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Gente de letras

Permalink 05.09.06 @ 21:04:20. Archivado en Fragmentos

Gómez Ramírez llenó dos jarras con vino espeso de Cariñena, lo aguó, y acercó una de ellas a Álvar Mozo.
-Siento lo que has tenido que pasar hasta llegar hasta aquí.
No estaba dispuesto ni a disculpas ni a misericordias. En su penitencia, había encontrado un nuevo orgullo.
Gómez Ramírez quiso romper el hielo.
-¿No querías ser cruzado? Alégrate, lo vas a ser. Los caminos del Señor son misteriosos.
El senescal se aproximó al vano. Quedó en silencio. Se divisaba la fortaleza de Chalamera, desde allí la de La Zaida, más allá –jalones fortificados- estaban Castellote, Villarluengo, Alfambra, Cantarvieja, Villel y Libros, el último bastión cristiano.
-Los templarios no somos gentes de letras. No es esa nuestra misión en la Iglesia. Lo nuestro es el campo de batalla, no el scriptorium.
Hablaba como si meditara en alto. Luego se volvió hacia Álvar.
-Desde la fundación de la Orden, no ha habido encargo más importante que la que vas a acometer.
No sabía a dónde quería llegar, así que recordó:
-Una vez me dijiste que tenía una misión.
-Has sido preparado para ella. Es Dios quien te ha elegido. He visto como tu espíritu se fortalecía en el oprobio.
-¿De qué se trata?
-Irás a la Cruzada. No como templario, desde luego. Has sido despojado del hábito. A nadie le extrañará que intentes redimirte participando en la lucha. Y el Temple no se verá obligado a responder por tus actos.
-Explícate.
-El Papa Inocencio III no está dispuesto a ser un pelele en manos de las familias romanas, ni a ser vilipendiado por los emperadores del Sacro Imperio Germánico. Muchos doctos varones han estado predicando la supremacía no sólo espiritual, también temporal, de la Sede de Pedro. Cuando tomó posesión proclamó que era menos que Dios pero más que cualquier hombre. Esto no ha gustado a los reyes. Dicen que hubo monarcas antes que papas. Y decir que su poder viene de Dios y del Papa es contradictorio. Yo mismo he escuchado al rey Pedro II de Aragón mofarse de las pretensiones de Inocencio.
-El rey es vasallo suyo –apuntó Álvar.
-Corrió a rendirle pleitesía, mas ahora rechaza participar en la Cruzada. Ningún rey ha hecho voto de cruzado. Ninguna testa coronada ha vaciado su tesoro. Ricardo Corazón de León, el guerrero más bravo de la Cristiandad, ha muerto por la herida gangrenada de una flecha, cuando sitiaba un castillo del Lemosín, que le había arrebatado Felipe de Francia, al final de la anterior Cruzada. Y éste anda en disputas con Roma por su terca negativa a yacer con su esposa legítima Ingeburga de Dinamarca. La muerte de su amante, no ha devuelto al rey al tálamo conyugal, sino que se consuela con vulgares rameras.
Gómez Ramírez dio un largo trago de la jarra. Se limpió los labios con la bocamanga. El paño blanco quedó impregnado de gotas moradas del fruto de la vid.
-Cuando Urbano II y el bendito San Bernardo –el senescal tomó la punta del cíngulo con que sujetaba su camisa y lo besó, pues lo llevaban en memoria del benefactor de la Orden- llamaron a la Cruzada, todo era claro como la luz del día: se trataba de tomar Jesusalén y salvar el Santo Sepulcro. Hermosa alborada. Desde entonces el mal no ha hecho otra cosa que crecer. Ahora ya no es negro como la noche, sino claroscuro de atardecida. En el mismo corazón de la Cristiandad crece la herejía. Se blasfema contra la Iglesia en nombre de Cristo, como hacen los cátaros más allá de estas montañas. Y en vez de cruzados, se va reuniendo una caterva de aventureros a la búsqueda de botín. Y de todo ello espera salir Venecia fortalecida como dueña de los mares.
-Hablamos una vez de esto, aunque no con tanta claridad.
-No, no con tanta claridad –Gómez Ramírez esbozó una sonrisa triste. Un mundo confuso y difícil para un templario, Álvar. El Consejo de los Trece ha dudado mucho, mas la decisión es firme. Si la Cruzada llega hasta Tierra Santa, las puertas de Acre se abrirán y nuestros hermanos marcharán hacia Jerusalén, mas si Constatinopla -como cada vez suena más claro- se convierte en el objetivo final, el Temple esperará tiempos mejores, un mañana más claro.
-Pues no iré a la Cruzada. Cumpliré mi penitencia.
Gómez Ramírez pareció no escucharle.
-Constantinopla está llena de tesoros. Guarda las mejores reliquias de la Cristiandad. Sobre todas ellas, la Santa Lanza, la lanza del centurión Longinos.
Se hizo en la estancia un silencio religioso.
-La que abrió el costado divino haciendo manar sangre y agua.
La lanza romana de ancha hoja, testimonio de la muerte del Redentor, había seguido su vida normal en la armería del pretorio de Jerusalén, haciendo guardias, pasando de unas manos a otras, siempre seguida por ojos fieles y venerada por corazones devotos.
-Su hoja, por el contacto con la sangre de Cristo, está revestida del poder de Dios. Carlomagno poseyó la lanza de San Mauricio. Siempre entraba con ella en batalla, contra los infieles. Nunca fue derrotado. De él pasó a los reyes alemanes. Federico I Barbarroja la utilizó contra otros reyes cristianos y contra el mismo Papa. ¿Si la santidad da esa fuerza, qué no dará la divinidad?
-Se demostró en Antioquía.
Rememoraron el milagroso episodio, en la primera Cruzada, que había dado -a punto de perecer asediados- la victoria a las huestes de Godofredo de Bouillon. A punto de sucumbir la hueste de Cristo, un clérigo dijo haber visto en sueños a San Andrés que le señalaba el lugar donde estaba enterrada la Santa Lanza. El hallazgo devolvió la moral al debilitado ejército, cuya salida fue arrolladora y su victoria completa. No hubo ya obstáculo invencible hasta Jerusalén.
-¿No fue vendida la hoja de la lanza por el rey Balduino II al rey de Francia?
-Cierto, mas la lanza de Antioquía no era la verdadera. Eso es seguro. Quizás fuera una de las que se usaron para quebrar las piernas a Jesús. La que -generación tras generación- velaron soldados de las Legiones, cristianos bautizados en secreto, fue llevada a Constantinopla y allí permanece. Quien posea la Santa Lanza dominará al mundo. Bizancio pudo hacerlo, mas se alejó de la verdadera fe. Aún así ha conseguido sobrevivir. En estos tiempos depravados, no sería utilizada contra los infieles. El rey Otón no está dispuesto a doblar su cerviz ante el Papa. Aspira a deponerlo. Atacaría Roma. Con la lanza de Longinos en sus manos todos le acatarían. Es un sueño que también acaricia el dux de Venecia. Ya no habría más cruzadas, sino cruentas guerras entre cristianos. La Santa Lanza es la llave para alcanzar el poder total.
-Entiendo: mi misión es hacerme con la Santa Lanza y entregarla a la Orden. ¿Entonces sería el Temple el que dominaría?
-No somos príncipes de este mundo. Con Ella, venceríamos al Islam y los Santos Lugares serían libres por siempre. Ya ves la importancia de tu misión.
-¿Para eso he sido despojado de mi hábito? ¿No hubiera podido hacerse de otra forma?
-Todo ha sido providencial. Siempre fuiste el hombre idóneo. Mas, querido Álvar, eres muy conocido. Todo lo sucedido en tu vida te ha dado extraordinaria relevancia. Hay cantares sobre tus hazañas, romanzas sobre tus desgracias y oraciones de acciones de gracias por tu ingreso en el Temple. ¡Y has sido tan fiel a la Regla! No podías salir de la disciplina de la Casa sin levantar un sinfín de comentarios y un cúmulo de sospechas si te incorporabas a la Cruzada. Había desistido de contar contigo, hasta que....
-Hasta que se hizo público que era padre de un hijo y fui acusado con injusticia de haber faltado a mis votos.
-¡Una ocasión magnífica!
-Y ¿frey Blas de Peñas?
-Un instrumento de Dios. Su envidia hacia tí le hizo esmerarse en la acusación.
-Y tú, complacido, dejaste hacer.
-Un caso sin precedentes. Amplio margen para maniobrar. Espero que lo entiendas...
-He estado a punto de morir. Se hubiera ido tu plan al traste.
-Te seguí a prudencial distancia. Ese caid no cejará hasta matarte o morir. Ha estado cerca. Es extraño: levantas odios terribles y afectos intensos.
-Te olvidas de que tengo un hijo. Puedo sentir la tentación de volver grupas para buscarlo, ¿has pensado en ello?
-Sí, querido Álvar. Tu carta al rey ha sido una imprudencia. El linaje del marqués de Pedraza rechaza cualquier reclamación sobre el señorío de Sotosalbos. No has hecho otra cosa que poner en peligro su vida.
Álvar se quedó pensativo.
-He tomado medidas. Beatriz, tu antiguo escudero y tu hijo han sido acogidos en un casal dependiente de la encomienda de Ponferrada. Deferencia reservada por la Orden a gentes muy nobles. El niño, al fin y al cabo, es el futuro señor de Sotosalbos. Cuenta con la protección del Temple.
El conde respiró hondo.
-¿Sabes? Tenemos aquí un caso similar. Pedro II mantiene su contumaz ojeriza hacia su esposa, María de Montpellier. Por lo que sé, fuiste testigo de la noche de la concepción del príncipe.
-¡El rey maldecía como un sarraceno! –Álvar sonrió con el recuerdo, para distender su ánimo ante la grave responsabilidad que se abría en el horizonte.
-Hubo notarios, para no dejar margen a la duda, y testigos durante los meses siguientes de que la reina no yacía con hombre. La paternidad regia está fuera de toda duda. El rey quiere tener ahora a su hijo cerca, mas la madre no se fía. Está avanzado el concierto para que el infante Jaime sea educado al amparo del Temple. Un rey cristiano con nuestro espíritu podrá dar mucha gloria a Dios.
-¿No pensarás que con mis solas fuerzas voy a ser capaz de entrar en Constantinopla, hacerme con la Santa Lanza y volver sano y salvo, entre los bizantinos, los buscadores de reliquias y los agentes de Otón?
Gómez Ramírez le dio unas palmetadas de confianza en el hombro.
-En el combate te creces, querido Álvar. Eres un Sansón, sólo vencido por Dalila.
El rostro de Álvar se entristeció por el comentario.
-Tendrás a tu mando a un grupo escogido de las mazmorras del Temple. La hez más indisciplinada de la Orden. Marchan a la Cruzada a cambio de dejarles libres de los grilletes. Tendrás que valorar en quiénes puedes confiar.
-Dicho así, hace más difícil aún la tarea.
-Son buenos guerreros. En su corazón han de quedar rescoldos templarios. Y no estarás completamente solo para llevar la carga.
El senescal abrió la puerta. Entraron dos freires.
-Creo que ya conoces a nuestro anfitrión: Guillermo de Montrodón, maestre de Aragón y Provenza. Al otro, no necesito presentártelo. Te acompañará.
Álvar se abrazó a Guy de Chateauvert. Luego le agarró por los hombros.
-Tú caballo no se desbocó por la liebre...
El provenzal sonrió.
-¡Un caballo tan cuidadoso de la Regla! Tuve que hincarle fuerte las espuelas.
-¿Y los demás? –inquirió Álvar con ansiedad.
-¡No tengas tanta prisa en conocerlos! ¡O desistirás! –respondió Guy.


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