Escenas cotidianas de Madrid: los nadie
28.05.08 @ 13:25:39. Archivado en Literatura
Los nadie, los que nada tienen, ni techo, ni comida, ni protección, ni amigos, los que sólo tienen su soledad y la indiferencia de los demás, pululan por Madrid con más frecuencia de lo que nuestros ojos, ciegos ante lo que no desean ver, advierten.
Salida del Metro de Nuevos Ministerios, nueve y media de la mañana. Me dirijo hacia mi oficina dispuesto a comenzar un nuevo día laboral. Subo las escaleras mecánicas prácticamente en soledad, cuando diviso en lo alto de ellas a un subsahariano, un mendigo negro, refugiado de la lluvia al comienzo de la boca del metro - final para los que salen-. Está quieto, en un lado, sin hablar ni moverse, tan solo con la mano extendida, por si alguien se digna a darle alguna limosna. En ese momento, dos miembros de la seguridad del metro lo ven y se acercan hacia él.
- Tú, fuera de aquí, no puedes pedir en el metro - dicen mientras el mendigo no entiende nada, inmóvil. Los otros le comienzan a empujar maleducadamente, entre improperios, voces subidas de tono y abuso de autoridad. Cuando llego a su altura les miro, por si la presencia de testigos les intimida. Les da igual: son Autoridad.
No le están pegando, faltaría más, pero están usando malas maneras para echar a un pobre mendigo que no hace mal alguno dentro del metro, refugiado del frío y pidiendo sin pedir, sin molestar o atosigar a nadie. Sin embargo, no puede estar ahí. La pobreza es una infracción. Buscar cobijo, inaceptable. Mejor que esté fuera, bajo la lluvia, sin molestar, invisible a nuestra mirada.
Finalmente, el mendigo sale. Los securatas han ganado. El metro vuelve a respirar tranquilidad: no hay nadie que perturbe nuestra paz mañanera de sentirnos seguros al ir a trabajar, sabedores de que tendremos techo, comida y salario. Él, nadie en un mundo de egos y sobrenombres, no tendrá la misma suerte. Pero no nos importa. Molestaba. Molestaba mucho: nos hacía sabedores de que otra realidad - una realidad dura, hostil y solitaria - existe más allá de los muros de nuestra oficina.
Calle Fuencarral, diez y cuarto de la noche. Entro en la oficina del Citibank a sacar dinero del cajero para ir al cine. Meto mi tarjeta de crédito, introduzco mis contraseñas y saco el dinero. Cuando voy a salir me percato de que a mi lado, imperceptible para el que no quiere ver, hay una figura humana, tirada en el suelo y apenas protegida por una manta, durmiendo. No tiene casa, no tiene comida, no tiene nada más que el refugio de un cajero automático donde guarecerse de la noche, de sus fríos y peligros, de los hijos de puta que quizás esa noche entren a sacudirle algunas patadas mientras lo graban con sus cámaras del móvil, entre risas, para colgarlo en el youtube.
Entrarán y saldrán muchos como yo, sacando sus dineros para ir al cine, a cenar o de copas, sin dejar una migaja al hombre que ni siquiera pide, porque sabe que no tendrá. Es como una isla de pobreza en un océano de dinero. Él, pobre mendigo, que nada tiene, busca la protección de un Banco, que todo lo tienen, lo suyo y lo de los demás. Bendita contradicción.
Mientras, nosotros saldremos, e iremos al cine, indiferentes ante lo contemplado: un nadie a las puertas de la opulencia.
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