Tras la calor rural (más contenidos en erarural.com)
11.08.08 @ 19:13:07. Archivado en Sobre el autor
Ya llegan las fiestas de los pueblos y las calles son verbenas con bailes de gentes que disfrutan y aguantan, haciendo de la noche un traspaso que abre el día.
¡Que viva el cachondeo y la feria! Todo son sonrisas y arcas municipales que se estiran como la goma: agostos culturales, mercados, ferias, exposiciones, parrilladas, trillas, descensos, subidones, escaladas, tributo y homenaje a nuestros santos, recordatorio de emigrantes, paelladas, cangrejos, danzas, folclore, charlas, conferencias, ponencias y demás. La verdad, es un regusto ver la capacidad que tenemos cuando la canícula aprieta y nuestras localidades se llenan de vida, de color, de alegría, de personal pululando a doquier, con nuestros bares y restaurantes a rebosar. Todos estamos contentos y damos la bienvenida a quienes se acercan hasta nosotros. Saludamos a los que abren sus casas por agosto, a los amigos que vienen a vernos desde la urbe y a los que andan de paso. De repente, como que no quiere la cosa, la depresión rural desaparece y juntos, foráneos y locales nos volvemos uno, tirando del mismo carro. El mundo, por arte de magia, se vuelve Castilla y se vuelve rural. El que más y el que menos reconoce que lo agrario tiene su cosa, que hay que ver lo bien que se duerme con las ventanas abiertas y que a gustito estamos. Nadie se acuerda del final del verano y de la vuelta, del retorno. Porque muchos tendrán que dar el cerrojazo y volver a su lugar de trabajo, aunque se dejen el corazón en el terruño patrio. Entonces, y es así y no pasa nada por decirlo, la pena renacerá y volveremos a bajar la persiana sicológica de nuestros pagos. Pero ya lo pensaremos mañana. Para entonces quedaremos los de siempre y la actividad cultural quedará relegada casi a la nada, salvo honrosas excepciones. Nos quitaremos el traje de folclórica y meteremos el fajín en la cómoda hasta el próximo calor. Habrá sido un espejismo y los fantasmas de siempre volverán a asolarnos, es decir, volveremos a cargar con la despoblación y volveremos a reclamar los servicios que nos faltan y los que nos deniegan. Un invierno largo en el veremos como muchos tiran la toalla y asientan sus vidas en la capital de la provincia, remanso en el que moran ya muchos ruralianos. Unos por convicción, otros por necesidad, otros porque no cuentan con una residencia de ancianos en su entorno cercano. En fin, que después de las barbacoas, después de las tertulias a la puerta y de los paseos reconfortantes, después de la bermuda y la piscina municipal, después de las risas y la limonada, el lis de la moneda será la cruz de siempre, pero más ajada y consumida. Porque cada año que pasa en lo rural somos menos. Y se nota más cuando el otoño asoma el morro, como diciéndonos que despertemos de la ensoñación, que lo ocurrido ha sido de película y que los que se quedan tendrán que apechugar para mantener lo que hay y exigir lo inexistente. Pero ya estamos acostumbrados y no padecemos de pesimismo. Es más, seguiremos bregando para que el año que viene nuestras fiestas y saraos sean mejores que los anteriores. Y procuraremos tener adecentadas nuestras calles y plazas, seguiremos apechugando desde la austeridad propia del carácter parido por estas tierras de pan llevar y seguiremos diciendo que el día que no quede nadie viviendo en lo rural la culpa será compartida. Pero nuestra será menos.
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Julio César Izquierdo
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