Hilo Témporas
28.04.08 @ 19:13:51. Archivado en Sobre el autor
La señora Felisa me ha contado que ella conoció, en sus tiempos mozos, a un galante y gallardo joven que tenía las posaderas llenas de granos. Supongo que alguien se lo contó o, de lo contrario, tuvo que comprobarlo personalmente. Y efectivamente, lo hizo tangible en una cura que le practicó en casa de su tío Sebastián cuando estuvo allí sirviendo.
Que al parecer, Don Tomás, que así se llamaba el granulado protagonista, tropezó en el jardín de la entrada dando con sus carnes trémulas sobre un abundante y erecto cactus de proporciones desproporcionadas. Vamos, que se le puso el culo como un festival de alfileres ebrios y la boca más chillona que la mona del rey de la selva. Por lo tanto, de manera empírica, la señora Felisa pudo comprobar con sus propios ojos y sus propias manos que, las nalgas del ínclito, estaban más abruptas y pomposas que un majano piedras sobre un montón de yeso. Al principio, me ha confesado, pensó que se debía a la cantidad ingente de pinchos que tenía clavados en los atrases, pero, tras una minuciosa prospección del terreno, pudo confirmar que, además de la irritación y de la estampa grotesca que mostraba, lo que había, además, era un batallón de rugosidades rojizas con pelito en medio cual bandera de conquista. Es decir: que además de tener el cactus puesto en el sur, tenía una caldera de perlas que apetecía explotar cual espinillas en la frente.
Don Tomás, según explicaciones de Felisa, pasó un mal rato y otro tanto de vergüenza, pues tuvo que tirar de pantalón y mariano y colocarse a cuatro patas sobre la mesa del escritorio para que nuestra amiga, por mandato del señor Sebastián, pudiera quitar los pinchos, uno a uno, con unas tenacillas. Labor que pasó de la hora y tres cuartos y que terminó congregando a todo el personal de la casa para seguir de cerca la operación.
Indica Felisa que Don Tomás, a pesar del mal trago, mantuvo la compostura como un caballero, saludando a todos y cada de los que su fueron sumando al espectáculo del quite, que llegaron a alcanzar el número de veinte y pudieron ser muchos más si llega a trascender la noticia hasta la taberna, cosa que no ocurrió, a Dios gracias, sentencia la buena mujer.
Con todo, lo que sí quedó claro es que el culo del sujeto de marras tenía otros males, además de una mala e inoportuna caída en el peor de los lugares, lo que motivó que Felisa se atreviese a preguntar por el origen de tanto desmán en paraje tan ingrato. Al parecer, en un alarde de sinceridad que le honra, Don Tomás confirmó que todo era fruto de una indigestión de habichuelas que se tradujo en el resultado descrito, afirmación que para nada convenció a nuestra confidente. Y se preguntarán ustedes qué es lo que le pasó al buen hombre para tener el culo de tal guisa. Sencillamente que, en un momento de su vida, confundió el susodicho con las témporas, algo que nunca debe hacerse para sortear bretes tan ariscos y situaciones tan jocosas. Sea el caso.
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Julio César Izquierdo
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