Juego de Espejos
29.03.08 @ 11:40:05. Archivado en grecia, poesía
Las variaciones simétricas sobre un motivo no son infrecuentes en la literatura antigua: sin ir más lejos toda la Odisea es un viaje de conquista inverso, en el que se intentan vencer los altos muros del olvido como antes las murallas de Ilión. También la historia de Prometeo puede ser leída en clave especular, como una creación inversa. Y por supuesto entran en el juego de la inversa reflexión todos los relatos de victimaciones de aquellos (Zagreo-Museo-Dionisos) que justamente presidían misterios sacrificiales.
Ahora bien, en pocas lugares el juego filosófico de reflexiones alcanza la violencia que encontramos en la narración ovidiana del mito de Narciso. Para empezar, en el episodio juegan un papel preponderante dos personajes como Tiresias y la ninfa Eco. El primero, con su característica ambivalencia sexual (speculum!) y sus dotes de vaticianio, abre el drama con un terrible oráculo que es justamente el simétrico e inverso respecto del oráculo délfico: se anuncia que Narciso llegará a prosperar si no alcanza a conocerse a sí mismo. Esto plantea una armadura simbólica que recorre toda la trama: el instante de autoconciencia como semilla de muerte, punto de desmesura destructora del feliz olvido inocente y primordial.
Para acabar de arreglar las cosas, los amores de Narciso y Eco se escenifican sobre un juego de identidades alucinatorias: ella, que habita frondas amenísimas, no puede más que brindar a su amado el reflejo de su propia voz, de su propio deseo, de su propio rostro. Repitiendo las palabras de él lo arrastra a través de selvas profundas persiguiendo poco más que un espejismo, mientras que ella permanece en el dolor de no poder hacer más que devolver una imagen reflectada, sin desvelar nunca su verdadera voz e intención.
Finalmente se insiste mucho en que las aguas en las que Narciso alcanza su última desgracia son aguas puramente virginales, no consagradas, no encauzadas, no nombradas. Es decir, retornan a la mirada aquel perfil inefable, innombrable, no incorporado a constelación de sentido alguna: el directo conocimiento del misterio. Ese rostro no debió ser nunca contemplado. Porque contiene los misterios del amor y el destino, la cifra celeste. Y no es el rostro de una potencia sinaítica torrencial, sino el propio rostro verdadero, secreto, inagotable.
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Octavio Cortés
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