Inventar a finales de año
10.12.06 @ 21:55:04. Archivado en Sobre el autor
Con tres palabras no puedo hacer nada. ¿Y qué palabras son? Yo te digo la primera, que puede ser... imaginación. Elige la segunda. ¿Perchero? Vale, pero quizás sea un poco complicada para inventar una historia. Queda la tercera. Pensemos. ¿Está? Bien, me sugieres la palabra veneno. Vaya, vaya. Entonces, tenemos imaginación, veneno y perchero. ¿Qué hacemos? La cosa no está fácil. Probemos una sola vez, como en la canción del Sergio Dalma.
...Era un perchero de madera, que vivía colgado por la cabeza, porque nuestro perchero tenía cabeza, brazos para posar los abrigos y pies para sujetarse. La boca nunca se la pudimos ver, aunque hablaba por las noches, en soledad, maldiciendo a su dueño, que se empeñaba en poner y poner ropa y claro, pasaba lo que tenía que pasar, que nuestro amigo el perchero tenía la columna más jeringada que un costalero y le dolían los huevos y el alma de aguantar tanto cuero y tantas leches sobre su lomo de peral.
Sabemos que había intentado hablar por el día, cuando su dueño se encontraba en la oficina, porque nuestro perchero era perchero de la categoría A.
Sin embargo, le faltaban las palabras. Quizás le faltaba valor, tal vez tenía miedo al despido y terminar convertido en leña para calentar glorias y enrojes. Y tal y como están los tiempos, es mejor cagarse en su madre por lo bajinis y seguir aguantando mecha, en este caso, mecha apagada.
Pero un buen día, aciago para nuestro protagonista, el jefe observó que su vasallo el perchero se estaba cascando, entiéndase, por los adentros, vamos que se estaba resintiendo, o sea, que el tronco no aguantaba ni un visillo.
Y Jorge sonrió (nombre de pila del perchero, porque los percheros, que lo sepas, tienen nombre, y unos se llaman Esteban y otros Pepe y también hay percheros femeninos, muy bien rematados y caros, que se hacen llamar Juana y Pili y Mónica y Leticia, pero nunca Tamara). Y a Jorge le pareció percibir algo de cariño por parte del patrono explotador. Intuía unas vacaciones sin nada que cargar. Quizás un poco de barniz para darse un capricho, tal vez un poco de masilla para juntar sus carnes rasgadas.
Mucha imaginación. Porque realmente lo que le esperaba era jarabe de palo, del malo, del que no tiene consideración. Y es que su dueño decidió jubilarle sin más. A tomar por el saco. Un destino cruel. Fuera de aquí sin darte ni las gracias.
Y nuestro perchero sintió como su cuerpo se envenenaba de tristeza y desaliento, perdiendo las pocas fuerzas que le quedaban, muriendo arrinconado en un desván, lleno de polvo, notando cómo sus pliegues de lo que otrora fueron ramas llenas de sabia, se convertían en carcoma y suciedad. En silencio y abandono.
¿Cuántos percheros conocen ustedes?
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Julio César Izquierdo
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