Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

Nuestro tiempo es de Dios

02.02.18 | 12:51. Archivado en Misión

Hay un tiempo para todo, nuestro tiempo es de Dios. Lo que vivimos, lo que compartimos, el bien que podemos hacer... Pero sobre todo que también los otros, nuestros hermanos de la Amazonia, puedan conocerle y amarle con sus propias vidas. Gracias por este tiempo, disfruta y vive con alegría en esta bella creación.

Existen situaciones que nos llevan a reflexionar sobre nuestra vida, sobre la propia existencia, a entender que somos limitados, que a pesar de los grandes avances de la humanidad, de los que en mayor o menor medida somos partícipes, hay cosas que se nos escapan, que nos superan, que tardamos en entender los porqués.

Las palabras del párrafo con el que inicio este escrito están plasmadas en un regalo que he recibido de Virginia y Juan Carlos, el libro “Atreverse a creer”, del Hermano Alois, prior de Taizé. Es algo que no quería recibir, no por el objeto en sí, sino por las circunstancias y motivos por los que ha llegado hasta mí. Ellos escribían estas letras el día antes de irse de Cucuí, la comunidad indígena de la Amazonia brasileña donde hemos convivido durante algún tiempo, poco, mucho menos de lo planeado y esperado.

La enfermedad viene cuando uno menos espera, se nos presenta como una realidad que amenaza nuestra finitud y nos dice que no todo depende de nosotros. En el caso de Juan Carlos, un pequeño Accidente Cardio Vascular Isquémico le ha dicho que vivir en un lugar donde, en caso de repetirse la situación, el hospital más próximo donde podría ser atendido está a más de mil kilómetros, es algo demasiado arriesgado.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre la misión, especialmente sobre una realidad cada vez más presente en nuestra Iglesia católica, como es la misión ad gentes llevada a cabo por laicos, por familias, tema sobre el que, por otra parte, cada vez se debate más, como quedó demostrado en la última Semana de Misionología Española, en la que el tema fue “Familia y Misión”.

Quienes siempre hemos sido vistos como “profesionales de la misión”, sacerdotes, religiosos y religiosas, es verdad que cambiamos nuestra vida y sus circunstancias cuando nos ponemos a disposición de la Iglesia para asumir este servicio, pero al fin y al cabo, es algo que la mayoría espera de nosotros. Nuestras “renuncias” existen, pero creo que en el caso de los laicos éstas son mayores, pues muchas veces eso supone dejar atrás lo que garantiza el sustento cotidiano.

Uno tiene que atreverse a creer, volviendo al título del libro que recibí como regalo, para dejar atrás un trabajo fijo, la anhelada plaza de funcionario con la que muchos sueñan, para desde la fe lanzarse a un lugar desconocido, teniendo como única garantía aquella que viene de ese Dios que siempre nos cuida y que, en los momentos de dificultad, ilumina el camino a seguir.

Por eso, el apoyo de la Iglesia es importante, como en este caso está sucediendo, pues desde el primer día, nuestra Iglesia de Madrid, por quienes fueron enviados, a través de su Delegado de Misiones, ha sido una presencia constante y explícita. Ser misionero, independientemente del servicio que uno desempeña dentro de la comunidad, es algo eclesial, que nace de nuestra condición de bautizados. Es la Iglesia quien nos envía, pero también quien nos debe acompañar, especialmente cuando vienen mal dadas.

Al escribir, veo ese Río Negro que se desliza parsimonioso en su entrada en territorio brasileño, contemplo esa bella creación que por este tiempo ha acompañado la vida de Juan Carlos y Virginia, recuedo los momentos vividos, pero al mismo tiempo rehago los planes de futuro, intento reconducir un trabajo que era para tres, pero que se ha quedado sólo en mis manos.

Pero más allá del trabajo, pienso en la diferencia que existe a la hora de llevar a cabo la misión en equipo o hacerlo de una forma personal. Cada día estoy más convencido que la misión es mucho más que trabajo, es presencia que acompaña, es instrumento de Dios en la vida del día a día, también en la vida del misionero. La misión nos enseña mucho y lo hace a través de aquellos con quienes somos partícipes de nuestras andanzas cotidianas.

A Virginia y Juan Carlos sólo me queda decirles, gracias por este tiempo que vivimos juntos, un capítulo más en una vida y una misión que continúan.


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