La Señora Condesa
04.03.09 @ 18:56:39. Archivado en Sobre el autor
Cuando la señora condesa llegó al Castillo todo el mundo se quedó en silencio. No se oía ni el más mínimo ruido. Todos permanecían quietos, inmóviles, a la espera de una sonora reprimenda.
Pero nada. La señora condesa se dedicó a observar a sus vasallos, temblorosos y en fila india. Pasó revista, escrutando a cada uno de ellos. Andaba unos metros, daba media vuelta, se paraba y, haciendo aspavientos amenazantes con las manos decía: “¿Ha sido cosa tuya?”, a lo que fueron respondiendo la esperada frase de “no mi admirada condesa, yo no he tenido nada que ver”.
Estaba claro que mentían y que de chivatos tenían poco. Nadie soltaba prenda y la condesa estaba que se subía por las paredes, cosa que, literalmente, ya hizo en su día, aunque fue para escapar de un duque baboso que la quería llevar al huerto, sí al huerto que hay detrás de las dependencias y donde la carne se pasaba por la piedra, ya fuera noble o plebeya.
Aquella noche tuvo suerte, pues Damisela, su doncella, le acertó de plano desde la ventana con un pelargonio de maceta abundante. Vamos, que le dejó la testa como un revuelto de huevos. Me refiero al duque baboso, que desde entonces se dedica a la meditación y la poesía, pero no ceja en el empeño.
Pero vamos a lo nuestro que nos descentramos. Como digo, la condesa, de nombre Asunción de los Pilares y Viga María de la Chorrera de los Cuatro Vientos y Rosa Marchita de la Pantorra Jamona y Curada, o sea, la condesa, estaba que trinaba. Al parecer, en su ausencia, el servicio había decidido organizar un festín opíparo que ríase usted de las bacanales romanas. Un desmadre en toda regla con flautistas melenudos y bufones gibosos, un cachondeo padre en el que la comida se salía de las fuentes y el vino era un río que agudizaba el ingenio de cientos de gargantas sedientas. Bandejas repletas de dulces y frutas, licores que rodaban ligeros entre bailes, bailarinas y señores con señoras que gozaban como Don Mendo y ladronzuelos de tres al cuarto que aprovecharon el desbarajuste para hacer limpieza de candelabros, anillos, collares, cortinas, cuadros y monedas de oro.
El castillo, en definitiva, había sido tomado de un simple asalto y por sus propios criados.
“Me marchó dos días a Villa Escusa de las Ausencias y cuando vuelvo me encuentro la casa manga por hombro. No tenéis vergüenza. ¡Con lo que he trabajado por vosotros!”
Y así, como que no quiere la cosa, todos los esbirros, vasallos y sirvientes, sin distinción de género, fueron castigados a cuarenta latigazos en la plaza mayor del pueblo y a quince días en mazmorras y seis meses de oración en capilla.
Pero nunca se supo quien fue el artífice y promotor del ágape. Por supuesto, tampoco aparecieron las joyas y demás cosas de valor que había en la fortaleza. No obstante, tiempo después la condesa tuvo que contraer matrimonio con el duque baboso para hacer frente a las deudas, mientras que, los que fueron sus asalariados sin sueldo durante años, comenzaron a vivir de forma digna y mucho más relajada.
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Julio César Izquierdo
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