Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

Maria Inés Vieira Ribeiro: “la vida religiosa encerrada en nuestros ambientes es testimonio de fragilidad, empobrecimiento y tristeza”.

11.11.17 | 16:58. Archivado en Misión, Vida Religiosa, Trata de personas

María Inés Vieira Ribeiro es Presidenta de la Conferencia de los Religiosos de Brasil desde mayo de 2014 y pertenece a la Congregación de las Mensajeras del Amor Divino. Desde el servicio que lleva a cabo, en esta entrevista, hace un análisis de la actual realidad de la Vida Religiosa en el país sudamericano, marcada por el gran número de congregaciones y religiosos.

Ante esta realidad, es importante que la vida religiosa sea “testimonio de alegría y de inserción allí donde la vida más clama, donde hay más necesidad de nosotros”, a partir de la propuesta del Papa Francisco. Todo ello a partir de los propios carismas, pues como ella misma constata, “nacimos para estar al servicio de la vida”, y de una necesidad de vivir la misión, de ser Iglesia en salida, ya que “en la medida en que nos encerramos en nuestros ambientes, eso produce una amargura, una insatisfacción y se va perdiendo el ánimo, dándose testimonio de fragilidad, de empobrecimiento, de tristeza”.

Uno de los aspectos que está siendo más trabajado es el de la inter congregacionalidad, haciéndose así más presentes en algunas realidades que claman, como es la trata de personas, siendo esas “las experiencias que nos dan esperanza”, pues en opinión de la Presidenta de los religiosos de Brasil, “si nos quedamos llorando nuestra pequeñez, nuestro número que decrece, nuestro envejecimiento, no vamos a animar a los jóvenes a quienes les gustaría unirse a nosotros”.

Al mismo tiempo, no duda en criticar “las preocupaciones excesivas con la liturgia, con los aparatos”, lo que achaca al hecho de que “hoy la formación está muy deteriorada”. Por eso afirma que debemos preocuparnos con “el clericalismo, la falta de abertura”, con “una Iglesia cerrada en sí misma”, con la "falta de profetas dentro del medio jerárquico”.

La hermana Maria Ines, resalta el problema de convivencia que existe entre las diferentes generaciones dentro de la vida religiosa, lo que “es algo que da mucho trabajo y que nos lleva a insistir para que las congregaciones formen comunidades con aquellos que están más abiertos”. Pero a pesar de las dificultades, reconoce que la vida religiosa “vale mucho la pena”, pues en ella “uno vive la libertad de servir a Dios".

En un país tan grande, con tantas congregaciones religiosas, desde su conocimiento como Presidenta de la Conferencia de los Religiosos de Brasil, ¿Cuál es la situación de la Vida Religiosa en el país?

Creo que es un poco complicada, pues tenemos un número grande de personas que están envejeciendo y las entradas para la vida religiosa es una situación un poco preocupante, aunque ayudó el Año de la Vida Consagrada, en el que tuvimos un congreso, que fue una bendición, pues tuvimos una participación de más de dos mil religiosos de todo Brasil.

Fue un momento de fuerte animación de la vida consagrada, en el que comenzamos a dar incentivo y motivar a las congregaciones a no quedarse tanto en lo negativo, a que cada una optase por su carisma, a fomentar la presencia de los religiosos allí donde la vida más clama, algo en lo que continuamos insistiendo en en nuestras reuniones y asambleas. Estoy percibiendo un lento crecimiento en el número de adhesiones a la vida consagrada.

Esto supone entrar en la dinámica que propone el Papa Francisco, quien dice que hay mucha gente en la Iglesia, sacerdotes, religiosos y religiosas, que en vez de anunciar la alegría del Evangelio, viven con cara de vinagre.

Exacto, él dijo eso con mucha razón. Es algo que percibo y sobre lo que hemos hablado bastante en nuestros encuentros y trabajos. Es justamente ese testimonio de alegría y de inserción allí donde la vida más clama, donde hay más necesidad de nosotros.

Siempre conversamos entre nosotros que cada instituto, si nos fijásemos en su esencia y origen, nació en favor de la vida. No hay ningún instituto que naciese de una forma organizada para donde ya no existe más aquella necesidad de educación, sanidad, promoción humana, social, pues nacimos para estar al servicio de la vida.

En la medida en que nos encerramos en nuestros ambientes, eso produce una amargura, una insatisfacción y se va perdiendo el ánimo, dándose testimonio de fragilidad, de empobrecimiento, de tristeza. ¿Quién va a querer entrar en una cosa de esas?

Volviendo a las palabras del Papa Francisco, dejar de lado la auto referencialidad, promover el trabajo inter congregacional, el testimonio personal de vida en lugares donde nadie quiere hacerse presente.

Nosotros, como Conferencia de los Religiosos de Brasil, es una cuestión muy fuerte la de la inter congregacionalidad. Tenemos grandes trabajos en conjunto, por ejemplo en el campo de Justicia y Paz, también entre las nuevas generaciones de la vida consagrada, la Red un Grito por la Vida, también en los lugares donde la vida más clama, estamos con diversas comunidades inter congregacionales en Brasil.

Hubo un encuentro hace menos de un año en el que se presentaron experiencias inter congregacionales, mostrando diez experiencias, desde una en el estado de Acre, donde varias congregaciones asumieron un hospital público que estaba en banca rota, como consecuencia del robo y la corrupción, lo que provocaría que la gente no tuviese donde ser atendida. Cuatro congregaciones femeninas se unieron, presionaron a la Secretaría Municipal y Estatal de Sanidad, y hasta hoy está sobre la coordinación de las hermanas, que a pesar de inmensas dificultades, levantaron el hospital.

En el Oiapoque, en la frontera con la Guyana Francesa, con el apoyo de la Conferencia de los Religiosos de Belem, existe la experiencia de una comunidad inter congregacional de enfrentamiento a la Trata de Personas. Otra comunidad en la periferia de São Paulo, otra en el norte de Mozambique, son comunidades nacidas a partir de un grito, otra en Haití, donde fueron después del terremoto para estar en la periferia, donde la gente no tiene ni casa propia, viviendo en casas prefabricadas de dos por dos.

Esas son las experiencias que nos dan esperanza y hemos dado énfasis a esas realidades. Cuando uno va de norte a sur, conversando sobre esa fuerza de la vida religiosa, se percibe que lentamente estamos haciéndonos presentes. Si nos quedamos llorando nuestra pequeñez, nuestro número que decrece, nuestro envejecimiento, no vamos a animar a los jóvenes a quienes les gustaría unirse a nosotros.

Por otro lado, tenemos un dato interesante de las nuevas comunidades, donde surgen muchas vocaciones, aunque es con una inmensa fragilidad de formación, de inestabilidad, de jóvenes que vienen muy heridos y rápidamente son aceptados e insertados en el trabajo, con lo que se quedan muy poco, pues no se aguantan, dado su falta de estructura. Esos son los desafíos que estamos enfrentando.

La propia Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB), no tiene muchas pistas de acción con esas nuevas comunidades, pues no tienen una coordinación segura a nivel eclesial.

Usted ha hablado de la Red un Grito por la Vida, que este año cumple diez años de caminada, y que fue un grito que surgió de la propia vida religiosa. Se percibe que cada vez hay más laicas que están entrando a colaborar con esa Red. ¿Falta un mayor apoyo a esta Red por parte de la Iglesia jerárquica? ¿Qué es lo que la vida religiosa puede hacer para que las diócesis y la propia Conferencia de los Obispos asuman la Red un Grito por la Vida y el trabajo de combate a la Trata de Personas como un trabajo eclesial y no como algo que se restringe a la vida religiosa?

Percibo que es algo muy lento la implicación de la Iglesia jerárquica, a pesar de que la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) tiene un sector social, una comisión que trabaja con las obras sociales, con la movilidad humana, pero no veo una abertura, un creer, un apoyo para la Red un Grito por la Vida.

Es el trabajo de diez años, ellos dan valor, como el año en que el tema de la Trata de Personas fue el de la Campaña de la Fraternidad, en que llamaron a la hermana Eurides en diferentes regionales y a la gente de la Red para dar conferencias, formaciones y hasta para homilías en la Iglesia, pues veían que eran personas que estaban tratando con esa cuestión y tendrían lo que decir.

Pero por otro lado no se percibe en relación a la Iglesia jerárquica, y yo estoy bien dentro de la CNBB, un interés y una participación que podría ser mayor. Presentamos algunos datos, pues con la Campaña de la Fraternidad fue creado un servicio de pequeños proyectos, algo que poco a poco está creciendo en Brasil y que debe crecer todavía más, pues Brasil es muy grande y tiene muchos recursos.

Como señalaba el director de Adveniat en una reciente visita, en cinco años va a caer drásticamente las ayudas de Adveniat y Misereor, pues cada día hay menos entradas en esas entidades. Si los países no despiertan, si no nos despertamos, no vamos a conseguir continuar la evangelización.

Tanto la Conferencia de los religiosos como la Conferencia de los Obispos dependemos de Adveniat para nuestro trabajo, y cuándo vamos a comenzar a contribuir. La CNBB tiene dos servicios para atender a proyectos, a los que ayuda en la medida en que ve su valor y repercusión, ve donde va a llegar. Pero desde mi punto de vista, la implicación es todavía pequeña.

¿Quiere decir que la Iglesia todavía está más preocupada con lo que pasa dentro de la sacristía que con las necesidades de fuera?

En Brasil, ¿qué es, de modo general, nuestra Iglesia, nuestros padres, en qué dirección van? Las preocupaciones excesivas con la liturgia, con los aparatos, hoy la formación está muy deteriorada. También las opciones, las maneras, es algo que nos tiene que preocupar, el clericalismo, la falta de abertura. Hasta los diáconos permanentes, en quienes ha crecido mucho el clericalismo, todos ellos con clergyman. Creo que son diáconos para ser monaguillos de los sacerdotes y no para servir a la caridad, a la Palabra, para estar en medio de la gente. El párroco entrega la llave de la sala, del sagrario para el diácono, pero no entrega la del cofre.

Esa realidad es muy gritante en nuestro país. La propia CNBB está recortando la inversión en proyectos sociales para reformar y construir edificios de su sede. Esa es una realidad ante la que no podemos cerrar los ojos, vemos una Iglesia cerrada en sí misma. Hay personas, figuras, gestos, hechos bastante fuertes, pero tenemos falta de profetas dentro del medio jerárquico.

El Papa Francisco ha convocado un Sínodo de los Obispos para la Pan-Amazonia. En el caso de la Amazonia brasileña, el trabajo de la vida religiosa en aquella región es fundamental y podríamos decir que decisivo. ¿Qué es lo que la vida religiosa puede aportar en la preparación del Sínodo?

Juan Pablo II ya dijo que la Iglesia apunta para la Amazonia. Recientemente la vida religiosa de fundaciones brasileñas abrió una comunidad en la Triple Frontera. Nosotros tenemos congregaciones que con sacrificio cerraron comunidades en el Sur y abrieron en la Amazonia, en diócesis donde no había casi nadie, como en Óbidos, estado de Pará, donde ya hay más de media docena de comunidades esparcidas por allí.

En cinco o seis años un buen número de congregaciones han cerrado comunidades en el Sur y se han ido para la Amazonia, pues el Sur todavía está muy lleno de religiosos, una gran parte ancianos. Si se va en una reunión de religiosos en el Sur, el 75% de las cabezas son blancas. A pesar de que, como decía Fray Carlos Mesters en un congreso de la vida religiosa activa en el Nordeste, en el que había más de 250 religiosos, religiosas en su gran mayoría, lo que yo veo en esta sala son cabezas de plata, corazones de oro y pies de hierro.

De hecho, debemos dar valor al trabajo hecho por mucha gente durante muchos años, a esos pies de hierro que son el mejor testimonio del valor de la vida religiosa.

Visité una obra social en la periferia de São José dos Pinhais, que atiende a seiscientos niños y adolescentes en situación de riesgo social, en una región de mucha industria y mucha pobreza entre la gente que vive a la orilla del río y donde unas hermanas tienen esta obra social. Quien coordina el proyecto es una hermana de 80 años, ante lo que me quedé sorprendida con su agilidad, destreza y capacidad, siendo consciente de que de aquí a dos años no será capaz de llevarlo adelante. Ella está haciendo un plano estratégico para varios años, pues ella sabe que tiene que organizar bien su congregación.

Cuantas personas hoy con 60 años dejan de trabajar y uno encuentra todavía en la vida religiosa testimonios muy bonitos de presencia, de pies de hierro, de gente que está ahí en medio del pueblo. Hay cosas muy bonitas, no soy una persona pesimista y veo la vida religiosa con esperanza.

Personas de más edad que son el mejor testimonio del valor que la comunidad tiene para ellas, pues muchas veces los más jóvenes, influenciados por la cultura individualista, que poco a poco ha ido entrando dentro de la Iglesia y de la vida religiosa, siempre tienen más dificultades para esa vivencia comunitaria.

La influencia de la propia estructura cultural, de aislamiento, de individualismo, el conflicto que surge entre las diferentes generaciones en las comunidades, es algo que da mucho trabajo y que nos lleva a insistir para que las congregaciones formen comunidades con aquellos que están más abiertos.

Está bien que en una comunidad estén juntos un anciano y un joven, pero esos conflictos entre las generaciones son tan grandes y la superación tan difícil. Que dejen trabajar y abran espacios para que se puedan implicar en diversas instancias.

Ese conflicto entre los carismas, la vida en comunidad y la cultura actual, hace que muchas vocaciones jóvenes no permanezcan. ¿Cuáles son los pasos que deben ser dados para resolver esos conflictos y provocar en los más jóvenes la necesidad e importancia de esa vida en comunidad?

Cuidar más de la formación, dar una atención mayor a la formación. Hace poco tiempo hemos reflexionado, a partir del Documento de Aparecida, que es un documento muy interesante, sobre la importancia del itinerario catecumenal. Lo que percibimos es que aquello que nos desestructura y nos produce mayor fragilidad es una falta de unión más profunda, de opción por Jesucristo, por el Evangelio.

Por eso, las dificultades de convivencia, las diferencias culturales, cuando la persona no tiene el corazón ardiendo, con una opción por el reino, por Jesucristo, por el Evangelio. Creo que para superar eso en la vida religiosa es necesaria una formación muy sólida, un acompañamiento personal. Es una preocupación en la vida religiosa, pues jóvenes después de tres o cuatro años de votos perpetuos están abandonando el sacerdocio, la vida religiosa.

Y ésta es una situación que no sólo está presente en la vida religiosa, también está en el clero diocesano, en los matrimonios, ¿parece que la cultura del descarte se ha instalado también dentro de la Iglesia?

Exacto, el ha dado hasta aquí, ya no llena mi vida, no veo ningún resultado, y se busca otra cosa. Eso es algo que preocupa a los obispos. Por eso, insistiría en ese acompañamiento personal, en una formación diferente. Nosotros hemos hecho un esfuerzo enorme a través de nuestros grupos de nuevas generaciones, tanto en los regionales como a nivel nacional.

Pero todavía es muy poco, pues no es fácil llegar a todos. A veces quien está en esos grupos son aquellos que no lo necesitan, y quienes tienen carencias, dudas, crisis, no van en esos momentos, no participan. A veces, cuando uno va a dar una conferencia para sacerdotes, obispos, y habla de los problemas que está teniendo lugar en la Iglesia, los que deberían oír no están allí.

Como Presidenta de la Conferencia de los Religiosos de Brasil, ¿qué le diría a alguien que quiere ser religioso? ¿Por qué la vida religiosa continúa siendo una opción válida y un camino de felicidad dentro de la vida cristiana?

Los jóvenes están llenos de ardor, de ganas de defender la vida, de trabajar por la justicia. No hay un camino más fecundo, más fuerte, que el de dedicar su vida a la vida consagrada, al servicio del Reino, como religioso, como sacerdote, como religiosa.

No tener miedo de abrazar, de conocer, porque a veces el joven en la búsqueda de oportunidades, de presentar vida en abundancia para él, caminos en que él pueda dedicar toda su energía, todo su deseo de ver un mundo mejor, de luchar por un mundo más digno, eso es la vida consagrada, un espacio maravilloso de libertad, de elección libre del joven.

Usted no duda en afirmar que vivir nuestra misión como cristianos, dentro de la vida religiosa, es algo que vale la pena.

Claro que vale la pena, vale mucho la pena. En la vida religiosa uno vive la libertad de servir a Dios. En la vida religiosa, es feliz quien plenamente escogió libremente seguir a Dios. Ella es feliz, porque justamente la plena libertad es la que da felicidad, que no es hacer lo que entiendes, sino lo que realmente es bueno, esa es la verdadera libertad, lo que es bueno da alegría, pues cuando una persona escoge lo que no es bueno va a destruir su vida. Por eso, el verdaderamente libre es aquel que escoge lo que es bueno, que sólo da alegría, felicidad, plenitud.


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