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Guaracema Tupinambá: “el Sínodo es la manera de que la Iglesia oiga a los pueblos de la Amazonia”

El Sínodo de la Amazonia es considerado por la hermana Guaracema Tupinambá como “la manera de que Iglesia oiga la voz de los pueblos de la región, los pueblos nativos, las poblaciones más vulnerables”. Pero por encima de todo, lo más importante es desarrollar una metodología que lleve a escuchar de verdad, a “oír con el corazón... y oír los clamores del pueblo”.

La provincial de las Hermanas de Nuestra Señora, reconoce que en la Amazonia nos encontramos una “vida amenazada en todos los sentidos”. El dominio del “mercado que transforma todo en mercancía y en dinero, sin dar oportunidad a que esos pueblos consigan vivir a su manera, con sus valores, con sus culturas, con sus místicas, con su religiosidad, con su modo de ser”, es actualmente uno de los grandes peligros a los que se enfrenta la región, lo que tiene como consecuencia una “violación del derecho a la vida”.

En ese sentido, la religiosa reconoce que los pueblos amazónicos se han visto obligados a asumir “otra dinámica de vida”, lo que tiene como consecuencia que “las personas van transformando su querer, su vivir, sus expectativas, sus deseos”, hasta el punto de que “están dando valor a otras cosas”, pues ese es “el único modo que ellas encuentran de convivir, de tener una posibilidad de sobre vivencia dentro de esa rueda del capital”.

Como indígena nacida en la Amazonia y que ha trabajado pastoralmente en la región durante años, al reflexionar sobre los ministerios reconoce que no se trata de llevar ministerios a las comunidades, sino “de un intercambio muy respetuoso y eso supone un proceso muy lento de reflexión y de abertura de todas las partes”. Es necesario, según la religiosa, “desvestirnos de lo que tenemos”, dar valor a experiencias que han promovido una convivencia desde el respeto y la voluntad de aprender unos de los otros. También de llegar a todos, especialmente a las ovejas que “están al margen del rebaño, que no fueron incluidas en el rebaño”.

Usted es alguien que nació en la Amazonia y ha trabajado mucho tiempo en la región. Desde esa perspectiva, ¿qué significa el Sínodo de la Amazonia?

Yo no tengo muchas expectativas en relación a eso, pero creo que es la manera de que Iglesia oiga la voz de los pueblos de la región, los pueblos nativos, las poblaciones más vulnerables, hacer ese eco resonar de un modo más amplio, tener más alcance ese eco. Pienso que es algo muy sencillo.

¿Piensa que pueden concretarse esos nuevos caminos que la temática del Sínodo quiere hacer realidad, o puede quedarse en algo más teórico?

Depende mucho de la metodología y de las escuchas que se van a realizar. Si las escuchas no son elaboradas de otras formas, si no son filtradas, si no son interpretadas dentro de un patrón, que es el patrón que la Iglesia institucional quiere oír, eso se puede transformarse en nuevos caminos, en nuevos horizontes para esos pueblos y para todas las personas que viven aquí y que son solidarias con esos pueblos. Todo eso si nosotros, de hecho, tenemos la disposición de oír lo que se dice, del modo que se expresa y oír con el corazón.

¿Pero la Iglesia está preparada para acoger aquello que el pueblo dice, de la forma que el pueblo habla?

Yo tengo dificultades para hablar de Iglesia, pues pienso que tenemos la Iglesia institucional, jerárquica y tenemos una Iglesia que es Pueblo de Dios en marcha, en camino, que avanza a diferentes ritmos y, a veces, en diferentes rumbos. Si hablamos de Iglesia institucional, jerárquica, creo que hay una parte que está preparada y hay una parte que no quiere oír.

Ahora bien, la Iglesia Pueblo de Dios en camino, que es solidaria, que sigue el Evangelio de Jesucristo, que busca sus caminos en los días de hoy, ahí yo creo que es una necesidad para los tiempos de hoy que la Iglesia, nosotros como Iglesia, hacernos oír y oír los clamores del pueblo.

¿Y cuáles son esos clamores del pueblo en la Amazonia?

Vida amenazada en todos los sentidos. En su cultura, siendo devastada por el mercado que transforma todo en mercancía y en dinero, sin dar oportunidad a que esos pueblos consigan vivir a su manera, con sus valores, con sus culturas, con sus místicas, con su religiosidad, con su modo de ser.

La principal violación es la violación del derecho a la vida y de vida en abundancia, lo que significa cortar sus árboles, para transformar todo en dinero, envenenar sus ríos, acabar con sus plantas, con la tierra, acabar con la posibilidad de vivir en un espacio que es un espacio mayor que una morada apretada en una periferia de una gran ciudad.

Infelizmente, ese pensamiento también está penetrando en la vida de los pueblos de la Amazonia, que van perdiendo valores tradicionalmente conservados y hoy asumieron valores del mundo capitalista occidental. ¿Qué debería ser hecho por parte de la Iglesia, de la vida religiosa, para que el pueblo pueda retomar esos valores tradicionales y entender que eso es semilla de vida plena?

No diría que el pueblo perdió, creo que les fueron quitadas esas posibilidades de tener otra dinámica de vida, y eso va entrando de forma muy sutil y las personas van transformando su querer, su vivir, sus expectativas, sus deseos, que son impuestos por un modelo de explotación, de arrancar todas las riquezas, de transformar a todos según un patrón mundial de consumo.

Creo que esas poblaciones que están dando valor a otras cosas, eso no es más que el único modo que ellas encuentran de convivir, de tener una posibilidad de sobre vivencia dentro de esa rueda del capital.

Una de las grandes discusiones en torno al Sínodo es el tema de los ministerios, pidiendo que sean asumidos por la población local, hombres y mujeres. ¿Realmente usted piensa que se puede llegar a ese punto?

Primero tenemos que reflexionar, discutir sobre el concepto de ministerios. Si entendemos el ministerio como servicio de vida, servicio para la vida, comprenderemos que no tiene sentido llevar los ministerios o reinterpretarlos, sino comprender cuales son esos ministerios existentes entre esos pueblos y como podemos compartir con ellos nuestros ministerios y acoger los que existen entre ellos.

Desde ese ministerio padrón que la Iglesia tiene, creo que es muy complicado tener una respuesta sencilla para pensar que vamos a encontrar de inmediato algunos caminos. No significa apenas ordenar o formar personas, porque nosotros tenemos que discutir que formación es esa y para qué esa formación.

Cuando voy a una comunidad indígena que tiene un chaman, que tiene sus ministros de diferentes formas, me pregunto que es lo que tenemos que llevar a nuestros ministerios, a los ministerios que nosotros aprendimos con la Iglesia occidental.

Entonces yo creo que hay una necesidad de un intercambio muy respetuoso y eso supone un proceso muy lento de reflexión y de abertura de todas las partes. Creo que es posible hacer un diálogo y caminar, pero no existe una receta lista para eso.

En ese sentido, existen experiencias de presencia, sobre todo por parte de la vida religiosa, en medio de los pueblos indígenas a partir de ese respeto, como la presencia de las Hermanitas de Foucould con los tapirapé, Vicente Cañas, los Misioneros de la Consolata en Roraima. ¿Por qué eso todavía no es una realidad más asumida, por qué esa presencia que acompaña y que descubre juntos una nueva espiritualidad, donde hay elementos indígenas y elementos cristianos, por qué todavía no se les da valor a esas experiencias y son vistas como algo exótico?

Pienso que es una cuestión de poder, lo que está en juego es un poder dominar, de hacer tantos bautizos, tantas bodas, tantos sacramentos. Esa es una visión, que se contrapone de otra, que es la visión ministerial del servicio. Esas personas que pueden ser consideradas por una parte de la Iglesia, tanto laicos como clérigos, como fracasos, creo que esas son las grandes novedades de la presencia de Jesucristo en medio de ellos, que hace que nos encontremos de corazón para corazón, todos por la misma causa, pues la causa de Jesús era dar vida y vida en abundancia a todos.

Creo que esa es otra forma ministerial, pero tendríamos que desvestirnos de lo que tenemos, cerrados en los sacramentos. Reflexionar sobre lo que es sacramento, sobre lo que es litúrgico. Todo eso está en discusión, hay una discusión, creo que es muy rica, y las experiencias existen, están relatadas, registradas, son experiencias que ayudan, de respeto a los pueblos autóctonos. Creo que hay necesidad de una abertura. Yo conocí a Monseñor Aldo Mongiano, que fue un obispo que vivió en Roraima muchos años y él decía que nunca bautizo a un indio.

Junto con eso, tenemos otro dato, que es la visión numérica, capitalista, de la Iglesia, que muchas veces hace imposible una mayor presencia en las comunidades más distantes, pues se tarda mucho tiempo en llegar y hay que invertir muchos medios para estar allí, dando la justificación que no vale la pena gastar tanto dinero y esfuerzo para llegar a una comunidad donde se “recogen” pocos frutos. ¿Cómo cambiar esa mentalidad?

No sé como se cambia la mentalidad, lo que sé es que busco ser lo más fiel posible, con todas las infidelidades, al Evangelio de Jesús, que es ir donde están las ovejas descarriadas, y las ovejas descarriadas no son aquellas que salieron del rebaño, son aquellas que están al margen del rebaño, que no fueron incluidas en el rebaño. Y ahí la visión numérica, capitalista, no puede contar, es contra el Evangelio, no se puede conciliar. Creo que no se puede llegar a un acuerdo sobre eso, creo que la vida es una totalidad, aunque sea una.


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