Rincón Desierto
19.12.06 @ 19:20:20. Archivado en Sobre el autor
El pueblo estaba desierto y el silencio era tan fuerte que molestaba la ausencia de sonido. Se intuía que el lugar había estado habitado, pero hoy, su censo principal te remitía, con tristeza empacada, al Campo Santo. Allí estaban todos los que fueron y los que no estaban ya no volvían, por el momento. Que no sé qué tiene la tierra natal que invita a que los huesos suelten fósforo en el lugar que corresponde por derecho propio. A fin de cuentas uno es de donde es aunque sea para recibir sepultura.
En el cementerio estaba la vida de antaño, entre retamas, entre cipreses sin podar, entre barro sin cocer y cruces alzadas al azul claro que despunta al alba. Porque los que hicieron la villa, los que se batieron las heridas una y otra vez con esfuerzo, sudor y lágrimas, se marcharon sin ganar la guerra de seguir ahí a través de los otros.
El pueblo estaba desierto y el aliento de los fantasmas del pasado se pegaban en la nuca y parecía que te empujaban al precipicio, como diciéndote “¿dónde vas alma cándida?”
Llegué allí por casualidad, tal vez buscando el sentido del sin sentido, la razón de la sinrazón. Y ya en la entrada principal, repleta de cascotes y fumatas de botellón, la estampa era grande en su desgracia. Dejé el coche a las afueras por no molestar y dos kilómetros antes apagué la radio y bajé la ventanilla para respirar profundamente. Quería llenar los pulmones de aire natural, pero el oxígeno se me atragantó de costumbres y fichas de dominó golpeando en la mesa de la cantina.
Alguien, quise creer, se encargada de amargarnos a los impertinentes que osábamos cruzar el umbral del municipio abandonado. O quizás nos invitaba a la reflexión contenida, a entonar culpabilidad y maitines sin fruto.
Y el lugar era bello en su desnudez humana, revestida ahora de piedras silentes y taciturnas. Singular en la pluralidad de sus hileras de casas. Abundante en lo monumental de su patrimonio expoliado y saqueado tanto por los amigos de lo ajeno como por la administración protectora. Pero nadie tenía ya responsabilidad sobre el ayer y tampoco quedaba nadie que pudiera pedir cuentas para una mañana que ya no existía en ningún imaginario colectivo.
Así y todo, disparé cientos de fotos con la digital y todas me salieron en blanco y negro, a lo más en sepia. Plasmé los rincones que fueron de solana y celtas. Las esquinas que daban la vuelta y que la erosión había tornado redondas de tanto cabezazo, también fueron mi objetivo. La iglesia, el atrio, los cruceros, la cigüeña inmigrante, el gato negro y el socavón de la plaza. Todos pasaron al disco duro del recuerdo sin pedir nada a cambio. Tiré fotos a diestro y siniestro para la satisfacción personal de dar fe de un desastre no contabilizado.
Tuve tiempo, cómo no, de remansarme en la indolencia de un banco de madera con inscripciones que, a buen seguro, serán carne de cañón para antropólogos y etnólogos de nivel Maribel. Porque en el pueblo, las únicas leyendas que quedaban decían frases geniales, siendo tales “María quiere a Ramón”, “Aquí estuvo la tropa de los rebeldes sin causa” y “Antonio, verano de 1971”. Poesía en estado cruel, aunque sospecho que otros con más influencia estuvieron antes poniendo en marcha programas de desarrollo rural y se les fue la mano con los de siempre y para siempre. A las pruebas me estaba remitiendo, en vivo y en directo.
A pesar de todo, mi visita no fue amarga, pues en mi largo trasegar descubrí ilusión, adiviné retazos de optimismo desdibujado en las ventanas abiertas de par en par de las casonas y me pareció, incluso, oír el gorgoteo del agua de un puchero que avanzaba el café del mediodía. Me llevé en la mente todo lo que pude: el zaguán, la poyata, el último eslogan promocional, la partida de nacimiento del hijo más ilustre, la viña sin vino, el trigo sin pan, la marca del cantero, las canicas del parque, la hoguera de San Juan, el perro que se ataba con longanizas, los castillos en el aire, las medianerías, el arroyo seco, el árbol caído y la manzana de Eva.
El pueblo estaba desierto y yo regresé con los bolsillos llenos de arena. Y al llegar a casa sentí la necesidad de volver para gritar: ¡¿Dónde estáis?! Porque a buen seguro que queda alguien que no quiere dar la cara, otra vez, para que se la partan en mil pedazos.
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Julio César Izquierdo
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