Republicanos y Demócratas
09.01.08 @ 11:19:38. Archivado en libros sociopolítica
Es el capítulo primero del libro publicado recientemente por Barack Obama, " La audacia de la esperanza". El capítulo esta colgado en diversas páginas de internet así que aquí no hay canón que valga para consultarlo.
Que lo disfrutéis;
Capítulo Uno
Republicanos y demócratas
La mayoría de los días entro al Capitolio por el sótano. Me subo a un pequeño tren subterráneo que me lleva desde el edificio Hart, donde está mi despacho, a través de un túnel subterráneo decorado con las banderas y los sellos de los cincuenta estados. El tren se detiene chirriando y yo sigo mi camino, pasando junto a bulliciosos oficinistas, empleados de mantenimiento y a algún ocasional grupo de turistas, hasta los viejos ascensores que llevan al segundo piso. Al salir, me abro camino entre el enjambre de periodistas que habitualmente se congrega allí, saludo a la Policía del Capitolio y entro, por unas señoriales puertas dobles, a la cámara del Senado de Estados Unidos.
La cámara del Senado no es el espacio más bello del Capitolio, pero aun así es imponente. Paneles de seda azul y columnas de mármol finamente veteado decoran las paredes de color pardo. Por encima, el techo forma un cremoso óvalo blanco con un águila americana grabada en el centro. A lo largo de la galería de visitantes, los bustos de los primeros veinte vicepresidentes descansan en solemne reposo.
En las gradas, cien escritorios de caoba están dispuestos en cuatro filas concéntricas con forma de herradura. Algunos de estos escritorios se remontan a 1819 y en todos ellos hay un pequeño receptáculo para tinteros y plumas. Al abrir el cajón de cualquier escritorio dentro encontrará los nombres de los senadores que lo usaron —Taft y Long, Stennis y Kennedy— grabados en la madera o escritos depuño y letra por el propio senador. A veces, cuando estoy en la cámara, me imagino a Paul Douglas o Hubert Humphrey en uno de esos escritorios, instando de nuevo a sus colegas a aprobar la legislación sobre derechos civiles; o a Joe McCarthy, unos pocos escritorios más allá, pasando el pulgar por una lista, dispuesto a empezar a leer nombres; o a Lyndon B. Johnson andando por los pasillos, agarrando solapas y reuniendo votos. En ocasiones me acerco al escritorio en el que una vez se habrá sentado Daniel Webster y lo imagino levantándose ante la abarrotada galería y sus colegas para, con fuego en los ojos, defender con voz de trueno a la Unión contra las fuerzas secesionistas.
Pero esos momentos duran poco. Aparte de los pocos minutos que llevan las votaciones, mis colegas y yo pasamos poco tiempo en la sala del Senado. La mayoría de las decisiones —acerca de cuáles leyes presentar y cuándo hacerlo, sobre cómo se tramitarán las enmiendas y cómo se hará cooperar a los senadores que no quieren cooperar— las han tomado con mucha antelación el líder de la mayoría, el presidente del comité que corresponda, sus gabinetes, y (según el grado de controversia que la propuesta conlleve y la magnanimidad del republicano que esté a cargo de su tramitación) sus homólogos demócratas. Para cuando llegamos a la sala y el secretario empieza a pasar lista, todos los senadores han decidido ya —tras consultar con su gabinete, el líder de su Caucus, cabilderos preferidos, grupos de interés, correos de los electores y tendencias ideológicas— cómo van a votar.
Desde luego, el proceso es eficiente, cosa que les gusta particularmente los senadores, pues sus jornadas duran doce o trece horas diarias y quieren volver cuanto antes a sus despachos a reunirse con sus electores o a devolver llamadas, o quizás tengan que ir a un hotel a cultivar su relación con los donantes o a un estudio de televisión para una entrevista en directo. Sin embargo, si se queda por ahí, puede que vea a algún senador solitario ponerse en pie en su escritorio después de que los demás se hayan marchado, buscando que la presidencia le conceda la palabra. Puede que quiera explicar una propuesta de ley que presenta o que quiera hacer algún comentario general sobre algún desafío al que se enfrenta la nación. Puede que el senador hable henchido de pasión; puede que sus razones —sobre recortes a los programas de ayuda a los pobres, o sobre el obstruccionismo en los nombramientos a puestos de la judicatura, o sobre la necesidad de conseguir la independencia energética— sean sólidas. Pero ese senador habla a una cámara casi vacía: sólo lo escuchan quien esté ejerciendo en esos momentos la presidencia de la cámara, unos pocos ayudantes, el periodista del Senado y el ojo siempre alerta de C-SPAN, la cadena de televisión que transmite las sesiones del Senado. El senador terminará su discurso. Un mensajero de uniforme azul recogerá en silencio la declaración para incluirla en las actas oficiales. Puede que cuando este senador acabe y se marche, entre otra senadora, que a su vez también se pondrá de pie tras su escritorio para pedir la palabra, le será concedida y pronunciará su discurso, repitiendo el ritual.
En el cuerpo deliberativo más importante del mundo, nadie escucha.
Guillem Bertomeu
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