Homenaje a Juan Marsé
03.12.08 @ 12:41:15. Archivado en Literatura
Se ha hecho justicia, y en la primera edición con un jurado independiente, Juan Marsé ha ganado el Premio Cervantes. Se trata, sin duda, de uno de los mejores escritores de la segunda mitad del Siglo XX, y el máximo exponente del realismo social.
Escritor barcelonés, autodidacta (no tuvo estudios, y escribió su primera novela cuando aún era un orfebre joyero), su obra transita por unos territorios perfectamente delimitados, fruto de su experiencia personal y más concretamente, de una infancia dura y dolorosa en los barrios populares de la Barcelona de la posguerra, donde se desarrolla la casi totalidad de su obra.
Su carrera literaria comenzará en 1961 con "Encerrados con un sólo juguete", novela en la que ya aparece la temática que marcará su trayectoria posterior: la infancia, la dura posguerra, la hostil realidad de la época en que le tocó vivir. Sin embargo, se trata de una novela intimista, de cierto corte existencial, alejada de la corriente realista y social que desarrollaría en el resto de su obra.
La consagración le llegó con su segunda y mejor novela, "Ultimas tardes con Teresa" (1966), obra clásica de la literatura española del Siglo XX. En ella, se narran las andanzas de un charnego golfo, desarraigado y barriobajero, el célebre Pijoaparte, que consigue enamorar a Teresa, una chica progresista de la burguesía catalana, que se siente fascinada por el carácter obrero y falsamente comprometido del Pijoaparte. La novela narra los deseos de Pijoaparte de ascender en la escala social, lo que le lleva a seducir a una criada (en la antológica escena en la que después de seducirla, descubre que no es la chica rica, sino la sirvienta) con el fin de acercarse a su señora. El Pijoaparte, marginal, delincuente juvenil acostumbrado a lidiar con la dura vida del Carmelo, entra en el mundo de la "gauche divine", encarnado por Teresa y sus amigos universitarios, hijos de ricos burgueses que juegan a ser progresistas. En la novela, dotada de un gran sarcasmo e ironía, se desmitifica a parte de esa burguesía que creía luchar contra el franquismo y estar con los obreros por discutir sobre filosofías marxistas mientras tomaban gin-tonics en los locales de moda. Por su parte, el Pijoaparte supone también una cierta crítica a esa mitificación de la clase obrera, a la que pertenecía Marsé, y que en muchos casos no buscaba sino ascender en la escala social.
La novela, espléndidamente escrita, con una gran profundidad psicológica (el Pijoaparte ha quedado como símbolo del charnego de esa época), está llena de guiños poéticos, con una prosa lírica a la par que amarga, cargada de sorna y de sordos reproches y críticas a la sociedad de la época. Una novela que pasa al imaginario de todos los lectores, cautivándolos con la fracasada historia de amor que narra (¿verdadera al final, falsamente verdadera?) y con la personalidad de unos protagonistas únicos e irrepetibles.
Su siguiente obra, "La oscura historia de la prima Montse"(1970) marca el asentamiento de los temas ya presentes en su anterior novela, y que continúan en esta, si bien en este caso el autor expresa más claramente sus críticas a la sociedad burguesa y prejuiciada de la época. Se narra la historia de amor entre una chica burguesa, culta, educada y muy religiosa y un ex-presidiario ambicioso y ateo, todo ello rodeado del trasfondo de una burguesía familiar fuertemente cuestionada, que se opone a la relación. La novela contiene técnicas experimentales de gran dificultad, con una combinación de narradores (primera persona presencial, tercera persona, primera persona referencial, incluso el autor interviene en la novela expresando sus opiniones) y alteraciones temporales que dotan de riqueza a la obra y añaden diversos puntos de vista, hasta conseguir un preciosismo formal y una riqueza técnica sin igual. Vuelve a estar presente la contraposición entre el mundo marginal y el mundo burgués, así como una clara ridiculización de ciertas actitudes religiosas y burguesas(destacando entre ellas el magnífico capítulo del retiro espiritual). Todo ello sin descuidar una prosa cuidada, en ciertos momentos melancólica, condescendente con los protagonistas y poética.
Con un Marsé ya consagrado, en 1973 publica en México, debido a la censura, la que quizás es, junto a Últimas tardes con Teresa, su mejor novela, "Si te dicen que caí". En esta obra, "una secreta y nostálgica despedida de su infancia", en palabras de su autor, se muestran con más claridad que nunca los temas novelísticos presentes en la narrativa de Marsé: la infancia, la dura y mísera realidad de la posguerra, la ensoñación (las "aventis", historias inventadas por los niños) como medio de escapar a la realidad. Supone un estremecedor y amargo relato de la vida de los niños en el Guinardó de la inmediata posguerra, un barrio marcado por la miseria, el hambre, por la distinción entre vencedores y vencidos, donde los niños cuentas sus "aventis" para escapar de una realidad de la que sin embargo, no podrán dejar de impregnarse, una realidad que les marca hasta contaminar sus sueños. Como resumiría Marsé al comienzo de "El embrujo de Shangai", "los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos".
En "Si te dicen que caí", calificada por algunos como un ajuste de cuentas con el franquismo, se vuelve a experimentar formalmente con la diversidad de narradores y la alteración de los espacios temporales, así como con la confusión entre realidad y fantasía. La prosa sigue conteniendo fuertes dosis de crítica, de sátira y de sorna, sin dejar de un lado esa nostalgia del futuro, esa sensación de pérdida que siempre contiene la prosa de Marsé. Se trata, al fin y al cabo, de una obra maestra de la literatura española, y quizás el máximo y mejor exponente del realismo social español del Siglo XX.
El resto de la obra de Marsé transitará, de algún modo, por estos caminos, siempre con un universo particular presente en todos sus libros: los barrios barceloneses del Guinardó, Gracia y Monte Carmelo; la presencia de niños como protagonistas; el recurso a la imaginación de esos mismos niños; el problema de la identidad (fruto a su vez de su propia historia personal de niño adoptado); el recuerdo de los cines y sus personajes (vaqueros, gángsteres, fu-manchús y mujeres fatales que pululan por la mente de los niños), de "los domingos con sesiones doble de cine, NODO y paja", en palabras del autor; la leve distinción, en fin, entre verdad y mentira, amor y desamor, realidad e imaginación.
Sus siguientes novelas transitarían, pues, por esta senda, destacando "Un día volveré" (1982),"El embrujo de Shangai" (1993) y "Rabos de lagartija" (2000).
Una obra literaria firme y asentada, muy personal, marcada por la dura infancia y los "40 años de franquismo", de contenido social, crítica e irónica, pero con una fuerte presencia de la nostalgia, del sentimiento, de un lirismo sin igual en las letras españolas. Una prosa que impacta al lector, una capacidad de individualización de los personajes que, a pesar del uso frecuente de un protagonista coral, consigue dar vida propia a cada uno de ellos y hacerlos formar parte de nuestro imaginario personal (cómo no recordar al Pijoaparte, a Teresa, a Montse, Sarnita o al Capitán Blay).
Se trata de uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX, con una prosa libre e independiente (no en vano tiene fama de ser el "enfant terrible" de las letras españolas, con capacidad para enfadas a tirios y troyanos, como demostró en Últimas tardes con Teresa), marcada por las vivencias personales, comprometida y dotada de gran variedad léxica y riqueza técnica y formal.
Un justo premio a una trayectoria literaria en la que no hay un solo borrón, y a la que cada lector que se ha acercado, no ha podido sino salir cautivado y maravillado por la capacidad de crear personajes universales e imperecederos en mundos sumamente particulares y personales. El maestro, en fin, de toda una generación, la memoria de muchos niños que, como él, soñaban con un mundo mejor mientras corrían por las desvencijadas calles del Guinardó.
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