Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

María Freire: “el hacer teológico sólo es válido si tiene un pie en la periferia y otro en la academia”.

31.05.18 | 01:04. Archivado en Misión, Vida Religiosa, Trata de personas, Juventudes

María Freire es religiosa de la Congregación del Inmaculado Corazón de María, donde desde el pasado mes de diciembre es provincial. Pero la religiosa brasileña ha dedicado la mayor parte de su vida a la teología, abordando el tema de la Trinidad, un campo donde en sus comienzos como teóloga no era muy frecuente la presencia femenina.

Profesora durante muchos años en diferentes facultades de São Paulo, la religiosa dice que, personalmente nunca sufrió ningún tipo de prejuicio por el hecho de ser mujer teóloga, aunque reconoce que algunas de sus colegas sí que lo sufren.

Ella reconoce la importancia de la figura del Papa Francisco, a quien identifica como una "personificación de San Juan Crisóstomo", y de quien dice que “conoce profundamente la teología, él conoce la tradición, la conoce de tal forma que él sabe hacer que esa teología descienda para la vida”, resaltando que de aquellos que dicen que el Papa Francisco no conoce la doctrina de la Iglesia, “eso es pura ignorancia en quien lo dice, y quien dice eso es porque no sabe”.

Su nueva misión como provincial supone para María Freire un desvestirse de todo lo que había viniendo haciendo hasta ahora, ser profesora de teología. En ese sentido, ella afirma que “el hacer teológico, sólo es válido si está con los pies así, uno en la periferia de la historia de la vida del pueblo y uno en la academia. Porque si tuviese los dos pies en la academia, la teología es de gabinete, no va a iluminar”.

La religiosa brasileña dice en la entrevista que “en los últimos años ha habido una reducción de las hermanas que estaban en áreas más urgentes y radicales de la misión”, afirmando que hay una tendencia en la vida religiosa de “una experiencia templada de la vida y de la acción misionera”.

¿Es difícil ser teóloga siendo mujer?

Para mí no fue difícil y no es difícil, por causa de la construcción que fui haciendo poco a poco en la vida de la facultad. Al principio, cuando todavía estaba estudiando, y por optar por teología dogmática, todo el mundo me cuestionaba, sobre todo los sacerdotes, ¿por qué quieres ese curso? Siempre veo sólo hombres en ese curso, ¿por qué tú que eres mujer quieres ese curso, por qué no espiritualidad, por qué no Biblia? Yo respondía, no, porque yo quiero teología dogmática. Pero, ¿cuál es el objetivo de hacer dogmática? el objetivo de hacer dogmática es estudiar sobre la Trinidad, y eso está en la dogmática. Eso aquí en Brasil.

Después, haciendo licenciatura, fui invitada a dar algunas clases en lugar de mi profesor. Ahí fui comenzando a abrir brechas. Cuando fui a hacer el doctorado en Roma, nuevamente allí en la Gregoriana, varios amigos míos de España, sacerdotes, decían, ¿pero por qué tú optaste por teología dogmática? ¿Por qué no optaría? Ahí ellos decían: en la Gregoriana tú estás siendo la única mujer haciendo teología dogmática, ¿quieres ser madre? No, quiero dar clase, voy a dar clase.

¿Qué ha significado dar clase durante tanto tiempo en su vida como religiosa?

Para mí fue una experiencia muy buena, porque me gustaba dar clase, y era a partir de aquel espacio que podía contribuir con la Iglesia, a través sobre todo de la formación de los seminaristas. A pesar de que esos seminaristas, en su mayoría, salen y hacen todo diferente de lo que trabajamos, pero para algunos aquello queda, lo que trabajamos en clase.

Primero, me sentí realizando lo que fue una reflexión en los bastidores del Concilio Vaticano II, porque allí las mujeres que fueron a participar del Concilio lo hicieron como oyentes, porque no tenían voz. Ellas exigieron que también las mujeres pudiesen participar en la vida de la Iglesia, no sólo proclamando la Palabra de Dios, ayudando en el altar, sino mujeres que hiciesen teología, que fuesen teólogas y pudiesen también enseñar en las universidades de teología.

Yo de cierta forma, hice un juego de cintura, fui construyendo un espacio donde adquirí una autoridad. Yo percibía que algunas mujeres que enseñan en otras universidades no tenían la misma experiencia que yo, de poder dialogar con los colegas, de ser aceptadas por los colegas. Percibí que eso era un privilegio mío, que me inquietaba también.

El último año, una mujer, profesora en otra universidad, decía, yo sufro bastante prejuicio por ser teóloga mujer en esa universidad, ¿cómo es que te sientes en la tuya? No tuve eso, no siento eso. Si había, tal vez fuese camuflado, no querían que apareciese que tenían ese prejuicio por ser mujer.

Pero soy consciente que yo adquirí una posición en el grupo que no hacía posible esa cuestión del prejuicio conmigo por ser mujer. Al mismo tiempo, percibía que era una mujer diferente, mujer consagrada. Entonces no era tan vista como una mujer en medio de los otros, sino una consagrada en medio de los otros. Todavía hay una distinción en esos mismos medios académicos. Una mujer comprometida con la vida social fuera, casada, que enseña allí, ella también dice que no ha sufrido ese prejuicio, pero una percibe que hay una distinción.

Usted dice que siempre dio clase a seminaristas. Varios profesores de diferentes universidades, sobre todo en los últimos tiempos, dicen que los seminaristas muchas veces buscan formación alternativa. ¿Es difícil dar clase cuando uno siente esa falta de ganas de escuchar, más o menos explícita o, a veces, hasta disfrazada?

Normalmente las clases están formadas por unos 50 o 60, seminaristas junto con religiosas, laicos, tanto hombres como mujeres. Algunos profesores, dialogábamos que fulano es muy impuntual, fulano parece que está aquí pero él no se interesa con nada de lo que decimos. Pero como yo trabajaba más la cuestión de la Trinidad, de la Pneumatología, son disciplinas en las que tú puedes trabajar la cuestión de la práctica y puedes trabajar la cuestión de la espiritualidad. Conociendo al grupo, yo trabajaba mucho la cuestión de la espiritualidad, que ahí conquistas también de cierta forma al grupo, porque el grupo también está sediento de ese lado. Si no trabajas eso en la teología, no sólo en una disciplina de espiritualidad, sino en la tuya también, tú no puedes dar oportunidad para que él busque otros elementos.

En las evaluaciones siempre dijeron que les gustaban mis clases por ese bies que yo hacía en la teología trinitaria, como desarrollaba la cuestión práctica, pero también la necesidad de una verdadera espiritualidad que brotase de una intimidad con el Misterio Trinitario.

Hizo el doctorado en la Universidad Gregoriana y allí descubrió probablemente el modo de hacer teología y el pensamiento teológico dos jesuitas. Algunos dicen que la teología del Papa Francisco es muy inconsistente. Partiendo de su conocimiento como teóloga y como alguien que conoció un poco sobre ese modo de hacer teología de los jesuitas, ¿qué tiene que decir ante esas afirmaciones?

Pienso que es una gran falta de conocimiento decir que la teología del Papa Francisco es inconsistente. Primero porque el Papa, no tiene la intención de hacer una elaboración teológica. Él está recogiendo elementos teológicos y los lleva a la práctica. El Papa Francisco no escribe libros de teología, sino que con la teología se inspira para hablar de una realidad, el seguimiento de Jesucristo, el cuidado de la vida humana.

Él no está desarrollando ninguna cuestión digamos sobre lo que significa afirmar que Dios es comunión y que Dios es substancia, él no está hablando de eso. Por tanto, la gente confunde una teología aplicada, que es lo que el Papa Francisco hace, con una teología digamos más esencialista. Yo creo que el Papa Francisco conoce profundamente la teología, él conoce la tradición, la conoce de tal forma que él sabe hacer que esa teología descienda para la vida. Porque solamente conociendo una tradición, sabiendo que ella está preñada de esa realidad, se lleva a cabo la defensa de la vida.

Cuando el Papa Francisco habla yo veo en él los primeros siglos de la Iglesia, sobre todo veo una especie de personificación de San Juan Crisóstomo, que era un padre de la Iglesia en el siglo IV, de la escuela de Antioquía, que conocía profundamente la experiencia de las comunidades en torno de la persona de Jesucristo, hacía una teología y sobre todo una doctrina social de la Iglesia que el Papa Francisco está haciendo visible hoy, poniendo de manifiesto pensamientos que fueron dejados de lado en el siglo IV de la Iglesia.

Creo que es un hombre profundo y un profundo conocedor, bien formado en el sentido de la teología, pero es un hombre que no está preocupado con el hacer teológico, sino con la cuestión práctica de la vida de la Iglesia. No estoy de acuerdo cuando alguien dice que el Papa Francisco no conoce, no sé si ya lo has oído, la doctrina de la Iglesia. Eso es pura ignorancia en quien lo dice, y quien dice eso es porque no sabe.

Después de muchos años como profesora, a finales de 2017, fue elegida provincial de su congregación, el Inmaculado Corazón de María. ¿Cómo llevar a cabo ese cambio del aula para un trabajo institucional, acompañar la vida de las religiosas de su provincia?

La experiencia que he hecho es un cambio de ocho a ochenta, porque yo tenía, como profesora en la universidad, todo muy bien controlado. Yo tengo un contenido, ese contenido es pensado, elaborado y re-elaborado y aplicado y al final del semestre tengo un resultado. Viniendo para la función de provincial, tenía que desvestirme de eso, el primer paso que tenía que hacer era dejar de lado de cierta forma la objetividad, porque la vida de provincial no tiene medida, y no siempre tiene resultado, por lo menos no como se tiene en la academia. La experiencia de provincial es 24 horas en esa función.

Yo tuve una experiencia en los últimos días en que decía así: caramba, provincial no tiene vida propia. Porque cuando piensas que ahora acabó mi día, es una experiencia muy diferente. Al mismo tiempo, ya asumí bastante en mi interior el no estar con tanta añoranza de la facultad, que pensé que iba a sentir mucha, pero tal vez ese cambio que exige mucho, a cada momento es algo nuevo, hizo que no tenga tiempo de pensar mucho ahora en la academia.

Muchas de sus comunidades llevan a cabo un trabajo que acompaña la vida de la gente. ¿Cómo iluminar desde la teología ese trabajo pastoral, muchas veces con quien vive en las periferias geográficas y existenciales? ¿Cómo dar una sustentación teológica a ese trabajo pastoral cotidiano que las hermanas realizan?

En cuanto estaba en la universidad siempre dije que yo tenía un pie en la universidad y un pie en la periferia, porque yo asesoraba siempre en la periferia, y en trabajos variados en mi asesoría. Yo pienso que el hacer teológico, sólo es válido si está con los pies así, uno en la periferia de la historia de la vida del pueblo y uno en la academia. Porque si tuviese los dos pies en la academia, la teología es de gabinete, no va a iluminar. Tú no vas a hacer teología, tú vas a repetir un método teológico, un contenido que la tradición ha venido trayendo.

Pienso que el teólogo en la periferia de la vida, puede leer las experiencias con una mirada de Dios, pero también participar un poco de la experiencia. Después, cuando la teología vuelve a la academia, viene llena, plena de una realidad. Entonces tienes como traer tu corazón lleno de ese pueblo, de esa realidad para la academia, y tú vas desde la academia al pueblo, también iluminando esa realidad.

Hice un trabajo durante dos años sobre el Credo Niceno Constantinopolitano con la gente. Cada mes un artículo, dos años y terminamos, y un señor muy sencillo me dijo: yo rezaba pero no sabía lo que rezaba, yo no pensaba en lo que rezaba, ahora pienso en lo que rezo y sé lo que estoy rezando, estoy feliz de haber aprendido lo que significa nuestra fe a través del Credo.

Es diferente un hacer teológico puramente académico y un hacer teológico cuando tienes rostros, diversidad de rostros y vas aprendiendo a percibir la experiencia de Dios en esos rostros. Ahí tú iluminas la teología con esos rostros, y esos rostros al mismo tiempo son iluminados por la teología, es dialéctico.

Uno de esos trabajos en las periferias que sus hermanas llevan a cabo, inclusive participando de redes internacionales, es el trabajo con las víctimas de la trata, que es uno de los aspectos en los que el Papa Francisco insiste muchas veces. ¿Qué significa ese trabajo para la Congregación?

Yo lo veo como un trabajo que es urgente para que la Congregación lo asuma y dé más visibilidad. Tenemos la comunidad de Manaos que es una comunidad que da visibilidad a eso en la Congregación, pero podríamos centrarnos más en ese trabajo. Al mesmo tiempo, sabemos que es un trabajo que exige una mística propia, porque es un trabajo que no es tan objetivo, el resultado no es de inmediato. Es necesario que se tenga una mística que corresponda a ese salir de si. Ese trabajo lo veo, a nivel de Congregación, pero esa comunidad que lo hace, es una especie de vaciarse, la persona se vacía en ese trabajo.

Las hermanas son totalmente dedicadas, entregadas a esa realidad, yo llamo a eso vaciarse, ir para fuera para poder acoger la realidad y hacer visible en el sentido de la denuncia de esa realidad. Eso, al mismo tiempo, no es muy comprendido por la Congregación en su totalidad. Es un trabajo del que hablamos, que está en nuestros documentos, pero que la Congregación como un todo todavía no ha comprendido la urgencia de eso. Cuando digo comprendido no digo en la comprensión intelectual, sino en la comprensión de la experiencia, de fascinación de otras por ese trabajo.

¿Podríamos decir que dentro de la Iglesia, de la vida religiosa, quien busca actividades pastorales que se escapan de aquello que siempre fue hecho, sufre esa falta de entendimiento dentro de la propia Iglesia, de las congregaciones?

Pienso que sí, pues en los últimos años ha habido una reducción, también en nuestra congregación, de las hermanas que estaban en áreas más urgentes y radicales de la misión. Uno porque hay un envejecimiento también de las personas y pocas jóvenes que van siendo fascinadas por esa realidad, y una comprensión de misión que es cómoda, la pastoral parroquial, una pastoral estructurada, que no te lanza a lo desconocido.

Tal vez ese trabajo que algunas hermanas asumen, lanza mucho a la persona a lo desconocido. Eso dificulta también a las congregaciones, y vivir en lo desconocido es no tener certeza del mañana, tú te sumerges en lo desconocido. Hay una tendencia en la vida religiosa, partiendo de aquello que está en el Apocalipsis, ni caliente, ni frío, templada. Tal vez en este momento, no todas las personas de las congregaciones, pero las congregaciones en general, ellas pasan por una experiencia templada de la vida y de la acción misionera.

Usted habla sobre falta de vocaciones. El próximo mes de octubre va a celebrarse el Sínodo de la Juventud, que también va a abordar la cuestión vocacional. ¿Cómo puede trabajar la Iglesia o las congregaciones esa cuestión vocacional en un mundo donde la juventud tiene un pensamiento tan diferente y con experiencias de vida tan distintas?

Desde mi punto de vista eso es bastante complejo, hablar sobre esa cuestión, pues primero sería una metodología nueva. Hemos hablado de metodología nueva, pero no se encuentra así fácilmente, para trabajar con las juventudes hoy. Después es cuestión de ultra pasar la comprensión de una cultura única y percibir que las juventudes también tienen las culturas. Yo hablo en juventudes, pero pienso en una cultura única de la juventud. Como vaciarse de si para conocer mejor a los jóvenes, estar en medio de ellos, cual es su pensamiento al respecto de eso.

Pero también para que el joven vea lo que va a ganar con eso. ¿Qué es lo que el joven gana hoy entrando en una vida de congregación como nosotros estamos estructurados? ¿La vida consagrada hoy fascina? ¿La vida de la Iglesia fascina? La cuestión de la experiencia fascinante es importante para la juventud hoy, porque ¿qué es lo que el joven busca? Lo que fascina, lo que da alegría. La vida religiosa tiene que nuevamente hacer un movimiento y encontrar en si misma la alegría, como dice el Papa Francisco. La cuestión de la alegría es fundamental.

Tenemos al Papa Francisco que es un referente de alegría, pero por ser eso una experiencia de pocas personas en la vida de las congregaciones y de la Iglesia parece hasta inalcanzable eso.

¿Esa vivencia templada de la que usted habla, no hace que como sacerdotes, como religiosas, dejemos de encantar a los jóvenes para sentir la alegría de servir a la Iglesia a partir de esa vocación consagrada y sacerdotal?

Lo que es, por ejemplo una religiosa templada, desde mi punto de vista, es alguien que se estructuró de tal forma en si misma que ya no tiene la alegría de ser consagrada, ella no es el diferencial en el espacio que ocupa y eso va a llevar a los jóvenes también a un desencanto. Hay en la vida religiosa en general, y podemos decir eso en el sentido del rostro de la vida consagrada en América Latina, un rostro demasiado serio y a veces también triste, o a veces indiferente.

Aunque haya un buen número de personas consagradas y sacerdotes que son felices, realmente son y transmiten esa felicidad, pero todo aquello que es más negativo, que es más templado, aparece con una fuerza muy grande para la juventud. Hay personas que son felices allí y otras que siendo felices no tienen compromiso real con la vida de la Iglesia. Cuando hablo de alegría, es de ser y construir juntos aquello que pueda hacer visible lo que es del Reino de Dios.


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