Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

La Iglesia de Brasil llama en esta Cuaresma a encontrar caminos para superar la violencia

13.02.18 | 23:23. Archivado en Iglesia en Brasil

Enfrentar la violencia es uno de los grandes desafíos de la sociedad brasileña, un país donde los asesinatos ya superan las sesenta mil víctimas por año, lo que representa el 13% del total mundial, en un país que sólo cuenta con el 3% de la población del Planeta. La Iglesia católica, consciente de esa realidad, ha decidido que durante la Cuaresma de 2018 se reflexione para encontrar caminos que ayuden a superar la violencia.

Esta reflexión se llevará a cabo en una nueva edición de la Campaña de la Fraternidad, que desde los primeros años de la década de sesenta viene ayudando a la sociedad brasileña a pensar sobre problemáticas comunes a todos, buscando nuevos caminos, en este caso, que sea asumida la cultura de la paz. No podemos olvidar que la violencia sólo será superada en la medida en que se reconozca al otro como un hermano, como alguien contra quien no se puede actuar con violencia.

La Campaña de la Fraternidad es un buen ejemplo de lo que supone una Iglesia en salida, pues no en vano, pretende hacer realidad la transformación social abordando problemáticas específicas a la luz del Proyecto de Dios. Al mismo tiempo, es una llamada a concretar la conversión desde el punto de vista personal, comunitario y socio-político, actitud fundamental en el tiempo de Cuaresma.

Construir la fraternidad, promoviendo la cultura de la paz, de la reconciliación y de la justicia, a la luz de la Palabra de Dios, como camino de superación de la violencia, es el objetivo general de la Campaña de este año, a lo que se unen otros objetivos específicos, que inciden en la necesidad de acciones concretas en diferentes ámbitos y niveles.

Para reflexionar sobre la Campaña de la Fraternidad, la Conferencia Nacional de los obispos de Brasil elabora materiales que ayudan a entrar en esa dinámica. Entre ellos el llamado Texto Base, lleva a cabo un estudio profundo siguiendo un método muy presente en el trabajo de la Iglesia brasileña, como es el ver, juzgar y actuar.

Este texto muestra que en el día a día, en Brasil, los homicidios, secuestros, violaciones, abuso infantil, se han convertido en algo alarmante, condicionando la vida cotidiana de la gente, que reacciona con miedo, encerrándose dentro de casa, aumentando la agresividad e intolerancia. Todo eso es conocido de forma inmediata, principalmente a través de las redes sociales, que exponen, muchas veces con crueldad, todo ese tipo de situaciones, lo que ayuda a incrementar y perpetuar la violencia.

En Brasil, se ha instaurado la violencia como cultura, lo que se traduce en la reducción de la edad de responsabilidad penal, el aumento de personas que piden la instauración de la pena de muerte o la vuelta de la dictadura, el armamento de la población. De hecho, las instituciones y el propio sistema fomentan el aumento de la violencia, pues el incremento de la desigualdad genera exclusión, marginalidad y ciclos de violencia.

Por eso, en cuanto no se superen las desigualdades sociales, no será superada la violencia, sobre todo en un país donde las cinco personas más ricas poseen la misma renta que los cien millones más pobres. Esta es una realidad que viene desde el proceso colonizador, donde fue impuesta una sociedad clasista y racista. Por ello, podemos decir que la superación de la violencia en Brasil es una cuestión política, todavía más si tenemos en cuenta que en el actual Congreso del país existe la llamada “bancada de la bala”, que fomenta propuestas que generan violencia.

Las víctimas de la violencia en Brasil tienen rostros concretos: negros, jóvenes, mujeres, trabajadores rurales y pueblos indígenas. El 71% de las víctimas de los homicidios son negros, más de la mitad son jóvenes de las periferias, Brasil es el quinto país en el que más mujeres son asesinadas, siendo el 70% de esos casos en el ámbito doméstico, la violencia infantil tiene noventa y un mil denuncias por año, aumenta cada día el número de víctimas de la explotación sexual de niños y adolescentes, del trabajo infantil, de la pobreza y de niños fuera de la escuela, de la violencia contra los ancianos...

Lo mismo se puede decir de las víctimas de la trata de personas, de los trabajadores rurales, de los pueblos tradicionales. Los informes de la Comisión Pastoral de la Tierra o del Consejo Indigenista Misionero dan testimonio de que está creciendo el número de víctimas, tentativas de asesinato, amenazas de muerte, agresiones, a lo que se une la persecución contra los movimientos sociales.

Otra realidad en la que impera la violencia es el narcotráfico, uno de los negocios más lucrativos en el mundo actual. Las víctimas de este sistema son los usuarios y pequeños traficantes, en cuanto los grandes narcos, muchas veces aliados del poder, permanecen impunes. Esto provoca el aumento de la población carcelaria y del número de muertos.

La policía, que debería ayudar a combatir y superar la violencia, participa de prácticas corruptas e ilegales. Ante esa realidad la sociedad brasileña, y eso es algo que el texto base de la Campaña reclama, necesita otro tipo de trabajo policial. Los propios medios de comunicación hacen de la violencia un espectáculo y generan paradigmas y comportamientos violentos, alimentando la violencia. Lo mismo se puede decir de las religiones, que deberían promover valores de paz y convivencia, pero que muchas veces llevan a cabo prácticas de intolerancia religiosa y fanatismo, principalmente contra las religiones de origen africano.

Ante esta realidad, el texto base emite un juicio desde aquello que la Biblia nos enseña, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, así como los documentos del Vaticano II y de la Doctrina Social de la Iglesia. Junto con esto, se proponen acciones para superar la violencia y construir una cultura de paz, actitud de la que tienen que ser participes la persona, la familia, la comunidad y la propia sociedad y que debe conducir a una conversión personal y social.

Por eso, podemos decir que la Campaña de la Fraternidad es un momento importante dentro de la sociedad y de la propia Iglesia católica. Reflexionar sobre esta problemática de la violencia es una urgencia que no se puede dejar pasar, todavía más si tenemos en cuenta la propia dinámica de la Campaña, que fomenta pequeños encuentros en las casas, en los que a través de círculos bíblicos se reflexiona sobre la temática partiendo de situaciones concretas y la iluminación bíblica.


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