Los topillos que nos querían salvar
16.03.07 @ 16:30:08. Archivado en Sobre el autor
Se estaba sufriendo la despoblación en la desheredada comarca de Tierra de Campos y los padrones mermaban más que si fueran pimientos de ídem. Porque nada había sujetado, de momento, la sangría vecinal. Aunque se estaba luchando denodadamente para conseguir un freno, se veía que muchos de los intentos eran y resultaban infructuosos: mejora de infraestructuras y sujeción de los servicios, arreglo del patrimonio, puesta en valor de medidas correctoras, turismo rural, recuperación medio ambiental, arreglo de accesos, asfaltados, lavados de cara, contratación de agentes locales, subvenciones agrícolas y ganaderas, golpes de efecto, ayudas institucionales, cobertura de grupos de acción, potenciación del asociacionismo, intercambio de experiencias con otras comarcas de futuro más halagüeño y puesta a disposición de suelo industrial.
A pesar de todo, el personal emigraba y se nos fugaba el capital humano, precisamente, a la urbe, un lugar donde los sueños se convierten en realidad. ¿Por qué? Porque no había hueco para todos, porque escaseaba el laboro, porque la banda ancha era más una carpa que una conexión tangible, porque algunos no se quedarían de ninguna de las maneras y porque es verdad que el sufrir y regodearse de la situación chupa más tiempo que el ponerse manos a la obra para encontrar los remedios.
Y así estaban las cosas en general, con las excepciones propias que marcan las urbanizaciones, que son las únicas que atraen habitantes al extrarradio de las villas próximas a la ciudad.
Todos como locos pensando y dándole a la pelota, leyendo incluso las prepropuestas de los candidatos a las alcaldías y a las cortes. Ya saben, por si acaso alguien decía algo aprovechable que no hubieran dicho antes, aunque salía mucho a relucir lo de los recortes de fondos, que es lo mismo que decir que hemos tocado techo pero por abajo, con lo cual pierdes la perspectiva porque no sabes hacia donde tirar ni donde mirar. Un lío, vaya.
Pero de repente, qué cosas, nuestros remansos de paz, nuestros pueblos, empezaron a subir. De la noche a la mañana unas colonias sin olor surgieron por los campos, por las laderas y hasta por los jardines y avenidas. Personajes de cierto pelo que habían oído que por aquí éramos pocos aunque no hubiera parido la abuela. Llegaron sin decir ni pío y se convirtieron en okupas de primera división. No teníamos noticia de su llegada, ni sabíamos de dónde habían salido, pero es probable que supieran que los dueños de las tierras de labor no estaban en casa y se dijeran aquello de “es la nuestra” y tomaron asiento, producción y barbecho. En unos meses su aparición se convirtió en clamor: un regimiento de topillos nos regalaba su presencia, habían venido para acabar con la despoblación y éste era terreno abonado.
Sin embargo, pasado el tiempo, vimos que no tenían relación con nadie, que no se empadronaban, que mantenían su propia cultura y sus tradiciones, siendo la principal crear galerías subterráneas que nos hundían en la miseria.
Así, lo que parecía un alivio se convirtió en un cisma, con defensores y detractores (sobre todo de tractores con aperos para darles matarile). El problema fue a más y ocuparon –además de los sembrados- páginas y titulares. Unos dijeron que se lo comían todo. Otros que había que darles algo que comer. Los de más allá que ojo con lo que les dábamos que podían palmar inocentes. Y se pusieron en marcha algunas soluciones con disoluciones que tampoco fueron del agrado de todos y que tomaron por nombre “Clorofacinona”. ¿Decisión correcta? Según con quien se hable, pero la mayoría de los moradores del mundo rural de la Tierra de Campos necesitaban solventar el asunto, porque la plaga era y es palpable. Otra cosa es si la “cloro” de marras mata sólo a los roedores o se acompaña de daños colaterales. Algo de lo que no tienen la culpa los labradores, que lo único que desean es acabar ya con el tema, siguiendo las pautas que marcan las autoridades pertinentes, que serán, en todo caso, las responsables para lo bueno y para lo malo.
Claro que también hay quien dice (mala lenguas, por supuesto) que lo de los topillos es un castigo divino a la Cámara Agraria Provincial por haber decidido que su legado documental se quede en el asfalto en vez de haber apostado por alguno de los núcleos de Tierra de Campos que se lo ofrecieron.
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