Los Tres Mosqueteros
31.01.07 @ 17:50:46. Archivado en Sobre el autor
En el pueblo siempre fueron “los tres mosqueteros”. Ellos y el Tomás. Todos para uno y uno para todos. Eran, como era de esperar, políticamente incorrectos. Habían pasado muchas batallas juntos y habían visto pasar el tiempo sin haber estado jamás en la Puerta de Alcalá.
Sus vidas las habían consumido en el tajo, un lugar con poco agua y mucho curro, porque de bregar sabían un rato largo y las puestas de sol se contaban por miles, que ya sabemos que es mucho decir, aunque ellos nunca dijeran ni pío. Vamos, que no se quejaron con lo que les vino en suerte. Y tampoco cogieron la maleta, ni se pasaron la existencia maldiciendo su sino. Qué va, todo lo contrario. Apechugaron con lo que había, que era casi nada y construyeron, siempre que se pudo, castillos en el aire. Porque con la ilusión también se tira para adelante y gracias a ellos –y a otros tantos de igual forja- las tierras de su remanso castellano amanecieron cada verano. Y cada estío fue diferente, que nada es igual por mucho que se parezca cuando del terruño hablamos.
Fueron consumiendo fuerzas y a fuerza de empujar, ellos –y otros tantos de igual calibre-, sentaron las bases de lo que hoy ya es mera observación desde la solana. Es decir, crearon el pueblo, o lo que es lo mismo, se quedaron a pesar del pesimismo, para que la villa siguiera siendo. Y ahí están, contemplando su obra, formando parte del patrimonio en un matrimonio indisoluble. Hombre y tierra. Tranquilos y sin mediar palabra. Meditando, sin rezos ni penitencia pues saben que no son culpables. Se hizo lo que se pudo y fue mucho. Lo suficiente para ir tirando sin dejar caer ni una miga. Ellos y sus señoras, formando un equipo que no pudo competir en grandes ligas. Bastante había, que ya se sabe que no había de lo que otros siempre consideraron imprescindible.
Y ahora ahí están. Recordando. Mirando la prensa y descubriendo que son los últimos de la tropa, apuntando los titulares que la despoblación les está dejando sin compañía.
“Oye Tomás, ¿dice aquí que hemos perdido 300 habitantes en los últimos cinco años”. “No andarán muy lejos”, contesta Eufrasio. “Si se han perdido que los busquen. Que ya te digo yo que la mitad están en la sepultura”, remacha Amador. Silencio.
Minutos después, pie en ristre, desfilaron para la bodega para tomarse unos claretes de los que no necesitan publicidad, acompañando con unos lomos en manteca de los que quitan el hipo y el colesterol. Materiales rústicos con los que encontraron, un día más, el equilibrio y la paciencia necesaria para poder soportar con estoicismo su anónima presencia mediática.
“¿Dejarán algún día de escribir tanto sobre lo que pasa en los pueblos?”, apuntó Eufrasio mientras prendía un farias. “A saber, pero bien seguro que dentro de poco”, esbozó Tomás. ¿Por qué?, demandó Amador con ligera sonrisa en los labios. Y a una respondieron: ¡Todos muertos y ningún perdido!
Pero habrá merecido la pena el esfuerzo. ¿No? Ya te digo.
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Julio César Izquierdo
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