esa tiene su mérito, relativo, pero lo tiene, igual que Marconi y la Radio. No lo niego, pero estos chavales, sinceramente, no creo que lleguen a mi altura en lo que se refiere a proezas que marcan y marcarán la Historia Contemporánea y el devenir de los tiempos.

Y es que, y no me duelen prendas, yo, Manuel Guisande, son ya cuatro las gestas conseguidas, a saber: pelar un huevo cocido con cuchillo y tenedor, que se requiere una destreza fuera de lo normal; superar a Felix Baumgartner, que se tiró desde una altura de 39.045 metros, lo que es incomparable con lo mío, que fue escribir artículo sin respirar, sin oxígeno y sin sherpas, para lo que precisé varios años de agotador entrenamiento; y, por último, en vez de arrancar la lechuga, la cebolla y el tomate de la huerta para llevar a la mesa… ir con el vinagre, el aceite y la sal a la zona verde y tomar allí in situ una ensalada. Impresionante estas hombradas se miren por donde se miren.

¿Y cuál ha sido mi última hazaña? Ocurrió ayer, justo ayer a las nueve y cinco minutos (GMT) ni uno más ni uno menos. A esa hora, después de una buena ducha me dispuse a afeitarme. Así que cogí la espuma, me la eché en la cara, y con la maquinilla empecé a rasurarme.

Fue solamente bajar el artilugio manual por un lado y sentí un placer, pero de tal magnitud que resultaba difícil de asimilar. Entonces limpié parte del vaho del espejo y comprobé que seguía teniendo pelillos en el rostro e inmediatamente miré la maquinilla y… en efecto, me había olvidado de quitar la funda de la cuchilla.

Hasta aquí normal, digamos que fue un despiste; por lo que retiré el plastiquillo y me afeité como siempre. Y aquí amigos míos, viene lo que marca un antes y un después de la Humanidad y que lo pueden hacer también las mujeres porque creo que en situaciones límite se afeitan las piernas.

Tras estar perfectamente rasurado pensé: Si con barba de tres días en la cara disfrute tanto ¿cómo será la sensación perfectamente trasquilado? Así que entonces cogí otra vez la espuma, me la eché en la cara, puse el protector al aparato cortante y… es que me emociono y perdonad si hay alguna falta hortografia en el testo, fue algo indescriptible.

Bajé el aparatillo  por la piel a toda velocidad, desde la mejilla izquierda a la derecha pasando por la barbilla y haciendo un giro hacia arriba (como el logo de nike) y fue el éxtasis total. ¡Qué gustazoooo!.

Entonces, ya más tranquilo, pensé en los hombres que realmente han hecho historia y qué relación podría haber entre ellos y solamente encontré dos: Cristóbal Colón y Manuel Guisande porque a ambos nos une algo que es como una señal del más allá, un designio de Dios.

Cristobalín descubrió América en 1492; yo esta epopeya la hice ayer, en el 2016 ¿Y hay algo en común? ¡Vamos que si lo hay! Mirad: el 2016, el 2 significa eso, que somos 2, Colón y yo; y el 16, del año 2016, está más que claro, si sumas los dígitos de la fecha del descubrimiento, 1492, te da 16. Increíble. Colón, yo, y nadie más. Es que lo sabía.

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Cuando un libro puede leerse online

Y de regalo… un relato

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Ya tenemos la segunda edición de Relatos de absurdo contenido,  que se puede adquirir en papel  (9,99 €) o descargarlo por 7,99 (pincha aquí) . Ya sabes que por eso de «libro comprado, escritor alimentado», pues si lo compras. Gracias

Os dejo con un relato para animaros 😉

El comandante

No sabía muy bien por qué, pero siempre quiso ser piloto de aviación. Desde pequeño le atraía la aeronáutica y en su casa aún guardaba toda una colección de aviones de juguete que iban desde los primeros que empezaron a surcar los cielos hasta los más modernos.

Un problema en la vista le había impedido realizar los cursos de formación; sin embargo, él, con casi 50 años, se sentía comandante, aunque a nadie se lo decía para que no lo tomaran por loco. Desgraciadamente, sabía que en la sociedad en que vivía, contar las ilusiones, aunque fueran inalcanzables, era sinónimo de incomprensión, y por eso solía permanecer callado, como si no estuviera en este mundo, ausente; pero él, a su manera, hacía realidad su sueño.

Cuando llegaba a casa, se sentaba tranquilamente en una silla, sobre una mesa colocaba varios avioncitos a la altura de los ojos y con una potente lupa escrutaba hasta los más mínimos detalles: las formas de las hélices, de las alas, los timones, las cabinas, los mandos, los trenes de aterrizaje, las ruedas… eran reproducciones tan fieles, tan auténticas, tan extremadamente exactas que en ocasiones pensaba que, si pudiera volverse muy pequeñito, se introduciría en ellos y volaría. Eran pensamientos que iban y venían; luego retornaba a la realidad, a lo que era su trabajo: técnico en mantenimiento de ascensores.

Su quehacer diario nada tenía que ver con las aeronaves, pero cuando arreglaba una avería, imaginaba que los cables y chips del cuadro eléctrico del elevador eran las entrañas del motor de un Boeing o de un Airbus. Incluso a veces, cuando tenía que probar si el aparato funcionaba correctamente y accionaba alguna clavija para ponerlo en marcha, el sonido que producía era un sonoro y seco clic que identificaba con las comprobaciones del instrumental de vuelo para iniciar el despegue.

A su modo era feliz y, para seguir sintiendo esa pasión que tenía por volar, había alquilado un piso cerca de una gasolinera. No solo era por el olor a combustible, que le hacía creer que estaba en una pista de un aeropuerto a la espera de llenar los tanques de queroseno, sino también para acercarse al surtidor y, al ver como repostaba un coche, los números que marcaban los litros… 5, 20, 37, 50, 60… para él eran los pies que marcaba el altímetro y le indicaba cómo iba el ascenso.

En ocasiones, cuando en la estación de servicio se detenía un camión de gran tonelaje, lo que no sucedía habitualmente, bajaba inmediatamente de casa y disfrutaba viendo cómo llegaba a una altura de 300 y 400 metros que él multiplicaba por veinte. Entonces, de forma inconsciente, levantaba la cabeza, se ajustaba la corbata y miraba el cielo azulado sintiendo lo que era volar. Además, para darle un mayor realismo, para sentirse un auténtico comandante, solía llevar trocitos de algodón en los bolsillos, creaba diversas formas y figuras, las dejaba caer al suelo y, según descendían suavemente, las observaba al igual que si fueran nubes mientras su aeronave cortaba el firmamento.

Nadie conocía su secreto, pero mientras pilotaba irradiaba felicidad al escuchar el ruido de los motores de los automóviles que pasaban frente a la gasolinera y que para él eran los de su avión. Se sentía libre, con una paz infinita, y si por cualquier circunstancia no circulaban turismos y había un silencio absoluto, él, convencido de que había algún problema en el rotor, imaginariamente consultaba los datos del vuelo: altitud, velocidad, inclinación, temperatura… y en voz baja, sin que nadie lo oyera, informaba a la tripulación y al pasaje de lo que estaba sucediendo en tanto se ponía en contacto con la torre de control más próxima.

Nunca, pero nunca, había tenido un incidente y todos sus vuelos eran un ejemplo de suavidad tanto en el despegue como en el aterrizaje, y a veces hasta soñaba que daba charlas y conferencias sobre la profesión de comandante, la responsabilidad que suponía que de él dependieran cientos de vidas y cómo actuar en caso de una situación de emergencia.

Si tenía tiempo solía cambiar de gasolinera, iba a otras de la ciudad y de esta forma creía que se trataba de un vuelo transcontinental y que estaba en otro aeropuerto para hacer una escala técnica. Cuando esto sucedía, nada más llegar a la estación de servicio, con paso firme y decidido iba directamente a los lavabos y saludaba a los empleados, que para él era el personal de tierra. Hasta en más de una ocasión preguntaba si cambiaría el tiempo, para así estar al tanto de las posibles alteraciones meteorológicas y adoptar las medidas que consideraba oportunas para una mayor seguridad.

Muchas tardes las pasaba así, planificando viajes, rutas, pensando en alternativas ante posible eventualidades, memorizando los diversos protocolos y estudiando los nuevos avances de la navegación aérea. Por la noche, cuando se acostaba, tenía en su mesilla unos veinte relojes de diferentes tamaños dispuestos en arco frente a sus ojos. Cada uno de ellos marcaba distintas horas y, al apagar la luz, las manecillas fluorescentes resplandecían y creía que se trataba de un vuelo nocturno con todo el instrumental encendido al alcance de la vista. Había adquirido tal destreza y maña que, tumbado en cama y con una sola mano, era capaz de mover las agujas para modificar las características del vuelo.

Normalmente, tras una media hora tocando las manecillas se quedaba profundamente dormido hasta que la luz del día entraba por la ventana y la claridad le despertaba. Entonces miraba instintivamente los controles, se frotaba los ojos, bostezaba, se desperezaba, hacía que se ajustaba la corbata y para sí mismo confirmaba lo que siempre había pensado: los pilotos automáticos casi nunca fallan, pero el factor humano es imprescindible y para eso, él estaba allí.

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Los franceses, la comida y el sexo

El próximo día 4 de junio voy a Francia a una boda que, por lo que ya me previnieron, dura dos días; es decir, que comes-bailas-duermes, comes-bailas-duermes, y supongo que después, al final, duermes de todo lo que comes-bailas, porque si no es así…

Desconozco como son las celebraciones de las bodas en el país vecino, pero lo que sí sé es cómo son las comidas de los franceses, inaguantables, desesperantes, y siguiendo un ceremonial que hay que seguir paso a paso. Cuando te invitan a una comida, en plan bien, en una casa, lo primero que te ofrecerán los anfitriones antes de sentarte a la mesa será un aperitivo a base de cacahuetes, galletitas, pistachos y otros frutos propios de las gallináceas, mientras te tomas una copilla, más o menos dulce, de sabor indescriptible pero agradable.

Después, pasados unos quince o veinte minutos, te sentarás a la mesa, habrá dos primeros platos y, de repente, como si fuera un paréntesis en la vida gastronómica, el mundo se para, se detiene, y llega la pasión de los franceses: los quesos. Entonces, en la mesa colocarán unas impresionantes fuentes y con una cursilería de narices, con unos suaves movimientos que más que un comensal pareces un cirujano cardiovascular, con un tenedorcillo irás cogiendo de los diferentes tipos mientras hablan y hablan de dónde proceden y de las diferencias entre unos y otros: si uno es más pastoso y si el otro es menos cremoso, si aquél es más fuerte y el otro más suave.

Luego, después de casi una hora, sí, una hora, porque una comida que se precie dura entre cuatro y cinco, las bandejas desaparecerán y se seguirá con la comida, los postres, el café y copas. Que eres fumador… Pues si en la casa son de la liga antitabaco (no fumar puede producirles este aburrimiento, te dan ganas de poner en la entrada de la vivienda), aunque los acabes de conocer puedes levantarte (ellos no lo consideran de mala educación), ir a una ventana y fumar un cigarrillo.

¿Y de qué hablan los franceses, además de los quesos, de los vinos, que es otra de sus pasiones y de, obviamente, el champagne? Pues no me diga por qué, pero no hay conversación en la que no salga a relucir el sexo, siempre el sexo, y da lo mismo que te invite el ministro de asuntos exteriores que un tornero fresador.

Los franceses están obsesionados por el sexo y lo peor que puedes hacer en una comida es decir la frase tan típica y española de: «Es que este niño es clavadito al padre». Anda, di eso por listillo y descubrirás que el pequeño no es del «clavadito padre», sino de la «desclavadita madre», que a su vez se divorció del íntimo amigo del «clavadito padre», que todos dicen que es el verdadero padre, pero que tampoco está claro porque, por entonces, se cree que la «desclavadita madre» mantenía una doble relación con otro que sí, que dicen que es el «clavadito padre»: vamos, una melé.

Y si habrá un mosqueo generalizado entre los franceses en todo lo que son las relaciones humanas, que cuando a una casa llega la factura telefónica, en ella figuran todos los números adonde se ha llamado excepto los tres últimos dígitos. Dicen ellos que es para preservar la intimidad y que eso ocurre en todos los países; sí hombre sí, en todos, clavadito.

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