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J. Ignacio Calleja Sáenz de NavarreteJ. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

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Los testigos de la Pascua, ¿hablamos de oídas?

Permalink 31.03.08 @ 16:04:14. Archivado en Etica

A ver si acierto con lo que quiero decir. Pienso estos días, al fulgor de la Pascua, en los mil testimonios que sobre ella he oído. He estado atento. Quería que me llegara el sonido y el sentido profundo de lo que contaba cada testigo. Quería, además, captar en lo posible la convicción y hasta la emoción del testigo. Sé que esto es demasiado subjetivo y sé, además, que yo, educado y partícipe de la tradición cristiana, con experiencia propia del “Acontecimiento”, no podía ser un oyente común, un simple oyente de lo que otros, “los testigos”, cuentan todavía de la Pascua.

No tema el lector. No haré una tesis doctoral al caso. Sólo unos detalles para la reflexión. Soy de los cree que el testimonio de la fe o es práctico, es decir, testimonio de vida hecha sacramento de lo que proclama, o se pierde sin remedio en la nebulosa de lo que hoy es noticia y mañana se esfuma. El mundo de la comunicación está lleno de estas experiencias. Nosotros mismos las tenemos a diario. Hoy nos movemos por una causa humana muy aireada y mañana no tiene espacio alguno en nuestra memoria moral. Es una experiencia casi increíble, que nos desazona más de una vez, pero que no acertamos a controlar. Ahogados en noticias de desgracias e injusticias, cuando no de curiosidades, todo tiende a parecernos igual de normal, ¡si no nos afecta a nosotros directamente! En fin, lo que ustedes saben.

El caso es, -decía-, que el testimonio de la fe tiene una condición práctica, una sacramentalidad cercana, gratuita, escatológica en su último sentido, o deja de ser significativa para la mayoría de la gente de hoy. Claro está, y lo añado de inmediato, si esa sacramentalidad caritativa es radical e interpelante, si nos desnuda emotiva y realmente a los instalados del sistema social, entonces deja de ser significativa como interpelación moral, para ser “locura” revolucionaria e inaceptable. Quiero decir que hasta la interpelación moral y mística que el mundo reclama de la fe, tiene que ser contenida y digerible. De otro modo, decimos, ¡qué barbaridad!

Dicho esto, el testimonio de la fe pascual tiene que ser también experiencial y teológico. Me explico. Como decía, y atendiendo a mil voces estos días escuchadas, yo quería percibir qué había en ellos, qué sentía yo que había en esos testimonios, tanto de verdad personal para el testigo, como de verdad “inteligible” para lo destinatarios del mensaje, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En cuanto a este aspecto, la verdad proclamada de la fe en Jesucristo Resucitado como noticia “inteligible” para el oyente, me ha parecido bastante bien lograda en la mayoría de los testimonios. Era un discurso bien organizado, con mucha lógica, con cierto gusto, en general, para transmitir el testimonio apostólico de los misterios centrales de la fe cristiana. A veces demasiado teológico en sus conceptos y experiencias de fondo, otras con mayor sentido antropológico, apelando más claramente a la experiencia humana más extendida sobre el sentido de la existencia, creo que en general se pueden escuchar en torno a Pascua reflexiones muy logradas de lo sustantivo de nuestra fe cristiana por el lado del Credo y la Liturgia que lo celebra.

El tercer aspecto al que me iba a referir tiene que ver, -lo he advertido-, con la percepción que el oyente tiene o no de si el testigo de la fe pascual habla de una experiencia personal que le coge y transforma radicalmente sin remedio. Valorar esto es “casi” imposible, así que “casi” mejor callar, pero el “casi” nos da un margen para la pregunta, siempre que nos sintamos dentro del mismo grupo para lo bueno y para lo malo. Porque aquí sí que me parece que decae bastante el testimonio. He visto claro cómo explicamos el misterio pascual, me ha gustado bastante cómo nos reclamamos una conversión espiritual y moral al calor de esta experiencia, pero he tenido la sensación de que el testigo no se termina de implicar personalmente en la pregunta de: ¿y tú, quién dices que soy yo? No sólo el Credo, no sólo la Iglesia de todos los tiempos dice o enseña, no sólo la Palabra, no sólo el Papa ha dicho, sino ¿y tú quién dices que soy yo? Ayer domingo, el texto del evangelio se aprestaba a plantearnos esta misma cuestión, en relación a Tomás y su incredulidad, y como sabemos, concluía en el “Señor mío, y Dios mío”, “Porque me has visto has creído…”.

A mi juicio, este elemento personal e íntimo de la fe, que no “subjetivista”, sino íntimo y personal, el que implica radicalmente la verdad última del testigo, es el que sale peor parado en los testimonios pascuales de la Iglesia de hoy. Es la impresión que yo he tenido. Y es algo que me hace considerar que el primer problema del testimonio de la fe, hoy, en cuanto fe, no es que le falte práctica samaritana, compasiva o por la justicia, que es cierto que le falta mucha y es decisiva; ni tampoco que el primer problema sea una teología de la Pascua mal articulada en las homilías, como consecuencia de una secularización de la fe, que no llega a dar testimonio completo de la unicidad y universalidad de Jesucristo en la Historia de la Salvación. Estoy convencido de que el primer déficit, no sólo, insisto, no sólo, sino el más decisivo ante nuestro mundo, es que los testigos no terminamos de dejarnos ver desde dentro. Siempre hay un “como dice…”, “como enseña…”, “como cuenta…”, y queda entre “nubes” eso de “y tú ¿qué dices, qué vives, qué crees?, ¿cómo, en qué y hasta dónde está afectando a tu existencia en el mundo?, ¿en qué testimonio de vida se verifica esa convicción de una forma que advierta sacramentalmente de que algo nuevo ha sucedido en nuestras vidas? En caso contrario, parecemos vendedores de una ideología más. S i no hay exposición personal del testigo, parecemos “maestros” de una ideología religiosa. Por supuesto, podemos ser pecadores, y no haber avanzado demasiado, pero ¿dónde y cómo reconocemos que esa condición de pecadores está impidiendo la explosión del testimonio?

He oído, como les digo, muchos testimonios de la fe pascual contados con gusto y afecto; he podido escuchar en los mejores la transformación vital que la Pascua nos traía; y he podido ver, casi siempre, cómo el discurso escapaba a la pregunta de si todo esto que debiera suceder en la transformación de nuestras vidas, ¡y de nuestra vida eclesial!, no sucede, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué la Pascua no es tal? ¿Qué no es tal para nosotros? ¿Qué es ahistórica? ¿Qué no es sacramental? ¿Qué es escatológica? ¿Qué es particular y privada? Yo creo que, como testigos, escapamos a menudo a la pregunta que más nos implica, finalmente, y que tiene mucho que ver con cierta espiritualización de la Pascua y con un hábito en los testigos de poder testimoniarla sin dar cuenta de un ¿y para ti, cristiano ordenado o no, Obispo o teólogo, qué es realmente y a qué vida personal y eclesial conduce? Saludos y mis disculpas si no os hago justicia a algunos o muchos.


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Comentarios:
La concisión es valiosa, a menudo, sí. Equilibrismo no me gustaría hacer; no lo pretendo nunca; la equidad sí me gustaría tener por virtud, pero ya sabes lo difícil que es; enseguida, la prisa, la pereza o el desquite nos mueven a negar el pan y la sal a nuestros contrarios. Saludos.
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 02.04.08 @ 20:32
Más de acuerdo, todavía, si cabe. Pero la concisión también es importante. La verdad que el equilibrismo en la vida es muy... arriesgado?
Enlace permanente Comentario por JMS.- 02.04.08 @ 16:26
Ahora bien, a veces, y puestos a pensar, no quiero pasarme el día con batallitas entre eclesiásticos (ordenados o no) y sus luchas ideológicas por el control del poder eclesial. Eso sí, no quiero competir, pero no me callo si noto esta pelea cerca de mí; más aún si la veo encubierta con la forma de "celo espiritual". Saludos cordiales.
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 02.04.08 @ 14:17
Sí, siempre soy argumentativo y matizado; si no lo hago, es como si me ahogara; también me sucede como lector; me gustan los textos diáfanos; los admiro cuando los leo; me gustaría imitarlos; pero sufro si los encuentro piezas de un solo "acorde"; el "sermón" y el "mitín" son el lugar de una sola idea y muy clara; la reflexión es el espacio de las diferencias y detalles; la verdad de las cosas reside en los matices; el diálogo es el método y la actitud para conseguir que ambos caminos den fruto "efectivo". Me sumo al camino de la reflexión porque me siento más "vocacionado" a él; sigo algo así como un instinto; acepto que unas cosas mías gusten y otros poco o nada; ni lo uno ni lo otro me hace olvidar que la vida cotidiana tiene urgencias de "vida buena" muy elementales e inmediatas para la mayoría de nosotros; esto es lo que importa, claro está, y esto queremos todos para nosostros y los nuestros. Ahora bien, a veces, y puestos a pensar, no quiero pasarme el día con batallitas entre e...
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 02.04.08 @ 14:16
Eres siempre tan extenso y puntilloso?
La verdad vivida es irradiación. Cada quien la vivimos a nuestra manera y es esa manera de la que somos responsables. Yo creo que lo que nos falta es responsabilidad personal, algo que vemos en los demás y que no terminamos de reconocer en nosotros mismos. En definitiva la brizna y la viga. Muy de acuerdo con tu disquisición, “casi” completamente de acuerdo.
Enlace permanente Comentario por JMS.- 01.04.08 @ 15:07
Efectivamente, eso quiero decir. Gracias. Saludos.
Enlace permanente Comentario por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete [Blogger] 01.04.08 @ 13:16
"Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo" (Jn 4, 42).
Efectivamente, de nada nos sirve repetir de forma mimética las palabras y experiencias ajenas, si nosotros no hemos experimentado realmente a Cristo Resucitado en nuestras vidas. Sólo esto es capaz de transformar al ser humano. Ya está bien de repetir lo que otros han vivido. Es la hora de vivirlo, sentirlo, esxperimentarlo. Cristo vive y quien así lo siente no puede relajarse, sino que necesariamente vive con pasión este encuentro y da testimonio con su vida y su palabra de Él.
Enlace permanente Comentario por Inmaculada 31.03.08 @ 23:07

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