Réplica a Juan Luís Cebrián
16.11.06 @ 14:30:21. Archivado en Sobre la historia
“La Reconquista no fue un Carrefour, ni un baratillo cebrianesco”
Intervención en la presentación de ‘La Lanza Templaria’ (Ediciones Martínez Roca), en el Centro Segoviano de Madrid, 3 de noviembre de 2006.
No existe una interpretación unívoca de la historia. Una especie de historia objetiva, capaz de ser asumida por todos, salvo por extrañas perversiones. Cada generación suele reinterpretar la historia a la luz de sus circunstancias, incluso a su conveniencia. De hecho, la historia siempre ha estado relacionada, como narración y como estudio, con el poder. Los cronistas estaban a sueldo de los poderosos, de los reyes y loaban sus hazañas.
Hay, eso sí, interpretaciones que podemos calificar, sin duda alguna, de falsas cuando se contradicen con los hechos, cuando no son avaladas por la realidad, tal y como sucedió, y devienen en puras fabulaciones, aunque estas estén impregnadas de buenas intenciones. Esta afirmación diferencia una sana relativización –por ejemplo, los libros de texto de historia lo han sido de los grandes criminales- de un degradante relativismo. Siempre hemos de buscar la verdad.
No podemos decir, por ejemplo, que se produjo un clima de convivencia entre Tariq y Muza y el rey visigodo don Rodrigo. O una comunicación cultural entre los almohades y Alfonso VIII.
Carece de sentido pretender, e incluso condolerse, que “no tuvo que ser así”, porque esa moralina, de corte laicista, es ya, de partida, una apuesta por la mentira. Si se considera que no tuvo que ser así se está ya a un paso de tergiversar la historia, de hacer una historia a la medida de nuestra propia moral, de nuestros intereses o de nuestras ensoñaciones.
La historia nos exige respeto. Ese es un principio indeclinable de la civilización, porque sin búsqueda de la verdad, sin verdad, por tanto, no hay avance ni comunicación posible, ni tan siquiera lenguaje. Por esa tortuosa senda, estamos llamados a incomunicarnos y estamos llamados a incomunicarnos aún más con quienes nos han precedido. No podremos comprenderlos, ni hablar con ellos. Es curioso que quienes más hablan de diálogo más hacen para impedir la comunicación. Me maravilla, por ejemplo, la precisión en las palabras de nuestro idioma castellano, muy relacionado con el desarrollo del derecho de propiedad, con la necesidad de delimitar la propia tierra roturada.
A lo que asistimos hoy es a un proceso nuevo. No a un debate entre diversas, y aún contradictorias, interpretaciones históricas, sino, directamente, a una tan ambiciosa como superficial pretensión de rescribir la historia. De fabularla, sin respeto a los hechos. De hacer un pasado cómodo al tiempo que lleno de complejos de culpa. Un pasado en el que, en términos cinematográficos, el hombre occidental, sobre todo el cristiano, es el malo de la película. Debemos, pues, abominar de nuestros ancestros, avergonzarnos de ellos, o pasarlos por una hipotética corporación dermoestética histórica.
No hay enfermedad intelectual más presente que ese extraño odio de los intelectuales occidentales por su civilización. Hasta hace poco, tal desvarío solía pararse ante los umbrales de la historia, porque había historiadores muy sólidos. Lo que se pretendía, por ejemplo, desde el marxismo, es implantar una plantilla, una simplificación, al servicio de un proyecto holístico, de una parusía política. Fracasado, como es notorio, tal intento, a lo que asistimos es a lo que acabo de comentar: se pretende hacer una historia simplemente falsa, fabulada y con frecuencia de tebeo, con nuevas moralinas.
El proceso que se ha seguido puede señalarse en el trasvase del dominio de la mentira, que era lo propio y lo que había que combatir en el totalitarismo, al de la estupidez, que mezcla la ignorancia ilustrada del hombre postmoderno, que recibe mucha información dispersa y es fácilmente manipulable, y unos supuestos gurús o líderes morales que están a disgusto con su propio fracaso o con su incoherente pasado, y tratan de proyectar sus carencias a todo el devenir humano.
Esto puede parecer inocuo. En muchos aspectos, resulta infantil y podría provocarnos hilaridad, aunque el hecho de que algunas de las más inconsistentes patrañas haya adquirido el carácter de fenómeno de masas nos ha de poner en guardia. La cuestión es que se nos pretende convencernos de que nuestra misma embriogenia histórica tiene fallas originales, serias taras genéticas y que, lejos de sentir orgullo por cualesquiera de las conquistas humanas de nuestros antepasados, de nuestros dioses manes, hemos de condolernos de continuo. Se nos dice, incluso, que hemos de abjurar de todo ello, y de los principios, y de la búsqueda de la verdad, para conseguir un mundo de paz.
En uno de los libros más visionarios que se han escrito, “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, se indica que el primer dogma del nuevo totalitarismo, lo que primero se enseña a los hombres y mujeres aplacados por el soma, sumidos en un hedonismo aletargante, en el que no queda sitio ni para las grandes ni para las pequeñas pasiones. Ese primer dogma fordiano –como lo denomina Huxley- es que “la historia es una paparrucha”. He releído la iluminadora novela y este primer dogma me ha hecho recorrer un escalofrío por mi espinazo, porque está en plena vigencia.
Hemos, al parecer, incluso de renunciar al concepto de civilización que, en el sentido ilustrado, es aquello que perfecciona la especie, porque puede resultar –no se sabe por qué- ofensivo. Hemos de confundirnos a nosotros mismos considerando el folclore como cultura y la cultura como civilización y asumir un igualitarismo en las ideas y en las formas de vida. Y, sin embargo, yo me siento muy orgulloso de la civilización occidental, de los principios que han permitido el desarrollo de una población como nunca antes hubo y, sobre todo, de que haya respondido a la dignidad del hombre, lo haya considerado como un fin y no como un medio (sólo ella lo ha hecho), y haya prohibido la propiedad de unos hombres por otros. Me siento muy orgulloso de que la civilización occidental se haya basado en la libertad personal y haya permitido su despliegue. Hay en mí orgullos muy intensos de los que, valga la redundancia, me siento muy orgulloso.
Como todavía hay suficientes historiadores solventes, ese dogma de que la historia es una paparrucha se está intentando difundir a través de la novela histórica. Ésta tiene unas capacidades sugerentes, interesantes de hacernos revivir el pasado, de encarnarlo, de proyectar, con la fuerza de la literatura, la historia de las mentalidades, la historia de los sentimientos y la historia de los hechos, por supuesto. Porque para que sea novela histórica es preciso que los personajes históricos actúen tal y como actuaron y los de ficción respondan a los estímulos según las categorías mentales de la época. De continuo, vemos como en esas novelas que se presentan falsamente como históricas, los personajes en el siglo XI o en el XIII hablan como funcionarios de la ONU o como militantes de Greenpace; hay mujeres que actúan como feministas descocadas o que se parecen a pijas neoyorquinas de Woody Allen. Todo esto sería un ejercicio inocente, y en sí mismo estúpido, sino condujera, por acumulación, por torrentera, a ese inquietante dogma de que la historia es una paparrucha.
El ataque pretende demoler los pilares de la civilización occidental. Desea desarmarnos y que estemos todo el día como plañideras llorando por lo malos que fueron nuestros ancestros. Dicen que si no seríamos intolerantes. Pero ellos se muestran muy intolerantes con quien osa llevarles la contraria. Y como ese ataque, desmadrado, pero muy intenso, es para demoler los pilares de la civilización occidental, se ensaña de manera muy especial con el cristianismo. Es lícito provocar al cristianismo, porque no representa peligro, pero debemos ser muy respetuosos con el islamismo entre otras cosas porque nos hemos vueltos cobardes. No voy a hacer demasiada referencia al Código da Vinci porque La Lanza Templaria entraña suficiente réplica, pero baste decir que es un paradigma de la frivolidad, ningún dato es cierto, ni por casualidad, ninguna interpretación supera el nivel de, en términos coloquiales, la chorrada, pero contiene suficientes dosis de odio y demolición del cristianismo –aunque con aportes banales e inconsistentes- y abundante adobo de feminismo. Y, por supuesto, una idealización bastante ridícula del paganismo como una especie de burdel sacralizado. Bien, en el paganismo había esclavitud y sacrificios humanos, y los dioses –y las diosas- eran bastante crueles.
Hay, dentro de esa ofensiva general para convertir la historia en una paparrucha, una especial obsesión contra lo que la historiografía ha dado en llamar, con poca fortuna, la Edad Media. Y puestos que estamos inmersos en un proceso de demolición de España y en un cúmulo de rendiciones, entre las que también se encuentra una disposición de ánimo en tal sentido hacia el integrismo islámico, es preciso demoler y diabolizar, como se dice en el argot político, la reconquista, ese esfuerzo titánico de ocho siglos de batallar en el que se hizo Castilla y luego, con el aporte generoso de Aragón, España. De “insidiosa reconquista” la ha calificado un exfranquista, devenido ahora en gurú progre. “Sin la insidiosa reconquista ibérica podríamos haber asistido –ha escrito Juan Luis Cebrián- al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista, en la que convivieran diversos legados de la cultura grecolatina, lo mismo que conviven hoy las dos Europas, la de la cerveza y el vino, la de la mantequilla y el aceite de oliva, en una sola idea de democracia”. Hay reflexiones que, en términos intelectuales, y desde el más intenso respeto del que soy capaz, sólo puede ser calificadas de guilipolleces y esta es, con claridad, una de ellas. Este organillero de la historia se ha puesto a rescribirla a grandes rasgos, como un nuevo clérigo de una religión esotérica, de una estupidez supina adjetivada de progresista. La culpa la tuvo Pelayo y el conde don Julián y el arzobispo don Opas eran unos adelantados a su tiempo. ¡Lástima que Zapatero y Juan Luis Cebrián no estuvieran en Covadonga para predicar los beneficios de la alianza de civilizaciones! Ya lo dijo el arzobispo felón del noble godo: “hemos dado con un hombre obstinado”. La culpa la tuvieron los antepasados míos y vuestros que acudían a las vegas de la sierra, con ansias de libertad, al refugio de los fueros, como hombres libres, propietarios de la tierra que roturaran, con su propio ganado que pastaba en los prados comunales, pudiendo recoger la leña –las latas o ramas- de pinares, hayedos y robledales. Fueron ellos los que impidieron esa cosa de la cultura ecuménica del ciego de la zanfoña, soplagaitas puesto a cronista del mundo mundial.
Esos segovianos pertenecían, al parecer, a la Europa del vino. Todo el mundo sabe –permitaseme la ironía- la diferencia tan esencial que existe entre beber vino y beber cerveza. Mayor que entre los pobres reinos montaraces que rezaban a Cristo y los omeyas cordobeses, cuya economía se basaba en el tráfico de esclavos. En la corte del París donde empezaban a elevarse las dos altas torres góticas de Notre Dame, los francos, gobernados por Felipe Augusto, siendo princesa la hermosa Blanca de Castilla –nieta de la sin par Leonor de Aquitania, quien vino a buscarla a Palencia como esposa del delfín-, madre de San Luis, dos veces cruzado, hasta morir en Túnez... En la corte del París donde florecía el Studium Generale, la Sorbona, y había un barrio, pendenciero, con gente de todos los reinos que se entendían en latín, y pasó a llamarse Barrio Latino... En esa corte, los francos, en efecto, se maravillaban y sonreían de que los ingleses de Juan sin Tierra consumieran –ignorantes bebedores de cerveza- los peores vinos. Terrible diferencia. Abrumadora distancia. Unos y otros se sabían miembros de algo que se llamaba Cristiandad les gustara más o menos el vino que la cerveza. No voy a seguir con lo de la mantequilla y el aceite de olvida porque esto degeneraría en un programa cutre de Arguiñano. ¡A este nivel de estupidez hemos llegado! Lástima que Tariq y Muza abominaran del vino. Quizás por eso no hubo entendimiento, ni ecumenismo, en Covadonga. Aunque en Al Andalus, en Córdoba y en Sevilla, abundaban las bodegas y los poetas, como Ibn Hazm cantaban, inspirados por los efluvios espirituosos, con arrobo, a la líquida esencia de la vid. Hasta que llegaron, por ejemplo, los almorávides, los almohades y los benimerines, tres terribles invasiones integristas, que prohibieron a los hijos de Mahoma beber tanto vino como cerveza. Decían los andalusíes que preferían ser camelleros de sus hermanos del Magreb -de Marruecos e Ifriqiya- que porqueros de los cristianos, pero eran camelleros y como tal se sentían, bajo un yugo insoportable, que se sacudían en cuanto podían..
No, la reconquista no fue insidiosa, ni mucho menos cuestión de vinos, cervezas, mantequillas y aceites de oliva. No fue un Carrefour, ni un baratillo cebrianesco. Cincuenta y seis aceifas, algaras o algazúas desarrolló en su vida Al Mansur, el victorioso de Alá. Todas ellas victoriosas. En todas ellas, como dicen las crónicas, llevaba a Córdoba gran número de cautivos, mujeres y niños, para ser vendidos como esclavos. Viudas y huérfanos. Por dos veces, fue derruida Sepúlveda. La Sepúlveda de los hombres bravos, de los caballeros villanos, infanzones todos ellos, libres de impuestos, dado el riesgo que asumían y quienes araban su campo con la espada cinchada y con la misma bestia a cuyos lomos cabalgaban para defender sus tierras, su fe y su libertad. Sólo el conde de esa Castilla, que nació en Montes de Oca, como un pequeño mojón.
Era entonces Castilla un pequeño rincón
hacia Navarra era Montes de Oca mojón.
Fitero de la vega del lado de León.
Carzo era de moros en aquella sazón.
Era entonces Castilla una sola alcaldía,
Y aunque tan pobre era de poca valía
nunca de buenos hombre fue Castilla vacía
de cómo aquellos fueron aparece hoy en día.
Vuelvo, tras leer el Poema del primer conde de Castilla, Fernán González, al segundo, sufriente, García Sánchez resistió con coraje, hasta terminar sucumbiendo, mientras cada uno de los reyes enviaban sus hijas al harén de Almanzor, quien, según las crónicas, se sacudía el manto, tras cada algara, para recoger el polvo en un baúl, como detalle previsor para que le cubriera en la tumba.
Tanto era el sufrimiento, tan claro el abandono de Dios, que ningún vino podía elevar el ánimo de los cristianos y entre ellos cundió con mucha fuerza, con intensa depresión, que asistían, año 1000 de la Encarnación de Nuestro Señor, al fin del mundo.
Por tres veces, como ya he dicho, salvaron a la Cristiandad del integrismo los hispanos , en esa titánica empresa de reconquista el reino godo, aspiración quimérica que vemos prender con fuerza desde los albores del reino astur, y que con tanta fuerza teorizara y defendiera el gran ideólogo de la unidad de España, el arzobispo de Toledo, natural de Puente la Reina, formado en Santa María de Huerta, don Rodrigo Ximénez de Rada.
Es difícil no sentirse maravillado ante la fuerza vital de aquellos hombres, de nuestros antepasados, cuanto se contemplan sus gestas y sus duros avatares, quizás para poder beber vino libremente cuando les apeteciera o comer jamón curado, llegado el caso, pasada la matanza. Porque las aceifas se contaban por matanzas y, como relatan las crónicas musulmanas, se amontonaban las cabezas de los cristianos y en tan macabras lomas se subían los almuecinos para llamar a la oración. Eso de la dialéctica del sincretismo y el ecumenismo sonaba a música celestial, o a chorrada, que es lo que es, cuando los musulmanes se animaban con la promesa de convertir Roma en una cuadra para sus caballos.
Cuando ante la marea almohade –adalides de no sé qué ecumenismo, con su unicismo integrista-, el Temple, prudente, desiste de defender Calatrava, un abad cisterciense y un lego, ante el desestimiento de todos, se ofrecen a defender la fortaleza y hacen un llamamiento al reino. Acuden tantos que fundan una nueva Orden, la de la cruz trabada, que siempre se destacó en la vanguardia.
Tras el terrible desastre de Alarcos, los castellanos –sin hacer caso a la chorrada cebrianesca, sin contemplar siquiera la opción ecuménica- no desisten. Nuestros antepasados, de la milicia concejil de Segovia, formaron, en aquella hora tremenda de la gran batalla de Las Navas de Tolosa, en el ala derecha de la hueste de Cristo, junto con las de Medina y la de Ávila de los leales, al mando de Sancho VII el Fuerte, con sus navarros, entre los que no faltó nadie del Valle del Baztán, hoy tan basatunizado. En vanguardia, entraron los serranos, como en Alarcos, los vizcaínos, con su señor, López de Haro, a la cabeza, porque se tenían, con recio orgullo, por los primeros castellanos. Allí estuvieron los aragoneses con su gran rey Pedro II, acompañado por los nobles aragoneses y catalanes, con el arzobispo de Barcelona. Nobles portugueses y leoneses. Y las huestes de las Órdenes Militares –Santiago, Calatrava, Temple, Hospital (la de Alcántara había quedado maltrecha en Alarcos)-. Los milites Christi –bebían vino aguado, quizás sería por lo de no ingerir cerveza-, en la segunda fila, del centro, resistieron y dieron la victoria.
Hay orgullos de los que no estoy dispuesto a apearme. Y esa tremenda epopeya de ocho siglos de batallar –no hubo paz nunca, se firmaban treguas; no hubo convivencia de culturas, porque los sarracenos vivían sobre todo de esclavizar a los cristianos- es uno de mis orgullos, a fuer de ser tenido por sincrético fervoroso y demás zarandajas progres. Porque mis antepasados amaban su libertad, la ensancharon, haciendo de sus iglesias, fortalezas. Y porque la conquistaron –o reconquistaron- con tanto esfuerzo, establecieron que nadie era más que nadie.
No he hablado casi nada de mi libro La Lanza Templaria y, sin embargo, no he hecho otra cosa que hablar de él.
Ahora, el Centro Segoviano de Madrid, nos premia a todos los asistentes con un buen Ribera de Duero, que podremos degustar gracias a la sangre derramada por nuestros antepasados. Seamos siempre dignos de ellos.
Enrique de Diego
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