Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

Uno de los nuestros, obispo

30.12.17 | 19:06. Archivado en Acerca del autor

Hay noticias que nos alegran y nos llenan de esperanza, que nos hacen entender que nada es para siempre, que todo pasa y todo llega y que la historia se va escribiendo cada día y ésta puede cambiar de un momento para otro. Mi estancia en Brasil me ha ayudado a tener una visión diferente del episcopado, como gente de carne y hueso, algunos también hay en España, con quien te puedes sentar a hablar de tú a tú, reírte o ver como algunos viven sin mucha parafernalia. Recuerdo que la primera vez que Don André de Witte, el obispo de Ruy Barbosa, la diócesis donde trabajé durante más de diez años, durmió en mi casa, me pidió una “mesita de noche” y, como no tenía otra cosa, le puse una caja de cartón. Él me lo agradeció de verdad, a mí se me caía la cara de vergüenza, pero es que no tenía otra cosa para ofrecer...

En España, aunque sea algo que forma parte del subconsciente profundo, que casi nunca estamos dispuestos a reconocer, nuestra visión de los obispos, inclusive entre el clero, es diferente. Por eso, el nombramiento de José Cobo como obispo auxiliar de Madrid, junto con Santos Montoya y Jesús Vidal, no sé si por verles como gente de mi generación, que por otro lado era un rumor que ya había llegado con insistencia hasta estas periferias del mundo en que uno vive, es algo que desde ayer me ha llevado a pensar, a rezar y a agradecer a Dios, a la Iglesia y a ellos por haber aceptado este nuevo servicio, por el que hay quien se alegra mucho y por el que también van a recibir muchos palos, como de hecho uno ya está leyendo por ahí, gente que en el caso de unos les ningunea y en el del otro se atreve a decir que es malo.

Creo que quien lanza sin pudor y repetidamente esos calificativos no tiene el gusto de conocer a José Cobo. Es más, tengo certeza casi absoluta que nunca se han cruzado una palabra. Para mí, hablar de José es hacerlo de un amigo, y de la que gente a la que uno quiere se habla con el corazón. Nunca fuimos íntimos, pero siempre le he considerado un buen amigo y he encontrado en él una gran ayuda en los momentos en que le he necesitado y, por encima de eso, siempre he visto una referencia en mi vida personal y sacerdotal. Alguien que tiene la capacidad de decir las cosas con firmeza, de denunciar situaciones sin que la gente se cabree por eso, de unir diferentes sensibilidades y, sobre todo, alguien que ha descubierto que la Iglesia debe ser instrumento de salvación y casa materna para todos, una madre que siempre va a buscar a quien está lejos.

La distancia hace que uno no pueda seguir de cerca la vida de los otros, ni siquiera de los amigos, pero pensando en los casi veinte años que nos conocemos, me vienen a la memoria muchas situaciones, conversaciones..., especialmente los momentos vividos en nuestra famosa patrulla, desde aquellos primeros tiempos en que con regularidad nos reuníamos a comer en aquel restaurante de la Carretera de Extremadura, cerca de su parroquia de San Alfonso, donde compartíamos nuestra ilusiones y proyectos pastorales de curas jóvenes, en un tiempo en el que vivíamos demasiado alejados del “centro”.

También sé que, incluso en los tiempos “pre-Francisco”, tuvo actitudes pastorales que hoy se ven como normales, pero que en aquel tiempo chirriaban. Entre otras muchas cosas, me enteré de unas misiones populares que hizo en su día y en las que fueron visitadas la mayoría de las familias de su parroquia y de la celebración final, donde consiguió juntar a miles de personas, lo que era un atisbo de la hoy pregonada Iglesia en salida.

Junto con eso, y por eso digo uno de los nuestros, de los curas de Madrid, José Cobo fue arcipreste y representante de los curas de la Vicaría VI en el Consejo Presbiteral durante muchos años, siempre elegido por la amplia mayoría de sus compañeros, pues en Madrid esos cargos son indicados por los curas.

En Alfa y Omega, Manuel Bru, otro cura de Madrid, ciertamente con más tablas periodísticas que el que escribe, definía a los nuevos obispos como “Tres hombres de Dios..., que son normales, personas normales, sacerdotes normales. Es decir: sensatos, equilibrados, modestos, humildes, trabajadores, sencillos.... vamos, ¡normales!”, lo que en el caso de José Cobo refrendo.

De Santos Montoya y Jesús Vidal no puedo decir casi nada, ni a favor, ni en contra. Con el primero coincidimos en el Seminario, pero después nunca tuvimos muchos más contacto que saludarnos las pocas veces que nos hemos encontrado, y del segundo sé lo que he leído u otros me han dicho. Pero lo mismo que de quien era Vicario de la Vicaría II, creo que son una buena elección por parte del Cardenal Osoro y del Papa Francisco, y una buena representación de quienes somos curas de Madrid, una diócesis con mucha gente, curas y sensibilidades eclesiales y sociales.

Para quienes dicen que hay muchos iguales o mejores, les respondería que eso es como hacer la alineación de la Selección Española, a todos se nos ve el plumero y cada uno barre para casa. Yo tampoco me quiero mostrar aquí como ejemplo de ecuanimidad. También digo que nadie contenta a todos, gracias a Dios, pues no hay nada peor que querer ser siempre políticamente correcto, un pecado cada vez más presente, inclusive dentro de la Iglesia.

Al fin y al cabo, éstas son reflexiones que nacen del cariño y del corazón, del hecho de ser cura de Madrid, de donde, a pesar de la distancia física me siento parte, como ya he dicho. Podría decir mucho más, pero en este momento es lo que me sale. Por último, al amigo José Cobo, también a mis otros dos nuevos obispos auxiliares, les digo que no dejen de ser normales, pues la Iglesia de Madrid, de España, del mundo, la sociedad necesita gente con esa característica. También que cuenten conmigo, pues creo que yo voy a poder continuar contando con ellos. Sinceramente, creo que la Iglesia de Madrid está de enhorabuena.


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