
¿Qué se puede decir de un hombre que en la hora de su muerte recibe el reconocimiento sincero y unánime de todos? ¿Qué contar de alguien a quien se le atribuyen como rasgos propios los de la lealtad, la sencillez, la modestia, la moderación, el saber estar o la capacidad de decir las verdades a la cara, aunque duelan?
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Me ha producido profunda pena el saber que, por iniciativa del Ministerio de Defensa, ha sido suprimida del Museo del Ejército, situado ahora en el Alcázar de Toledo, la sala dedicada precisamente al asedio de éste durante la Guerra Civil por las tropas republicanas. Instalado en él el general Moscardó, junto a varios centenares de personas –incluidos muchas mujeres y niños–, aguantó desde el día del Alzamiento hasta que Franco lo liberó en una acción simbólica que, sin duda, retrasó la llegada del bando nacional hasta un Madrid que tuvo tiempo de defenderse e impulsar el ‘No pasarán’. Era la sala más visitada, con mucho, del museo. Pues bien, el Gobierno ha decidido cargársela. ¿Por qué? ¿Apología franquista? ¿Quién? ¿El qué? ¿La Historia?
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Agoniza el moribundo. Simón Bolívar llaman a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco. Es en Santa Marta, un 10 de diciembre de 1830. Cuenta con 47 años. El Libertador ha atravesado el río Magdalena en la agonía que aún no se cree. Huye del dormir para siempre. Derrotado, aquél que logró la independencia de todas sus patrias y soñó con una única gran nación. La llamaban la Gran Colombia. Era América entera, una y trina. Desengañado, conocedor en el fondo de que el alma que un día divisó Pinzón no está hecha para la homogeneidad. Admirador de Napoleón, republicano de teorías, también él acabó sucumbiendo al ideal de la monarquía sin corona. Dictadura o anarquía. Para él era así la disyuntiva. Absolutismo o caos. Los pueblos que él sacó a la España que mató el yugo bonapartista un cercano dos de mayo optan por la división. Él, que marcó a esa misma España de opresora, fue un liberticida. Y obtuvo la ingratitud de los que le proclamaron Dios.
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En la noche del viernes disfruté viendo en ‘Versión Española’, presentado en La 2 por Cayetana Guillén Cuervo, la película-documental ‘Carrillo, comunista’. Con una duración de casi tres horas, la cinta de Manuel Martín Cuenca (director de ‘La flaqueza del bolchevique’) se complementa en una fantástica serie con otra película sobre Manuel Fraga Iribarne. ‘Últimos testigos’ es, sin duda, un admirable ejemplo de que en el 2009 no podemos seguir hablando de las dos Españas, confrontadas entre sí en un callejón eternamente sin salida.
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Algo así vino a decir ayer el periodista y escritor británico Martín Amis en un encuentro con periodistas en el marco del ‘Hay Festival Alhambra’. Esto es, que “habría que agradecerle a ETA el asesinato de Carrero Blanco”, puesto que “era el hombre que iba a sustituir a Franco”. Así, “gracias” a ese asesinato, los españoles vivimos hoy en democracia...
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Aunque en mi anterior artículo pretendía iniciar un debate sobre el, a mi juicio indudable, ataque organizado contra la Monarquía Parlamentaria de todos, las embestidas ciriaqueñas acabaron reduciendo la discusión a la etapa precedente: el Franquismo. Mi amigo y gran azote, me echaba en cara que “mi apasionamiento como periodista” me impedía enjuiciar al Régimen de Franco “con la debida moderación del historiador”. En primer lugar, aclaro que no soy, en absoluto, historiador. Soy licenciado en Historia por la Universidad de Alcalá de Henares (teniendo como compañero de estudios, entre otros, al “exiliado en Málaga”, a la Bandera de Adiós Ayer, al Demonio del Mediodía, a Bsk on tour o al capo Edu J., todos ellos comentaristas de este blog). Pero lo de historiador queda sólo para los que han dedicado su vida a un periodo concreto, escribiendo libros e investigando las fuentes primarias. No es mi caso. Yo, simplemente, soy un apasionado de la Historia Contemporánea de España que me he documentado con todo tipo de lecturas de ese tema por simple afición. Y desde esa condición opino, no desde ninguna otra apegada a la esfera de lo científico.
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Ahora que más de uno (y no pienso en ningún juez) disfruta recreándose en el revanchismo de nuestra trágica Guerra Civil, os propongo algo a los amigos que estáis leyendo este escrito. ¿Y si contamos un episodio positivo de la guerra cainita? Sí, fue el gran cáncer que definitivamente jodió España. Pero... ¿y si en vez de hablar de “masones comeniños”, “curas violadores”, “comunistas terroristas” o “falangistas depredadores”, cada uno de vosotros deja aquí el recuerdo o la invención de una historia digna de hacerte orgulloso de ser humano? Se aceptan retazos, imágenes, destellos... lo que sea. Pero positivos. Siempre positivos. Aquí va el mío:
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La imagen difundida hoy en la portada de todos los periódicos pone los pelos de punta. Pero en este caso por un estremecimiento a flor de piel, de los que conmueven las entrañas. De espaldas, caminando como dos buenos amigos, Juan Carlos I y Adolfo Suárez. El baluarte de la Transición y el patrón que condujo a buen puerto ese difícil barco. Se trata de un momento histórico, digno de quedar grabado a fuego y lino en el ajuar de la Historia de España. Al fin y al cabo, se trata del reencuentro del Rey y el primer presidente de gobierno de nuestra reciente democracia.
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Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) ¿Qué se puede decir de la vida del genial pintor aragonés? ¿Por dónde empezar si nos situamos ante la figura de este español universal?
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Madrid, 12 de noviembre de 1811. La capital, al igual que el resto de España, se desangra en un combate desesperado, agónico y expiatorio contra las todopoderosas tropas napoleónicas. En las afueras de la ciudad, en lo más hondo de un camino perdido, Mariana permanece agachada ante un soldado gabacho. Él, con gesto de victorioso desprecio, se mofa de la fulana a la que ha pagado. Ella, como cada día, llora por dentro.
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Aún resuena en el eco de la eternidad la proclama de los alcaldes de Móstoles: “¡Españoles, la patria está en peligro! ¡Acudid a salvarla!”. Ese fue el aldabonazo en la conciencia que desató definitivamente el fulgor de la raza española. Mientras la España oficial permanecía dormida, la auténtica y esencial, la España del Pueblo era la que daba un golpe encima de la mesa y se levantaba contra el opresor gabacho.
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