Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

Adviento: tiempo de nuevas miradas

Aprender a contemplar la realidad exige un proceso de aprendizaje. Descubrir al Dios encarnado sólo es posible para quien va asumiendo nuevas miradas. De hecho, fueron unos pocos los que descubrieron la encarnación de Dios, que su promesa milenaria se había convertido en algo visible. Ese hecho cambió, o debería haber cambiado, el modo de entender a una divinidad que deja de ser sólo un Padre Celeste y en el Hijo se hace humano.

Esa distancia entre Dios y la humanidad todavía está presente en la mente y en el corazón de muchos, inclusive de aquellos que diciéndose cristianos, olvidando el fundamento de su fe, que no es otro que esa kénosis divina.

El momento histórico que vive la Iglesia de Brasil es un tiempo de Adviento, de aprendizaje de nuevas miradas que ayuden a hacer a Dios más presente en la vida de la humanidad, en medio de realidades que tradicionalmente fue marginadas. El primer signo de ese Adviento es el Año del Laicado, que debe llevarnos a un cambio de mentalidad y de actitudes que nos haga afirmar que aquellos que siempre fueron vistos como “los que no saben”, se conviertan en protagonistas decisivos en el proceso eclesial, en la evangelización del mundo moderno.

Superar el cáncer del clericalismo, continuamente denunciado por el Papa Francisco como algo presente entre los ministros ordenados, pero también en el laicado, necesita un tiempo de preparación, de reflexión eclesial, de Adviento, de nuevas miradas que ayuden a descubrir el inmenso potencial presente en medio de aquellos que constituyen la inmensa mayoría de los discípulos y discípulas de Jesús de Nazaret.

Un segundo signo es el empeño de evangelizar el mundo urbano, especialmente las periferias de las grandes ciudades, asumido poco a poco por la Iglesia de Brasil, a partir de una intuición nacida de las Comunidades Eclesiales de Base, y que va a ser tema de reflexión del 14º Intereclesial de las CEBs el próximo mes de enero. ¡Cómo Iglesia es necesaria una nueva mirada hacía las periferias!, pues no podemos olvidar que fue en ellas que el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros, fue entre la gente que no contaba, entre los descartados de una sociedad y un sistema religioso que en nombre de Dios excluía a los pobres.

¿Cómo ir al encuentro de las víctimas de la violencia, del desempleo, de aquellos que sufren las consecuencias de la pérdida de todo derechos social y laboral que va acabando con la vida de la gente? ¿Cómo ser signo de esperanza para una sociedad donde el lucro a cualquier precio se ha convertido en su motor de desarrollo? ¿Cómo dar voz a quien perdió el derecho de hablar y de ser escuchado?

Por último, desde la Amazonia que me acoge y me da vida, descubro como un nuevo signo de este Adviento que genera esperanza, el Sínodo de la Panamazonia, que convocado por el Papa Francisco quiere descubrir nuevos caminos para la evangelización de los pueblos indígenas. En esta inmensidad de agua y selva, en esta diversidad de pueblos y culturas, que tanto pueden enriquecer a la sociedad occidental y a la Iglesia católica, el Sínodo es un tiempo para hacer realidad una Iglesia con rostro amazónico e indígena.

En el siglo XXI somos llamados a vivir la catolicidad, a entender que las semillas del Verbo, plantadas por Dios en tantos rincones, han dado frutos que todavía no fueron descubiertos o que siendo conocidos han sido considerados como elementos con poco valor, cuando de hecho son fuente de riqueza y crecimiento.

Todo es cuestión de abrir los ojos, los sentidos, de nuevas miradas que nos ayuden a descubrir que Dios está ahí. Esa fue la mirada de los primeros que descubrieron la nueva presencia de Dios en medio de la humanidad y debe ser el camino para vivir un Adviento lleno de esperanza y de vida nueva.


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