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J. Ignacio Calleja Sáenz de NavarreteJ. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

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Nada que temer de "la laicidad"

Permalink 17.09.08 @ 18:38:52. Archivado en Etica

La “laicidad positiva” es el término de moda después de la visita de Benedicto XVI a Francia. No veo en el concepto nada que no hubiese dicho antes el Papa. La novedad está, sin duda, en la recepción del término por el Presidente Sarkozy en la Presidencia de la Francia republicana y laica. Pero esta recepción, ¿va más allá de la diplomacia y de la conciencia personal de Sarkozy? Esta pregunta la van a responder los franceses. Si se abriera un debate, ahí veríamos cuál es la recepción popular de los matices que sectores de la política y el pensamiento, generalmente en la llamada “derecha o conservadores”, están queriendo introducir en la experiencia francesa.

A nosotros nos interesa más, o al menos nos es más fácil valorar, lo que ese diálogo incipiente puede significar para la experiencia española. Yo vengo diciendo, y lo aprendo de otros, claro está, que laico es el Estado o vida pública política, es decir, no confesional, autónomo o independiente en su creación normativa, neutral y respetuoso ante las cosmovisiones humanas; laica es la moral civil compartida de los ciudadanos de una sociedad democrática, a la que debe referirse la ley democrática; y plural en sus creencias e ideas, tolerante en sus debates y prácticas, razonadora según el saber común, secular y autónomo, al cabo, autónoma es la sociedad civil. Iguales en derechos y deberes, ahí está el “laos”, el pueblo de los iguales, y en su seno, la Iglesia. Una entre las Iglesias, y una entre los colectivos creadores de sentido moral en la sociedad.

Puesto que el Estado lo es de una sociedad civil, cada uno tendrá que ver cómo concretar su no confesionalidad, neutralidad y autonomía normativa, con la población que representa, pudiendo llegar a acuerdos de colaboración con las Iglesias, siempre que no supongan privilegios económicos o ideológicos para ellas. Ésta es la cuestión. Pero el principio debe quedar claro. Esos acuerdos son posibles, y el debate debe versar sobre si son necesarios en un lugar, o si siéndolos, se “pasan” al regular algún “derecho”. (Yo, de facto, considero que esto ocurre en aspectos concretos de los Acuerdos Iglesia-Estado español del 79). Pero hay que diferenciar las cosas. Por otro lado, y es un debate, intraeclesial, hay que decidir si desde el punto de vista pastoral, evangélico e histórico, ¡la identidad! es la Iglesia la que debe hacer renuncias que la democracia no le exige. Es otra cuestión. Y también para mí tendría respuesta afirmativa).

El Estado se rige por la ley democrática, y es autónomo al formularla; el hecho de que una ley no satisfaga moralmente a la Iglesia Católica, no la convierte en antidemocrática, ni a ese Estado en totalitario, ni necesariamente en su “perseguidor”. Por supuesto que no. Ahora bien, el Estado al legislar se conduce por la conciencia moral de su población, a través de la moral civil compartida, ¡a la que suma la moral cristiana lo mejor de sí misma!, y procura la satisfacción de los derechos humanos fundamentales de todos, en particular, de los colectivos más ignorados o débiles. La gente puede protestar en todo momento contra cómo el Estado interpreta algunos derechos humanos o cómo está recogiendo la moral civil común a través de las leyes, y, al cabo, en las elecciones generales, se verá el acierto o no. Nadie se libra de pasar este examen democrático.

He dicho que los cristianos colaboramos con lo mejor de nuestra moral al crecimiento de la esa moral civil compartida o ética civil; vemos, sin embargo, que hay aspectos concretos de esa moral civil que no son compatibles con la moral cristiana, así lo enseña el Magisterio, o también vacíos que nos gustaría ver colmados. Planteo esto en cuanto al Papa, por ejemplo. (Voy a dejar aparte la cuestión de la especificidad de una moral cristiana. También nos desconcierta la impresión de que la moral civil avanza a golpes de mayorías y minorías; respondo ya a esto: impresión falsa, pues lo que avanza así es la ley democrática, no la moral civil que crece por caminos más dialógicos y tradicionales, pero menos tangibles y contables).

Vuelvo a nuestras diferencias con la moral civil y tomo como ejemplo al Papa. Cuando habla el Papa, y argumenta desde la razón común autónoma y secular, impulsa la moral civil; la remueve al menos, si sus palabras no son aceptadas; y cuando añade, legítimamente, argumentos de fe, predica sus creencias y merece respeto por ser la conciencia religiosa de la máxima figura de una religión, la más extendida en Occidente y coautora de su cultura, pero estamos en la religión, en las creencias particulares de un grupo, en su fe, en su razón particular. En cuanto a la moral civil, para los ciudadanos creyentes, esta palabra de fe es su último fundamento y sentido, y para los no creyentes, no suma nada especial. Ambos comparten el valor inapreciable de esa moral civil, por más que discrepen en su último fundamento, religioso o no, además de humano. (Siempre en cuanto a la moral civil, pues otra cosa es esa palabra del Papa como interpelación a la conciencia religiosa de los ciudadanos, o a la ausencia de conciencia religiosa. Son dos planos distintos, el de la razón y el de la fe, inseparables en el ser humano, pero distintos).

Y si los cristianos, u otros ciudadanos, según sus convicciones filosóficas, es decir, según su concepto de ley natural, creen que tal o cual ley democrática no es legítima, ¿qué harán? Decirlo, razonar secularmente, presionar democráticamente y, puede darse el caso de que el asunto requiera la objeción de conciencia, ¡puede! Pero antes tiene que quedar claro que el argumento de ley natural es de razón, no de fe, y que no puede avalarse la interpretación particular de la ley natural en la Revelación, y la Revelación en esa misma ley natural; cualquiera ve que aquí hay una petición principio, un círculo vicioso, que se traduce en una conclusión inaceptable. Ésta: el Estado laico es autónomo o independiente al legislar, pero como ha de referir sus leyes a la moral, y la moral natural es la verdadera, y ésta siempre lo es referida a Dios en su fundamento, y al Dios de Jesucristo como el Dios verdadero, su Iglesia está en condiciones de corregir moralmente para todos, con efectos sobre la soberanía y laicidad del Estado Democrático, en cuanto a las leyes. Este argumento cae por su propio peso que mezcla Revelación y Razón, confundiendo. ¡identificando!, su naturaleza, sus efectos, y su sujeto.

Más fino es el argumento de que la dimensión espiritual del ser humano es el fundamento de su libertad y autonomía; es cierto para un creyente; es razonable decirlo desde "una" corriente de antropología filosófica; incluso imprescindible para un cristiano; pero no es una verdad antropológica obligatoria en cualquier concepción humana, y, por ende, sus consecuencias públicas están sometidas a la misma ley de la laicidad, en cuanto al Estado, y al debate secular y plural, en cuento a la sociedad civil. Por otro lado, dimensión espiritual del ser humano, religión, y catolicismo, no son exactamente los mismo. Debemos reflexionsar sobre esto.

La verdadera laicidad - se dice también- no significa prescindir de la fe; cierto, esto es así; pero añado, no necesariamente, ¡éste es el matiz!; puede haber una laicidad legítima, y de hecho la hay y es la más común, que en las personas y los grupos prescinde de la referencia religiosa. Se puede y se debe confrontar mediante razones antropológicas con ellos, pero la libertad conciencia y la autonomía del pensamiento humano tienen derecho a esa síntesis, y el razonamiento "creyente" acerca del ser humano no puede serles impuesto, ni suponer que son antropologías falsas. Tampoco lo contrario, es decir, suponer que alguien con conciencia religiosa ya no puede ser políticamente laico. En la práctica, por lo demás, más allá de este debate antropológico, seguimos sin poder escapar al criterio democrático a la hora de concretar la voluntad de los ciudadanos en unas leyes para todos. Ninguna antropología religiosa, por religiosa, mejor fundada y más completa, puede esperar que se le reconozca un plus de valor político en un Estado laico. Sería otro neoconfesionalismo. Siempre terminamos, así, en los mismos derechos y deberes de los agentes sociales, y en el valor insuperable del procedimiento democrático para moralizar la vida política.

Así pues, la Iglesia en la sociedad civil, tiene todos los derechos y deberes de cualquier grupo humano organizado; cada sociedad sabe con que particularidades, según su experiencia histórica, que no ofendan a la igualdad general; tiene toda la libertad para hablar moralmente en la plaza pública, ante la sociedad, ante el Estado y contra el Estado, pero distinguiendo bien el valor de su palabra; cuándo es moral a la luz de la razón, la del común democrático, y cuándo es a la luz de la fe, la particular; ella es lógico que crea en la absoluta coherencia de ambos modos de conocer el bien, y así lo contará, pero tiene que reconocer, y actuar, ¡y actuar en la vida pública política y civil!, a sabiendas de que la confusión de su competencia y clase de verdad, la saca del juego democrático laico, y la sumerge, ¡insisto, si no tiene conciencia de la diferencia sustantiva!, la sumerge en el neoconfesionalismo, ¡y esto, oh sorpresa, con la mejor conciencia de hacerlo todo por el bien moral, en cumplimiento de un deber religioso, y martirialmente! Es así. Podemos terminar creyéndonos mártires por un error de principio. He dicho en algún lugar que el Estado, y su gobierno, no es vanguardia moral omnisciente de ninguna sociedad; pero tampoco lo es la Iglesia en su sociedad. De ahí el valor de todas las aportaciones morales en una sociedad civil democrática, plural, autónoma y comprometida en la mejor recepción de los Derechos Humanos. Y, al cabo, de aquí tiene que surgir la ley, por el camino de las mayorías democráticas, ¡cuánto mejor nutridas, más moral!, su refrendo.

Por el contrario, o a la vez, nunca me cansaré de repetir el derecho de los creyentes a hacerse presentes en la vida pública civil, y mostrar a las claras sus colectivos y creaciones, además de sus comunidades de fe, para ofrecer y extender en la sociedad la fe en Jesucristo, y una concepción general de la vida a él referida, sea en “los media”, sea en la educación, sea en la asistencia social, sea en la solidaridad internacional, etc. A menos que ella no lo quiera así.

Ahora bien, cuando cualquiera de estas iniciativas se aleje del respeto por todas las personas y de los derechos iguales de todos, y especialmente de los débiles, ¡o de hecho si suceda ya, como no faltan casos!, o cuando se constituya en un antitestimonio para la fe en Jesucristo, y su Dios, y para la confianza en la Iglesia, o en una especie de movimiento político para los católicos que tratan de evitar los partidos, y aspiran a que estas mediaciones de los cristianos compitan por “la soberanía del Estado”, sin pasar por la vida pública política, será un gran fiasco. Pero ésta es otra cuestión.


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Comentarios:
Gracias a Usted. Yo no analizo lo que sucede en España, sino cómo acertar por nuestra parte; otro día hablamos de qué pasa si alguien se aprovecha de tu integridad moral; pero éste es otro problema y me gustaría que la Iglesia lo abordara directamente; tampoco se pueden hacer cosas "por si acaso" o por "y tú más". Ahora bien, en concreto tengo al socalismo español por más laicista que laico. Lo pienso así. Es posible que de tanto referirme a la Iglesia, se crea de mí lo contrario. Es igual. Saludos cordiales.
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 22.09.08 @ 18:36
Muy agradecido por su amable y larga respuesta. Coincido básicamete en todo, pero permítame que le diga con toda cordialidad que su análisis de lo que acontece en España, quiero decir, de cómo se interpreta en medios socialistas y afines la legítima exposición por parte de la Iglesia de sus criterios morales, me parece profundamente ingenua. Es triste reconocerlo, pero, a mi juicio, hay un empeño inequívoco de callar y marginar a la Iglesia del debate público, para lo que no se duda en vociferar cada vez que abre la boca que no encuentra su sitio en la democracia, o que quiere imponer su moral; probablemente, Ud. no lo ve así. Sólo puedo remitirme al tiempo (futuro) deseando equivocarme. Saludos muy cordiales.
Enlace permanente Comentario por pacomio 22.09.08 @ 17:45
Muy agradecido por su amable y larga respuesta. Coincido básicamete en todo, pero permítame que le diga con toda cordialidad que su análisis de lo que acontece en España, quiero decir, de cómo se interpreta en medios socialistas y afines la legítima exposición por parte de la Iglesia de sus criterios morales, me parece profundamente ingenua. Es triste reconocerlo, pero, a mi juicio, hay un empeño inequívoco de callar y marginar a la Iglesia del debate público, para lo que no se duda en vociferar cada vez que abre la boca que no encuentra su sitio en la democracia, o que quiere imponer su moral; probablemente, Ud. no lo ve así. Sólo puedo remitirme al tiempo (futuro) deseando equivocarme. Saludos muy cordiales.
Enlace permanente Comentario por pacomio 22.09.08 @ 17:41
La moral nunca lesiona la sacrosanta laicidad, sino a la moral misma, cuando es inmoral el procedimiento. Y si nos dicen que no aceptamos la democracia, no somos papanatas y lo damos por bueno, pero sí nos examinamos y vemos si es cierto o no; y lo mismo les exigimos a otros; no sólo si es bueno o malo lo que pretendemos, sino si lo perseguimos por medios morales, que respetan la laicidad, la igualdad de todos en derechos y deberes. Por tanto, no es una cuestión de nominalismo, sino de si somos inmorales en la defensa de lo moral, por no aclararnos en cuanto a la laicidad.
Le agradezco su participación. Con Dios
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 22.09.08 @ 12:56
instituciones internacionales (más democráticas). En cuanto a la Iglesia ante Hitler, si se le reprocha que calló, es esto lo que se le reprocha, que calló sin recurrir a todos los medios de denuncia que la moral exige en una democracia, ¡y en una dictatura, aunque aquí entra el factor miedo con otra fuerza!, pero entre esos medios no puede haberlos injustos, inmorales o terroristas. Lo que quiero decir, ya es claro, es que la moral cristiana puede protestar contra todos y siempre, pero no puede recurrir a modos antidemocráticos en una democracia, o malos para conseguir un buen fin, o que provocan más daño moral del bien que previsiblemente van a lograr. Es así de sencillo. Yo creo que Usted equivoca esto: si alguien no ve acertada una crítica moral de la Iglesia, es que le prohibe hablar a la Iglesia, y no es así; simplemente dice que esa crítica no es acertada o, en su caso, no juega limpio en una democracia de iguales,etc. La moral nunca lesiona la sacrosanta laicidad, sino a la mor...
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 22.09.08 @ 12:55
por ejemplo, la fuerza de un ejército, o un grupo fundamentalista violento, o evitando el Parlamento, par evitar esas leyes. O sea, los medios de lucha contra la inmoralidad no pueden ser inmorales y causar más daño que el mal que intentan impedir. (El caso de Hitler, independientemente de mayores preciones históricas sobre cómo fueron los hechos, pero así, "prima facie", el problema es que la democracia no debe aceptar grupos políticos que democráticamente tengan como meta terminar con la democracia; es la primera regla democrática; y si el pueblo lo avaló, fue el pueblo quien obraba mal y se daba leyes injustas; ¿pero quién deberá corregir esto y cómo? Éste es el problema de la injerencia humanitaria por causa de las víctimas de un pueblo que, ahora mismo, está cociéndose en cuanto a sus requisitos morales dentro de la teología moral cristiana, entre otras; pero nunca, eso está claro, puede confundirse con la guerra preventiva, y menos como una decisión fuera de las instituciones in...
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 22.09.08 @ 12:53
Vamos a ver si respondo a alguna de sus cuestiones. Sobre si la Iglesia Católica quiere imponer su moral en España, no lo creo; sólo que la considera expresión de la fe y del derecho natural, y en cuanto a este segundo aspecto, "la ley natural", tiene que comprender que otros no lo vean igual que ella. Lo cual no le llevará a callar, sino a esforzarse en dar cuenta de las razones de su posición. Lógicamente, el debate social tiene que ser y decidirse democráticamente, en cuanto a la ley común, y si ésta fuese en algún caso manifiestamente injusta, surgen los casos de posible objeción de conciencia, con sus requisito bastante estudiados en la doctrina moral y legal. No es imposible, pero tampoco es lo que a cada uno le parezca.
Por ejemplo, respecto al aborto, la Iglesia dice y debe decir lo que cree; sin ninguna duda; es su derecho en una democracia y, en su conciencia moral, un deber moral absoluto. Esto no es romper la laicidad. Inmoral sería conspirar por medios antidemocráti...
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 22.09.08 @ 12:51
¿Cuándo hay que intervenir, aun lesionando el sacrosanto laicismo, porque la ética está por encima de otras consideraciones?
Sinceramente creo que en este tema no se debe caer en excesivos escolasticismos, ni en cuestiones "de nomine". Y yo, desde luego, me niego a aceptar que nuestros adversarios logren llevarse el gato al agua repitiendo a todas horas la falacia de que la Iglesia no acepta la democracia, quiere imponer su código, etc., etc. Un cordial saludo.
Enlace permanente Comentario por pacomio 21.09.08 @ 23:37
Sr. Calleja: con el mayor respeto quiero hacerle estas preguntas: ¿cree Ud. sinceramente que la Iglesia actual en España (quiero decir: la Conferencia Ep., Rouco, etc.)quieren imponer su moral a toda la sociedad? De creerlo, ¿podría argumentarlo con datos? Más: que un "colectivo" como es la Iglesia católica diga en una sociedad democrática, por ejemplo, que el aborto le parece un disparate ético, ¿lo considera Ud. una injerencia lesiva de la laicidad, el laicismo, o como quiera llamárselo? Todo lo que hizo y legisló Hitler (se que el ejemplo es muy manido, pero me sigue pareciendo excelente)fue estrictamente democrático, pues democrático fue su ascenso al poder, y además corroborado cada día plebiscitariamente por un pueblo enardecido; sin embargo, moralmente fue una iniquidad. ¿No reprochamos ahora a la (las) Iglesia(s)su timidez, su ceguera, su cobardía? ¿En qué quedamos? ¿Cuándo hay que intervenir, aun lesionando el sacrosanto laicismo, porque la ética está por encima de otras consi...
Enlace permanente Comentario por pacomio 21.09.08 @ 23:36
En realidad, todos los ciudadanos somos políticamente laicos, y esta actitud política fundamental posibilita el debate y la convivencia entre ideologías y creencias distintas, muchas religiosas y otras no. Saludos.
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 20.09.08 @ 14:59
me parece perfecto

el 98 por ciento de los Católicos somos laicos. Yo soy laico y laicista.

el 98 por ciento de todos los Cristianos somos laicos.
Yo soy laico y laicista.
Enlace permanente Comentario por cristiano 19.09.08 @ 10:01
El inquisidor Rouco es un fantasma del pasado, en palabras de Ladaria. Un hombre del 18 de julio, que quiere seguir quemando libros. Al contrario de su entrevista con Isidro Catela, la Xunta de Galicia, ha enviado a Garzón listado de 4.000 víctimas de la represión franquista, con maestros y concejales de Villalba, Lugo. Se lee en Entrevistas con 12 obispos: "allí no hubo asesinatos ni muertes" Trabajo de los párrocos y falangistas clericales.
Enlace permanente Comentario por jalon 18.09.08 @ 22:14

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