La Marea de Pérez Henares

Amanecer en la Alcarria Alta (Y algunas fotos. Entre ellas la de la cueva de Nublares)

07.06.08 | 13:29. Archivado en Oleaje verde

La corza con el recental pegado a ella brotó de la linde del monte al navazo, entre dos luces, en la aún difusa claridad que precede al alba, como una sombra del propio bosque del que provenía. Bajé el rifle y me quedé absorto viendo a la madre, inquieta, y al cabrito atravesar el espacio descubierto en medio del monte alcarreño donde en los inviernos lluviosos se forma una pequeña y efímera laguna. Ahora aparecía, junto a ciertos restos de reciente humedad, tupido de hierba fresca y de vino color y pespunteado de algún majuelo en el que blanquean las rosas silvestres.

Los vi trasponer a ambos por detrás de uno de ellos y perderse de nuevo en la espesura de chaparros, en este monte dominado por los quejigos y alguna que otra carrasca. Los brotes tiernos y el mejor pasto abundan por doquier y los corzos no se ven obligados a salir a campo abierto. Están a salvo en su recién inaugurado paraíso donde cada árbol es un cántico al renacimiento de la vida.

Luego estuve en el viso y desde allí tendí la mirada hacia los horizontes abiertos. Y no se si se me concederá en mi existencia otro amanecer como este, de primeros de junio, que me ofreció mi tierra de Castilla.
Limpio el aire, limpio el cielo. Lavado el verde de las mieses entre los más oscuros robles, alineados en formación de gigantes, ladera abajo, hasta el llano, hasta donde, más allá, la serpiente de los chopos hace presentir un río. Y más lejos aún, hasta donde la vista rebota contra el circo de las viejas montañas, el alomado mar de cereal en continuo y sosegado movimiento en el que las espigas que ya comienzan a granar son la espuma de las olas.

No sé si la existencia me concederá otro amanecer como el que me otorgó, este día de primeros de junio de este año de gracia del 2008, pero sólo por él hubiera merecido la pena el vivir, el ver apagarse la vida en un invierno y sentirse resucitar con la resurrección de esta primavera.

Por la sierra norte de Guadalajara, las jaras habían comenzado a florecer y a cubrir de blanco las laderas del Alto Rey. Pero aquí, en las faldas de los chatos montes alcarreños, de la Alcarria alta, por tierras de Bujalaro, en una mañana de gloriosa y madura primavera, lo que ha florecido son los espinos albares, y sus delicadas flores proponen a los sentidos su trémula belleza y sus tenues olores.

He venido a cazar el corzo, pero estas primeras luces del día me están dando ya mucho más. Hasta donde se extiende la vista -que transita por despejados y alomados espacios presididos aún por los verdes de las mieses ya encañadas y granadas, que no tardarán en amarillear- hasta ir a rebotar sobre la sierra por la que vine ayer, la naturaleza es una explosión de vida en todo su conjunto. Lo es en cada uno de sus átomos, en cualquier rincón, en cualquier vallejo, en sembrados y baldíos, por viñas, trigales, olivares, cerezos y nogueras, en el mismo cielo, limpio y fresco, en el aire que llega cargado de efluvios y reclamos de todos los pájaros elevándose y parpadeando en la atmósfera al paso callado del cazador. Cuando éste pone el pie donde no ha llegado la reja y la labor, en la zona de claros, montecillos y aliagares que preceden a la linde del monte donde cierran filas chaparros, carrascas y las siembras, el espliego, el tomillo y la ajedrea levantan oleadas de intensos olores a cada pisada.

He visto alguna perdiz alzarse apresurada, a otras más las oigo cantar ocultas. Me alegra más que nada la frecuencia con que se eleva la voz, como una sonora campanilla, de las codornices, antes tan frecuentes ahora tan escasas, pero que parecen haber venido en mayor número este año de lluvias abundantes. En una fuentecilla, cerca de la casa derruida que algún día lejano cobijó sueños de humanos, sale de entre las zarzas hacia el espesar del monte bajo un conejo como un rayo. No voy a ver ninguno más en la mañana, pero éste ya es mucho.

He contado torcaces, alguna tórtola y hacia el soto de El Calzarizo veo bajar una oropéndola macho y, luego la oigo cantar en la chopera, lo mismo que insistente y muy cercano suena el canto del cuclillo.
Al otear con los prismáticos los rebordes de las cebadas en busca de algún movimiento que delate a mi presa, aparece la grácil silueta de un aguilucho cenizo que como una pardela jugando con las olas del mar, va jugando casi a flor de estas olas de cereal mecido por el viento.

Es misión imposible detectar a los corzos. Todo está a su favor, hierba y mieses tienen tal altura que les basta y sobra para desaparecer. Es uno el que me detecta a mí y me “ladra” mientras se aleja ascendiendo por la falda del monte. Va a ser toda la señal que me den, aparte de sus huellas, de su presencia. Pero no importa, sobra para la felicidad con la mañana y cuando ya remonto hacia el viso del monte, desde el que me ofrece las faldas y hondonadas de robledales alineados de Henarejos, bajando hacia la serpiente de los chopos que delatan al río atravesando su valle, no hay nada que me falte. Y si algo me faltaba entonces salta, casi bajo mi pie, un poderosa y robusta codorniz que, con un vigoroso y corto aleteo, se va a dejar caer entre la mies, en el mar de mieses que fue la Alcarria alta de Guadalajara cuando la madura primavera del año de gracia de 2008 estuvo allí en todo su esplendor para quien quiso ir a verla.


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