Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

Monseñor Evaristo Spengler: “El Papa Francisco llama a la Iglesia de la Amazonia a ser misionera y en permanente conversión”.

14.12.17 | 21:46. Archivado en Misión, Amazonia, Trata de personas, Sínodo Pan Amazonia

La Iglesia necesita obispos que estén dispuestos a llevar a sus diócesis la visión eclesial y los métodos pastorales que nos propone el Papa Francisco. En Monseñor Evaristo Spengler se pueden encontrar estas actitudes que, nacidas del Obispo de Roma e inspiradas en el Evangelio y el Reino, ayudan a hacer realidad una Iglesia misionera y que vive la conversión pastoral.

El prelado brasileño es desde 2016 obispo de la Prelatura de Marajó, situada en una isla enclavada en la desembocadura del Río Amazonas. En poco más de un año, Monseñor Spengler es consciente de vivir en una realidad marcada por la violencia, experiencia ya presente en su vida en sus diez años de misionero en Angola y en su trabajo en la “Baixada Fluminense”, una de las regiones del país más dominadas por “el crimen organizado, tráfico de droga y grupos de exterminio muy fuertes”.

En la región de Marajó esa violencia se hace visible en que “los piratas atacan constantemente, bien sea a las balsas y navíos que pasan, pero de modo especial a la población ribereña”, así como en “la explotación sexual o la trata de personas”. A pesar de las denuncias, los casos “parece que cada vez aumentan más”, inclusive llegando a encontrar casos de “un padre que abusa de su hija”.

Son situaciones que muchas veces no se denuncian, “para no crear problemas familiares o problemas entre vecinos”, lo que se agrava por el hecho de “que el Estado está muy poco presente en la región de Marajó”. Ante esta situación, “la Iglesia hace un trabajo de toma de conciencia junto con la población”, promoviendo una labor en red con otras instituciones.

El obispo de Marajó considera que “el Papa Francisco es una bendición para la Iglesia y siempre despierta la esperanza en nosotros y cada día nos indica nuevos caminos”. La convocatoria del Sínodo para la Panamazonia, ya presente en el pensamiento y palabras del Papa desde al menos 2016, cuando se encontró con él en el curso de nuevos obispos, puede ayudar a la Iglesia de la Amazonia, “agobiada por el exceso de trabajo y por una dificultad para percibir un trabajo en conjunto, situaciones más globales”, a “pensar la pastoral, la evangelización en la Amazonia como un todo”.

Desde ahí, el prelado ve la posibilidad de que “puedan surgir nuevos ministerios para nuestras comunidades”, dejando bien claro “que no es necesario que sean imitados o utilizados en otras regiones, porque ellos nacen de la realidad local”, lo que puede ayudar a una mayor presencia eclesial, “especialmente en las comunidades ribereñas”.

Monseñor Spengler cree que "la Iglesia de Brasil como un todo tiene que crecer en espíritu misionero”, pues ante la necesidad de misioneros en la Amazonia “falta la iniciativa de los padres para querer ir”. Por eso critica que algunos padres “están acomodados a una vida un poco más fácil y no quieren lanzarse al desafío de la misión”, actitud que va contra aquello que el Papa Francisco y la Conferencia Episcopal brasileña quieren, “una Iglesia misionera, en salida, abierta a los excluidos, a los más pobres”. Por eso, “tenemos que ir al encuentro del pobre”, llevar a cabo “una conversión que no podemos hacer con remiendos”.

Usted llegó a la Amazonia, como obispo de la Prelatura de Marajó, hace poco más de un año, viniendo de una realidad completamente diferente, como es la llamada “Baixada Fluminense”, en el estado de Río de Janeiro. ¿Qué ha cambiando en su vida por el hecho de vivir en la Amazonia y asumir el ministerio episcopal?

En verdad tuve dos experiencias fuertes de trabajo anteriormente, una en Angola, donde estuve diez años al final de la Guerra Civil, durante la reconstrucción del país, de 2001 a 2010, y la segunda experiencia fue en la “Baixada Fluminense”, en Duque de Caxias, y las tres realidades están marcadas por la violencia.

En la “Baixada Fluminense” es tal vez un poco diferente, con el crimen organizado, tráfico de droga y grupos de exterminio muy fuertes. Aquí en la región de la Amazonia estoy viendo una Iglesia con mucha vida, con mucha participación, bien sea de jóvenes, de adultos, y una Iglesia que está despertando cada vez más para esa situación social.

Nuestra realidad de Marajó es una realidad marcada por la violencia de los ríos y por la violencia de las ciudades. En los ríos, el Tajapuru es el más famoso en ese sentido, es un lugar donde los piratas atacan constantemente, bien sea a las balsas y navíos que pasan, pero de modo especial a la población ribereña, y en las ciudades, cada vez más, la gente tiene miedo a salir. Está habiendo una superpoblación de las ciudades, aunque todavía no sea comparable con las capitales brasileñas.

Hoy la gente está comenzando a buscar caminos para enfrentar la violencia, como la explotación sexual o la trata de personas, que también es común en aquella región.

Su predecesor, Monseñor Azcona, fue amenazado muchas veces por denunciar la explotación sexual de niñas y adolescentes. ¿Cómo está hoy esa situación en la Isla de Marajó?

Se esperaba que con todas esas denuncias públicas comenzasen a disminuir los casos, pero por el contrario parece que cada vez aumentan más y algunos quieren decir que es algo cultural de la región. En verdad, no lo podemos entender de esa forma. Es algo aceptado como normal, lo que no es normal. Un padre que abusa de su hija, un tío que abusa de una sobrina, un padrastro que abusa de una hijastra.

Parece que la gente todavía tiene una visión de que existe un dueño y otra persona que es un objeto del que alguien es dueño. Esa relación es difícil de cambiar en poco tiempo. Por eso, las situaciones crecen cada vez más.

Parece que la policía, las autoridades, por lo que usted dice, son omisos ante ese tipo de situaciones. ¿La gente no denuncia, la policía y las autoridades no hacen nada, qué es lo que está pasando?

Veo dos aspectos, uno es que de hecho la gente no denuncia. Para no crear problemas familiares o problemas entre vecinos, lo que se hace es encubrir. Hasta a veces la propia esposa que sabe que el marido hace eso con una hija, ella no lo denuncia a la policía. Y el segundo aspecto que produce ese tipo de situaciones, es que el Estado está muy poco presente en la región de Marajó.

Tenemos grandes distancias, y la mayor parte de la población vive todavía en las áreas ribereñas, donde la policía no tiene acceso, porque la policía tiene un coche que anda en la ciudad, pero no tiene una lancha que va por los ríos.

Para que la gente llegue a la ciudad ya es algo muy difícil, y cuando llega para denunciar a la policía, les van a exigir por lo menos dos mil reales (casi seiscientos euros) para llegar hasta aquella situación, para pagar el alquiler de una lancha y el combustible. La gente no tiene ese dinero. Entonces los casos quedan escondidos.

¿Qué es lo que la Iglesia está haciendo ante esta situación?

La Iglesia hace un trabajo de toma de conciencia junto con la población, tanto en las comunidades, las escuelas, como en los diferentes foros que existen, pero también se articula junto con otros grupos. Sabemos que ese enfrentamiento no puede ser apenas de un grupo, sino que tiene que ser de una red.

Es lógico que tenga que haber una colaboración con los policías que estén comprometidos, con el Ministerio Fiscal, con los profesores, con el área de sanidad. La red va detectando donde están sucediendo esos casos y puede llegar a denunciar, normalmente en Belém, pues en las ciudades locales es muy difícil resolver ese tipo de situaciones.

La Iglesia de la Amazonia está viviendo un momento de esperanza con la convocatoria del Sínodo de los Obispos de la Panamazonia. ¿Qué es lo que despierta en usted esta convocatoria del Papa Francisco?

El Papa Francisco es una bendición para la Iglesia y siempre despierta la esperanza en nosotros y cada día nos indica nuevos caminos. La Iglesia de la Amazonia vive una búsqueda de nuevos caminos. Tal vez por las distancias, por el exceso de trabajo, pues hay parroquias con un padre sólo para cien comunidades, que visita la comunidad apenas una vez por año.

Esa Iglesia se siente agobiada por el exceso de trabajo y por una dificultad para percibir un trabajo en conjunto, situaciones más globales. El Papa Francisco quiere buscar el deseo de pensar la pastoral, la evangelización en la Amazonia como un todo y no quedarse apenas en aquella realidad muy local, sino pensar también en las situaciones globales.

Pienso que es posible que a partir de toda esa reflexión, a partir del Sínodo, puedan surgir nuevos ministerios para nuestras comunidades, a partir de esa realidad local. Ciertamente se va a despertar mucho nuestra Iglesia para la realidad social, para el enfrentamiento de todos esos grandes problemas que afectan directamente a nuestro pueblo, que es el pueblo más amado por Dios, el pueblo más pobre.

Esos nuevos ministerios deben ser ministerios laicales, y la Iglesia de Brasil está celebrando el Año del Laicado. ¿Cómo pueden ayudar el Año del Laicado y el Sínodo de la Panamazonia para buscar esos nuevos ministerios, esos nuevos caminos para la Iglesia de la Amazonia?

Toda esa reflexión que ya se inicia ahora con el Año del Laicado y después mucho más con el Sínodo de la Amazonia, va a ayudar a despertar ministerios locales, que no es necesario que sean imitados o utilizados en otras regiones, porque ellos nacen de la realidad local.

La Iglesia siente su propia ausencia, especialmente en las comunidades ribereñas. Nosotros tenemos gente todavía muy poco preparada, bien sea para conducir las celebraciones, para que la Palabra de Dios sea compartida, y con toda seguridad se tiene que dar un proceso de formación a fondo de nuestros laicos para que puedan ser una presencia más cualificada de la Iglesia en su local de actuación.

Tanto el Cardenal Claudio Hummes, como Monseñor Erwin Kräutler, desde su labor en la Red Eclesial Panamazónica, REPAM, como en la Comisión Episcopal para la Amazonia, están insistiendo en esa presencia de la Iglesia en las comunidades, en temas como la celebración de la Eucaristía. ¿Eso es algo que no puede esperar más?

Con certeza, pues en muchas regiones todavía se sigue aquel sistema de “desobriga”, el padre que pasa una vez por año, celebra la Eucaristía, atiende las confesiones, hace los bautizos, las bodas y la gente se queda otro año sola.

Frente a eso, las Iglesias evangélicas, sobretodo las pentecostales, que están esparcidas por todo Brasil, y también en la Amazonia, están teniendo una presencia mucho más continua, a través de los pastores y de los diferentes ministerios que ellos tienen en sus Iglesias. ¿Cómo está afectando eso a la gente, a los católicos de la Amazonia?

Siempre digo que el problema de los evangélicos no es un problema de que ellos se están expandiendo, están evangelizando, están instalándose más que nosotros. Creo que es un problema de falta de presencia nuestra, nosotros dejamos un vacío, y la gente busca la Palabra de Dios, la celebración, y se siente lejos, distante de la Iglesia, de sus ministros ordenados, que pasan por allí una vez por año y después se quedan solos nuevamente durante otro año.

Cuando no tenemos una presencia continua, entonces es muy común que villas enteras se pasen para una Iglesia pentecostal. El problema es nuestro, nosotros dejamos ese vacío, nosotros no prestamos atención a nuestros católicos.

Podríamos afirmar, con pesar, que la Iglesia católica, por diferentes circunstancias, a veces por falta de personas para realizar ese trabajo misionero, ¿está abandonando a las comunidades del interior de la Amazonia?

Pienso que la Iglesia de Brasil como un todo tiene que crecer en espíritu misionero. Hablando con obispos de otras regiones, del Sur y Sudeste, que inclusive motivan a sus padres a ir por un tiempo a la Amazonia para una acción solidaria, una ayuda en el trabajo de evangelización, dicen que ellos los disponen, pero falta la iniciativa de los padres para querer ir.

Entonces, qué tipo de padres estamos formando hoy, padres que tal vez en muchos lugares, en muchas circunstancias, están acomodados a una vida un poco más fácil y no quieren lanzarse al desafío de la misión, especialmente en la región amazónica.

La región amazónica está creciendo también en vocaciones religiosas, misioneras y sacerdotales, pero es un proceso que va a tardar todavía algún tiempo. Tal vez en el futuro tengamos muchas vocaciones locales, pero las Iglesias están todavía organizándose en este momento.

¿Esta denuncia, o constatación, que usted hace sobre los padres, no está contra el espíritu del Papa Francisco, que siempre nos habla de una Iglesia misionera, de una Iglesia en salida, de una Iglesia que tiene conciencia universal y no se centra sólo en las necesidades locales?

Tanto el Papa Francisco como la Iglesia de Brasil, por lo menos la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, CNBB, siempre quiso despertar, siempre incentivó, siempre motivó una Iglesia misionera, una Iglesia en salida, una Iglesia abierta a los excluidos, a los más pobres.

Ahora bien, depende mucho también de esa historia personal de cada uno y de su disposición para lanzarse ante lo nuevo. A veces lo seguro, que está próximo y nos acomoda, acaba dando una cierta garantía para mi vida que la misión, siempre desafiadora, no me da.

El Papa Francisco tiene signos proféticos, como ha sido recientemente la celebración del Día de los Pobres y el hecho de sentarse a la mesa con 1500 pobres, lo que ha impactado en gran medida a la sociedad mundial. ¿Cómo traer esos signos proféticos para las Iglesias locales, para nuestras comunidades?

El Papa Francisco trabaja mucho con gestos para que percibamos el espíritu que está por detrás. Cuando el Papa Francisco se sienta a la mesa, él nos dice que tenemos que ir al encuentro del pobre, tenemos que ir al encuentro del excluido, y no apenas por un día, sino para organizar nuestra evangelización teniendo al pobre como centro, porque el pobre es el centro del Evangelio, el pobre es el centro del Reino de Dios.

Jesucristo dedicó su vida a la causa de los pobres, y él mismo en el capítulo 4 de San Lucas dice que “El Espíritu del Señor está sobre mí para evangelizar a los pobres”. Entonces el pobre es el centro del Evangelio, es el centro del Reino de Dios, el pobre es el centro de la Iglesia.

Eso pone de manifiesto que el Papa Francisco siempre no incomoda, nos inquieta, nos lleva a interrogarnos, personalmente y como Iglesia. ¿Esos cuestionamientos pueden ayudarnos a crecer y hacer realidad esa conversión pastoral que él tanto espera, que él tanto quiere para la Iglesia?

Con total seguridad. El Papa Francisco nos pide una conversión que no podemos hacer con remiendos. Algunos pueden interpretar ese gesto del Papa Francisco apenas haciendo una obra de caridad puntual, buscando una Iglesia solidaria con el pobre, pero sin ir a su encuentro para quedarse con él.

El Papa Francisco quiere ponernos en otra dinámica, hacer que toda la Iglesia se convierta, haya una conversión pastoral y que el pobre sea el centro de esa evangelización.

En enero, el Papa Francisco va a visitar Puerto Maldonado, que es una diócesis de la Amazonia. ¿Qué es lo que eso significa para alguien que vive y es obispo en la Amazonia?

El Papa Francisco siempre demostró un gran cariño por la Amazonia. El año pasado tuvimos el curso de los nuevos obispos, y cuando uno de los obispos que estaba con nosotros se presentó como alguien de la Amazonia, él le tiró de la oreja con cariño y le dijo que no se olvidase del Sínodo de la Amazonia. Eso significa que él ya estaba mandado un aviso, que quería que los obispos de los diferentes países que componen la gran Amazonia estuviesen abiertos a un Sínodo para una gran reflexión y buscar una nueva forma de actuación.

Todo lo que el Papa Francisco hace en relación a la Amazonia nos trae esperanza y nos motiva a caminar cada vez más en comunión con él y buscar actualizar aquí una Iglesia que sea de hecho misionera y en permanente conversión.

¿Hace falta que el Papa Francisco continúe tirando de la oreja a la Iglesia de la Amazonia y a sus obispos para que se impliquen en el Sínodo?

Pienso que los obispos ya están entendiendo muy bien lo que el Papa Francisco desea y que todos están ahora buscando esa comunión para traer nuevas soluciones, porque sólo nosotros mismos no tendremos las soluciones globales que nuestra Iglesia necesita.


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