Latino

César Acuña, un esperpento que quiere ser presidente del Perú

11.02.16 | 06:06. Archivado en personajes, politica, turismo, Surrealismo, ¡No tener vergüenza!

(Paul Monzón).- Fue a finales de noviembre del 2011 cuando entrevisté en la ciudad de Trujillo, Perú, a César Acuña, hoy candidato a presidente del Perú. Ese día afirmó, muy ufano, lo siguiente: “Así como Ollanta Humala es el abanderado de la gran transformación del Perú (jajajaja), yo seré el gran abanderado del turismo en el Perú”. En ese entonces, él era alcalde de esta urbe conocida como la “Ciudad de la eterna primavera”.

Aquellos días Trujillo se aprestaba a inaugurar su primera Feria Internacional de Turismo, FITPERU 2011, montada “al alimón” entre la Municipalidad de Trujillo y una empresa ecuatoriana presidida por un catalán (¿?).

La feria de turismo, de la cual se sentía muy orgulloso César Acuña, resultó ser la más desastrosa que alguien pueda imaginar jamás, incluso en la peor de sus pesadillas. No tenía pies ni cabeza. No había ni siquiera baños para que los posibles visitantes pudieran hacer sus necesidades. Tanto así que los invitados, periodistas extranjeros y agentes de turismo tuvieron que irse a sus hoteles para poder desahogarse. Y claro, ya no regresaron.

Pero la cosa no terminó allí. La feria, que esperaba en el peor de los casos la visita de 10 mil personas del 24 al 27 de noviembre, sólo recibió 100 visitantes (el primer día), quizá porque iba a ser inaugurada por César Acuña y su séquito.

Tras la ceremonia de inauguración el recinto, de lo que se suponía era una feria, quedó desierto. ¡No había ni Dios! El segundo día fue desolador. Bueno, sí, hubo tres visitantes: los operarios que llevaban a hombros los "excusados" (inodoros) para incrustarlos en lo que parecía ser el baño, que por cierto era una charca dentro de una habitación que, aparte de apestar, no tenía agua potable, sólo un barril del cual no se sabe cómo uno podría sacar el líquido elemento.

Los ilusos que alquilaron sus stands reclamaron a gritos que les devolvieran el dinero invertido. La feria murió en ese momento.

La Municipalidad, para salvar la cara, echó la culpa del desastre a la empresa ecuatoriana, y ésta, al alcalde.

T news, una revista peruana especializada en turismo definió en pocas palabras la Feria en mención: “Y la feria FITPerú. Qué le podemos decir. Déjennos ordenar las fichas para esta monografía, porque no sabríamos por dónde empezar a narrarla. O sea, como cuando se salió el mar en Japón, espeluznante”.

Y bueno, hay más: no había grandes ni pequeños turoperadores, ni aerolíneas, ni mayoristas, ni nada. Y si a ello le añadimos que el olor a aguas fecales inundaba el recinto ferial (que por cierto no era otra cosa que una fábrica abandonada a las afueras de la ciudad, olvidada de la mano de Dios, insalubre y llena de moscas), podemos decir que César Acuña, autonombrado “abanderado del turismo en el Perú” hizo el ridículo más grande y espantoso que alguien haya hecho jamás. Pero eso a este señor supongo que le importó un carajo. Me lo imaginé entonces en su casa preguntándole a su espejito:

“¿Espejito, espejito, cuál es la feria más bonita?”. Y el espejo, al igual que su séquito de aduladores- le respondió:
-“Tu feria, Acuña, tu feria”.

La primera Feria Internacional del Perú, Fitperú 2011, que se anunció a bombo y platillos, resultó ser la madre de todos los despropósitos, la más desastrosa, horripilante, inútil, lo peor que he visto en mi vida, y eso que durante tres décadas he podido asistir a grandes eventos de turismo por todo el mundo, nunca había presenciado semejante esperpento.

Lo vivido aquel mes de noviembre del 2011, orquestado por Acuña y compañía, me hizo pasar vergüenza ajena. Algunos colegas extranjeros no salían de su asombro. El estupor fue general.

¡¿Y este señor quiere ser presidente?! ¡Uff!

Siempre he apoyado a mi país, tanto así que me he pagado hasta los billetes de avión para asistir al Perú Travel Mart de los últimos años, y de tanto en tanto viajo para hacer reportajes sin apoyo de Promperú. Incluso, desde hace dos décadas, tengo la costumbre de asistir a FITUR que se realiza anualmente en Madrid, para hacer fotos o escribir de lo que se cuece en el stand peruano.

Por eso recordar esa pesadilla me produce arcadas y una mala ostia elevada a la quinta potencia. Así que finalizo intentando emular el tono de la última frase del libro de Gabriel García Márquez, “El Coronel no tiene quién le escriba”, pero sustituyéndola por la siguiente: “¡QUÉ MIERDA ERA ESO!”


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