La nefanda ley electoral
02.12.06 @ 20:47:45. Archivado en Noticias
Suelen los vocingleros, de ínfulas caudillistas, tratar de adoctrinar, más que convencer, a las buenas gentes de que todo es cuestión de fulanismos. Y de que todo es cosa de que caiga Zapatero. lo cual, sin duda, sería loable y beneficioso.
O de que la culpa es de polanco y del imperio prisaico, lo cual es verdad siempre y cuando no se pretenda un quítame tú que el nuevo polanquito soy yo. Sumen, con frecuencia, a las buenas gentes en la desesperanza convenciendo de que todo es cuestión de escucharles o de que en tal partido en vez de Ruiz esté Gil de Biedma.
Yerran. O por ignorancia o por interés, o por mezcla de ambas cosas.
Porque los males son profundos, las reformas necesarias son de fondo. De modo que la rebelión cívica ha de desembocar en una regeneración democrática.
Una de las bases más claras de los males que nos aquejan es la nefanda ley electoral que se impuso por real-decreto en 1977 y que luego se consitucionalizó. Vaya por delante que su efecto más perverso es la entrega del poder a los nacionalistas. En el terreno de lo práctico, de nada sirve decir que Zapatero pretende aislar al PP.
Porque esa es la lógica política. Ni que está entregado a los nacionalismos, porque esa es la lógica electoral. También el PP estuvo entregado en la primera legislatura, porque no tenía más remedio, si quería gobernar.
Por mucho que pueda resultar de apariencia brillante, más absurdo es establecer paralelismos con 1934, ni menos aún con 1936. A Dios gracias, ha pasado demasiada agua bajo los puentes y poco tiene que ver la España actual con la del abuelo de Zapatero.
En los editoriales de varios programas de A Fondo voy a explicar por qué la ley electoral nos está llevando al desastre. Y ello por su propia dinámica objetiva, más allá de las intenciones o de las ideologías de los autores del desaguisado.
Entremos en materia explicando el funcionamiento del sistema proporcional, que es el que consagra la Constitución. En estado puro, el sistema proporcional se presenta como más representativo, pues un número mayor de partidos acceden al Parlamento. De esa forma, todas las minorías de la nación tienen voz y voto y están representadas.
Durante tiempo nadie discutió este principio, aún hoy es frecuente escucharlo. En un sistema proporcional puro, cada formación debería obtener idéntica representación porcentual a la obtenida en las urnas.
Sin embargo, esta fórmula, a tenor de la experiencia, dificulta sobremanera la obtención de mayorías absolutas y la formación de gobierno. Sólo puede conseguirse formar ejecutivo mediante amplias coaliciones. Las fuerzas minoritarias son las que deciden, en último término, quien gobernará, aunque no sea el partido más votado. Lo hemos visto en Galicia y más recientemente en Cataluña.
De esa manera, en el sistema proporcional las minorías son las que obtienen una mayor representación relativa, pues su capacidad de negociación es muy alta. De esa forma, el voto a formaciones minoritarias resulta más rentable.
En el mercado electoral, sus dirigentes, militantes y votantes obtienen mayor porcentaje de botín electoral, mayor cuota de poder.
Con frecuencia, esas formaciones minoritarias suelen ser radicales en sus propuestas y en sus tendencias últimas.
Por lo que hacen oscilar a las formaciones mayoritarias hacia la radicalización para poder conformar sus pactos, pues se ven obligados a justificar las ansias de poder, asumiendo los postulados del minoritario.
Esa minoría obtiene tales ventajas que incluso puede articularse sobre meros intereses, como sucede con Unión Mallorquina, un partido decisivo en Baleares de ideología estrictamente indefinida.
Incluso aunque una fuerza consiguiera formar gobierno por sí misma, tendría que tener en cuenta siempre los postulados de las formaciones minoritarias, pues puede que las necesite en el futuro para gobernar, aunque sólo sea por el desgaste del disfrute del poder.
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Enrique de Diego
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