Levadura

Monseñor Romero ¿Era Santo?

11.07.18 | 23:00. Archivado en Acerca del autor

La pregunta sobre la santidad de Monseñor Romero provoca posturas diferentes, más en El Salvador que fuera del País. Es verdad que la mayoría del Pueblo Salvadoreño lo consideró santo desde el mismo día de su martirio. Pero no faltan quienes niegan, todavía en el día de hoy, que fuera santo. Son personas y grupos.

¿En qué se basan quienes niegan la santidad de Romero? El gran argumento para afirmar que no era santo es que se metió en política e hizo política. Su punto de partida es que la Iglesia es una organización religiosa y no debe meterse en política. Afirman que Romero contravino esa obligación; que hizo política en todas sus predicaciones dominicales. Que toda la homilía era una predicación política en favor de la izquierda. Algunas personas van más lejos y afirman que Romero era la cabeza intelectual de la guerrilla. Es una segunda razón contra la santidad de Monseñor.

A esos dos argumentos, les acompaña una acusación más grave: que las predicaciones de Romero llevaban dentro la incitación a la violencia, incluso al odio. Hasta tal punto, que lo considera causante y culpable de los setenta y pico mil muertos que produjo la guerra en El Salvador.

¿Qué podemos decir de estas afirmaciones? Comencemos por distinguir entre la política partidista y la política no partidista. Política partidista es la que habla y actúa en favor de un partido concreto. Esta actividad está prohibida para el clero. El presbítero es el hombre de la comunidad cristiana; y como tal, es el hombre de todos y para todas. Si habla y actúa a favor de un partido, ¿cómo va a ser el hombre de todas y para todos? Las parroquianas que sean de otro partido no lo mirarán como suyo, puesto que se sitúa al lado de un partido que no es el de ellas. ¿Cómo recibirán sus homilías? Con desagrado y disgusto, diga lo que diga, incluso cuando hable solamente del evangelio. La actividad política partidista del clero es negativa para los cristianos; por eso está prohibida. En este principio estamos de acuerdo con los acusadores. Lo que tienen que demostrar es que Monseñor Romero hizo política partidista.

Pero antes de abordar esa cuestión, aclaremos lo que es la actividad política no partidista. Consiste en la enseñanza, la iluminación, la crítica social, la denuncia de la realidad social, las propuestas, etc. En resumen, no partidista es toda actividad política de tipo general, realizado para el bien común, incluida la mediación entre las partes.

¿Qué hacía Monseñor Romero? Nunca llevó a cabo actividades partidistas, quede esto bien claro. Sus homilías dominicales eran escuchadas por toda clase de personas. Por las calles se veía gente con el radio pegado a la oreja. Monseñor daba los datos que los medios de comunicación no daban, no querían dar. Era la segunda parte de la homilía, después de haber expuesto la parte religiosa, es decir los textos. Y hay que decir muy alto cómo se preparaba Monseñor para cada homilía dominical: con informaciones directas y veraces. Se reunía con gente especializada de los medios de comunicación para recibir información y discutir la que le llegaba por otros medios. Hablaba también con gente de los lugares castigados por la violencia. Monseñor era, en sus informaciones, una persona de una honradez exquisita.

Una prueba de que su labor no era partidista es el hecho incuestionable de que tuvo conflictos también con la izquierda. Los tuvo, precisamente por su imparcialidad. La tentación de los pastores es callar, con el argumento de que se van a producir males mayores si hablan. Este argumento puede valer en algunos casos. Pero no es difícil comprobar si ese silencio es una huida de los problemas o una opción prudente en casos especiales. Si el interesado usa ese argumento constantemente, podemos estar seguros de que no le mueve una opción evangélica, sino el temor a tener problemas. Es un silencio incorrecto y puede ser pecado.

Visto lo anterior, la acusación contra las prédicas dominicales de Romero se convierte inmediatamente, cuando se estudia bien el caso, en un argumento más en favor de su santidad. Porque Monseñor vivía envuelto en el miedo –por decirlo de algún modo- y sin embargo no cedía al miedo en ningún caso, ni con un bando ni con el otro. Sus homilías y los datos que daba cada domingo no tenían nada de política partidista, sino que eran una defensa valiente y arriesgada de la gente pobre e inocente, perseguida por las fuerzas del Gobierno, con cientos y miles de asesinatos crueles, como dice el mismo Romero en el discurso de Lovaina. Esta acusación contra Romero es una prueba de su santidad.

Máxime cuando sabemos, según explicó recientemente el Sr. José Jorge Simán en una entrevista televisada, que la distorsión de los medios de comunicación sobre Monseñor Romero era continua en aquel tiempo. Me atrevo a calificarla de escandalosa, a juzgar por lo que comunicó el mencionado señor.

La homilía dominical de Monseñor me recuerda un texto del concilio Vaticano II sobre la predicación de los presbíteros, que nos da luz y aliento. Me refiero al número 4 del Decreto sobre los presbíteros como ministros de la Palabra. Transcribo un extracto de ese número.

4. El Pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la palabra de Dios vivo[24], que con todo derecho ha de esperar de la boca de los sacerdotes[25]. (…) Los presbíteros tienen como obligación principal anunciar a todos el evangelio de Cristo[27], para constituir e incrementar el Pueblo de Dios. (…) Los presbíteros, pues, se deben a todos, en cuanto que a todos deben comunicar la verdad del Evangelio[29]. Por tanto (…) es siempre su deber enseñar, no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios, e invitar indistintamente a todos a la conversión y a la santidad [31]. Pero la predicación sacerdotal, muy difícil con frecuencia en las actuales circunstancias del mundo, para mover mejor a las almas de los oyentes, debe exponer la palabra de Dios, no sólo de una forma general y abstracta, sino aplicando a circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio. (…) (…) Esto se aplica especialmente a la liturgia de la palabra en la celebración de la misa dominical. Hasta aquí extracto del número.
¿Sufría Monseñor esa dificultad de las circunstancias de su tiempo que dice el concilio? Por supuesto que sí. Ahí vemos de nuevo la fidelidad de Romero a su misión; su respuesta al derecho que tienen las cristianas de esperar de los sacerdotes –y con más razón de los obispos- la palabra de Dios viva; la obligación de anunciar a toda la gente el evangelio de Cristo, sentida como su obligación principal; su postura abierta para recibir y atender a toda clase de personas; y su preocupación e interés por mostrar, no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios, e invitar indistintamente a todos a la conversión y a la santidad. ¿Acaso no son estas las posturas de Monseñor Romero?

Pero lo nos interesa más, en relación con las acusaciones que hemos oído, las líneas que he destacado con letra más grande: que, para llegar mejor a los oyentes, el presbítero debe exponer la Palabra de Dios, no de forma general y abstracta, sino aplicándola a las circunstancias concretas de época y la sociedad presenta. ¿Qué otra cosa era la información que daba Monseñor sobre el País en la segunda parte de su homilía?

No sé si Monseñor conocía este texto. Pero creo que se aplica perfectamente a su actuación: estoy completamente convencido de ello.
La acusación de que sus homilías incitaban a la violencia merece el mayor de los desprecios. ¿Qué tenía que haber hecho ante aquellas tremendas crueldades: callarse? Y ese silencio ¿hubiera sido un comportamiento cristiano o un gravísimo pecado de omisión de un arzobispo en aquellas circunstancias?

Y la acusación de que fue la cabeza intelectual del movimiento de la izquierda no merece ni comentarse, entre otras razones porque Monseñor no estaba preparado para esa difícil tarea, sino para la no menos difícil de ser buen pastor en aquella situación trágica. Por eso en el discurso de Lovaina comenzó diciendo a aquella asamblea universitaria que él iba a hablarles como pastor, porque él no era un político ni era esa su formación.

Aún queda más acusaciones, como esta: que no hizo caso al papa Juan Pablo II, que le pidió que tuviera buenas relaciones con el Gobierno. Es cierto que no le hizo caso, pero es que no podía hacerlo con un gobierno malhechor. El papa Juan Pablo se equivocó al darle ese consejo. Él venía de la católica Polonia, dominada por el comunismo; y miraba a los países de Europa y América con aquella mentalidad polaca, viendo comunismo donde no había ni rastro de él. ¿Cómo iba a realizar el consejo de llevarse bien con un gobierno criminal, que asesinaba campesinos y sacerdotes? Los que lanzan esta acusación no piensan o ni siquiera saben lo duro que fue aquel momento para Monseñor –siempre tan respetuoso con el papa y con la Iglesia.

Como complemento de estas consideraciones, quisiera anotar en esta emisión unos pocos datos de la vida espiritual de Monseñor. Se conserva su diario personal, donde se ve el gran esfuerzo que desarrollaba para ser fiel a Dios en aquella situación tan dura. Se sabe que tenía director espiritual, que le comunicaba su vida externa e interna y que le hacía frecuentes consultas.

Se advierte una gran humildad, que podemos llamar excepcional, en el reconocimiento de sus faltas y en el propósito de corregirlas. La misma humildad tuvo con el clero y los laicos después del cambio que experimentó con el asesinato martirial de Rutilio Grande.

Llama la atención su carencia de rencores, y por supuesto de odios, incluso respecto de los adversarios que se le oponían abierta y públicamente, entre ellos algunos obispos.

Y se percibe un gran amor a la Iglesia y al papa, que estaba por encima de los disgustos que le ocasionó Juan Pablo II.

Tenemos además datos importantes sobre su fidelidad a la oración, a la confesión y a la dirección espiritual.

Fue ejemplar su postura ante la muerte. Estaba constantemente dispuesto a la muerte. Sabía que querían matarlo. Un mes antes de su asesinato, el arzobispo de Costa Rica le advirtió de que iban a por él y que pusiera el mayor cuidado. El único cuidado que tomó fue conducir él mismo y dejar marchar al motorista, cuando entraban en zona peligrosa. Ya antes de que el peligro fuera mortal, solía decir a su motorista que se fuera a su casa, porque él –el motorista- tenía familia e hijos. Y tomaba el volante o timón el mismo Romero.

Los testimonios de su santidad están publicados. El pueblo llano ha sido muy expresivo en relación con la santidad de Monseñor. Uno de los testimonios más potentes y simples al mismo tiempo, lo dio una mujer pobre el mismo día del martirio de Monseñor, cuando exclamó: han matado a un santo. El Pueblo Salvadoreño lo beatificó y canonizó inmediatamente y lo veneró como santo, en espera de una declaración de la Iglesia. Pero dentro de la misma Iglesia y de su mismo País, hubo contrarios, que lograron el bloqueo de su causa, hasta que llegó el papa Francisco.

Se trata en definitiva de una santidad probada, que fue coronada con el martirio.

Quisiera terminar esta emisión, mostrando que la santidad de Monseñor Romero fue más parecida que otras a la actuación de Jesús en su vida terrena.

Ha habido santos, en casi todas las épocas y también en la nuestra, que se han santificado a base de grandes penitencias y de muchos sacrificios, buscados por ellos y ellas mismas. Nada de esto vemos en Monseñor. Primero porque él no pretendió ser santo ni buscó en ningún momento el martirio, aunque, al enterarse de que lo querían matar, reconoció que sería para él una gracia de Dios muy grande. La santidad de Romero no se parece a los santos y santas de grandes mortificaciones, sino a la vida apostólica de Jesús en su vida terrena.

Aunque desde niños se nos ha enseñado que Jesús vino a sacarnos del pecado, en los evangelios sinópticos vemos que Jesús se dedicó, desde el primer momento, a luchar contra el sufrimiento humano. Así aparece claramente en el evangelio más narrativo, que es el de San Marcos. Empieza con un entusiasmo desbordante, dedicándose a la gente pobre y doliente. Forma un pequeño equipo; elige con acierto Cafarnaún como ciudad-base de su apostolado en Galilea; da la liberación a un endemoniado; cura a la suegra de Pedro; sana a muchos enfermos que han bloqueado su casa el mismo sábado, al atardecer, cuando había terminado el precepto sabático… Al día siguiente, muy de madrugada, sale de casa y se marcha a un lugar solitario para hacer oración íntima, una comunicación profunda con su Padre. Y ahí van a buscarlo sus amigos con Pedro a la cabeza y le dicen: todo el mundo te busca. Es el triunfo fácil. Pero Él decide recorrer pueblos y anunciarles el Reino de Dios. Hasta que, en un momento dado, topa con el leproso. Se llena de indignación y de compasión juntas al descubrir la muerte en vida… Es el aviso catequético de que no todo van a ser triunfos… Es la pasión sanadora y salvadora de Jesús.

Esa misma es la trayectoria de Monseñor Romero, que acoge a la gente pobre, busca al campesino perseguido y a su familia, acude al pueblo donde han matado gente, llora con los que sufren, sufre con quienes lloran. Esta es la santidad de Romero, que consiste en la práctica extrema de la caridad pastoral, en peligro de muerte continua, que finalmente le llega el 24 de marzo.

A propósito de esta cuestión, vemos dos ausencias importantes en la santidad de Romero: las penitencias y el cumplimiento estricto de las menores leyes, como el fariseo bueno, que paga el diezmo de la menta y el comino. (Mt 23). Hablo de los fariseos buenos, porque si eran malos, no hay nada más que hablar, discutir o explicar. Pues bien: ninguno de estos dos elementos aparece en Romero. Son importantes, porque marcan el evangelio de Jesús y el cristianismo del presente y del futuro. Termino esta nota con la siguiente plegaria, que dedico al Beato Óscar Romero.

Implícame, Jesús, con la causa de los pobres,
Implícame con esta causa que es la tuya
Y que ha sido también la de Monseñor Romero.
Implícame,
complícame,
replícame,
cuando ponga argumentos,
para escabullirme de la acción.

Que ya está bien de tantas palabras altisonantes
y tan pocas obras.
¡Que se dediquen ellos a hablar,
los que sueltan discursos
sin movilizar lo más mínimo su vida!
Implícame, Jesús, y complícame.
Llévame a la acción sin excusas,
como llevaste a nuestro amado Beato.

Estoy demasiado centrado en mis problemas,
demasiado dedicado a mis actividades,
demasiado ocupado en salir yo adelante.

Es hora de complicarme la vida
con la evangelización y la acción por la justicia.

Mis hermanos me duelen poco, Señor,
esas hermanas maltratadas por nuestra sociedad,
sin trabajo, sin pan, sin casa, sin fe,
o con sueldos que son una basura,
quizás acostados en la marginación,
la exclusión y la increencia,
Hermanos y hermanas, a quienes Monseñor
Prestaba la máxima atención.

Dame tu dolor y tu indignación,
frente a tanta pobreza,
y tanta hipocresía, religiosa y atea.
Llévame, con Monseñor, del amor al dolor,
del dolor a la indignación,
de la indignación a la acción y la denuncia.

Patxi Loidi, Pbro.
Francisco.loidi@gmail.com
8 de julio 2018, Domingo 14 del TO


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