Intervención de Emilio Alonso en la presentación del Manifiesto de las Clases Medias
20.07.07 @ 17:54:35. Archivado en Actos y presentaciones
Señoras y Señores:
Hace pocas fechas, concretamente la semana pasada, tuve el honor de ser invitado, en calidad en aquella ocasión de súbdito, quiero decir de público, a la presentación de otro libro. En la mesa presidencial de aquella presentación se sentaban nada más y nada menos que un ex presidente del Gobierno de España y dos ex ministros del Interior, uno de los cuales es hoy además el Presidente de un gran partido político de implantación nacional y aspirante muy cualificado a ser también Presidente del Gobierno algún día. En la fila 0, reservada a autoridades, asistían al acto la Presidenta de una importante comunidad autónoma, el Alcalde de una gran metrópoli, varios ex ministros más y muchas otras personalidades de las que cada día aparecen en prensa escrita, en la radio y en los telediarios. Ni que decir tiene, la densidad de guardaespaldas por metro cuadrado era fabulosa. Faltaban el Rey y la cabra de la Legión para que aquello pareciese el día de las Fuerzas Armadas. A veces reparamos más en los detalles sin importancia que en lo sustancial de las cosas; será por eso que a mí me llamó mucho la atención la forma en que los sucesivos ponentes o presentadores iniciaban sus breves discursos, nombrando ordenadamente, por jerarquía y tratamiento, a las autoridades allí presentes; se diría que habían hecho todos un cursillo acelerado de protocolo para no equivocarse y para saber a quien había que nombrar primero, a quién después y con qué tratamiento y de qué manera. Me recordó un poco a la mili, aunque justo es reconocer que en la mili los mandos, para poner las cosas más fáciles, llevaban galones y estrellas en la guerrera.
Como han podido escuchar antes, a mí, en esta ocasión, para dirigirme al auditorio me ha bastado con un convencional “Señoras y Señores”, fórmula equivalente, pero con bastante más tradición y bastante más hermosa y apropiada que el horrísono “ciudadanas y ciudadanos” que se gasta ahora, qué no decir del “jóvenes y jóvenas” que puso de moda la esposa de otro ex presidente del Gobierno. Pero que yo haya podido ahorrarme el cursillo de protocolo para dirigirles estas palabras no significa en modo alguno que en esta presentación haya menos autoridades y menos importantes y egregias que en la presentación de la pasada semana. Ustedes, nosotros, todos y cada uno de quienes nos hemos reunido aquí para asistir a esta presentación, somos las verdaderas autoridades, los verdaderos dirigentes, los auténticos y reales presidentes del Gobierno. Nosotros somos LAS CLASES MEDIAS. El libro que ahora mismo tengo el honor de presentarles, EL MANIFIESTO DE LAS CLASES MEDIAS de Enrique de Diego, es precisamente el toque de corneta que nos llama a despertar y a asumir ese papel protagonista en la sociedad, papel que parecemos haber olvidado, del que hemos dimitido para entregárselo a esa casta de seres pretendidamente superiores que apabullaban la presentación de que antes les he dado cuenta con su presencia y con sus títulos pomposos de aristócratas de nuevo cuño y quienes, en realidad, lejos de ser superiores a nadie, demuestran cada día su egoísmo y su torpeza en la tarea de gobernarnos, tarea por la cual, por si fuera poco, debemos nosotros, quienes estamos aquí sentados, pagarles de nuestro bolsillo sus espléndidos salarios.
Qué duda cabe: ya se ha escrito mucho sobre la esencia del pensamiento de izquierda que subyace a todo estatalismo y, sobre todo, al concepto de Estado del Bienestar que basa sus pretendidas virtudes en el desmesurado crecimiento de la casta política y de la burocracia pública que se nutren del expolio de las clases medias. Se ha escrito mucho, como digo, sobre su condición de estafa intelectual, de agente destructor de la libertad y la prosperidad de los hombres, de enemigo acérrimo de los principios éticos sobre los que se sustenta la civilización occidental (pleonasmo extensamente utilizado para referirse a la civilización, a secas). Por no agotar su paciencia, recordaré aquí tan sólo a Popper, a Hayek y a Revel como ejemplos de un nutrido y brillante elenco de pensadores que han demostrado la inanidad del pensamiento izquierdista con la profundidad y el rigor necesarios para despejar cualquier duda intelectual que aún pudiera quedar al respecto, como si eso fuera necesario después de las múltiples demostraciones materiales del fracaso de esos modelos de pensamiento tanto a la hora de administrar los dineros como las libertades. “El Manifiesto”, que se inscribe en la brillante tradición de esos autores, introduce sin embargo algunas novedades nada desdeñables y propone el siguiente paso lógico, el que por comodonería, por miedo o por complejo de inferioridad nunca damos las clases medias, que consiste en avanzar desde la convicción intelectual hasta la acción positiva. Señores, hay que hacer algo.
A lo largo de su extensa obra, Karl Marx teorizó la necesidad de construir una estructura superindividual, el Estado, administrada por una casta todopoderosa de políticos y funcionarios a quienes se encomendaba desde la tarea de fijar los precios de las cosas hasta la vigilancia de la libertad de expresión; pero fue en el Manifiesto Comunista donde encendió la chispa que desencadenó los grandes procesos revolucionarios occidentales. De estos procesos nació el socialismo realmente existente, que se dedicó a exterminar físicamente, con metódica saña, a las clases medias de aquellos países donde encontró acomodo; y nació también el estatismo, la socialdemocracia que, si bien respeta nuestras vidas, se sostiene únicamente gracias a la depredación, igualmente metódica y sañuda, de nuestros bolsillos. De forma bien sintomática, el MANIFIESTO DE LAS CLASES MEDIAS es, pues, algo así como el reverso del Manifiesto Comunista, y su fin confeso es la demolición de los falsos principios en que éste se basa asumiendo para ello un lenguaje igualmente candente, igualmente revolucionario, porque la movilización propuesta ha de adquirir necesariamente las dimensiones de una vasta rebelión cívica ejecutada por la vía de los hechos. Una rebelión cuyo sujeto hemos de ser las clases medias occidentales y cuya bandera ha de ser el liberalismo.
A Enrique de Diego se le podrán achacar, como a todo el mundo, montones de defectos, pero no el de contemporizar ni el de responder a otro interés que sus propias convicciones; a diferencia de muchos profesionales de la comunicación que se dicen liberales pero que luego no han dudado en multiplicar sus zalemas al poder a cambio de jugosas licencias de medios y mollares subvenciones en forma de publicidad institucional, Enrique no vacila en dirigir la lanzada al ojo de Polifemo: la clase política. La clase política, de derechas y de izquierdas, ha sido colonizada por ese pensamiento único de la izquierda y se ha convertido, a través de la ficción del “Estado del Bienestar”, en el aplastante monopolio de la depredación de las clases medias, injusto y coactivo intercambio por el cual nosotros ponemos el dinero y ellos no ponen absolutamente nada salvo sus propios y desmesurados privilegios.
No conviene, por tanto, que nos engañemos: este libro no apela al fulanismo, sino a la renovación total de las bases del sistema. Me consta que muchos de ustedes estarán pensando que mis palabras encierran una injusta generalización porque, verdad es, no todos los políticos son iguales. Claro que no: y si nos dejamos llevar por la tentación nihilista y táctica de considerar que el mal menor es el máximo bien posible, tendremos que concluir que nuestra obligación es defender a capa y espada a aquellos partidos (o, por mejor decir, al único partido) que defiende más o menos a las clases medias, que al menos habla, tímidamente, de hacernos la vida un poco más fácil y que, en todo caso, no se mofa de nosotros mientras nos desvalija. Estoy de acuerdo en que, especialmente en estos momentos de grave riesgo de destrucción de lo poco bueno que tiene nuestro sistema de libertades, hay que arrimar el hombro con lo que buenamente podamos. Pero nuestra obligación es mirar más allá, identificar y desenterrar las raíces del problema, recuperar nuestro papel protagonista en el liderazgo social y no limitarnos a entregar nuestras responsabilidades en manos de los políticos con la sencilla fe del carbonero, esperando que nos sean propicios. La Rebelión civil que se avecina no ha de llegar de la mano de los políticos, de ningún político, porque los políticos de hoy no pueden convertirse en la solución de nada, siendo como son la parte más sustancial del problema. Ante las demandas que se les formulan para cambiar las reglas de juego, para eliminar las manos muertas, las sinecuras y las castas especializadas en rascarse la barriga, los políticos siempre responden aquello de que “ahora no toca” o que “el asunto no está en la agenda política”. ¿Listas abiertas? “Ahora no toca”. ¿Ley electoral? “No está en la agenda”. ¿Privatizar las televisiones públicas? “No toca”. ¿Liberalización de las concesiones de medios de comunicación? “No toca”. ¿Reducir los impuestos y las cotizaciones a la Seguridad Social, que desvían más del 50% de los salarios hacia las insaciables arcas del Estado? “No toca”. ¿Romper con este peculiar sistema de redistribución de la riqueza por el cual nosotros somos cada vez más pobres y la familia Bardem cada vez más rica? “No está en la agenda”. Repasen la acción de gobierno de unos y otros desde hace 30 años y traten de encontrar un hilo conductor: verán que lo único que no ha estado nunca en la agenda ha sido aligerar la losa que pesa sobre las clases medias. Lo que siempre está en la agenda política, eso sí, es dilucidar la forma de meternos más y mejor la mano en la cartera. No, es obvio que la rebelión no se puede hacer desde una clase política ya totalmente echada a perder y es igualmente obvio que ha de llegar de los propios ciudadanos. De nosotros. De ustedes. Y si nuestra liberación no está en la agenda de los políticos habrá que meterla a empujones; mejor aún, habrá que arrancarles la agenda de las manos y escribirla nosotros mismos.
Termino. Jorge Luis Borges recordó en uno de sus textos cierta Saga escandinava escrita en el tiempo en que la cristianización comenzaba a extenderse entre las poblaciones vikingas y los diferentes clanes combatían entre sí porque unos profesaban aún la fe pagana de los dioses del Valhalla mientras que otros se habían convertido ya a la religión cristiana. En la historia, dos pequeñas mesnadas de vikingos se topaban la una con la otra, inopinadamente, en medio de los páramos helados de Islandia. No sabiendo los unos de qué convicciones eran los otros y viceversa, uno de los caudillos vikingos gritó:
- ¿En qué creéis vosotros? ¿En Odín sacrificado a Odín y en su hijo Tor, que es dios y es trueno? ¿O acaso creéis en el Cristo blanco?
Tras breve deliberación con sus lugartenientes, el cabecilla del otro clan respondió con esta frase inolvidable, al mismo tiempo cautelosa y desafiante, pero representativa en todo caso de una valerosa, y sabia, y magnífica forma de entender el mundo y el papel del hombre sobre éste. Contestó:
- Creemos en nuestras espadas.
Creemos en nuestras espadas. Liberémonos del pesado lastre de quienes quieren educar a nuestros hijos por nosotros, decidir qué cine nos ha de gustar, pensar por nosotros, ahorrar por nosotros, invertir por nosotros, elegir por nosotros y hasta conducir por nosotros y por si fuera poco tratan de convencernos de que es por nuestro propio bien mientras esquilman, sin solución de continuidad, nuestros bolsillos. Salgamos de aquí con la convicción de que nuestro es el derecho y nuestra la responsabilidad de dirigir nuestras vidas y de decidir qué hacer con nuestro bien ganado dinero, de que es indigna la aspiración de quienes quieren vivir a costa de nuestro expolio por mucho que disfracen propósito tan ruin con vagas apelaciones a principios inexistentes y a falsas conveniencias comunes y, sobre todo, con la convicción de que sólo nosotros, las poderosas, las ilustradas, las fabriles Clases Medias, podemos remover y restaurar de una vez por todas los cimientos de un sistema, la democracia, que nació con el fin de asegurar nuestras libertades y que, desgraciadamente, ha degenerado en el sistema que hoy padecemos, cumpliendo con dramática precisión el destino que vaticinó para él Alexis de Tocqueville: “ha perdurado hasta que los políticos se han dado cuenta de que podían sobornarnos con nuestro propio dinero”.
Muchas gracias.
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Le conozco, A través de los medios desde hace bastante tiempo y solía seguirle con asiduidad en el espacio que dirigía en el canal 37 de Alicante. Comprendo y admito que se pueda disentir de cualquier comunicador o director de programa o periodista o como se le quiera llamar. Pero creo que en las circunstancias actuales debería Vd. no desperdiciar sus fuerzas en los furibundos ataques que lanza contra Jiménez Losantos. Los dos, usted y él, tienen un mismo objetivo: desalojar del gobierno de España a los truhanes que lo ocupan y es obvio que en una situación como la actual este objetivo puede ser prioritario a cualquier rencilla que contribuya a que estos granujas no puedan prorrogar su mandato otra legislatura porque esto sería fatal para España, para mí y para usted. Una vez conseguido el objetivo principal ya podrá Vd. dedicarse a polemizar a su libre albedrío. Un saludo.
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Enrique de Diego
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