Luis Miguel Modino: misionero en Brasil

Miembros de un país que nos desprecia y una Iglesia que nos olvida

24.09.17 | 00:24. Archivado en Misión, Pueblos Indígenas

Visitar las comunidades me lleva a preguntarme sobre las condiciones de vida de aquellos con quienes me voy encontrando. Después de doce días conviviendo en las comunidades más distantes y olvidadas, estoy más convencido que es necesario estar entre estas gentes con los ojos y los oídos bien abiertos, que hay que observar y escuchar más y hablar menos, estar dispuesto a aprender, antes que querer sólo enseñar.

Mucho más allá de estereotipos nacidos de mentes que pretenden imponer sus ideas despreciando al otro, las comunidades indígenas nos muestran una forma de entender la vida que nos ayuda a descubrir el valor del colectivo como elemento que ayuda en el crecimiento común, un modelo alternativo de ver y entender la vida, mucho más próximo del cristianismo que aquellos tipos de sociedad que muchos nos quieren hacer ver como constructores y mantenedores de este sistema religioso.

Pasar en esas comunidades es comprobar que poco a poco se está haciendo realidad el propósito del gobierno brasileño de acabar con los pueblos originarios, es ver como falta hasta el medicamento más común, es ver como niñas de corta edad sufren como consecuencia de la alta fiebre sin que sus padres tengan el más mínimo recurso para combatir la situación y sólo puedan encomendarse a un Dios que saben que nunca les abandona.

Si esto sucede en el campo de la sanidad, en el de la educación nos encontramos con situaciones que igualmente claman al cielo, pues en muchos casos estudian en ambientes insalubres y completamente inadecuados, donde aprender alguna cosa se convierten en un verdadero desafío, en un milagro.

Falta conciencia crítica que ayude a crear condiciones de vida acordes con la condición humana, en un lugar donde el control y la opresión se han instalado como algo normal, donde falta información sobre los derechos que les son propios, donde unos pocos se aprovechan de la fragilidad y falta de conocimiento en la que estas personas viven.

Como Iglesia ésta es una realidad que nos desafía, pero a la que ni siempre sabemos o queremos dar una respuesta. En un encuentro con catequistas, he podido comprobar que en los últimos años nuestra presencia eclesial se ha reducido a rápidas y esporádicas visitas sacramentales con las que poco se ayuda para que estas personas tengan vida en abundancia. Si queremos ser una Iglesia profética tenemos que ayudar a crear conciencia crítica, pues de lo contrario nos convertiremos en cómplices de este sistema de opresión y vamos a favorecer un pentecostalismo alienante, que fomenta principios completamente contrarios a las tradiciones indígenas y que cada vez está más presente.

Una presencia que se sitúa a contra corriente de una forma de vida en la que el reloj no marca el devenir cotidiano y donde las prisas no forman parte de personalidad de quienes nos reciben de corazón, nos abren las puertas, comparten gratuitamente lo poco que tienen y muchas veces se encuentran con una respuesta fría y mecánica que huye de los parámetros evangélicos.

Ante esa realidad estoy cada vez más convencido que es imprescindible una conversión pastoral y ecológica que nos lleven a apostar por quienes cada vez son más despreciados, a aprender a cuidar de la Casa Común con aquellos que han demostrado secularmente ser auténticos maestros en la materia, haciendo que todavía podamos disfrutar de la Obra del Creador, cada vez más amenazada. De lo contrario vamos a olvidar y ser olvidados por quienes viven en las periferias del mundo.

Inclusive aquellos que se dicen próximos a la figura del Papa Francisco, que nos llama a ser una Iglesia que no tiene miedo de ensuciarse entre la gente, viven muchas veces de frases hechas que se repiten en momentos puntuales, pero que no llevan a asumir cambios radicales en la forma de vivir y evangelizar.

Como Iglesia tenemos que dejar claro por quien apostamos y eso significa acciones prácticas, más allá de discursos elocuentes, que a veces resulta complicado asumir, pues suponen renuncias a un estado de bienestar que no siempre estamos dispuestos a abandonar, supone dejar de guiarnos por los números y fijarnos en las personas concretas, menos edificios y ropajes y más presencia sencilla, callada, con disposición para aprender con quienes siempre hemos visto como destinatarios de nuestras doctrinas, muchas veces incomprensibles para quien ni se imagina lo que significan los conceptos que usamos.


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