La Marea de Pérez Henares

El último cazador (cap I)

03.02.08 | 23:52. Archivado en ¡Pura vida!
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"El último cazador". Editado por “Almuzara”, completa la trilogía de novelas prehistóricas que inicié con “Nublares” y continué con “El hijo de la Garza”

Estoy ya metido de lleno en la promoción de mi novela. Se me ocurre que no es mala fórmula un anticipo de la misma para ustedes. Así que me he decidido a colgar del blog el primer capítulo. Aquí lo tienen.

Dedicatoria: A Juan Luis Arsuaga, el amigo que me enseñó que los sabios no deben olvidar soñar y que, sin serlo, bien podía soñar yo también el tiempo de las hogueras cuando la Tierra era madre y no esclava. Porque como nos descubrió Shaekespeare “estamos hechos de la misma sustancia que los sueños”

PRIMERA PARTE: "EL LOBATO”
Capítulo I

El silencio del cazador

Del cazador nace el silencio. Lo hace brotar, a medida que camina, unos pasos por
delante de los suyos, que intentan no levantar al ruido. Pero despiertan al silencio y la ausencia de todas las voces del bosque lo delata. Un silencio angustiado y repentino lo envuelve y lo señala. Es el silencio quien lo acusa y deja un rastro de miedo tras él, mientras se aleja.

El bosque habla y canta. Pero cuando el cazador pasa, el bosque calla y una mancha, un vacío de sonidos, lo envuelve y luego se estira largo tiempo a su espalda, sobresaltando a sus moradores, haciéndoles aguzar los ojos, extenderse inquisitivas sus narices y girar inquietas sus orejas.

Alrededor de los animales que comen hierba ronda siempre el revuelo de los pájaros y el bullicio de la vida. El cazador viene en el silencio de la sangre y de la muerte.

Ésa es la maldición del cazador. De todos los cazadores, del que camina erguido y mata desde lejos y de los que caminan sobre acolchadas patas y hieren a garra y colmillo.

Y ante los silencios que ellos despiertan también ha de estar atento el hombre, más alerta que ante ningún sonido. Porque son, como lo es él para los animales que acecha, el último aviso de la muerte que llega.

Con el sol aún alto, había buscado las crestas de roca que dominan las laderas sobre el valle y el río hasta encontrar un saliente pétreo desde el que poder atalayar con el aire de cara . Su vista recorrió una y otra vez, lenta, precisa, infatigable en su pregunta de algún movimiento, todo el espacio a su alcance: los pasos mínimos en los recodos de las rocas, las pequeñas praderillas, los bordes de los bosquetes, las veredillas entre las jaras, los verdes manchones de gayuba rastrera y hasta quiso penetrar en la profundidad oscura bajo los árboles donde no llega el ojo pero el instinto presiente.

Durante mucho tiempo no hubo nada. Bajaba el sol, se enternecía la luz, haciéndose más trémula, y luego hubo un zorro que se deslizó furtivo entre dos jarales. Casi al instante, en un canchal de piedras sueltas, vio moverse con repentina sinuosidad una pequeña comadreja que acabó por llegar casi a olisquear sus pies antes de seguir su ronda. Hubo pájaros cercanos, un lejano grito de un gavilán en los sotos del río y un cierto tono en el habla de los mirlos le indicó que atardecía.

Pero no fueron los ojos quienes le advirtieron de que la caza comenzaba. Por la costera se oyó un entrechocar de piedras sueltas y se concretó el paso de la piara, algunas hembras con rayones y unos cuantos primalones que descendían hacía el agua. Parecían acercarse pero en un momento torcieron su marcha, sin decidirse a bajar, y se acabaron por perder en la distancia. Quizá porque a su espalda él creyó oír también algún sonido que no acabó de identificar pero que sí hizo cambiar el rumbo a las jabalinas viejas. Fue entonces, cuando brotando de la nada, vio bajar la corza y, a los pocos metros, aparecer, tras ella, el macho.

Estaban en celo. Calculó su dirección y supo casi con certeza hacia dónde se dirigían. Había estado allí aquella mañana. Era una amplia pradera junto al río, aromatizada por el saúco y apenas pespunteada por algunos espinos, en la que el bosque hacia dos entradas hasta casi el mismo borde de las aguas. La pareja, descendiendo en diagonal, tardaría mucho más que él en alcanzarla.

El saúco que crecía casi en el centro de la pradera sería su escondrijo y podía permitirle tener alguna posibilidad tanto si se decidían por una trocha o por la otra.

Porque con las presas nunca se sabía. Cuando parecía anudado en la cabeza ellos hacían imprevisiblemente lo contrario, para desaliento del cazador que ya se creía sabio. Y él era aún muy joven. Y dudaba. Pensaba entonces en el Oscuro, allá arriba en el hielo, y no podía evitar hasta mirar hacía atrás, a encontrarse su mirada, con su pregunta, buscando la seguridad , esa certeza del viejo cazador que tanto echaba en falta.

Pero el Oscuro estaba en el hielo y el debía cazar ahora si quería sobrevivir en aquella tierra que no era la suya, en aquel territorio donde de ser descubierto podría ser abatido de inmediato, en aquel refugio que podía dejar de serlo en cuanto sus perseguidores volvieran a dar con su pista. Era vulnerable, era un fugitivo sin un destino al que poder dirigirse, sin cobijo, ni clan ni familia a la que poder pedir amparo. Estaba solo y solo debía matar aquel corzo.

Se inmovilizó bajo las ramas del oloroso saúco con el arco empuñado y una flecha ya encordada. Había dispuesto además las tres azagayas clavadas someramente en la tierra húmeda y el lanza venablos también a mano por si las peripecias de la caza hacían más aconsejable su uso.

Esos momentos eran los que ponían en mayor estado de tensión al cazador, el momento más intenso, más incluso que cuando lanzaba su flecha o su venablo. La espera, desde que se oía el primer roce del acercamiento de la presa, era lo que hacía latir desbocado su corazón.
Era entonces, después de regañarse por sus ansiedades, era cuando salmodiaba como una letanía el consejo repetido de su abuelo. “La ansiedad siempre anida en el corazón del cazador. Debes aprender a sacudírtela de los pulsos”.

Pero ¿cómo?. Porque no se había equivocado, la pareja de corzos bajaba. Oía ya el romper del monte, el rebotar de sus pezuñas en la senda y hasta sentía el correteo, como un juego, del macho persiguiendo a la hembra que, a veces, se rebrincaba y hacía un escorzo de alejamiento. Venían, y él lo sabía, confiados y el macho, con sus entrecortados ladridos, enfebrecido de celo no tomaba ninguna precaución, como si el instinto reproductor hubiera borrado cualquier prudencia y cualquier otro recuerdo de peligros pasados. Seguía a la hembra y marcaba el territorio pregonando su posesión a otros competidores.

Ya estaban casi al lado, habían tomado la trocha mas al norte “Van a entrar, voy a verlos ya en la pradera” se dijo y entonces algo sucedió más allá, algún ruido, alguna presencia, cualquier cosa, pero el sonido de las reses se detuvo, el monte enmudeció, el silencio se hizo absoluto, donde antes se movía la maleza, donde casi presentía su silueta no hubo nada, no hubo otra cosa que las suaves ráfagas del viento y un regaño, como una protesta, de un mirlo que salió del bosque y vino volando alocado hacia las mismas ramas del saúco donde se ocultaba.

“Maldito pájaro, acabará por darse cuenta de que estoy aquí y volverá a chillar y los asustará aún más. Maldito mirlo. Son casi peores que los arrendajos”. Odiaba a los vocingleros arrendajos, siempre prestos a la alarma, y ahora odiaba a este mirlo que rebullía por las ramas bajas. Sus aleteos, además, solapaban cualquier sonido de los corzos enmontados y ahora, seguro, que tan inmóviles como él mismo.

Transcurrió la eternidad de unos momentos. Pensó: “Siguen ahí. Será el propio pájaro que estaría en un arbusto el que los ha sobresaltado al arrancarse a su paso. Espera, espera. Se irá el mirlo. Acabará por irse. Saldrán los corzos”.

Pero el mirlo no se iba. Parecía encontrarse a sus anchas removiéndose y ahora bajaba al suelo, hasta casi tropezar con sus venablos hincados. ¡Y entonces la corza brotó al claro!. A no más de cuarenta codos. Salió tranquila con la cabeza, eso sí, levantada y las orejas alerta, pero dio unos pasos y bajó el morro hacia el pasto. Triscó unos bocados, levantó de nuevo la cabeza y miró hacia atrás, como esperando al macho, como reclamándolo.
Se cruzó. Ahí tenía el momento del disparo. Pero él no quería matar a la hembra. Las hembras son el mañana de otros corzos. En sus vientres es donde hay la promesa de otra caza y el macho estaba allí, tapado, pero también lo estaba el maldito mirlo que de un momento a otro iba a descubrirle, en cuanto hiciera un movimiento, el de levantar y tensar el arco, y salir revolando y chillando asustado. Tendría que disparar a la hembra. No podía arriesgar más.

Con lentitud inicio el movimiento y nada más insinuarlo el pájaro se levantó con un grito continuado y voló hacía el río. La corza levantó la cabeza, saltó a un lado y apuntó con su hocico y sus móviles orejas directamente hacía el saúco. Estaba descubierto.

O no. El viento no decía nada a la corza. El chillido del ave ya no existía, ya parecía no haber sucedido nunca. Solo se mantenía la envarada alarma de la res, en tensión y alerta.
El instante detenido lo rompió el brusco brotar del macho desde la maleza. Lanzó un grito ronco e inició un trotecillo hacia la hembra que lo esquivó, acercándose aún más a la postura del cazador al acecho.

Los pulsos del “Lobato” ya estaban serenos cuando la flecha vibró en el aire aún cálido de la atardecida y fue a clavarse hondamente donde el cuello se junta con la paleta, en el sitio por donde la muerte penetra rápida y fulminante. El macho respondió al impacto, cuyo sordo sonido llegó nítido al oído del cazador, con un salto de costado. Luego hubo dos corcovas más, como en un intento de girar sobre sí mismo, y unos pasos, como si bailara, vacilantes, y el animal cayó.

Cuando el hombre salio de su escondite, con el venablo en la mano, presto a rematar, la hembra ya no estaba en el claro, pero la sintió en la linde y la oyó escabullirse por la trocha y huir monte arriba, por donde había bajado.

El corzo, un macho todavía joven, en plenitud, con un hermoso perlado en sus pequeños cuernos todavía se estremecía en estertores. El cazador les puso fin con un rápido lazazo entre las costillas, directo al corazón. Luego cogió un puñado de hierba, seleccionándola entre la más tierna y fresca y se lo puso en la boca. “Toma de mi mano tu último bocado, tu carne será vida para mi y las gentes de mi clan”. Era el viejo ruego de perdón del cazador que habían repetido todos los cazadores de Nublares ante la pieza abatida. Así lo musitó él, aunque no hubiera otros con quienes compartir la presa y su clan ya no existiera.

Desenvainó su cuchillo de pedernal de la funda de cuero que llevaba en la cintura y le abrió la garganta al animal. Recogió los borbotones de sangre con sus manos convertidas en cuenco y la sorbió golosamente. Tenía hambre y sed. Y ahora tenía prisa porque la noche caía con rapidez, el sol estaba ya acostándose tras las montañas de poniente, los bosques espesaban sus sombras y el olor de la sangre derramada no tardaría en desparramarse por el viento. Y a esas horas, había muchos inquisitivos hocicos que aspiraban los efluvios y comenzaban a buscar sus presas. Tenía que darse prisa.

Recuperó antes que nada su flecha, la limpio en la hierba y la devolvió al carcaj. Luego sacó de su mochila un pequeño fardo en el que llevaba cuidadosamente envuelto su instrumental, seleccionó un pequeño cuchillo de pedernal de solo un filo, un eviscerador, y con precisos tajos en la tripa del animal dejó en un instante al descubierto su paquete intestinal.

No podía llevarse la presa entera. Con unos enérgicos tirones arrancó todo el paquete intestinal y lo arrojó en la hierba. Pero separó el hígado y el corazón. Eso no iba a dejárselo ni a los zorros ni a los lobos. Tras otros cortes previos en las juntas de las rodillas, tronchó y cortó las patas del animal y también las arrojó a un lado. Meditó brevemente si hacer lo propio con la cabeza. Decidió llevársela. Por la cuerna , que le sería muy útil para puntas y arpones, aunque prefería la de los venados, y por la carne. Le gustaba asar esa parte comerse sobre todo la lengua, los sesos y los ojos, su manjar preferido. Con hábiles movimientos y ayudándose de una cuerda hecha con tendones, convirtió el ahora reducido cuerpo del animal en un reguño, envuelto sobre sí mismo, y logró introducirlo en su elástico macuto con la cabeza colgando hacia un lado.

Acabada la faena se dirigió al río. Allí se lavó la sangre de las manos, de los labios y la cara, recogió unos puñados de berros y lentejas de agua y en ellos envolvió el corazón y el hígado de su presa a los que aún pudo hacer un hueco en lo alto de su mochila. Después llenó de agua su pequeño odre de camino, confeccionado con la vejiga de un jabalí, tapizada con piel de un cabritillo de rebeco que se empapaba para mantenerla fresca. Por último recogió el arco, el carcaj, las azagayas y el venablo y cuando ya las sombras envolvían al prado, cargó con su presa a la espalda y salió de la escena de la matanza con paso ágil y furtivo.

Ya tenía decidido no regresar hacia su cueva. El camino sería muy largo y, con el olor de su presa en las espaldas, peligroso. Remontó pues hacia la oquedad cerca del divisadero desde donde había oteado a sus presas esa misma tarde, desde donde había descubierto a los jabalís y al zorro y desde donde vio bajar a los corzos.

Recordaba haber entrevisto una hendidura entre dos grandes rocas, donde podría introducir su macuto, meterse él mismo y apilar por delante rocas para tapar la entrada a cualquier animal de presa. Y encendería el fuego. El hígado, al menos una parte, se lo comería crudo pero asaría el corazón y, una vez que con el hacha de piedra separara el frontal con la cuerna, también pondría al fuego la cabeza.

La luna salió casi llena. Surgió poderosa y el joven cazador levantó su cara, hacia lo alto y hacia ella, para que la bañara aquella luz que no hería sus ojos sino que los fijaba en su misterio. Si hubiera estado con él su lobo-perro, seguro que hubiera aullado y él mismo tenía también al borde del pecho la necesidad de algún sonido, de decirle algo a aquellas hogueras del cielo.

Cada una debía ser igual que la suya, el fuego de algún cazador en medio de la noche en aquellas inalcanzables praderas del firmamento, pero la luna era otra cosa, la sentía como una llamada salvaje en su interior. Amaba el sol y su luz, sentía que la vida estaba unida a su calor pero la luna había de tener cosas que decirle a los hombres, algún misterio que quizás algún día le contara.

Ya estaba acomodado ante su hoguera, protegida en un alto círculo de piedras y lajas, cuando el astro, ya elevado sobre todo el contorno de los montes, dio con su fulgor en la cinta de agua y la hizo brillar en su deslizarse valle abajo.

Y durante toda aquella noche en las praderas, a ambos lados de sus riberas, los corzos, los venados, los jabalíes, los zorros, los linces, los caballos, los uros y una furtiva manada de lobos, que cruzó ya casi a la amanecida, volvieron sus cabezas a lo alto de la cresta rocosa y no dejaron de mirar aquella inusual y extraña luz, y se estremecieron al llegar a sus sensibles olfatos el acre olor del humo. Sabían que era el fuego de los hombres y esa noche todos se hurtaron, para remontar a la “cuerda” , de las trochas cercanas a él. Los lobos también evitaron aquel paso y con un aullido de llamada subieron hacia el norte, por ver de cortar la senda de la jabalina con crías que había cruzado el río aquella tarde.
Unos chacales, cuando casi no había caído aún la noche, fueron los primeros en encontrar las vísceras del corzo muerto, pero un glotón no les dio tiempo a aprovechar más que unos bocados y fue él quien se dio el festín antes de que aparecieran por allí las hienas.

25 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Carlos V. 13.02.08 | 23:14

    ¡Se acabó!
    He temido el momento de terminar de leer "El último cazador"; al llegar a su epílogo he sentido esa inquietud que se vive cuando ves venir el fin de una buena película, intuyendo que se acercaba lamentablemente el final de la diversión.
    Me ha parecido corta.
    ¡Enhorabuena de nuevo D. Antonio!


  • Comentario por Carlos V. 07.02.08 | 21:33

    Acabo de terminar de leer la narración del duelo entre "el Rastreador" y el gigantón "Montaña" y me ha gustado tanto que me la he vuelto a leer, disfrutando con la victoria de...

    ¡No voy a chafarle el resultado a quien no la ha leído!
    Pero lo que quiero decir sobre ese episodio es que está increiblemente descrita la lucha y además sin extenderse en detalles, pero de tal suerte que te imaginas la escena como si la vieras transcurrir por la pantalla de un cine.
    ¡Magnífica narración!

  • Comentario por Antonio Pérez Henares [Blogger] 05.02.08 | 09:47

    Buena dedución Pai en cuanto al soporte en el arte rupestre de algunas escenas. Sólo una corrección. No es Tremoz sino Trasmoz. Un pueblo en las faldas del Moncayo, famoso por su castillo y por sus ¡brujas! a las que recreo ya Becquer , que paso una larga estancia en el Monasterio de Veruela para intentar curarse la tisis.

  • Comentario por Pai 05.02.08 | 00:40

    LA BRUJA DE TREMOZ Y LA HERMANDAD DE LA ARAÑA

    El pasaje de la novela que relata La Bruja de Tremoz creo yo que está inspirado en el Arte Rupestre Levantino, en la danza fálica de las pinturas de la Cueva del Cogull (Lérida) y en el arte Macroesquemático de los abrigos de la Araña (Bicorp, Valencia), que es un arte de gran contenido simbólico. Así que el buen rato que pasa Lobo Rastreador en lo alto del monte se lo proporciona una valenciana de melena lisa en cascada sobre el hombro, menuda pero de pechos rotundos, pezones largos y nalgas redondas. Una noche inolvidable para al amanecer volar por los cielos y sentirse en las alturas sobre un suelo de nieve.

    Este estilo de arte es del neolítico antiguo, y, por tanto, perfectamente verosímil en la narración, aunque el momento erótico esté basado en una experiencia real moderna.

    Esto muestra cómo la novela cuida el detalle y lo bien situada que está.

  • Comentario por ejpañol 04.02.08 | 13:35

    Estoy con Marian, da cierto rubor lo estancado que se queda uno en cuanto entra en la rueda de la supervivencia cotidiana

  • Comentario por Marian 04.02.08 | 13:22

    Pai, da gusto leerte... No sabes lo que aprendo y cómo me flagelo ante la conciencia de lo que ignoro. Gracias.

  • Comentario por Marian 04.02.08 | 13:19

    Javier 04.02.08 @ 10:56

    ¿Que es lo que va a desaparecer? ¿la sangre en el deporte-espectáculo-política? Vale, más decorativo. Pero el hombre es el que es y, creo, que no ha cambiado desde el paleolítico...

    No se caza para comer, no. Se estabulan los animales en granjas de muerte lenta.

    No hay combates de gladiadores, no. Hay boxeo.

    No hay torneos. Hay carreras de coches.

    No hay pena de muerte ni tortura directa... ¿?
    ------------

    Hasta que no lea la novela, me la han recomendado, aunque por ahora me ha sido imposible, no podré opinar con fundamento. Deseo mucho éxito al autor.

  • Comentario por Pai Pallardo 04.02.08 | 13:14

    1 LA NEOLITIZACIÓN DE LAS CULTURAS EPIPALEOLÍTICAS 1

    Es un proceso diacrónico protagonizado por grupos epipaleolíticos locales, cuando su propia evolución y las relaciones con los colonos neolíticos de los territorios cercanos conducirán a la asimilación de las nuevas técnicas de tallado líticas, la cerámica y la ganadería de la oveja doméstica. La evolución del Epipaleolítico al Eneolítico se ve en muchos yacimientos, como en el abrigo de Mendadia en Treviño, en el Barranco de Valltorta, en los niveles de la Cueva de la Cocina III, en Botiquería 6 y muchos más en toda España.

    La evolución de esta transición al neolítico no es sincrónica, para cada grupo es distinta. Descendientes de epipaleolíticos adoptaron el nuevo utillaje eneolítico y neolítico y siguieron viviendo fundamentalmente de la caza, como demuestra los restos óseos de los yacimientos, incluso las últimas investigaciones genéticas.

  • Comentario por Pai Pallardo 04.02.08 | 13:12

    2 LA NEOLITIZACIÓN DE LAS CULTURAS EPIPALEOLÍTICAS 2

    La situación del clan de Nublares y el Poblado de Peñas Rodadas es correcta científicamente. Así mismo lo es la coexistencia temporal de clanes de cazadores, poblados neolíticos y poblados calcolíticos. Y la transmisión de técnicas entre unos y otros. Situaciones similares se están dando hasta hoy día en Asia, África, y América. En estos tres continentes nos podemos encontrar grupos estancados en el estadio cultural del paleolítico que utilizan cacerolas de aluminio, escopetas y cuchillos de acero.

    Está probado arqueológicamente que algunos clanes de cazadores-recolectores en zonas recónditas y privilegiadas aguantaron en la Península con sus formas de vida hasta bien entrada la Edad del Bronce y más tarde aún.

  • Comentario por Javier 04.02.08 | 10:56

    Afortunadamente las personas ya no necesitamos, salvo excepciones, cazar para sobrevivir. Por eso la postura más humana y civilizada es la que transforma el impulso venatorio que pudiera estar inscrito en nuestros genes en amor a los animales, nuestros compañeros de viaje, y por extensión a la naturaleza. Los espectáculos, diversiones o deportes que comportan el sufrimiento, y no digamos la muerte, de animales no tienen futuro porque la cultura y la civilización no se van a detener. Podrán darse altibajos u oscilaciones en períodos cortos de tiempo, pero en el largo plazo cada vez seremos más nobles y compasivas, y desecharemos las actividades crueles, del mismo modo que desaparecieron los combates de gladiadores, los torneos medievales o más recientemente en muchos países la tortura y la pena de muerte.

  • Comentario por Antonio Pérez Henares [Blogger] 04.02.08 | 00:17

    Sobre el momento temporal me he tomado algunas licencias literarias. Aparecen elemento paleoliticos en transición al neolítico y tambien en algunos poblados avances en este periodo que tardaron mucho tiempo en darse.
    Pero no olvidemos que "El último cazador" es una novela, ficción por tanto , aunque haya querido dotarla de un substrato donde he trabajado toda la documentación que he podido.

  • Comentario por Bardenario 03.02.08 | 17:12

    Gracias Pai, por la aclaración sobre Lobato.

    Hiciste temblar mi minúsculo archivo neural de pequeñas noticias librescas sobre el Epipaleolítico.

    Insisto, sólo me refería a los párrafos publicados aquí. Tu juegas con ventaja ¡pillín!, que has leído la obra y yo todavía la estoy esperando recibir.

    Un cordal saludo

  • Comentario por Pai 03.02.08 | 16:28

    EL CONTACTO ENTRE LAS CULTURAS EPIPALEOLÍTICAS Y NEOLÍTICAS

    El origen del neolítico se sitúa en Oriente Medio en el décimo milenio a.C. Desde Oriente Próximo se difunde a Europa mediante emigraciones a razón de un kilómetro por año. Los colonos neolíticos llegan a principios del sexto milenio a.C. a la provincia de Alicante mediante la navegación interinsular; al NE, por los Pirineos; y a Andalucía y la costa de Portugal hasta el Tajo, costeando el N. de África.

    A partir de la costa remontan los ríos extendiéndose hacia el interior. Conforme avanzaban fueron arrinconando a las culturas epipaleolíticas de cazadores-recolectores, que sobreviven en las zonas más recónditas hasta bien entrada la Edad del Hierro.

    Los colonos agricultores entran en conflicto durante cuatro milenios con clanes epipaleolíticos. Lobato es el último superviviente de un clan epipaleolítico que contacta con neolíticos y calcolíticos.

  • Comentario por Bardenario 03.02.08 | 13:49

    (...)

    empleo del cobre (nativo inicialmente, y posteriormente manufacturado). En España, en la cultura de Millares I (anterior a la “Cultura del Vaso Campaniforme”) afloran en los enterramientos, armas y herramientas de cobre, material que los párrafos transcritos no mencionan.

    Un saludo muy cordial

  • Comentario por Bardenario 03.02.08 | 13:48

    Carlos Vicente:
    Gracias por tu amable “colleja” destinada al impaciente que, “mucho habla, mucho yerra”, pero me refería sólo a los párrafos reproducidos.

    Parece que Pai Pallardo también me llama la atención, y me corrige, indirectamente, mencionando dataciones expresas.

    El origen de mi confusión se encuentra en que, en los párrafos transcritos, se menciona como fauna: corzo, venado, jabalí, oso, zorro. Como material empleado en diversos útiles, se menciona el pedernal y la cuerna. El lobo-perro, está domesticado. Como armas se menciona, entre otras, la azagaya (arma de caza típica del Paleolítico Superior, y profusamente decorada en el Magdaliense, con símbolos mágicos). Todo ello podría conducir, a la conclusión de que nos encontramos en el Epipaleolítico (final del Paleolítico).

    El Calcolítico, está datado entre el Neolítico y la “Edad del Bronce”. Se asimila con el empleo del cobre (nativo inicialmente, y posteriormente manufacturado...

  • Comentario por Pai Pallardo 02.02.08 | 23:17

    1 EL ÚLTIMO CAZADOR, UNA NOVELA QUE ENGANCHA 1

    Es una gran novela que engancha desde las primeras líneas. Guarda equilibrio entre sus facetas literaria, narrativa, prehistórica y humana. Se lee fácil aunque es profunda, y hay que pisar el freno para saborear, pensar y releer.

    El estilo literario es bueno pero nunca se pierde en florituras. La narrativa tiene una acción trepidante, de película, que mantiene siempre el punto de interés. Los personajes y las relaciones sociales están bien definidos, pero hay que contextualizarlos en una época primitiva, salvaje y bárbara, donde la mujer era una propiedad más, un bien mueble del hombre. Todavía existen civilizaciones y culturas donde la mujer no ha superado todavía ese estado de cosificación.

    Se desarrolla en el Calcolítico, en el II milenio a.C., en unos paisajes reales bien detallados pero sin cansar, …

  • Comentario por Pai Pallardo 02.02.08 | 23:16

    2 … EL ÚLTIMO CAZADOR, UNA NOVELA QUE ENGANCHA 2

    … y el contexto, las herramientas, formas de vida, estructuras de poder y económicas son verosímiles y fieles a los últimos hallazgos de la Arqueología.

    El argumento es el viaje iniciático de un joven que va superando pruebas y progresando en sabiduría desde la infancia hasta la madurez. Un viaje en una época de transición, ese momento conflictivo en que un mundo viejo muere para que empiece otro nuevo, como ocurre con Oscuro y Lobato. La revolución neolítica fue el cambio más grande y duro que ha sufrido la Humanidad y la novela lo refleja fielmente.

    El ingenuo Lobato, como Ulises con Circe, supera los encantos de la Bruja de Tremoz y la Hermandad de la Araña, y termina convertido en el sabio Lobo, hombre de raíces profundas pero rebelde, libre e independiente.

  • Comentario por Carlos V. 02.02.08 | 22:36

    Bardenario:
    Lo tuyo, es peor aún que lo mío que tras leer unas 70 páginas, eché en falta el regreso de los lobos.
    Espera un poco a hacerte con el libro y cuando lo hayas terminado, opina y coméntanos lo que te parece desde la visión del cazador que eres.
    Ahora ando por la 265 y hasta opino que es un gran relato cargado de detalles y no solo cinegéticos sino de otra índole... Compra el libro y yá me contarás.
    Un afectuoso saludo.

  • Comentario por Bardenario 02.02.08 | 22:02

    Perdón por la repetición de la última entrada, al intentar proseguir/finalizar con la publicación del mensaje.

    (...) también confío que sea la única negativa, y también le deseo el mejor de los éxitos editoriales.

  • Comentario por Bardenario 02.02.08 | 21:59

    (...)
    ("bastones de mando" para el lanzamiento de venablos, y las (para mí) adoradas muescas en los mismos, quizá hubiera ayudado como "puesta en escena". También el carácter sacro del lance venatorio, y el dramatismo de la frontera que separa la vida de la muerte del cazador que precisa la presa para su inmediata subsistencia.

    Son tantos los relatos venatorios que me llegan, en forma de recuerdos infantiles, relatados al amor de la lumbre, por viejos cazadores furtivos que así, tenían que aportar el sustento a su familia ...

    No sigo, porque parecerá una crítica destructiva, máxime cuando la obra ya está publicada.

    Me haré la idea que, en lugar de un arco, me acompaño de mi Weatherby "270 magnum", y así no me entrometo en críticas poco constructivas.

    Mis, una y mil, disculpas. Pero creo que, al publicar en la web, este capítulo, su intención es recabar críticas, y, por eso, me he atrevido a hacer esta, simple y muy corta. Ta...

  • Comentario por Bardenario 02.02.08 | 21:55

    (...)
    ("bastones de mando" para el lanzamiento de venablos, y las (para mí) adoradas muescas en los mismos, quizá hubieran ayudado como "puesta en escena". También el carácter sacro del lance venatorio, y el dramatismo de la frontera que separa la vida de la muerte del cazador que precisa la presa para su inmediata subsistencia.
    Son tantos los relatos venatorios que me llegan, en forma de recuerdos infantiles, relatados al amor de la lumbre, por viejos cazadores furtivos que así, tenían que aportar el sustento a su familia ...

    No sigo, porque parecerá una crítica destructiva, máxime cuando la obra ya está publicada.

    Me haré la idea que, en lugar de un arco, me acompaño de mi Weatherby "270 magnum", y así no me entrometo en críticas poco constructivas.

    Mis, una y mil, disculpas. Pero creo que, al publicar en la web, este capítulo, su intención es recabar críticas, y, por eso, me he atrevido a hacer esta, simple y muy corta, también ...

  • Comentario por Bardenario 02.02.08 | 21:51

    Estoy pendiente del pedido realizado a "La casa del libro", para que me envíe la obra al pueblo.

    ¡Mil perdones!, por la crítica que sigue, de la lectura parcial de la parte que aquí se publica del texto del primer capítulo.

    Como ex-cazador, aprecio las ajustadas descripciones, pero las veo más cerca de un "rececho" en el s. XX (aunque las sensaciones principales sean algo parecidas) que las de un cazador paleolítico.

    Echo de menos los preparativos de la estratégia preliminar como el rito de la invocación mágica, que todavía (creo) se experimenta entre los pocos, actuales, cazadores recolectores, también las importantísimas sensaciones olfativas, que no eran despreciables en el cazador paleolítico (también para algunos coetáneos, aunque sean fumadores como yo). Una referencia al carácter mágico de las palancas ("bastones de mando" para el lanzamiento de venablos, y las (para mí) adoradas muescas en los mismos, quizá hubiera ayudado como "puesta...

  • Comentario por witiza 02.02.08 | 21:01

    Bien escrito e interesante...Es verdad que se aprecia quien sabe de algo cuando escribe. A ver si este verano, cuando vaya a España, todavía no se ha agotado y lo compro.
    Curioso que no lo haya corregido un tercero: un notable esfuerzo. Me pregunto si vale la pena dedicar tanto tiempo; es mucho el que se necesita para publicar sin que el texto pase por un corrector,pero eso nos lo puede aclarar Antonio.
    ¡Enhorabuena y suerte!

  • Comentario por Rigoletto 02.02.08 | 19:44

    A mí la novela me ha encantado. Ya dije personalmente al autor que sólo puede ser escrita por un auténtico cazador. Este primer capítulo y en especial el primer párrafo me parecen antológicos. Durante el desarrollo de la obra ésta pierde densidad y fluye en el relato, pero esta pintura inicial del cazador en su relación psicológica y vital con el entorno, me parece sobresaliente. En su momento me agradaría escribir a APH y ofrecerle algunas impresiones en profundidad. Me sorprendió muchísimo saber que el texto no ha sido sometido a corrección de estilo por un tercero. Como humilde junta letras que soy, sé bien la pesadilla que supone el enfrentarse uno solo a las galeradas.

  • Comentario por Carlos V. 02.02.08 | 19:12

    Desde mi punto de vista divulgar la novela "El último cazador" de esta forma gratuita será promocionarla para que la conozcan quienes por aquí acudimos, pero poca gracia les hará a la editorial y a la cuenta bancaria del autor.
    Los que la lean por Internet, es improbable que la adquieran.
    Si es lo que quiere D. Antonio, pues bien; pero creo que sería mejor emplear "el dinero", de los que por leerla por aquí no la van a comprar, en los medios tradicionales...
    Por cierto, D. Antonio, ¿Qué tal van sus conversaciones con ese amigo suyo, director de cine que estaba dispuesto a llevarla a la pantalla?
    ¡Eso sí que sería una buen apromoción!

Jueves, 31 de mayo

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