Si alguna vez me pierdo y no saben de mi, quizás me encuentren. si me buscan, cosa que dudo, por la Patagonia, allá por Esquel, en un lugar que llaman La Escondida, una isla de vegetación en medio de la inmensidad desolada de la Argentina más austral, sombreada por pinares, cipreses, ñires, lengas , grandes maitenes y algunos álamos que identifican lugares, con praderías junto al rio Percy que atraviesa el lugar, escoltado por umbrosas saucedas. Allí a las orillas de las aguas claras donde algunos ratos los echaba a las truchas, tan bravas e inocentes que hasta me picaban a mi, corté un atardecer el rastro del puma en la arena y disfruté del amanecer, la atardecida y las lunas, que estuvieron llenas, tras los grandes venados patagónicos en celo.
Fue la pasada Semana Santa, cuando allí el otoño está entrando y sus ciervos braman, Brama le llaman y está bien llamado, a su berrea. Inmensa, potente, rotunda y poderosa como esos grandes venados traídos de Europa que unos dicen fue un alemán, otros un plantador de árboles llamado Pedro Luro y según mis fuentes bien directas, sus propios descendientes, fue Gabriel Maura Gamazo, duque de Maura, hijo del don Antonio Maura y Montaner, el gran político español quien los traslado hasta aquella tierras donde medraron y hasta adquirieron mejor porte y hermosura si cabe.
He cazado allí con mi amigo Carlos Álvarez, de la familia propietaria de la finca, que en España tiene la Bujeda alcarreña, con José Manuel y con Oscar, con nuestros guías Jorge Nardo, “Colo” y Eduardo. Hemos recechado a los venados enfebrecidos por el celo y hasta nos ha acompañado la luna llena de este primer plenilunio que aquí es de primavera y allá de otoño. Hemos caminado, sudado, subido, bajado, arrastrado, esperado, desesperado y al fin hemos logrado entrar a la cercanía de los grandes machos en mitad de sus disputas y peleas. Y también, finalmente hemos disparado sobre nuestra presa. Los trofeos abatidos han superado el oro y se acercan a la barrera de los 200. Y no tengo ello por lo más atractivo de la estancia .
Para las paellas de Carlos, aportamos liebre, que son plaga y enormes, patos, que algún barcino logré bajar, y hasta un cubo de exquisitos Boletus Pinaster que los había literalmente a espuertas. Vamos que con ello, las truchas y los lomos de las reses era para quedarse autoabastecido y sin problema de morir de hambre, aunque tan vez si de gota.
No me puse al jabalí ni quise abusar de los confiados zorros que acuden al chillo y que desde luego poco problema tienen en encontrar pitanza diaria. A cada paso salta una liebre. Del puma, lo dicho, corte su pista en la arena, un atardecer a las orillas del Percy, cuando iba a beber agua en mi sombrero.
Por fin preparo de nuevo el equipaje de expedición y descuelgo el sombrero sudafricano de los viajes. Marcho hacia la Patagonia argentina. Un regreso largo tiempo anhelado. Desde que me fascinó en 1998 cuando bajé hasta Usuhaia con el Camel Trophy. En Tierra de Fuego, cruzado el canal Beagle por el que pasara Darwin con el barco que ahora le da nombre, me fuí un día con Miguel de la Quadra hasta la esquina ultima, hasta la Bahia Lapataia y allí nos hicimos una foto en un cartel de madera, en el extremo sur de la tierra que señalaba que Alaska esta a trece mil y muchos kilómetros de distancia.
No llegaré hasta allí esta vez pero no hace falta. Me sobra con volver a contemplar esa inmensidad que puede parecer desolada pero que esta repleta de vida. Donde vaya y lo que encuentre , ya se lo contare a la vuelta. Incluso si me topo con los fantasmas de los bandoleros Sundance Kidd y Buch Cassidy cuya pista perdí en los desfiladeros de las Rocosas cuando anduve por allí con mi amigos mormones, y que fueron a parar por donde ahora voy, por cerca de Cholila, donde tuvieron un rancho con su amiga y amante Ethel. Hasta que le pudo la afición, le pegaron un golpe al banco de Río Gallegos y hubieron de salir de naja por el Paso de la Leona. Dicen que fueron a Bolivia y en la película “Dos hombres y un destino” allí los matan. Otros aseguran que murieron de viejos cuidando el huerto en su país natal. Vaya usted a saber cual es la leyenda.
Estas semanas estan siendo dolorosas. Tras el fallecimiento de Pepe Loeches, maestro de mezcla musicales, cinco grammys, y delograr la miel más pura de las Alcarrias, otro gran amigo se me ha ido. Antonio Franco. Medico. Médico y compañero de muchas expediciones de la Ruta Quetzal, un verdadero camarada de aventuras y peripecias que las tuvo aún más y mucho mas intensas con quien nos unió, Miguel de la Quadra Salcedo.
Mas que un reportaje esto son una impresiones a vuela pluma, sin pretensiones, incluso deslavazadas, de mi último viaje, casi una excusa para colgar algunas fotos.
En mis propósitos, tras un cierto tiempo de sequía, viajera, estaba el no perder esa "mala" costumbre mia de viajar. ¿Que es un hombre sin sus vicios?. Este año ya me di una vuelta por el rio Bravo y ahora a ver si llego donde pretendían llegar los que al final acabaron por allí
La semana pasada cruce el río Bravo, la frontera actual entre México y USA, donde lo llaman río Grande. Lo hice por Laredo, en el lado americano, para llegar a Nuevo Laredo en el mexicano. Me recibió la luna llena y me acordé, ¿como no? de esas películas de Ford que sigo viendo con la caballería, el 7º claro, cruzando las aguas. Otros pensamientos también flotaban por mi cabeza. El de la batalla que el estado libra allí contra los poderosos carteles de los narcos que están ensangrentando la frontera y llevando desgracia y ruina a por otro lado floreciente zona. La droga en el origen de la tragedia.
Así que lo he descolgado y me marcho. Necesitaba el viaje. Cuando ustedes lean esto estaré, espero, volando rumbo a Dallas (Tejas). De allí a Laredo. Luego tengo previsto cruzar el río Grande o Bravo que le llaman en la otra orilla, y pasar a México. Lo demás se lo contaré a la vuelta.
Volcanes
desde el borde del cielo al borde mismo de las aguas del Océano. Un paisaje esculpido por el fuego y por el viento.
Por muchas razones, entre la que no es la menor los recuerdos imborrables de un viaje no lejano pero ya para siempre en la nostalgia, el Hierro se convirtió en mi isla íntima, en la favorita de mi memoria y mi nostalgia. Hoy no hay lugar en el mundo donde más me gustaría estar. Allí, asomado al Mar de las Calmas, esperando al volcán. Estoy seguro que muchos herreños hasta comparten esa sensación. Saben que viven sobre el volcán, sobre más de 90 volcanes y que en algún momento la lava fluya de nuevo es algo que han sabido y sentido desde siempre que en cualquier instante puede suceder. Si es, como parece lo más probable y si el hecho se consuma por estas fechas, un fluir sin explosión, un nuevo derramarse de las lavas, hasta puede que lo esperen con un cierto interés y un cierto anhelo de emoción y hasta de bienvenida.
En mi provincia de Guadalajara todos los inviernos los pueblos echan una competición de pasmos que es muy enfervorizadamente seguida por el paisanaje. La batalla más enconada suele darse entre las sierras del norte, la de Ayllón o la Pela, y el Alto Tajo. Y uno como tiene gusto por viajar algo a trasmano y fuera de circuitos y fechas señaladas se decidió por ir a verla en directo. De paso me libré de los controladores.
Si alguna vez me pierdo, y en el improbable caso de que alguien deseara encontrarme, no me busquen más allá de Los Roques. He vuelto una vez más desde que me salieran al encuentro en el ya lejano 1998 cuando Chávez no gobernaba en Venezuela y allí seguirán cuando, sea el siglo que sea, Chávez deje a su país en paz. Es ese lugar donde siempre que me marcho sé que voy a volver. No es mi Ítaca, creo que ya no tengo Ítaca, pero si alguna vez hubo una Circe, a la que siempre he preferido, seguro que tiene su refugio por allí. Quizás su Virgen del Valle, vaya usted a saber, tenga que ver con ella, o como descreído que soy para creer en lo que me plazca, pero el caso es que por su pequeña capilla en el acantilado, abierta al viento , a las olas y a los anhelos de los hombres, siempre procuro ir a rendir un homenaje. Los españoles con esto de las vírgenes es que somos muy nuestros y siempre tenemos algo que agradecer. Aunque sean los recuerdos.
Una vez más, y espero que queden muchas, cuando esto lean yo habré descolgado ya el sombrero, el viejo sombrero sudafricano de lona, de cinco dólares y de algo más corrido juntos. Lo merqué en el Krugger allá por el 1999, por el viejo sistema del trueque y no me ha dejado de acompañar desde entonces en ningún viaje que haya tenido para mí la consideración de tal. Hasta tiene en su haber un libro, cuya portada ilustra y cuyo título protagoniza “Un sombrero para siete viajes” .
Mi fin de curso , ¡vaya curso que llevo!, me lleva a un viaje de ida y vuelta a Chile. Si puedo y tengo un mínimo hueco intentare llegarme a Isla Negra, a la casa de Pablo Neruda, uno de esos lugares que uno lleva prendidos para siempre en la memoria y la nostalgia. Uno de esos sitios a los que el viajero quiere volver.
Domingo, 19 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Rufino Soriano Tena
Manuel Molares do Val
Toni García Arias
Antonio García Fuentes
Vicente A. C. M.
Francisco Rubiales
Paco Sande
Juan Ramón Moscad Fumadó
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez