La luna más hermosa salió anoche. El crepúsculo de agosto se esfumaba en sombras y gritos alborotados de mirlos. Estaba en un pequeño valle dando cara a una costera punteada en su viso por encinas de redondas copas. Tras una, empezó a brillar y de ella emergió con redondez perfecta hasta separarse del horizonte y alcanzar el cielo mientras de la tierra oscura subía acompañándola una sinfonía coral interpretada por la orquesta de los grillos.
Lentamente, y según se alzaba, comenzó a bañar los árboles, luego los matorrales y finalmente umbrías y oquedades del sombrío suelo para hacerles de nuevo perfilarse y tomar su individuales formas desligándolos de la amalgama de la tiniebla. Pero eran otras formas y otro color por esa su luz inusual que nos estremece y nos inquieta porque no es la luz bajo la que caminan los hombres cada día más diurnos incluso en sus noches iluminadas y ratifícales. Luz fantasmal como si fuéramos duchos en fantasmas cuando lo que nos sucede es que ya no nos bañamos nunca en lunas.
No había viento y la noche que ya era clara se aclaró aún más hasta hacerse casi traslúcida en un cielo donde a las estrellas les costaba hacerse notar e insinuar su parpadeo. Solo algunas hilachas de nubes, como guedejas lanosas se podían atisbar en algún costado del firmamento sin estorbar el paso del astro lleno.
Daban ya sombras las encinas en el monte cuando detrás de aquella de la costera, de la misma copa y por idéntico lugar, surgió, siguiendo a la luna, un lucero. Ninguna estrella lo igualaba porque no es ninguna de ella, que es planeta y llaman Júpiter, pero que es también un cascabel de luz, un pequeño y fiel perrillo que seguía, sin intentar alcanzarla, respetuosamente paso de su ama y diosa, que será satélite y hollado pero que todo lo señorea esta noche.
El bosque asomaba sonidos que no acababan nunca de continuarse, amagaba chasquidos , el rebullir de un conejo o el atisbo de algún pájaro nocturno , cuando se rasgó de pronto el velo del silencio con el ansioso guarrido de un zorro en celo escandalizando al monte . El grito del raposo se alargo a intervalos, haciéndose oír en los collados o aflautándose al transitar por cárcavas y hendiduras. Danzó su alarido durante un tiempo , ahora pareciera que acercándose , luego lejano y una vez ya no volvió a repetirse y parece que su voz nunca hubiera estado.
Le faltó a la noche y a la luna el jabalí o fue a salir por cualquier otra encina. Al hombre no le faltó nada. Ni siquiera llegar al alba.
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Precioso, me transporta a un lugar olvidado por los "urbanitas", revive recuerdos perdidos de excursiones a la luz de la luna, me hace desear volver al bosque, reencontrarme con la naturaleza.
Pienso utilizar algunos párrafos de esta entrada en mi nueva novela en la que ando ahora enfrascado y que debo de tener lista para mayo de 2010.
Pero, como es lógico, el personal prefiere andar en otros debates asque pasado un prudencial tiempo para que quienes hayan querido ya hayan podido leerla en cabecera, regresamos a la cotidiana gresca.
¡Jó Carlos! Llevas razón; estamos bajo el mismo "cielo protector", no el de Bowles, que lo mismo "protege" a Pérez Henares y su "no" jabalí que a esas ratas antidemocráticas mientras maquinas nuestra perdición.
Bajo esa maravillosa luna que encandilaba la noche, precursora de un alba, se estremecían y vibraban los firmes pavimentos que soportaban las colosales máquinas de offset, imprimiendo las consignas recibidas. Los cilindros impresores y los de caucho como puentes de tinta, presionaban las bobinas de papel que recibían, rotando, los caracteres que conformaban las imágenes y las letras-noticias.
La luna, seguía ascendiendo esclava de su curvada trayectoria, como testigo o refrendario fiel y... lentamente, visitaba las constelaciones, asqueada de los contenidos parciales y deshonestos que los monstruosos medios de impresión escupían odiosamente, sin pausa ni misericordia.
La infame ofensiva contra el PP, que el PSOE está auspiciando para tapar sus propias vergüenzas, engañan a muy pocos y les pasará factura.
Las tenebrosas sombras de luna, consecuencia de sus luces fantasmales me inspiraron esta decisión:
¡No volveré a comprar periódicos!
Sí Alfonso...."mis" parejas siempre han sabido que la "llamada" de la Naturaleza había que respetarla...aunque alguno ha habído que creyó que era imposible que una mujer fuera fiel y constante en una de sus pasiones...
;-)
Saludos
Pocas personas pueden expresarlo mejor que un "esperista", con además, buena pluma.....
Carmenn, supongo que te habrás acostumbrado ya. Sabe la pareja de un cazador que éste siempre tendrá dos pasiones....
....y es que "el jabalí" no acudió a su cita con la muerte...o estabas distraído en tu contemplación romántica de la luna...esa luna traicionera que tantas veces nos ha apartado de los brazos del amado para acudir a la cita con el jabalí...
Una nueva duplicación del post me lleva a tener que recuperar de nuevo un comentario. Lo siento.
Comentario por Carlos de Oleza 06.08.09 | 08:21
Bajo esa maravillosa luna que encandilaba la noche, precursora de un alba, se estremecían los pavimentos que soportaban las colosales máquinas de offset que imprimían las consignas recibidas. Los cilindros impresores y los cauchos como puentes de tinta, presionaban las bobinas de papel que recibían, rotando, los caracteres que conformaban las imágenes y las letras-noticias. La luna, seguía ascendiendo esclava de su curvada trayectoria, como testigo o refrendario fiel y... lentamente, de paso, visitaba las constelaciones asqueada de los contenidos parciales y deshonestos que los monstruosos medios de impresión escupian sin pausa ni misericordia.
La infame ofensiva contra el PP, que el PSOE está auspiciando para tapar sus vergüenzas, engañan a muy pocos y les pasará factura.
Las sombras de luna consecuencia de sus luces fantasmales me hicieron tomar una decisión:
¡Lo siento Sr. PH, no volveré a comprar un periódico!
Jueves, 16 de febrero
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla