El Cerrojazo
27.12.06 @ 19:57:34. Archivado en Sobre el autor
Hoy cerrará la puerta con llave y dejará la llave en la puerta. En el coche, las maletas, los recuerdos y el cartel indicador de entrada al pueblo. Se lo llevará para que nadie nunca encuentre el rincón rural en el que habitó durante ochenta años. “¡Vamos señor, que se queda frío!”
Pero no hay temperatura que hiele la sangre de quien vio emigrar a todos y morir a los más cercanos. Allí los deja, en el Camposanto, a su suerte, sin nadie que quite los hierbajos y saque brillo a las losas.
Don Antonio resopla y lanza el vaho al viento del norte, que arrecia como siempre, aunque todo el cierzo le pertenezca ya por derecho propio. Porque los últimos cinco años él lo fue todo en su remanso rural. Ya no le llevaban ni las cartas –las del banco sí-, ni el pan, ni se acercaba el vendedor ambulante. Todo era tranquilo, roto, abandonado, abrumador y solemnemente especial. ¡Coño!, era el último de la fila, el loco de la colina, el testarudo, el que no quiso irse a la ciudad porque el suyo fue cabecera de comarca y el que tuvo retuvo y para orgullo el suyo. “¡Que no me voy ni arrastras!” Y siguió allí diez años más. Tuvo, que así me lo contaron, huevos suficientes para mantener las calles limpias y abierto el teleclub. Fue capaz de poner hasta el Nacimiento en la iglesia en Navidad y conseguir que un cura dijera misa el día de la fiesta. Fechas especiales en las que sí venían algunos de los que emigraron y Don Antonio recibía a todos como si nunca se hubieran marchado. Después, todos cogían la trocha y adiós muy buenas y ahí te quedes.
Todas las mañanas atendía su pequeño rebaño de ganado y cultivaba su huerta y salía a por setas si era la época e iba de caza si fuera menester y llenaba el botijo en el manantial y su fumaba un farias que quitaba el hipo y se metía entre pecho y espalda un buen orujo. Todas las tardes, paseaba por las plazas y callejas acompañado de su perro pastor y hablaban de otros tiempos que el perro no conoció y llegada la noche se abrigaban al calor de la lumbre si era invierno o se sentaban a la fresca si andaba cerca la calor. Momentos en los que Antonio se relajaba, como diciéndose para sus adentros “hay que joderse”, recordando, probablemente, el ir y venir de las mozas a la fuente, o las parrafadas que se pegaba con Tirso el herrero, o con Manolo, el alguacil. O lo líos que tuvieron con unas parcelas linderas del pueblo de al lado. Claro está, en su memoria siempre estaba la imagen de María, la que pudo ser su mujer, pero ya ves, se marchó a Madrid a servir y nunca más se supo. Se quedó soltero.
“¡Vamos señor, que se queda frío!” Y se montó en el vehículo y en el trayecto a la residencia de ancianos empezó a preguntarse: “¿Qué hicimos mal?, ¿de quién fue la culpa?, ¿correrán otros pueblos la misma suerte?” Acto seguido esbozó una triste sonrisa y se quedó medio dormido.
nota del autor: Te espero en mi web: pregoneros.com
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Julio César Izquierdo
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