Luz de domingo
26.11.07 @ 18:10:04. Archivado en Cine
Luz de domingo, la última película de José Luis Garci, merece el calificativo de obra maestra. Adaptando un relato de Pérez de Ayala, Garci narra una historia de amor, odio y caciquismo en un lírico entorno rural de principios de siglo en el que sobresalen las actuaciones de Alfredo Landa y Carlos Larrañaga.
La película cuenta con ribetes costumbristas sobre el estilo de vida en los pueblos asturianos de principios de siglo, así como con dosis de humor inteligente y frases memorables que hacen esbozar una sonrisa. Pero, por encima de todo, destaca la recreación de un momento histórico, el del caciquismo y las luchas por el poder en los pueblos, que unidos a los ancestrales conceptos españoles de honor y honra, dan como resultado una tragedia encubierta que se masca y va in crescendo a lo largo de la película.
Juaco (Alfredo Landa), indiano de regreso en su tierra natal, mantiene un enfrentamiento sordo con el cacique del pueblo, un brutal Carlos Larrañaga, que quiere comprarle unas tierras que el otro no está dispuesto a vender. La nieta de Juaco, la bella Paula Echevarría, se enamora del secretario del ayuntamiento, para envidia de los hijos del cacique. El novio, todo un ejemplo de bondad, no transige con los trapicheos del cacique, lo que genera un progresivo envenenamiento de aquel, que va sumando agravios. Por ello, decide vengarse, y acude con sus 3 hijos a un bosque en el que se encuentra la pareja. Aquí llega el momento más duro de la película, la violación de la novia por los 3 hijos del cacique, después de dar una paliza a su prometido. Luego, después de vengarse, se van, con una lapidaria frase de Carlos Larrañaga: "esto no es vicio, es política".
Comienza después la segunda parte de la película, centrada en la reacción del novio, que se casa con ella y cuida al hijo fruto de la violación como si fuera suyo. No quiere denunciar para no agraviar más a su esposa, solo quiere cuidarla y ayudarla a salir del trance, cosa que Juaco no entiende, pues para él no existe sino la venganza, la recuperación de la honra.
La película se completa con un elenco de secundarios esbozados con maestría, que ayudan a perfilar los trazos del pueblo, sus costumbres, la España de entonces. Destacan especialmente las conversaciones del Juaco con la uruguaya dueña de la taberna, conversaciones de 2 personas que echan en falta las Américas, y que se dedican a endulzar su nostalgia con recuerdos y postales.
La fotografía es imponente, como en todas las películas de Garci. Muchas escenas no necesitan de diálogos, se limitan a reflejar sensaciones e ideas con simples paisajes adornados con una adecuada banda sonora.
Lo mismo puede decirse de las actuaciones. Landa está soberbio, sobrio en su papel, gracioso con su laconismo y su frases, con caras que son un verdadero poema. Pocas veces se consigue transmitir tanto dolor y tanta tristeza y melancolía que con los enfoques de la cámara a su cara, castigada por el tiempo y el dolor. De Carlos Larrañaga se puede decir lo mismo, sus caras de cinismo, vicio y odio son realmente espectaculares, creando un papel de hombre repulsivo y odioso que habla por sí solo ("las leyes, como las mujeres, están para violarlas cuando dan problemas"). Una de sus mejores actuaciones cinematográficas, a juicio de los críticos.
La película engarza con otras de Garci que, unidas, podrían servir para explicar la España que va desde finales del XIX hasta la posguerra. Para comprender el siglo XIX, resultaría imprescindible ver El Abuelo, para así quedarse con esas ideas del honor y la honra tan arraigadas en la España de entonces. En Luz de Domingo, el tiempo pasa, y el odio entre españoles crece. Nadie define mejor la forma de ser de los españoles que la uruguaya al decir "ustedes son un país imposible de entender. Nunca están alegres con nada, solo son felices cuando le va mal al vecino". El germen del rencor y el odio que nos llevó a la Guerra Civil se encuentra allí, sin duda. Para completar esa trilogía, habría que acudir a You are the one, donde el dolor de la Guerra Civil y sus fantasmas transita por todos sus personajes, que de una manera u otra son perdedores, personas con sus sueños y su futuro frustrados por el dolor y la muerte.
Con todo, y no desvelo nada de la película con ello, una de las mejores escenas de la película se encuentra en su toma final. El médico que hace de narrador del relato mira por la ventana, 20 años después, recordando la historia de sus amigos. Llueve en el pueblo, y comienza a sonar una inquietante música que es la misma que acompañó, minutos antes, la escena de la violación. La cámara se desplaza lentamente para enseñarnos lo que contempla el médico desde su ventana, inquietándonos con una música perturbadora y angustiosa, opresiva. Entonces se ve un cartel con el nombre de Franco, y el yugo y las flechas a la entrada del pueblo. Ha llegado la Dictadura, tan opresiva y angustiosa como la ignominia de una violación, porque en el fondo eso fue: una violación, la de los derechos de todo un país, una violación de nuestra libertad, un suceso que marcaría a decenas de miles de personas durante toda su vida, como marcó a la nieta del Juaco el delito cometido sobre ella.
Luz de Domingo es una de las mejores películas de Garci, que consigue entretenernos y hacernos reflexionar sobre la idiosincrasia de un país que fue el nuestro, lleno de odios y rencores, de dolor y llanto, y que hoy, desde la vuelta del tiempo, desde nuestra modernidad, no dista mucho de aquel, en lo que a sentimientos violentos se refiere, mal que nos pese.
Una película imprescindible para aquellos amantes del cine de verdad, aquel que nos conmueve llegándonos a lo más profundo de nuestro ser.
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