Me faltan las palabras
22.11.10 @ 19:55:07. Archivado en Sobre el autor
Hay mucha crisis. Ya lo sabemos, o a lo mejor es mentira y todo es ficción. Pero yo creo que es real y que también afecta a otros aspectos de la vida que, a priori, nos pasan desapercibidos. Así, sin querer, el personal ha empezado a racionar las palabras cuando manda un mensajito al móvil, porque el tiempo es oro y las prisas aprietan el corsé del dedo: a palabras completas mayor desgaste de los digitales y más gasto en cremas. En cuanto a los correos electrónicos, llamados mail para agilizar, es suficiente reenviar el chiste de turno.
También sirven, con frecuencia, para pasar la saca del trabajo a otro y así hasta el infinito, que éste sí es gratis por desconocido e inoperante. Es más, algunas palabras han dejado de acentuarse para que tengamos que pensar menos, no sea que nos baile la neurona y tengamos que acudir a la consulta del sicólogo, que, por cierto, ha perdido la "p" de forma opcional para que el rótulo de la puerta le salga más económico al profesional del ramo.
También se ha recortado la inversión en sinónimos y antónimos porque resultan pedantes y obligan a la lectura y al uso del diccionario, que antes era muy gordo - lo sigue siendo- y ahora triunfa en el ostracismo del Google. Evidentemente, hay quienes han decidido ahorrar en calificativos orales, apostando más por la comunicación gestual y no verbal, triunfando sobre manera el levantamiento asimétrico de los hombros y los apócopes onamatopéyicos. Desaparecen también, por cursis, las frases compuestas y, en algunos casos, empiezan a brillar por su ausencia modismos -sin duda obsoletos- como dar los buenos días o las buenas tardes, pues siempre será mejor recibido, según ambientes claro, un "qué pasa" o un directo "qué hay" en el que quedan resumidos tres o cuatro cursos de la ESO. Por lo tanto, la crisis, maldita sea, ha traicionado nuestro subconsciente por nuestro bien y el del prójimo, ese sujeto que siempre será menos importante que uno mismo ante la nueva escuela filosófica del "yoyismo", la cual se extiende sin ambages, perdón, sin rodeos, para instalarse en una sociedad de consumo que consume casi todo y que se regurgita así misma como un bolo alimenticio que no hace la digestión. Quizás, una perífrasis demasiado egregia.
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Julio César Izquierdo
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