AÑO CERO, TRAS LA ERA ZAPATERO
07.12.06 @ 18:36:28. Archivado en Actos y presentaciones
Joseba Hernandorena se repantingó en el sillón de su casa dispuesto a ver el reportaje especial de Euzkaltelebista sobre el Congreso de Nuevas Naciones por la Paz. Había sido un duro de emociones y trabajo. En su calidad de funcionario del Departamento de Normalización Lingüística y Étnica, como traductor de gallego, había tenido que asistir a todas las sesiones y al plenario, como esfuerzo adicional. En su condición de hombre concienzudo se había documentado a conciencia sobre los suevos a los que los delegados de la nación gallega habían hecha continua referencia. Uno de los representantes de Galicia había hecho un brillante alegato contra el genocidio suevo a manos de los visigodos y había propuesto, entre el delirio de la concurrencia, un retorno al “indigenismo suevo” y la recuperación del idioma ancestral, en detrimento del galaico-portugués, pues se habían recuperado unas piedras escritas en el suevo.
Joseba había traducido con monótona cadencia, sin inmutarse. Eran momentos históricos de efervescencia, en el que afloraban sentimientos reprimidos y se proponían proyectos para recuperar la pureza originaria. La delegación de Cataluña había hablado de la “primavera adolescente” –en concepto ambivalente- de las nuevas naciones, entre el silencio arisco de los demás. Los catalanes, ya se sabía, iban siempre por detrás, dándoselas de pragmáticos. Siempre sus aplausos habían sido más tibios. Incluso cuando el Movimiento de la Nación Asturiana reivindicó el bable o la Chunta Aragonesista describió la aniquilación de la fabla. Más aguerrido, y con un discurso más coherente, fue el movimiento Nueva Numancia, que reivindicaba la heroica defensa contra el invasor romano y la independencia de la Nación Arévaca, como se referían a la maldita Castilla.
El Congreso de las Nuevas Naciones por la Paz, celebrado en el marco del Kursaal de Donosti, había sido un completo éxito. A solidarizarse con las nuevas naciones –Cataluña, Galicia y Euzkal Herria- habían venido las naciones hermanas de la República bolivariana de Venezuela, el Imperio Aymara (antes Bolivia), la Cuba de Ernesto Castro, sobrino nieto de Fidel Castro, muerto a finales de 2006, y la Corea del Norte de Kim Jong III. También habían concurrido nutridas representaciones de los pueblos oprimidos inca y azteca, cuyos delegados habían destacado por su colorido. Y de diversas tribus africanas, que se habían sumado a la condena del genocidio histórico perpetrado por “el pérfido pueblo español”, tal y como se había proclamado en el comunicado final. Muy aplaudido había sido el representante musulmán andalusí, que había exigido, desde la “realidad nacional andalusí”, como se refería, la condena de la batalla de Las Navas de Tolosa. Los representantes de Cataluña se habían abstenido en la moción por motivos obvios. Aún estaban muy recientes los disturbios cuando la mayoría musulmana había proclamado la República islámica de El Maresme. Durante dos meses había reinado la sharia y las adúlteras habían sido lapidadas. Gudaris de elite habían sido enviados para ayudar al Somatén de Intervención Rápida y reprimir la revuelta. El baño de sangre había sido minimizado por los medios de comunicación para evitar la sublevación de las otras zonas islamizadas de las Nuevas Naciones por la Paz.
El Congreso tenía una finalidad evidente y el objetivo se había conseguido: la denuncia internacional de la República jacobina francesa por el genocidio del pueblo vasco. Todos los delegados habían aprobado la moción con fervor plebiscitario. Había sido decisivo el emotivo discurso del representante navarro quien había encomiado la dicha que a todos los habitantes de Nafarroa embargaba ahora, tras su inclusión en Euskal Herria, después de una corta guerra fronteriza y la ejecución de los traidores foralistas-españolistas. En el Ministerio euskérico de Exteriores y el Ministerio de la Guerra se consideraba ese documento contra Francia el paso previo para la apertura de hostilidades y un respaldo a los comandos que actuaban al otro lado de la muga y que acababan de apuntarse el resonante éxito del asesinato, a plena luz del día en los mismos Campos Eliseos, del jefe de las fuerzas antiterroristas francesas, sus cuatro escoltas y el chófer.
Tras la aprobación de la denuncia, los congresistas habían cantado entusiasmados el Euzko Gudariak ante los retratos idealizados de Josu Ternera, Txapote, Gadafi, y, en lugar, más destacado Txerokee, muerto por la bomba que estaba a punto de activar, y de Juana Chaos, fallecido al final de su cuarta huelga de hambre.
Días antes, habían tenido lugar acaloradas discusiones en el entorno de Ajuria Enea porque un grupo minoritario había propuesto que se rindiera homenaje a Patxi López y Jesús Eguiguren, por su colaboracionismo en el surgimiento de la Patria vasca, a lo que se había negado el grupo de mayor confianza del presidente, para el que los socialistas no habían dejado de ser, en el mejor de los casos, españoles, con todo lo que ello significaba. “No hemos cerrado los batzokis del PNV que, al fin y al cabo, eran nacionalistas para rendir luego homenaje a unos españolistas, todo lo renegados que se quieran”, habían dicho los recalcitrantes. El grupo minoritario había reculado con prontitud.
El último presidente del PNV, que se escondía en un zulo en una casa de Lequeitio, había sido ajusticiado, después de que hubiera hecho una declaración, ante la estatua de Sabino Arana, deplorando el desviacionismo de su partido, su progresivo aburguesamiento y reconociendo la heroica lucha de los gudaris etarras que “nunca habían cedido al autonomismo, como nosotros”, habían sido sus últimas palabras. Esta significativa declaración había sido pasada de continuo por Euzkaltelebista y se había enseñado en las ikastolas con debates con los alumnos dirigidos por los comisarios de la Normalización Lingüística y Étnica. Para Joseba Hernandorena habían sido aquellos unos meses de mucho trabajo, que había realizado con esa fría meticulosidad que tanto encomiaban sus superiores, a pesar de los antecedentes raciales maketos de Joseba.
Los sones del Guernikako Arbola abrieron el reportaje sobre el Congreso. Joseba recriminó a su hijo Gaztelu que estuviera entretenido con el videojuego ‘Exterminar Madrid’ y no estuviera sentado ya ante el nuevo televisor de plasma que Joseba había comprado con la extraordinaria del Día de la Independencia. Gaztelu estaba literalmente enganchado al videojuego, lanzado por el Departamento de la Infancia Euskérica, activa subdivisión del Ministerio de Normalización Lingüística y Étnica, en la que habían recalado buena parte de los últimos miembros de los comandos del movimiento de liberación nacional. En ‘Exterminar Madrid’ el jugador podía utilizar tanto armas cortas, como armas largas y podían manejar furgonetas llenas de explosivos. Gaztelu acababa de hacer volar al presidente del Gobierno con una bomba lapa y había volado el Palacio de la Zarzuela, residencia del Presidente de la República española, aunque las oficinas se mantenían aún en Moncloa. Pero esas las había destrozado con pericia en la jugada anterior.
Gaztelu refunfuñó porque estaba a punto de superar el récord de puntos provocando una masacre en el Metro, mas comprendió que su padre tenía razón al indicarle que debía seguir, por imperativo patriótico, el reportaje de un acontecimiento histórico como el Congreso de Nuevas Naciones por la Paz. Gaztelu era un forofo de Arnaldo Otegi, el nuevo héroe de los comandos de liberación de Iparralde, responsable de la bizarra operación contra el jefe antiterrorista francés. Y soñaba con incorporarse el día de mañana a un comando, algo que sabía no le gustaba demasiado a su padre y por ello no le había confiado todavía sus ideales. Ainhoa, la favorita de Joseba y el vivo retrato de su madre, mucho más diligente, se acurrucaba en el regazo de su padre, al que adoraba. Ainhoa estaba convencida de que su padre era un hombre importante y todo su interés era poder distinguirle entre los congresistas.
Cuando en un barrido de la cámara por la zona de traductores de la representación de la República sueva de Galicia se vio el rostro de Joseba –serio y concentrado en su tarea- Ainhoa aplaudió feliz.
Primero emitieron el discurso íntegro del presidente de Euzkal Herria, Egoitz Urrutikoetxea, nieto del héroe nacional Josu Ternera, quien había muerto en extrañas circunstancias en Oslo, antes de que se firmara el acuerdo por la paz y la decisión libre del pueblo vasco con el entonces presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, que el Tribunal Constitucional español había considerado plenamente constitucional, ante el recurso interpuesto por un tal Mariano Rajoy (del que los delegados gallegos execraban y se decían unos a otros ‘no seas Rajoy’ para significar que no había que ser ni traidor a la patria sueva ni tibio).
El líder máximo Egoitz dedicó las primeras dos horas de su discurso a execrar a la “depravada raza española”, para luego entrar de lleno a llenar de improperios “a la imperialista, genocida y jacobina república de los galos”. Gaztelu aplaudía con entusiasmo los momentos de mayor violencia verbal del discurso y Joseba le dio complacido, unas palmaditas de aprobación en el hombro, para que supiera de que estaba orgulloso de que fuera un fervoroso abertzale. Joseba Hernandorena sabía que Gaztelu había sufrido un trauma grave cuando los niños de su clase le habían llamado ‘nieto de maketos’. Fue un día terrible. Gaztelu llegó llorando y le preguntó a su padre, compungido, si era cierto que la abuela paterna era de la raza inferior gallega. Joseba se lo negó. Nada hubiera ganado con que Gaztelu viviera con ese sufrimiento interior.
- Y, ¿por qué eres traductor de gallego?
- Para servir mejor a Euskal Herria –había respondido Joseba. También sé inglés y alemán y no tenemos antepasados británicos ni alemanes –había añadido el solícito padre.
Los prolongados aplausos que se sucedieron al final del discurso de Egoitz Urrutikoetxea se amplificaron cuando tres encapuchados subieron al estrado, armados con los viejos Kalasnhikov de los tiempos heroicos, y prendieron fuego a una bandera francesa. En ese momento, en la pantalla virtual apareció el semblante de Arnaldo Otegi, jefe del ejército de liberación de Iparralde, y lanzó una soflama a favor de una “intervención por la paz” para “la liberación y la autodeterminación del oprimido pueblo vasco del Norte”.
Gaztelu aplaudió a rabiar con los ojos enfebrecidos ante el héroe de sus sueños adolescentes. Un sentimiento de adoración compartido por todos sus compañeros de la ikastola “Idoia López Riaño”.
El presidente Egoitz retomó la palabra, con el público ya por completo entregado, y, con el puño cerrado, y el gesto desafiante, proclamó que “el sacrificio de los abertzales no será estéril y más pronto que tarde los vascos podrán vivir juntos y hermanados, sin la opresión de la vil Francia, como nos sacudimos un día el yugo de la decadente España”.
A pesar de esta diatriba contra España, y tras puntualizar que era una referencia histórica, Egoitz tendió la mano a “la nación vecina” para “cerrar viejas heridas”. Se trataba de una añagaza para centrar toda la presión con Francia. Al presidente español ni tan siquiera se le había invitado. Bueno, en realidad, para evitar malentendidos a esas horas se encontraba en Estambul promocionando la Alianza de Civilizaciones, idea de su abuelo que él había revitalizado y reformulado para evitar el conflicto que amenazaba con desatarse por segunda vez entre Rusia y la República islámica y califal de Turquía.
Iba a hablar el presidente de la República bolivariana y colombina de las Venezuelas –que ahora incluía a la antigua Colombia- cuando sonó el móvil de Joseba. Éste no pudo reprimir un gesto de disgusto instintivo porque el orador tenía fama de ocurrente y chistoso, aunque sus discursos no eran menos largos que los del líder máximo euzkérico.
- Ven inmediatamente al departamento –le espetó, de primeras, con un tono que no le gustó, Unai Iturmendi.
No se caían bien. Bueno, a nadie le caía bien Unai. Era un trepa y un chivato aunque nadie se atreviera a expresarlo por miedo a represalias.
- ¿Ahora? –preguntó, con deje de natural fastidio, el agotado Joseba.
- ¡Ven inmediatamente! ¿Es que estás sordo?
Joseba se quedó con la palabra en la boca porque Unai había colgado.
- Hijos, tengo que irme al Ministerio –informó Joseba, sin poder ocultar su preocupación.
- ¡No te vayas, aita! –exclamó, mimosa, Ainhoa.
- ¿Pasa algo? –inquirió Gaztelu, con un punto de recriminación, como si le estuviera preguntando si había hecho algo mal.
- No, nada. Me necesitan. Será algún delegado suevo que se habrá perdido y necesitará que le acompañen a su hotel.
Joseba sabía que a esas horas y con ese tono no se llamaba por una nimiedad ni en el Ministerio de Normalización Lingüística y Étnica, de cuyos funcionarios se esperaba una disposición las veinticuatro horas del día. Así que, mientras conducía su coche, pasó escrupulosa revista a todo cuanto había hecho durante la jornada. Sobre todo, rememoró la traducción del discurso del líder máximo. Ahí se había esmerado. “Será cosa de Unai”, intentó tranquilizarse. Unai siempre había querido su caída. Bueno, la de cualquiera. Unai era un tiquismiquis al que, por su celo, los jefes se lo toleraban todo. “Tienes un euzkera con acento gallego”, le había afeado un día, pero Joseba, tras justificarse por tener que practicar en ese idioma (a extinguir, si salía adelante la propuesta de volver al suevo), había enmendado ese error acudiendo a una foniatra euskérica, originaria de El Goyerri.
La poca tranquilidad que había conseguido darse a sí mismo se desvaneció cuando, tras enseñar su credencial en la entrada a los ertzainas y recorrer los fríos pasillos del Ministerio, se topó, en la antesala del despacho del ministro, con el rostro censor, hosco y ceñudo de Unai. Éste, con todo, no podía ocultar una íntima satisfacción, ni quería dejar de darse el placer de la venganza:
- ¡La has cagado! –exclamó, mientras le abría la puerta del amplio despacho.
La presencia, junto al ministro, de dos miembros del grupo ‘Mikel Antza’ de los servicios secretos de la Ertzaintza, le atemorizó.
- Siéntese, Joseba –le invitó, con gélida amabilidad, el ministro, cuyo abuelo había sido torturado en las cárceles de Zapatero (el abuelo del primer presidente de la saga), lo que le daba gran predicamento.
Joseba no podía presentar ningún historial heroico de sus antepasados, una familia humilde la suya que nunca había destacado y que sólo, tras la independencia, se habían afiliado sus progenitores, como tantos en tropel, al partido único, Batasuna. Este pasado gris de los Hernandorena siempre había pesado en su carrera funcionarial y le había descartado para varios ascensos. De todas formas, sus padres –y, en lo que recordaba, sus abuelos- habían sido buenos con él y Joseba evitó hacer recriminación alguna a su memoria.
El ministro se incorporó y empezó a dar agitados paseos por el despacho.
- Se ha presentado una denuncia contra usted, Joseba. Y grave. ¿Cómo se le ha ocurrido, hombre?
Joseba no se atrevió a preguntar qué era lo que se le había ocurrido. Estaba paralizado.
- Y mira que se avisó. No podrá decirse que haya sido por negligencia mía –explicó el ministro, mirando de reojo a los dos secretas.
Joseba percibió un rictus de miedo en el ministro, al tiempo que se justificaba, y eso le hizo temer lo peor.
- ¡Ha hablado en español!
Era, sin duda, una acusación gravísima y Joseba trató de hacer rápida memoria, mientras el mundo se abría bajo sus pies.
- ¿Cuándo? –preguntó con un hilo de voz.
- ¡De sobra lo sabe, usted! –gritó malhumorado uno de los ertzainas.
- Es mejor que lo reconozca –apuntó amable su compañero. Eso le evitará problemas a todos. El reconocimiento del error hace más suave la pena.
- No recuerdo, la verdad –dijo Joseba con sinceridad, mientras sudaba frío, pues tenía el mayor interés en colaborar.
- ¿No recuerda? ¡Todos los traidores españolistas son iguales! –gritó el policía mal encarado.
Joseba fue a indignarse ante tan terrible insulto, mas se dio en cuenta que no haría más que empeorar las cosas.
- Colabore. Será mejor para usted –indicó, comprensivo, el policía amable.
- Colabore, hombre. No sea terco –apremió el ministro.
- Pues, la verdad no recuerdo... –dijo Joseba, con la misma docilidad incrédula del cordero que se encamina hacia el matadero.
- ¡Te vamos a refrescar la memoria!
El policía refrendó su amenaza con una sonora bofetada.
- Aquí no –sugirió el ministro.
- Es posible que no recuerde –apuntó el otro policía, y Joseba se sintió reconfortado en su dolorida humillación. La delegada venezolana...
- ¡Ah! Sí –Joseba sintió alegría al recordar. Por fin, sabía a que se enfrentaba.
Aquella anciana delegada bolivariana y colombina le había preguntado, en un receso, por el excusado. Joseba se la había intentado quitar de encima haciendo gestos de que no la entendía. Pero la vetusta revolucionaria había insistido. Había intentado explicárselo en cuantos idiomas sabía, pero la maldita vieja sólo hablaba un castellano con fuerte acento canario.
- Al fondo a la derecha –le susurró, para que le dejara en paz, pues tenía que volver a su puesto de traductor.
Joseba explicó todo esto como una confesión.
- Creí ser amable –adujo.
- ¡Bien que se dijo que no se utilizara, bajo ninguna excusa, el idioma de nuestros antiguos opresores, los que torturaron a mi abuelo! –el ministro volvió a buscar su autoexculpación ante los secretas.
- ¿Usted no sabe que en ese idioma se mataba a los abertzales?
- Lo sé, lo sé y lo deploro. No volverá a suceder –dijo Joseba, lleno de propósito de la enmienda.
- ¡De eso puede estar seguro! –bramó el policía duro.
- Sabe que nos costara aún una generación –explicó el ministro- sacar de nuestras mentes ese idioma infecto. Utilizarlo puede retrasar ese logro en el que todo el pueblo está empeñado bajo la dirección del líder máximo.
Joseba hundió su cabeza entre sus hombros, abatido y abrumado por el mal cometido.
- He pedido clemencia para, usted. En atención a su historial de servicios al Ministerio –indicó el ministro, y Joseba agradeció que hiciera referencia a su condición de probo funcionario, de lo que tan orgulloso estaba- tendrá que pasar una temporada en un campo de reeducación. Sólo será cosa de seis meses. Luego, purgada la culpa, será reincorporado a su puesto.
Joseba notó que el ministro quería dar una firmeza a su compromiso que sonaba a cinismo. Aunque procuraban no comentarlo, los funcionarios del Ministerio de Normalización Lingüística y Étnica sabían más que el común de la población. Quien iba a un campo de reeducación no volvía nunca, se desvanecía en las sombras.
- Está en un lugar muy hermoso. En el Valle del Baztán –encomió el policía amable. ¡Ojalá que a nosotros nos dieran unas vacaciones en un sitio así! –se dirigió a su compañero buscando una complicidad tranquilizadora.
- Tendré que recoger la ropa, el material de aseo...
Joseba trataba de despedirse de su familia. Gaztelu se iba a llevar el disgusto de su vida. Nunca le iba a perdonar, pero él deseaba abrazarle por última vez.
- No es necesario –dijeron al unísono ambos policías. Allí le facilitaran de todo –se atropellaron de nuevo, como si fueran frases que hubieran dicho miles de veces.
Una angustia infinita se adueñó de Joseba Hernandorena, mientras los miembros del servicio secreto ‘Mikel Antza’ le cogían por los brazos y le obligaban a incorporarse.
- ¡José! ¡José! ¡Despierta!
José se incorporó en la cama bañado en sudor.
- ¿Qué te pasa? –le preguntó, preocupada, su esposa.
- ¡Nada! Tenía una pesadilla.
- ¿Qué día es hoy? –inquirió José, mientras se limpiaba los goterones que le corrían por la frente.
- Pero, bueno... No sabe ni cuando vives. Hoy es 14 de marzo de 2.012. Elecciones generales. Quedamos que votaríamos pronto.
- Sí, cuanto antes –aseveró José. Luego, nos llevamos a los chicos de excursión. Por cierto, yo no voy a votar a Zapatero...
Enrique de Diego
Comentarios:
¿ Es legítimo un Gobierno que desde el Poder organiza la subversión , persigue el patriotismo y ampara el asesinato ¿ ¿ Qué leguleyo , por empachado que esté de formalismo , sostendrá ser legítima la autoridad del guardia urbano que , presa de demencia o de arrebato criminal , acomete a los transeúntes en vez de proteger su pacífica deambulación ¿
No se hable , pues , de Gobierno legítimo . La primera condición para que un Gobierno sea efectivamente legítimo es que cumpla al menos las mínimas incumbencias de su misión . El Gobierno republicano no supo , no quiso o no pudo – es lo mismo – cumplirlas . Salvar el país era , pues , deber categórico de los buenos españoles , es decir , de la mayoría de los españoles.”
No comento el artículo; sólo quiero comunicar con De Diego.
De Diego, ayer, como había fútbol en la Cope, sintonicé Intereconomía radio. ¡Vaya "A fondo"! ¡Qué superficial me pareció!, exceptuando la sección de Economía. No ataques a la Cope, ni a Vidal, ni a Federico. Te has ensañado contra ellos. ¡Qué poco creíble me pareces! Ayer, miércoles, ¡vaya ración que les diste! Pierdes muchos puntos; se te ve no sé qué contra ellos, que, según algunos lectores, es pura autopublicidad, para ver si vendes tus libros.
En las noticias de la SER de las 18h del 13 de marzo de 2004 , se dijo como noticia cierta que el CNI centraba sus investigaciones al 99% en el terrorismo islámico , abandonando así la autoría de ETA . Sólo al final de esas noticias se añadió que el propio CNI comunicaba que esa noticia no era cierta . La SER , sin embargo , en el Carrusel deportivo que se emitió a continuación , por boca de su presentador , insistió en la falsa noticia recién propalada , a pesar del clarísimo desmentido del CNI . Esa noticia falsa contribuyó a provocar los asaltos a las sedes del PP , el golpe de Estado mediático . Exigimos justicia para castigar esta innoble conducta de la SER .
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