REPLICANDO AL CODIGO DA VINCI
19.09.06 @ 15:42:33. Archivado en Fragmentos
Tiempo antes de que dieran inicio las carreras, la ruidosa turba había abarrotado las gradas. Para hacer menos tensa la espera, por la arena circulaban saltimbanquis y acróbatas. Para el pueblo humillado, para los pobres desahuciados por la ruina de las expoliadas instituciones eclesiásticas, era más que evasión reparadora, reivindicación de sí mismos, exaltación de orgullo colectivo.
-En momentos así, es grave imprudencia reunir multitudes. Éstas se desbocan con mayor facilidad que los caballos –había comentado Dan Marrone, mientras se dirigían, por los espléndidos correrizos del Palacio de Bucoleón, a la tribuna de los Comneno.
Álvar no pudo por menos que estar de acuerdo. Antes, en la amplia plaza del Foro de Constantino, había recibido miradas hirientes y había notado comentarios, en la lengua griega común, de tono agresivo, cuyo significado se le escapaba. Le había pedido a Sofía, con la que se entendía en latín, que se los tradujera.
-Dicen que prefieren ver reinar en Bizancio el turbante de los turcos antes que la mitra de los latinos.
No era mensaje halagador, ni tranquilizante.
Cuando hizo su entrada el ciego basileus, dirigido en sus pasos por los dos eunucos de mayor jerarquía, hubo un silencio elocuente y luego tibios aplausos, más debidos a la misericordia que a la adhesión. En las disputas palaciegas, más enconadas en las últimas décadas, el triunfador había encontrado la forma de evitarse cargar con la sangre del depuesto mediante la cárcel y la ceguera. Ésta inhabilitaba para manifestar la gloria y la fuerza inherentea al poder. Un hombre de pasos cortos y titubeantes transmitía una enervante sensación de debilidad y mal podía dirigir un imperio quien no podía valerse por sí mismo para evitar tropezar con el menor obstáculo.
Cuando, con estudiado retraso, Murzuflo se incorporó a la tribuna imperial, la multitud literalmente rugió. Primero fue un griterío ensordecedor; poco a poco, se fue haciendo acompasado:
-¡Nika! ¡Nika! ¡Nika!
-¿Qué dicen? –inquirió Álvar a Sofía.
-Nika significa Vence. Es la consigna que se utilizó en la rebelión ciudadana contra el basileus Justiniano. Verdes y azules que, siempre andaban en enconadas disputas, se unieron, algo que siempre se había considerado imposible.
- El pueblo se está uniendo –corroboró, alborozada, Ana.
Sonaron los clarines, se retiraron los saltimbanquis e hicieron su entrada en la arena las cuádrigas con sus colores identificativos. La multitud les recibió, coreando cada uno el color del auriga de su preferencia. Luego volvió al grito común de rebelión. Cuando las cuádrigas ocuparon sus sitios, se hizo el más completo silencio. Y cuando, bajo los chasquidos de las bridas y los restallidos de los látigos, los caballos iniciaron, con poderosa arrancada, su frenética galopada, el público se olvidó de los latinos, de los tres basileus que se disputaban el Imperio, de todos sus problemas personales y colectivos, para vibrar con la belleza de la carrera. “Están dispuestos a gritar, mas ¿estarán dispuestos a morir?”, se preguntó, en su interior, Álvar. Corrió su mirada hacia Guillermo. Estaba en pie jaleando al auriga verde, como si lo hubiera hecho toda la vida, al mismo que animaba Ana Comneno.
Cuando el triunfador dio la vuelta triunfal, el ¡Nika! volvió a extenderse cual tempestad incontenible. O por convicción personal, o haciéndose eco de los sentimientos del gentío, el auriga refrenó -al llegar a la altura de Murzuflo- a las bestias y le saludó amistoso, dedicándole el triunfo.
Llegaron sin más contratiempo que palabras y miradas aviesas al Palacio de los Comneno, donde el anfitrión había preparado suculenta colación. Fuera por el exquisito vino de Creta o por tratar de impresionar a las damas, lo cierto es que Dan Marrone quiso dárselas de sabio ante Nicéforo.
-Tengo entendido que los antiguos griegos celebraban, de tiempo en tiempo, juegos deportivos, durante cuya celebración cesaba toda guerra y belicosidad entre ellos.
-Tenían lugar en la ciudad de Olimpia –confirmó el monje.
-En homenaje a Venus –dijo ufano Marrone. Exaltación de las mujeres.
-Veo que conocéis poco de mitología, pues Venus no era deidad griega, sino romana, si bien podía asimilarse a Afrodita –añadió tratando de salvar la ignorancia de su interlocutor. Aunque, en realidad, las Olimpiadas tenían lugar en honor de Zeus, el dios más poderoso para los antiguos griegos. Puede ser que fuera para enaltecer a las mujeres, mas se me escapa en qué sentido, pues mientras duraban los juegos –entre cinco y seis días- ninguna mujer podía permanecer en Olimpia y, por supuesto, nada de asistir o participar. Romper esa prohibición se penaba con la muerte. Una forma bien rara de honrar a las mujeres, despeñándolas por el monte Tipeo. Sólo, en razón de su cargo, se permitía la permanencia a la sacerdotisa de Démeter.
-Tengo entendido que Venus traza en el cielo una curiosa forma llama pentáculo, conocida por los antiguos.
Nicéforo no pudo reprimir un gesto de incredulidad.
-Sí, un pentágono perfecto –insistió el osado Marrone.
-Entiendo a lo que referís. Estáis bien equivocado. Sólo con la imaginación –la vuestra es desbordante- puede uno situar su movimiento en tales términos.
Marrone no era hombre dispuesto a consentir ser puesto en evidencia, ni a dar su brazo a torcer, incluso quedando de manifiesto, de manera tan palmaria, su necedad.
-Las diosas antiguas eran benévolas, frente a los dioses vengativos y justicieros.
-Nunca lo había oído. La Afrodita y la Venus de los cartagineses era Astarté y a ella se le hacían unos sacrificios humanos bien peculiares: niños y niñas. Cuando Cartago fue asediada por Roma, tales asesinatos se multiplicaron. Me parece que tanto los hombres como las mujeres son capaces para el bien y para el mal.
-Ante las diosas se practicaba, en muchos pueblos, la prostitución divina –afirmó Marrone, dispuesto a escandalizar y seguro de que el monje no le seguiría por senda tan escabrosa.
-En efecto, tan sórdida costumbre existió entre los cananeos. La Biblia refleja como los hijos de Israel se perdían, más de lo debido, en tal costumbre. En Babilonia, las mujeres habían de prostituirse –vírgenes o casadas- una vez en la vida a la diosa Ishtar, esperando en el atrio a que un hombre les diera plata para hacer el amor. Ambiente sórdido y lucrativo para aquellos sacerdotes diabólicos.
-¿No habéis oído hablar del hieros gamos?
-¿De qué?
-Del sexo sagrado, de la unión del dios y la diosa, del amor carnal como experiencia religiosa.
-Veo que la lujuria os hace delirar. En Babilonia, en el templo de Bel-Marduk cada noche el dios desvirgaba a una virgen. Cada noche uno de los sacerdotes se turnaba para ocupar el papel del dios. Conocemos la patraña por el relato de Ciro Espitama, nieto de Zoroastro, adorador del fuego, el primero de los dualistas. A cambio de no revelar el engaño, tres amigos suplantaron al sacerdote, vestidos uno como Bel-Marduk, el amo de todos los dioses, otro como Shamash, el dios del sol, y Ciro Espitama como Nanar, el dios de la luna. Mas si lo que queréis decir es que tal práctica conllevaba dignidad para la mujer os equivocáis. Esa obligación era una dura prueba y servía, sobre todo, para que templos y sacerdotes consiguieran dinero. Tampoco era de gran dignidad la vida de las esposas griegas, donde las etarias gozaban de más predicamento, ni de las romanas. No encontraréis en toda la historia de Roma, una Teodora como en Bizancio. Si el cristianismo prendió con especial fuerza en las mujeres es porque el mensaje de Jesús las elevó de su prostración.
-¡Mentira! ¿Acaso no habéis visto como se denigra a las hijas de Eva, por la que entró en el pecado del mundo?
-Tampoco parece que Adán quede muy bien en el relato bíblico. También pecó y además se dejó engañar.
-Si Adán y Eva hubieran vivido la virginidad, ahora tan ensalzada, la tierra estaría despoblada.
-En ofrenda a dioses paganos, pues tanto parecéis admirar a los ancestros, los varones se mutilaban sus genitales. No han sido infrecuentes los que en su búsqueda del espíritu han renunciado a la carne. Sacerdotisas como las vestales romanas. Piadosos hebreos. O la secta del matemático Pitágoras, creyente en la transmigración de las almas, por ello se negaba a comer carne, temeroso de devorar a sus antepasados.
-Como los cátaros –apuntó Marrone.
-Como los bogomilos –precisó Nicéforo. De ellos hubo muchos en los primeros siglos cristianos, gnósticos, como Valentino y Ptolomeo, que buscaban la iluminación divina para entrar en el conocimiento de lo oscuro.
-No existió en aquellos tiempos la pretendida unidad en la fe, con esta Iglesia de papas, patriarcas, obispos y presbíteros.
-¿Quién lo ha pretendido? Mas, unas veces estáis de parte de los paganos, ensalzando su lujuria, y en otras os mostráis amigo de quien han considerado y tienen a la carne por hechura de Satanás. Estáis, a lo que veo, con quien esté contra Cristo, aunque diga cosas bien diferentes. La definición de la ortodoxia y la lucha contra la herejía marcan, en medio de cruentas persecuciones, hasta Nicea, los primeros siglos de nuestra era cristiana. Ireneo, con su magna obra Contra las herejías, Justino, Eusebio, Tertuliano dedicaron su vida a combatir las ideas de los heresiarcas y éste último, tras escribir Prescripción contra los herejes, terminó él mismo siéndolo, pues cayó en las redes de Montano. Agustín de Hipona fue dualista en su juventud, como cuenta en sus Confesiones, y luego ortodoxo. Los gnósticos, por cierto, no eran una corriente, sino muchas.
-Hubo muchos más evangelios que los cuatro llamados canónicos, una invención de Nicea.
-Y menos. Los ebionitas sólo admitían el Evangelio de Mateo y los seguidores de Marción, el de Lucas. Los ebionitas decían que los cristianos no eran otra cosa que judíos, y debían ser circuncidados, lo que redujo sus adeptos, mientras los marcionitas abominaban del Dios del Antiguo Testamento, al que consideraban cruel.
-Otros han desaparecido, prohibidos y perseguidos.
-El gran Ireneo, obispo de Lyon, nos habla por extenso de ellos. Del Libro secreto de Juan, del Evangelio de Judas y del Evangelio de María. Un bosque de escritos ‘apócrifos e ilegítimos’, como los señalaba, “colmados de blasfemias”. Ireneo sentenció que ‘así como hay cuatro regiones en el universo y cuatro vientos principales’, la Iglesia tiene “cuatro pilares’. Los evangelios de Mateo y Juan, discípulos del Señor, los de Marcos y Lucas, que narraban lo escuchado a Pedro y Pablo, de quienes eran seguidores. El obispo Atanasio fue quien mandó expurgar a los monjes de sus bibliotecas los falsos evangelios.
-¿Por qué falsos? A lo mejor eran más auténticos.
-Eso terminó por definirse en Nicea.
-¡Nicea, siempre Nicea!
-Hubo poco debate. Sólo existían dudas sobre la Carta de San Pablo a los Hebreos.
-Más dudas había sobre la divinidad de Cristo. ¡Hubo de decidirse en votación!
-Desde los primeros días de la Iglesia se aplicó a Jesús la palabra kyrios, divino, y el Evangelio de San Juan habla del Verbo preexistente que se hizo carne. El primer símbolo cristiano fue el pez, ichthys en griego. Las iniciales de la plegaria “Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador”. Muchas más herejías, antes que los bogomilos, han cuestionado la naturaleza humana de Jesús más que la divina. Los adopcionistas. por ejemplo. Fue Arrio quien cuestionó el misterio de la Trinidad, situando a Cristo como un hombre o una deidad subordinada. Contra él se proclamó, por el Sínodo de la Iglesia, el Credo quien define al Hijo, “engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”.
-¡En una votación ajustadísima!
-¿Llamáis ajustada a una votación de 316 contra 2?
-Porque estaba presente Constantino.
-El basileus quería una doctrina común, mas él mismo estaba bien lejos de poder dar lecciones a nadie, pues durante tiempo fue adorador de Mitra y sólo se bautizó a las puertas de la muerte, por un obispo arriano.
Para asombro y perplejidad de Álvar, Dan Marrone quedó muy contento con la disputa.
¿Habéis visto como he dejado a ese pobre monje sin argumentos?, se pavoneó.
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Enrique de Diego
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