Descompresión sin comprensión
10.09.07 @ 20:25:10. Archivado en cosas de la vida
Me parecen fantásticos las nuevas aportaciones que se realizan al campo de la inmunología regenerativas y todos los avances en alargamientos de penes, pero llegados a este punto, la sociedad y el colegio de ordenanzas de Puertollano deberían preguntarse por qué dado este nivel de desarrollo tecnológico, el ser humano tiene que aguantar que sus neumáticos sigan pinchándose. Comprendo que el desarrollo no siempre se produce a gusto de todos y en todos los ámbitos por igual, pero supongo que no es muy egoísta desde el punto de vista evolucionista pensar que es más prioritario conseguir avances en el ámbito de la neumaticología o en el de los tornillos autoatornillables que en el de mediciones de los niveles de lantano y rodio en la superficie de martes. (Ambos dos elementos químicos y no futbolistas).
No me he comprado un vehículo a motor de 8 millones de las antiguas y a la par añoradas pesetas para tener que estar mirando y a su vez descifrando el significado de los innumerables testigos luminosos de mi cuadro de mando (el de mi coche, no el de mi cuerpo que carece de este componente). Por eso obvié el parpadeo luminoso de lo que parecía la representación de una rueda neumática sobre fondo amarillo y me dediqué a mirar a la zona exterior y frontal del automóvil, acción que creo que estará respaldada por los expertos en circulación vial, para así divisar y en su caso esquivar posible obstáculos, así como mantener y seguir la misma dirección que la de la calzada. Habría obviado a su vez también el pitido en “la menor” que se emitía desde algún punto del habitáculo si el volumen de las canciones de Paloma Sanbasilio que sonaba en el mismo lugar no se hubiera encargado ya de ocultarlo.
Por supuesto noté cierta zozobra en la estabilidad de la dirección hacia el lado derecho pero supuse que era el resultado de una subcontrata mediocre en la construcción del firme. Esto, unido a mi gran capacidad de adaptación hicieron que me desplazara con cierta animosidad y despreocupación durante decenas de kilómetros hasta que la sensación de haber provocado el atropellamiento de algún ejemplar de lince ibérico y el ruido que su lucha contra los bajos del coche provocaban me hicieron decidirme a para en la cuneta también llamada arcén.
Que gran fiereza, pensé, acompaña a su belleza al lince mientras en la descomunal y desigual batalla percibí como el coche empezaba a cojear mientras se detenía. Antes de convertirme en peatón por unos instantes me hizo mucha ilusión estrenar el chaleco reflectante que precavidamente almacenaba en la guantera a espera de su uso. Hacía una bella composición junto a mi camisa fucsia afianzando la idea de que la seguridad no puede ni debe estar reñida con la elegancia.
Con gran prestancia pero con sumo cuidado salí del auto y revisé a cierta distancia los bajos del coche sin descubrir felino o especie similar alguna que diera explicación al baqueteo ocurrido. No obstante, en una de las ruedas de la parte lateral izquierda según se mira el auto desde la posición de atropellado, observé unas características anatomo-estructurales que me hicieron acercarme hasta ellas. Comprobé a mi llegada unos 3,2 segundos más tarde que dicho neumático presentaba una serie de anomalías en su forma que lo diferenciaba claramente del resto de sus compañeros.
Como no se van a pinchar, pensé furibundo, si están llenas de alambres por todo su diámetro. Aún a riesgo de parecer prepotente creo que este tipo de material no es el más adecuado para que perdure el aire dentro de una goma. La rueda estaba hecha jirones de caucho y difícilmente se adivinaba su otrora forma circular.
En ese instante llegué a la conclusión de que su estado era incompatible con el fin para la que está diseñada y me dispuse a pensar en su sustitución, no sin antes atender a otras medidas de seguridad como colocar los triángulos y quitarme los pantalones para evitar las manchas de grasa que siempre acompañan a la realización de cualquier intervención mecánica.
Tras dos horas, logré obtener la triangulidad equilátera perfecta que no me llevara a error alguno en la colocación de los mencionados triángulos sobre el techo del coche. No se si era debido a mi desconocimientos en protocolos de seguridad o a mi indumentaria actual basada en la ropa interior, pero los compañeros conductores aminoraban la marcha al acercarse a mi localización y mostraban gran algarabía, jocosidad y las más de las ocasiones me dispensabas consejos e insultos varios que al final decidí desatender para dedicar toda mi atención a no caerme del techo.
Con los dos triángulos colocados me dediqué a evaluar la tarea de sustitución del neumático, no sin antes elevar el volumen de la música para que me fuera perceptible desde el exterior y animara la actividad. Me sentía como si llevara en el mundo de la automoción toda mi vida. Al poco tiempo caí en la cuenta de que era poco habilidosos en tareas manuales y que atesoraba un desconocimiento completo en cuestiones de cambios de rueda, no así en la lógica elemental que me hacía pensar en que la rueda a sustituir sería la maltrecha y no ninguna de las otra tres, que de ahora en adelante llamaré las buenas (por motivos funcionales y no morales). Cambiar una buena por la mala (por seguir con la misma terminología) sería inútil, ya que el hueco de la buena-sustituta quedaría libre y ocuparlo por la mala no solucionaría el problema sino que lo modificaría geográficamente. De cualquier forma la mala tendría que sustituirse por una buena pero además por otra distinta a las ya buenas. Ya sé como se deben sentir los ingenieros de fórmula 1.
Mi espíritu explorador me llevó a buscar por todo el vehículo la quinta rueda que seguro tendría por alguna parte. No soy tan pretencioso como para pensar que esto que yo he dilucidado en unos segundos no se les habrá ocurrido antes a los fabricantes del coche, que de forma profiláctica habrán dispuesto de un neumático de más para tal eventualidad. El habitáculo interior lo conocía y podía dar fe de que en él no había ningún neumático de las proporciones y dimensiones de los exteriores, siempre y cuando dichas proporciones y dimensiones no se hubieran visto alteradas de forma consciente para su almacenamiento. Con este comecome intrigante me dediqué a rebuscar por entre los asientos, guanteras, ceniceros y demás orificios del interior sin que pudiera dar frutos mi acción. Sin embargo, al buscar por la guantera del lado de copiloto descubrí y recordé que el manual de usuario del coche que podría ayudarme en todas estas cuestiones lo había sustituido por otro libro: “breve historia del tiempo” de Hawking, lectura que me pareció más rica e interesante en su momento. Que razón tiene ese dicho que informa de que no sabe uno lo que quiere a algo hasta que lo pierde o lo sustituye por un libro de astronomía.
Sin querer ahondar más en mi error literario me dediqué a seguir buscando, esta vez en el maletero, pues el portón delantero no era capaz de abrirlo con ninguno de los botones del llavero que sin embargo si me facilitaban la apertura de puertas y maletero. Es a este tipo de fallos de ingeniería a los que me refiero cuando digo que hacen las cosas a medias. Tras minutos infructuosos en los que me invadió la desesperanza, logré encontrar un doble fondo tras el cual se depositaba el neumático que buscaba junto a una serie de utensilios metálicos de distintas formas y sabores que a priori desconocía en cuanto a sus funciones.
Tras varios golpes, maldiciones y alguna que otra lágrima descubrí que un sistemas de roscas desprendía el neumáticos de sus agarraderas y por ende de su unión al resto del maletero y coche. Su forma, dimensión y presión me parecieron óptimas para sustituir al malo, lo que me llenó de alegría a la vez que sentía cierta lástima por el neumático a sustituir. Lo miré con cierta vergüenza mientras le dije: “así es la vida, a rey muerto rey puesto”.
Lejos de haber concluido mi misión, quedaba la parte más difícil y técnica, quitar la rueda mala de su lugar actual y sustituirla por la buena, y esto era lo más importante, haciendo que la buena adquiriese y desarrollase las funciones que antes desempeñaba la rueda mala.( cuando era buena, claro).
Quizá mi invitación en calzoncillos a que parara algún conductor a esas horas de la ya noche no fuera muy apetecible, el caso es que excepto bocinazos e intentos de atropellos no logré ninguna ayuda externas, lo que me hizo recapacitar en la solidaridad humana y de camino ciscarme en los muertos de alguno de ellos para así descargar mi estrés. Volví a intentarlo con golpes, llantos y maldiciones pero la rueda mala permanecía inalterable, firme en su puesto, lo que mostraba su profesionalidad pero que no ayudaba en nada en mis propósitos. Traté de usar varios utensilios que por proximidad a la rueda buena podrían estar relacionados con esta tarea, pero lo único que lograba conseguir de ellos era adoptar las funciones de un martillo.
Sé de mis propios límites aunque mi terquedad e inconsciencia les sigan muy de cerca, con lo que decidí descansar y buscar otra solución en la que mis habilidades no tomaran parte. Aproveché los pocos rayos de luz solar que quedaban para deleitarme con el paisaje que me rodeaba y para relajar mis nervios leyendo un poco de Hawking, que sabía mucho de cosmología pero poco de cambiar ruedas, al menos en ese libro.
De vez en cuando los bocinazos y frenadas por evitar el obstáculo en que el coche se había convertido me rescataban de la lectura y me devolvían a la cruda realidad.
Pensé que debía tomar alguna decisión, así que me puse en pie, solté el libro y empecé a andar por la cuneta alejándome del coche en busca de ayuda. Mi objetivo era buscar alguna biblioteca donde encontrar manuales de mecánica o en su defecto encontrar la ayuda de personal especializado en dicho ámbito.
De lo que pasó después no hay tiempo de hablar, pasaron muchas cosas, algunas de ellas irreales, ilegales, irresistibles, interesantes, todas ellas inverosímiles. Quizá se cuenten en otra ocasión.
Por resumir diré que volví más tarde, no se cuantas horas pasaron pero volví y mientras me acercaba en el coche de un amigo me percaté que la rueda había sido por fin quitada, ya no estaba en el sitio en que la dejé, como tampoco estaba las otras tres más la sustituta o la de repuesto (terminología que aprendí en ese intervalo). Finalmente algún buen conductor samaritano se decidió a prestar ayuda a un coche averiado en el arcén.
Hacía frío, estaba deseando enfundarme otra vez los pantalones.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
Jorge Jiménez Serrano
autor
Contacto


