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Paulo Xavier Ribeiro: "la religiosidad popular recupera lo que el pueblo tiene de más profundo en su alma"

La religiosidad popular es un elemento fundamental en la vida de la Iglesia católica en la Amazonía, un fenómeno que no aparece sólo en regiones del interior, sino también en las ciudades. Esta dimensión puede contribuir a los nuevos caminos de la Iglesia en la Amazonía, como recoge el Documento Preparatorio del Sínodo.

Fray Paulo Xavier Ribeiro, es párroco de la Parroquia de San Sebastián de Manaus, que está celebrando su novenario en estos días, una de las fiestas más importantes, y que reúne mayor número de devotos, de la ciudad. El tema de la fiesta de 2019 es el Sínodo para la Amazonía, una reflexión de suma importancia, según el fraile capuchino.

Nacido en Amaturá, a orillas del Río Solimões, que es el nombre que recibe el Amazonas en esa parte de su recorrido, el religioso conoce la vida de los pueblos de la Amazonía y la importancia de la religiosidad popular para esos pueblos, pues siempre ha trabajado pastoralmente en la región.

El sínodo para la Amazonía debe llevar a cambiar actitudes concretas en la vida de las personas y también tiene que llevar a la Iglesia a reflexionar sobre el cuidado de la creación, una llamada que debe ser asumida sin falta como franciscanos, pues "si no conseguimos asumir eso, que es parte de nuestra espiritualidad, de nuestra vida como franciscanos, nos estamos omitiendo".

¿Cuál es la importancia de la religiosidad popular para los pueblos de la Amazonía?

Es de suma importancia, porque aquí en la Amazonía, hablo desde la experiencia, soy del interior, soy del Alto Solimões, nací a la orilla del río, se conjuga tierra, río, pesquería, agua. La religiosidad popular nace justamente de esa conjugación de todo ese ambiente, vivido por todos nosotros de aquí de la Amazonía. Este deseo de poder encontrarse con lo trascendental, lo sobrenatural, es algo que se da en las varias manifestaciones de la vida del pueblo.

Una de las manifestaciones son las fiestas de los patronos, que reúnen a las familias. La fiesta del patrono es una ocasión programada en el interior, de encontrarse en los festejos, en la vida que envuelve toda vecindad. Es importante porque trae la alegría del encuentro, trae la motivación de que yo voy allí porque me comprometí a partir de mi testimonio de fe. Entonces, es una cuestión de honestidad, de trabajar todo el año para la fiesta del patrono, para poder encontrarse con los otros y poder legitimar el compromiso.

Es importante este legado de unión, de vida, de vitalidad, de entusiasmo, de poder encontrar a otras personas, otras familias y trabajar en ese proyecto que se tiene anualmente, de revigorizar sus fuerzas, su fe, su compromiso con la vida. La importancia de esa religiosidad en la vida del pueblo es fundamental, es una recuperación incluso de aquello que tiene de más profundo en su alma, en su ser, que es exactamente lo trascendental, aquello que le une a lo sobrenatural, y pasa exactamente por las personas, por el patrono.

Estamos hablando de San Sebastián, estamos en la novena. La gente, aquí en la ciudad, viviendo esta fiesta se acuerdan de su vida en el interior, en su ciudad, en su comunidad, recuerdan a las familias, los cohetes, las frases que se hablaban, las comidas típicas, las galletas que compartían. Ese es un sentido muy bonito de la vivencia de esa religiosidad aquí en la Amazonía.

En este año, dentro del proceso del Sínodo para la Amazonía, la parroquia ha querido traer como tema de reflexión del novenario el Sínodo de la Amazonía, nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. ¿Cuál es la importancia que el Sínodo puede tener en la vivencia de esa religiosidad popular?

Nosotros vivimos aquí en la ciudad, en una metrópoli, en el centro de la ciudad de Manaos, y para nosotros fue decisivo eso, pues con el consejo de pastoral, con los diversos grupos y movimientos, propusimos lo que sería ocasión para discutir, el tema de nuestra novena, que nos motiva a pensar. Todos fueron unánimes en decir que toda la Iglesia está involucrada, moviéndose, que tenemos que buscar caminos, y un camino es buscar brechas para que podamos al menos testimoniar nuestra fe.

Poder asumir esto fue una elección de todas las pastorales, de todos los movimientos, y la necesidad de pensarlo colectivamente. Los pequeños gestos que uno puede hacer, las pequeñas brechas que encontramos para poder realizar esas discusiones, esas reflexiones, es una oportunidad. Entonces, aprovechamos los festejos para iniciar el año con ese proyecto de discusión, de reflexión y de propuestas concretas para el Sínodo.

Incluso una de las propuestas es la cuestión de la basura. En nuestros festejos, en nuestras parroquias, se produce mucha basura, desechables, plástico, latas, y todo lo demás. De qué manera podemos hacer que ese consumo sea amenizado, o prohibido, de nuestras fiestas, y de qué manera podemos, ya que estamos dando pasos en relación a eso, cómo encaminar esas situaciones de los plásticos, de los cartones, de las latas que usamos.

Un equipo está viendo con diferentes organizaciones, como es Recicla Manaos, que es una asociación de recicladores de basura para que podamos aprovechar todo eso para ir poniendo en el corazón, en la vivencia de nuestros parroquianos, de los devotos, la cuestión del cuidado con la Madre Tierra, con el agua, que para nosotros es señal de Dios, y una forma de que podamos estar presentes en la vida de la gente es cuidando de ello. Pequeños gestos que uno puede hacer, pueden ser grandes transformaciones que podemos realizar en la vida de las personas, empezando por la pastoral, por la Iglesia, por el novenario.

¿Usted piensa que aquel que viene a la ciudad, incluso quien nació en el interior, olvida un poco esa dimensión ecológica y se deja envolver por la cultura del desechable, de la generación de basura? ¿Por qué es importante reflexionar en ese sentido y promover acciones concretas, aprovechando las fiestas de los patronos, aprovechando el Sínodo para la Amazonía?

Cuando se llega aquí a Manaos, a la ciudad, las personas que transitan en esos ríos, tienen otros usos, tienen otras costumbres, y ahí buscan más la practicidad, dejan de usar lo que usábamos en el interior para coger agua, la cumbuca, se pierde la costumbre de cargar, o tomar agua en la pequeña cuia. En fin, eran situaciones que en las comunidades se daban. En la ciudad, uno se queda en una dependencia de usar lo que toda la sociedad empezó a usar.

La practicidad no siempre puede ser lo que hace bien a la naturaleza. Nos enfrentamos a muchas dificultades aquí para acabar con los descartables. Yo llegué aquí hace dos años, era una gran cantidad de vasos descartables, que tuve que decir, quien quiera tomar agua ponga su mano en el grifo, o traiga su botella, porque tiene que haber algunas cosas concretas para que podamos cambiar la situación, porque si uno está alimentando un tipo de realidad, no va a poder hacer las transformaciones.

A veces hay que dar un corte muy duro en relación al uso de estas cosas. Es necesario que podamos rescatar lo que eran las costumbres de las comunidades, incluso lavar los vasos y platos desechables para hacer uso otras veces. No siempre logramos legitimar eso en la vida de las personas, porque ellas creen que es más trabajo. Y con eso las generaciones van tomando esa mala costumbre de no velar, de no cuidar de la vida.

Ante las amenazas que la Amazonía viene sufriendo y aquellas que se vislumbran de cara al futuro, ¿hasta qué punto es importante una actitud profética que lleve a reflexionar sobre esas problemáticas amazónicas, como sugiere el Sínodo?

La Iglesia no puede omitirse de ese tipo de reflexión, es parte de todo ese complejo que involucra a las personas. Yo veo que es un intento de ir trabajando esos aspectos y transitando en varias situaciones. Por ejemplo, las diversas entidades y órganos que trabajan en relación a ello, en tener responsabilidad en el cuidado con el saneamiento básico, con la educación para el medio ambiente y todo lo demás. Tenemos que empezar a transitar en esos órganos, que tienen también el poder de decisión, pues veo que ese cuidado es importante para nosotros.

Nuestra posición como Iglesia, como frailes que estamos aquí, que somos franciscanos, hijos de San Francisco, es una gran ofensa para nosotros, o incluso una omisión, si no nos insertamos dentro de ese movimiento y estamos presentes. El Cántico de las Criaturas de Francisco alaba, bendice por el agua, por el viento, por el hermano Sol, por la hermana Luna, por la Madre Tierra. Si no conseguimos asumir eso que forma parte de nuestra espiritualidad, de nuestra vida como franciscanos, nos estamos omitiendo. Tenemos que seguir firmes en ese propósito de ir haciendo nacer esa conciencia y testimoniando a partir de nosotros mismos. Los frailes tenemos que empezar, esa es nuestra misión, nuestra vida, nuestra identidad. Y ahí hacer, desde nuestra identidad, nacer pequeños gestos de fraternidad, donde estamos, cómo ejercer ese compromiso con la vida.

¿Usted es franciscano, es amazonense, cuál es el sentimiento que genera esa insistencia del Papa Francisco en cuidar de la Casa Común, y ahora convocar el Sínodo para la Amazonía?

Un primer sentimiento es el de angustia. Yo viví toda mi juventud en el interior, en Amaturá, nosotros vivíamos a la orilla del río y para bañarnos bajábamos al río y antes de entrar en el agua, nos bendecimos, hacíamos la señal de la Cruz, pues aquello era lo más sagrado que podía haber allí, la belleza de poder entrar en el agua, como un signo de Dios, en la convivencia con todo aquel ambiente.

Eso, para mí, genera un sentimiento de angustia porque hoy se ha perdido ese sentido aquí en la ciudad, no se contempla aquello que es la belleza del Creador. Todos los días, nos bañamos, pero no nos acordamos más de acoger, bendecir y agradecer al Señor por el agua que está presente en nuestra vida.

Otro sentimiento es aquel el de acoger la dimensión que esa realidad de la creación nos provoca. El Papa nos convoca para eso, y es una alerta para nosotros, que vemos ese sentimiento de que aquello que nosotros no podemos cambiar, nosotros por lo menos, vamos a buscar convivir con lo diferente, pero no perdiendo jamás nuestra identidad. Y eso es fundamental para poder ejercitarse en lo que Jesús dijo. La cizaña y el trigo, ellos caminan juntos, crecen, y se puede identificar al final la situación. No podemos perder jamás la identidad para afrontar lo que creemos, lo que es nuestra vocación.

Hablo exactamente como un amazonense de aquí de la región, no podemos jamás permitir que nuestra identidad como amazonenses, más aún ahora en esta opción franciscana, pueda hacer que nosotros no valoremos esa belleza que es nuestra vocación aquí en la Amazonía, y vivir la vida franciscana aquí.

Como orden de los Capuchinos, especialmente como Provincia de la Amazonía, ¿hasta qué punto el Sínodo está influenciando en la vida del día a día de su orden, en la vida de las comunidades?

Ha influido en ejes muy concretos. La primera dimensión que ha ayudado es a reflexionar sobre nuestra vocación específica como franciscanos aquí en la Amazonía. Después la dimensión de la espiritualidad, la Amazonía nos provoca la espiritualidad de vivir la fraternidad, esa fraternidad cósmica, la fraternidad universal que Francisco proponía y evidencia en nuestra vida. Después, ese aspecto de poder ir trabajando eso en las vocaciones que vienen.

Si quien está queriendo ser fraile consigue ya dar esos pasos, es fundamental, y ahí ya es un criterio para recibir personas así. Porque si alguien viene a ser fraile y no puede ver la belleza de la naturaleza, la espiritualidad que este espacio favorece, ahí ya es un criterio para decir, busque otro lugar, otra forma de vida, porque esta forma de vida aquí se identifica por ahí. Esto ha cambiado mucho en nuestra orden y estamos trabajando en ese sentido.

¿Usted piensa que los jóvenes de hoy, más influenciados por la tecnología, por la cultura urbana, todavía tienen ese sentimiento de conexión con la naturaleza que siempre pidió San Francisco, y en el que hoy otro Francisco está insistiendo de nuevo?

Tenemos muchas dificultades de ver en los jóvenes que vienen, queriendo ser frailes, esa apertura, esa mirada profunda con la naturaleza, con la ecología. Hay mucha dificultad, porque los jóvenes de la ciudad están más relacionados con esas nuevas tecnologías, nuevos areópagos de manifestación y vemos eso en el seno de la sociedad. El joven queda fascinado por las artes, por el movimiento de las tecnologías, por la velocidad de las tecnologías.

El gran deber nuestro es no dejar su corazón envuelto en esa dimensión, claro puede usar eso al servicio de lo que cree, aquello que da motivación para vivir. Creo que la motivación del Papa es esa, no perder esa dimensión de que la vida aquí en la Amazonía puede llevarnos al respeto al Creador, puede llevarnos a la convivencia con los diferentes pueblos, culturas, religiones, personas, ríos, agua. Una belleza que puede ayudarnos en la diversidad a encontrar el camino para legitimar nuestra vida, nuestra misión.

Una forma de poder ver la continuación de la formación es ir a las comunidades en el interior, a la orilla del río, porque algunos nacieron en la ciudad. Entonces, no conocen la vida del pueblo simple, no conocen los árboles, no conocen el camino, no conocen el remo, la canoa y todo lo demás, entonces es necesario hacer ese proceso.

¿Cómo hacer realidad hoy ese trabajo de presencia eclesial en la Amazonía?

La unión, el tejer redes es fundamental, nosotros no somos los únicos en eso, entonces todo el proceso es ese desafío, ese arte de tejer relaciones. Tú sabes hacer una cosa, otro profundiza en otra dimensión, otro conoce el río, otro sabe remar, otro sabe cómo hacer, reconocer, el movimiento de la tierra, y todo lo demás.

Esta asociación que hace que podamos unirnos en ese gran camino de búsqueda de señales para vivir ese principio mayor de la comunión de la Iglesia, de la unidad de la Iglesia, y poner en nuestro corazón, en nuestra vida, esa ecología integral que contempla todo el ser, toda la diversidad, toda la dimensión espiritual que nos une al Creador.


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