Tetraedro a la barbacoa
11.06.07 @ 17:17:06. Archivado en cosas de la vida
Hace algo así como medio millón de años, siglo más o menos, (perdonen la inexactitud temporal pues por aquellos entonces no se jugaba al futbol, con lo cual no era necesario la medición del tiempo), una tarde ocurrió un hecho que marcaría devenir posterior de la humanidad. Una tormenta con fuerte aparato eléctrico se localizó sobre un asentamiento (en lo que ahora viene siendo el barrio de manoteras) de Austrolopithecus Afarensis (hombre sin hipoteca) con lo cual, hominidos por entonces pero no gilipollas, corrieron raudos a guarecerse en una gruta cercana, pues habían comprobado que el cuerpo humano no era un grato conductor de la corriente eléctrica. Todos menos uno, que fue castigado por pintarraquear en las paredes de la cueva manos, escenas de caza, la ecuación de la regresión de Phi... Por aquel entonces ya los artistas plásticos eran denostados y hostigados por la sociedad, frente a los pintores industriales de brocha gorda, que como hoy, siguen acaparando la fama, el prestigio y los bonos descuentos en el Leroy Merlin.
Este individuo quedo inmóvil en el descampado aguantando estoicamente, que por entonces era aguantar estúpidamente a que amainara la tormenta. En un momento determinado, un rayo hizo aparición haciendo lo que hacen los rayos, juntar átomos positivos y negativos con muy mala leche. En este caso, una encina se interpuso en su camino hacia la tierra, partiéndola en dos y generando unas llamas que no auguraban nada bueno para su futura existencia.
Aquel tipo poco asustadizo porque aún no existía la tele hizo dos cosas, crear el dicho “que te parta un rayo”, aunque como todavía no existía el lenguaje no lo pudo usar en su vida, y acercarse a las llamas. Cuando estaba cerca de la encina, se percató de un olor muy atractivo y apetitoso que le hizo buscar su localización, encontrando entre las ramas de la encina en llamas a una gacela asándose en su jugo. Nació entonces la barbacoa, el éxito musical es más tardío.
Desde entonces el ser humano ha intentado e intenta, a veces con fortuna, repetir este acto con distintos animales y sin la intervención de una tormenta, pues en la actualidad nos jode mucha más mojarnos. De esta experiencia el hombre ha comprobado que la generación de fuego no está dada a su antojo, si entendemos por este la voluntariedad de sus actos en espacio y tiempo y no por las manchas que a algunos nos salen al nacer; muy al contrario el fuego en una barbacoa surge cuando él quiere y punto.
Quien haya intentado hacer una fogata en un campo, una barbacoa, un museo o cualquier otro espacio en el que el fuego debe realizarse manualmente por la actividad del ser humano, en concreto por su inteligencia sabe a que me refiero.
Mucho ha escrito la química, la física y la prensa del corazón respecto al tetraedro del fuego pero la conclusión definitiva es que hacer fuego es difícil de cojones (conclusión científica adaptada al vocabulario vulgar). Todos preparamos el combustible (generalmente trozos de árboles) y lo colocamos como hemos visto en las películas, generamos calor con algún tipo de artefacto, lanzallamas, mechero, soplete industrial, cerillas, (debo advertir a los clientes, que el flotarse las manos con ahínco produce calor en el propio organismo por una reacción molecular que ahora no viene al caso, pero que no genera suficiente calor para nuestro propósito, no obstante puede intentarlo de motu proprio para que sean autodidactas en estas aficiones y no simples borregos serviles de mis conjeturas). Sobre este calor que se induce al agente reductor o combustible, debe actuar el comburente, que las más de las veces no es necesario aportar porque se encuentra ya aportado, es el oxígeno, que suele encontrarse libre o en su defecto a muy buen precio. Con todo ello nos preparamos para degustar unas chuletas que la mayoría de las veces son al final sustituidas por la cerveza. Cuando tras horas y horas de empecinamiento en que las llamas afloren por la mierda de fogata, el apasionamiento deja paso a la cruda realidad, nunca mejor dicho e intentamos paliar nuestro fracaso con un estado de embriaguez sustitutiva. Antes habremos intentado echar gasolina para mejorar la motivación del agente reductor pero solo conseguiremos mojar la leña y que las manos huelan a octano todo el día.
El ser humano ha preferido inventar internet o investigar las bondades de la dextrosa para amantar al lechón antes que crear fuego artificial para barbacoas y fogatas y venderlo en bolsas en gasolineras y grandes superficies al lado de los chorizos. Qué útil sería traer el fuego ya hecho, por no decir las ventajas anímicas y de autoestima que crearían en esas actividades de ocio que siempre depende de que en ese tetraedro del fuego aparezca el elemento esencial, la suerte, también llamada reacción en cadena.
Por sacar algún apunte positivo de esta cuestión, pues soy por talante optimista, me atrevo al atrevimiento de dar un consejo a la administración y demás autoridades competentes en temas de medio ambiente. Para reducir el número de hectáreas que todos los veranos son pasto de las llamas en nuestro país, propongo se coloquen en aquellos puntos en lo que se desee evitar fuego, troncos, leña, y esas pastillas blancas para encender barbacoas, chimeneas y similares artefactos. Esto, usando la misma formulación lógica o regla de tres, surtirá el mismo efecto que en la situación anteriormente enunciada. Si se requiere multiplicar sus efectos, los aviones podrían rociar la zona con gasolina, diesel si se atiende a cuestiones económicas, sin plomo si por el contrario se valoran argumentos medioambientales.
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Jorge Jiménez Serrano
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